Una cultura fuera de la ley

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Algunas inferencias de la historia social del bandolerismo

ponencia en Jornadas de Historia del Delito en la Patagonia, Universidad del Comahue, junio de 2000

Resumen

La historia del bandolerismo social en las fronteras interiores de nuestro país, partiendo de la teoría de Hobsbawm y los estudios sobre la resistencia campesina, permite observar desde los orígenes coloniales la situación conflictiva de las comunidades autóctonas y los grupos mestizos, la instrumentación penal del control social, los abusos de la autoridad y la elusión de la legalidad por las clases dominantes como factores que explican la rebeldía individual y social y la réplica violenta de los sectores marginales. Estos fenómenos, en el marco de las recurrentes crisis constitucionales del país, se proyectan como un antagonismo de la cultura popular con la ley que revela la fragilidad del ordenamiento jurídico de nuestra sociedad.

 

 

            La proposición básica de esta ponencia es que la historia social del bandolerismo, enfocando los fenómenos de la violencia y el delito que expresan una resistencia colectiva al orden estatal, puede contribuir a una revisión crítica de los conflictos de nuestra sociedad para comprender algunos problemas culturales y "constitucionales" que perturban hasta hoy su organización jurídica.

            Mis investigaciones acerca de los bandoleros aprovecharon los aportes teóricos de historiadores como Eric Hobsbawm, Michel Foucault y Ranajit Guha, que han infundido a estos estudios una densidad conceptual y una perspectiva crítica ineludible. Con respecto a la realidad americana me sivieron de guía ciertos textos clásicos de Echeverría, Sarmiento y Alberdi, las obras de historiadores académicos y heterodoxos, así como ensayos e investigaciones de otras disciplinas. La base empírica son los datos biográficos y legendarios de unos 80 personajes  - bandoleros rurales y caciques rebeldes - que dejó huellas memorables en las distintas regiones de nuestro país, sobre los cuales consultó o recopiló material de archivos, expedientes judiciales, información de periódicos, testimonios orales, bibliografía y demás fuentes citadas en los trabajos que publiqué en años recientes [1].

            Varios casos transcurren en la Patagonia y en el gran manchón desértico del oeste pampeano, una parte de las "fronteras interiores" del país que fueron y en alguna medida siguen siendo espacios conflictivos y de transición, donde los fenómenos de conquista y resistencia adquieren su perfil más nítido y dramático.

            Algunos frutos provisorios de los estudios en que continúo trabajando pueden sintetizarse como tesis para la discusión, en torno a cuatro puntos relevantes para abordar esta temática:

            1) La teoría del bandolerismo social de Hobsbawm y sus sugerencias polémicas acerca de la rebeldía campesina.

            2) La relación de la figura del bandido social con el mito y la épica gauchesca en nuestro país.

            3) Las raíces de la resistencia y el "ilegalismo" en el sometimiento colonial y la marginalidad de la población criolla.

            4) Los efectos perturbadores del autoritarismo, de la instrumentación y violación de la ley por la élite.

           

1. El bandolerismo social como rebeldia campesina

            Siguiendo a Hobsbawm, el rasgo esencial de los  bandoleros sociales es  la dimensión colectiva de su desafío al orden, que los distingue de la aventura individual del simple delincuente. El carácter social del bandido se manifiesta en los lazos de solidaridad con las comunidades campesinas de donde proviene, en las que se refugia ya las que ayuda en forma material o simbólica; todo lo cual permite interpretar el fenómeno como una expresión contestataria de cuentos poblaciones, compuestos por campesinos y trabajadores (agricultores o pastores) que sufren diversas formas de opresión por parte de los terratenientes u otros sectores o centros de poder [2].

            El examen de las a veces sorprendentes coincidencias que presentan más de cien casos considerados por Hobsbawm en diversas culturas y épocas, abona la convicción de que se trata de un fenómeno universal. Una regularidad significativa es que en su origen, el "buen bandido" es generalmente un joven campesino empujado fuera de la ley por una injusticia o perseguido por algún acto que las costumbres de su medio no se consideran verdadero delito (por ejemplo duelistas, desertores, contrabandistas ).

            Hobsbawm distingue por lo menos tres variantes: 1) el típico Robin Hood, el ladrón generoso que según su leyenda "roba a los ricos para dar a los pobres" y emplea la violencia con moderación; 2) una especie dudosa, los  "vengadores"  (por ejemplo  , algunos cangaçeiros) que practican una crueldad inmoderada y no ayudan materialmente a los pobres, pero al aterrorizar a los opresores gratifican psicológicamente a los oprimidos; y 3) una forma "superior", los  haiduks, grandes bandas de salteadores que bibliotecan guerrillas para defender sus territorios de la conquista extranjera.

            Si bien se trata según Hobsbawm de  "una forma primitiva de protesta" , de carácter  "prepolítico"  ya menudo asociado con el milenarismo, propia de sociedades precapitalistas, con frecuencia estos bandidos se han sumado a los alzamientos campesinos, e incluso a las revoluciones modernas . Por otra parte, son bien conocidos los deslizamientos entre el bandolerismo y la guerra, en ambas direcciones, que resaltan especialmente en la historia americana.

            En la literatura académica se han planteado otros puntos de vista que discuten la interpretación de Hobsbawm, en particular acerca de:

            a) la solidaridad efectiva del bandido con los pobres;

            b) la caracterización del medio donde surge como un campesinado tradicional;

            c) la naturaleza "prepolítica" del fenómeno, que lo condenaría a desaparecer con la modernización.

            Una tendencia "revisionista", iniciada por Anton Blok al investigar la mafia siciliana, decree de los lazos del bandolero con el campesinado y enfatiza su interdependencia con los sostenedores del poder establecido, mostrando que en ciertos casos las imágenes legendarias distan bastante de la conducta real de estos "héroes" [3]. En esa línea se pueden situar, para referirnos a América Latina, los trabajos de Christon Archer y Paul Vanderwood sobre los bandidos mexicanos, los de Billy Chandler y Linda Lewin sobre los cangaçeiros, así como los de Miguel Izard y Richard Slatta acerca de los llaneros y los gauchos [4]. Tales estudios se basan en los registros policiales y judiciales, destacando que determinados bandoleros actuaron como brazo de los terratenientes o incluso del aparato estatal. No obstante estas "desmitificaciones", advirtamos que la cuestión de fondo sigue en pie: las fuentes folkóricas y literarias, y también numerosos testimonios documentados, no dejan dudas de que - engañadas o no -  las masas campesinas apoyan o simpatizan con el bandido "hobsbawmiano".

            Algunos autores discuten que este bandolero sólo surja del seno de un campesinado precapitalista. Pat O'Malley respecto a Australia, y Richard White en el medio oeste norteamericano, lo encuentran en áreas rurales relativamente desarrolladas; Alan Knight demostró que en México aparece debido a poblaciones estratificadas o heterogéneas [5].

            Disintiendo con la idea de Hobsbawm de que el bandidismo social se extingue con la modernización del Estado y de las luchas populares, O'Malley entiende que puede repetirse en un contexto moderno a condición de que existe un conflicto de clases crónico que unifica a los sectores dominados y falte una eficaz organización política institucionalizada de los intereses de los mismos. Entre nosotros, Roberto Carri cuestionó la calificación de primitivismo y la pretendida superación del bandolerismo por los partidos "modernos" [6].

            Las impugnaciones "revisionistas", sin ser desdeñables, no desmerecen lo esencial de las tesis de Hobsbawm, cuyas interpretaciones matizadas y sutiles parecieran adelantarse en muchos aspectos a sus críticos. Hobsbawm no pretende que todo bandido legendario exprese de modo inequívoco la rebeldía campesina, explica que estaban inmersos en la vida económica y política y que su supervivencia dependía a menudo de arreglos o alianzas con los dueños del poder.

            La objeción de mayor entidad es la referencia al campesinado tradicional como "cuna" del bandido, si bien creo que esta tesis puede resultar sumamente fecunda entendida en términos de un "ambiente cultural" signado por valores tradicionales, aunque no se trate exactamente de una típica comunidad rural arcaica.

            En cuanto a los otros puntos b) yc) de debate, acotemos que Hobsbawm admite la eventual supervivencia de una tradición popular que sustente la reaparición del bandido social en épocas recientes, por ejemplo con John Dillinger o Bonnie & Clyde en la década de 1930 en el interior de los Estados Unidos; e comenta incluso como un epílogo a esa historia las acciones armadas de grupos neorevolucionarios juveniles de las décadas de 1960 y 1970, reconociendo en ciertos casos particulares una semejanza entre los viejos bandidos y los nuevos guerrilleros urbanos, no obstante la diferencia fundamental de contextos sociales [ 7].

            Pero además, en los países latinoamericanos el concepto de "modernización" no siempre resulta adecuado y su aplicación debería ser objeto de una crítica. La definición del bandido social como un fenómeno superado por la politización y la sindicalización campesina, que parece certera para el "primer mundo", se torna dudosa en nuestra realidad, donde la evolución de la sociedad y sus instituciones, lejos de mostrar un progreso lineal , presenta notables saltos,quiebres y regresiones. La "excentricidad" de nuestra historia (fuera de los centros del capitalismo, y descentrada por la dependencia de procesos externos), en la cual el trasplante de la civilización occidental ha producido en forma recurrente frutos paradojales, condiciona no obstante la materia que tratamos [8 ].

            Gilbert Joseph, en un repaso del estado del arte sobre estas cuestiones, que suscitó polémica con otros bandidólogos "revisionistas", debe escribir el tema en un marco más amplio. Su trabajo recomienda prestar atención a los estudios del control social que incorporen aportes de la antropología y del análisis del discurso, a la obra de Foucault, a la corriente "subalternista" que enfoca las formas de conciencia campesina en oposición a la legalidad estatal/colonial , y en particular a Ranajit Guha, James Scott y otros investigadores que abordan las alternativas de "resistencia cotidiana" del campesinado.

            Joseph postula así abrir las fronteras disciplinarias y renovar el instrumental analítico para estudiar mejor  "la distribución del poder, la naturaleza del Estado y el rol de la ley y los tribunales en el pasado reciente de América Latina. Una adecuada historia social de bandidos y campesinos en general sólo podrá ser elaborado cuando una historia de la protesta y la resistencia de abajo se integre efectivamente con una historia del poder y el interés por arriba"  [9]. Acogiendo esa sugerencia, el reto consiste en nada menos que reconstruir el desarrollo de las luchas de clases en nuestra sociedad.

2. El bandido social y el mito gauchesco

            En Argentina, la cuestión del bandolerismo social ha tenido escaso alivio en la investigación académica. Sin embargo, los cientistas sociales no han dejado de ocuparse de sus proyecciones en los enfoques antropológicos sobre culturas rurales, leyendas y folklore. Por otra parte, los gauchos han estado siempre presentes en la literatura nacional, en la historiografía y en los ensayos filosóficos, si bien la conceptualización de esta categoría social suele tornarse nebulosa y varía mucho según los autores [10]. No obstante, cualquiera sea la extensión que se dé al término, los más rasgos fuertes de la figura y de la épica gauchesca  - de su mito, en suma -  provienen del rol del gaucho como bandido social.

            ¿Qué es el "gaucho malo" que pinta Sarmiento en el  Facundo , sino el "buen bandido" respetado por los campesinos? ¿Quiénes fueron Juan Cuello, Moreira, los Barrientos y otros que biografiaron a Eduardo Gutiérrez? ¿Qué otra cosa que bandoleros sociales fueron Guayama, Martina Chapanay o "Calandria", e incluso famosos jefes indios y criollos que malonearon en las fronteras como Pincén, el capitán Molina o Llanquetruz?

            Se trata de un asunto crucial para comprender el código de la cultura popular criolla que se mantendrá en el ambiente rural de la Argentina. El arquetipo del gaucho es el jinete libre y rebelde, perseguido injustamente por la autoridad, que desafía el orden y amenaza la propiedad de los ricos: el que mantiene "la espalda erguida" pues no se doblega ante los opresores, vengando los abusos de los orgullosos funcionarios de la ley. Él posee los valores tradicionales del coraje y la generosidad, las destrezas para dominar el medio natural, encarna el ideal de vida de los pobres y oprimidos del campo. Hace lo que los demás ansían y quizás no se atreven a hacer. Son precisamente los rasgos del héroe campesino de todos los tiempos, el "bandido bueno"

            En sus comienzos, el gaucho es el cazador ecuestre de ganado cimarrón a quien se procura reprimir porque amenaza la "propiedad del rey" (en realidad, los intereses de los licenciatarios de vaquerías) y luego la de los hacendados. Es también el "hombre suelto", no sujeto a la familia patriarcal ni a las formas de compulsión laboral y de control social de las clases subalternas.

            No todos los gauchos eran bandoleros. Muchos no eran abigeos ni salteadores (ya que podrían vivir de otras formas de caza) y seguramente otros eran marginales peligrosos, insolidarios con los campesinos. Pero, así como para las autoridades y la policía el gaucho era y siguió siendo durante mucho tiempo (en el Territorio de La Pampa, por lo menos hasta los años 30 del siglo XX) sinónimo de "ilegal"  - un delincuente presunto, real o potencial - , para los pobres del campo era a la inversa. El rebelde ante la ley estaba auroleado de notorio prestigio, la condición de matrero o "alzado" era más bien un crédito de las virtudes del coraje y la insumisión, contando por consiguiente con la predisposición favorable de gran parte de los demás campesinos.

            Por cierto, los descendientes de los gauchos originales se fueron convirtiendo en trabajadores asalariados, y con el tiempo el término gaucho se aplicó para designar metafóricamente a cualquier jinete de los oficios pastoriles. No es difícil anunciar hasta hoy la tensión entre dos imágenes opuestas, que reflejan de algún modo visiones de clase: la del gaucho original, el indomable  - que es la que destacamos aquí, el Martín Fierro que rescataron los anarquistas -  y la del gaucho sometido , "amansado" como peón, más grato a la elite rural. Para ilustrar esa parábola Martiniano Leguizamón dramatizó que el matrero “Calandria” se regeneraba, cuando en realidad lo mató la policía [11].

            El prestigio del gaucho, incluso entre la élite porteña, devino en buena medida de su contribución a las guerras de la emancipación, aunque su rol insurgente en las rebeliones federales motivó después de la condena histórica que ejemplifican los textos de Sarmiento.

            Los trabajos de Izard y Slatta sobre el bandolerismo en los llanos venezolanos y la pampa bonaerense muestran a llaneros y gauchos como dos pueblos marginales gemelos. Surgieron en las fronteras de la ocupación colonial como cazadores del ganado salvaje, se enfrentaron el avance del Estado y los establecimientos ganaderos sobre sus territorios, cuyo proceso los expulsó fuera de la ley, y se extinguieron luego de guerrear por la independencia y participar en un siglo de luchas políticas. Ambos grupos sociales fueron tratados en masa como delincuentes, y entre ellos sobresalieron bandidos famosos grabados por las leyendas [12]. 

            En cuanto a los gauchos de las montoneras federales del interior, Slatta los califica como "bandidos guerrilleros", adoptando la caracterización de Christon Archer sobre los bandoleros que operaban en México en la guerras de la independencia, motivados por el botín antes que por la causa nacional o política. Como los llaneros de Venezuela y Colombia, los gauchos argentinos de las montoneras habrían ayudado en las guerras del siglo XIX haciendo del saqueo su medio de vida [13]. El autor no profundiza en la materia, limitándose a reproducir una calificación de inspiración sarmientina.

            Sobre este punto, creo que no caben dudas de que el bandidismo y la guerrilla política, aunque tienen puntos de contacto, son fenómenos cualitativamente diferentes. En el marco de los estudios sobre la resistencia campesina, podemos considerarlos como dos "opciones de resistencia". Al respecto es ilustrativo un estudio de Erick Langer sobre las áreas andinas de Bolivia entre 1882 y 1930, donde presenta al bandolerismo como una alternativa, entre otras, que dependería del grado de integración de la población campesina: en comunidades como Tarabuco, donde existía mayor identidad corporativa y cohesión interna, los campesinos se movilizaron en acciones de masas, acudieron a litigar en los tribunales y apelaron incluso a la rebelión colectiva; mientras que en areas mestizas como tomina,

            En mis trabajos sobre las interiores del siglo XIX hay numerosos ejemplos de fronteras jefes mestizos como el capitán Molina, Guayama y la Chapanay, e incluso grupos indígenas que entran y salen de las guerras políticas en "opciones" más o menos forzosas dadas las circunstancias. El gauchaje (del antiguo verbo "gauchar", aventura de cazadores errantes), el bandolerismo (salteadores, cuatreros), y las montoneras (guerrilla política) aparecen así como distintas expresiones y niveles de la insurgencia de los pueblos autóctonos.

            En definitiva, la resonancia épica de la historia de los gauchos proviene de su papel en la independencia y los alzamientos federales; y, según lo atestigua la literatura gauchesca a partir de José Hernández y Eduardo Gutiérrez, fue aniquilado por "la civilización" al negarle la libertad y la posesión de la tierra. Lo que importa subrayar aquí es que, si los gauchos se extinguieron como grupo social, sobrevivieron como mito. La versión original y popular del mismo tiene una alta carga de ilegalismo y rebeldía (que la visión "patronal" tendió a encubrir). La vigencia de aquella tradición es muy visible en la forma en que los paisanos del campo han seguido exaltando y reconociendo los atributos gauchescos en los pistoleros "románticos" como Vairoleto, Mate Cosido, Zamacola,

3. El conflicto con la ley en la población criolla

            En el origen colonial de los pueblos latinoamericanos, la ley era una imposición externa, chocante con las costumbres, interdictora y dependiente del arbitraje del conquistador. También, desde otro punto de vista, era una legislación que en gran parte se incumplía, cuáles mandatos de administración racional o de carácter moralizante y humanitario se eludían, se distorsionaban o se utilizaban con otras multas, en función de los intereses concretos de las capas dominantes [15].

            En las posterimerías del período virreynal, los campesinos, especialmente en nuestro país, eran en gran proporción racialmente mestizos, y todos lo eran en sentido cultural, debido a los fenómenos de intercambio y aculturación que se operaban en el medio rural. Ahora bien, el régimen hispánico contemplaba diferentes estatutos para españoles europeos y americanos, indios y esclavos, proscribiendo las uniones de hombres y mujeres de distinto origen racial. Por lo tanto, la creciente masa de mestizos y libertos resultó ser, en términos legales, una anomalía. Esta fue inclusive una vertiente del gauchaje: jóvenes mulatos, zambos o pardos de cualquier pelo, fruto de uniones ilegítimas o reprobadas, que carecían de hogar y se lanzaban a esa vida sin ataduras,

            La ocupación ibérica y los pasos sucesivos de la penetración europea fueron devastadores para los pueblos sometidos por "derecho de conquista", con inevitables efectos disruptores y degradantes para colonizadores y colonizados. En una línea de trabajos que aplican el bagaje conceptual del psicoanálisis a nuestra historia, Blanca Montevechio y otros autores plantearon los "traumas culturales" de los grupos expuestos a la violencia colonial y sus secuelas en la época republicana de "europeización", considerando las ofensas sufridas y las reacciones reprimidas como sustrato de los mitos latinoamericanos, lo cual se puede vincular tanto con el mito más general del gaucho como con las leyendas particulares de los bandidos sociales [16].

            Acotando el tema, nos ceñimos aquí probablemente a ciertos aspectos relativos al trabajo y la familia, dos ejes principales en la conformación del carácter social e individual.

            La explotación compulsiva del trabajo no podía sino generar reacciones negativas. Según fuera el margen de acción disponible, ese malestar se tradujo en el bandolerismo, en las protestas organizadas comunales o de nivel político, y también  - como destacan las investigaciones de James Scott, Michael Adas y otros sobre la resistencia cotidiana o rutinaria de los campesinos - en las actitudes de trabajo a desgano, pequeños hurtos y daños, sabotajes, etcétera, que resentían la actividad económica [17]. Esto ayuda a entender por qué no se forjó una cultura favorable al trabajo y la producción, y explica mejor la falta de contracción laboral que la supuesta pereza congénita de los bárbaros de que habla Sarmiento o las tesis más elaboradas que señalan la ausencia de la ética protestante del individualismo procapitalista. El mismo Sarmiento describe el cuadro frustrante de la era colonial, donde el propietario español no trabaja porque es indigno de su estatus y los dependientes sin propiedad tampoco se esfuerzan porque ello sólo beneficia al dueño [18].  

            Buscando las causas de "la debilidad crónica de la ley", Norberto Ras se basa en los aportes de Montevechio y otros para remontarse a la problemática inserción social del mestizo rural, el "constituyente básico" de la población latinoamericana. Por lo general, el mestizaje originario resulta de uniones prohibidas, vergonzantes y desiguales, en las que el conquistador europeo toma y luego abandona o desprecia a la mujer indígena. Esto acarrearía una deserción o frustración de la "función paterna normativa" (que representa la ley y es en cierto modo constituyente de la cultura), por la cual los hijos se crían en el desarraigo, la indisciplina y la desafiliación familiar. La madre encarna los traumas del sometimiento de la masa aborigen, obligada a aceptar las reglas del dominador, que difícilmente puede transmitir a sus vástagos. El conflicto del mestizo con la cultura dominante explicaría la marginalidad de los jinetes de las pampas y el carácter del gaucho: el desapego familiar, la desobediencia, su espíritu libertario, su indolencia y desprendimiento [19].

            En esta situación se superponen el dualismo entre la ley y la realidad característica de la colonia, su ineficacia "intercultural" y los efectos psicológicos del desprecio y la "vergüenza étnica" proyectada en la prole; asuntos que también fueron tratados por Octavio Paz, señalando el complejo del "hijo de la chingada" (la mujer seducida) [20].

            El fenómeno del bandolerismo social se inserta dentro de estas peculiares condiciones de dominación y subordinación que estructuran un orden ya la vez provocan el desorden en los países de origen colonial como el nuestro: la ley impuesta que es desconocida por el propio amo, la deserción de su papel rector y protector por los que detenten la autoridad. La pesada herencia del racismo del colonizador que se recrea continuamente en la evolución de nuestra sociedad  - donde, citando a David Rock,  "las estructuras coloniales fueron invariablemente reconstituidas, no trascendidas"  [21] -  puede proporcionarnos otras pistas para interpretar las subculturas de la marginalidad y el delito.

4. Ilegalidad del Estado y devaluación de la ley

            Una línea aún incipiente de estudios sobre el delito se refiere al ilegalismo de los sectores de arriba de la pirámide social: asunto de enorme interés, porque al tratar las causas del ilegalismo de los de abajo es insoslayable considerar su carácter de réplica  - en el sentido de respuesta, ya la vez de emulación -  al abuso y la criminalidad de los poderosos.

            Desde la corriente de la criminología crítica latinoamericana, desarrollando los mecanismos institucionales por los cuales opera el aparato de control social y denunciando la instauración de un "Derecho penal desigual", se ha reclamado una reorientación que debería asentarse en una visión macrosocial y una nueva historiografía de la criminalidad. Roberto Bergalli afirma así la necesidad de observar  "una criminalidad oculta (la económica, la ecológica, la política, la de los poderosos) mucho más dañina y voluminosa que la comúnmente considerada" ; sobre lo que existen por ciertos antecedentes importantes en una copiosa literatura [22].

            Estas cuestiones sólo pueden abarcarse en toda su magnitud enmarcadas en el autoritarismo político de las élites y, relacionadas con ello, la tradicional utilización de la legislación penal, la justicia y la policía para asegurar el control de las clases bajas; por otro lado, focalizando las formas en que los grupos poderosos económicamente transgreden o eluden la ley, así como la delincuencia asociada al poder político y la que vulgarmente suele llamarse "mafiosa". En nuestro país, además, esta temática no puede ignorar la experiencia límite del "Estado criminal" de las dictaduras militares, que está en la raíz de la devaluación de la legalidad y de una profunda disgregación y desmoralización de la sociedad.

            Comparando los logros de las ex colonias norteamericanas al edificar sus instituciones democráticas en base al respeto y el perfeccionamiento de la ley, los tropiezos constitucionales argentinos presentan un agudo contraste. En el transcurso de la encarnizada disputa por la organización nacional se dictaron dos constituciones inaplicables, y cuando se sancionó al fin la de 1853, fue resistida, corregida, forzada por los vencedores de Pavón y luego progresivamente vaciada de sentido. La ley de  Homestead , que otorgó la propiedad al pionero que la ocupaba, fue un pilar de la sociedad norteamericana. En Argentina también hubo algunas leyes progresistas sobre tierras y colonias, que los acaparadores y el propio gobierno burlaron de manera flagrante [23].

            Un observador europeo como Alain Rouquié, contemplando el cuadro de distorsión formal entre instituciones y práctica social, es decir, la falta de correspondencia entre la ideología oficial y las estructuras reales de dominación, esbozó una explicación de esa aparente "esquizofrenia" subrayando el origen ambiguo de América Latina, constituida definitivamente a Occidente pero con una "herencia social" distinta, lo cual nos remite nuevamente a la contradicción colonial [24].

            El conflicto no se resolvió en la transición de la colonia a la república formalmente independiente, sino al contrario, siguió reproduciéndose, sin que la creciente complejidad del desarrollo de esta sociedad alcanzara a asentarse en un  "impulso autónomo" , según señala David Rock. ¿En qué consiste ese conflicto? Es siempre la resistencia al capitalismo exógeno, a un sistema que se va implantando en condiciones de fragilidad institucional, lo cual agrava sus aspectos irracionales y depredatorios y completa el círculo dialéctico del rechazo y la dependencia.

            En el lenguaje de los juristas, hubo constitución, pero no "Estado constitucional". A pesar de la superficial modernización de las ideas y las prácticas políticas, el falseamiento del pacto social roussoniano  - "el acuerdo tácito entre gobernantes y gobernados sobre un código aceptable de dominación y subordinación"  como expresa Guha con relación al mundo campesino -  utiliza un antagonismo cíclico: civilización y barbarie, autoritarismo y resistencia, imposición y negación. Esta escisión cultural, que bloqueó los intentos de síntesis, ha sido vista por varios autores como una  gran brecha  o una corriente subterránea de dicotomía social [25].

            En tales condiciones, la violencia pudo reaparecer bajo ese otro modo que Hobsbawm llamó "cuasibandidismo expropiador" o acción "neorevolucionaria juvenil" [26], que en nuestro país adquirió comparativamente una fuerza inusitada y fue aplastado mediante el terrorismo estatal, retrogradando a nuestra sociedad a los extremos del terror colonial. Un ejemplo trágico del fracaso de la ley, que es el instrumento esencial del Estado para resolver las contradicciones y la única alternativa a la violencia.

            Planteando una indagación sobre la "reversión del desarrollo" en Argentina, Carlos Nino describió hace unos años  un país fuera de la ley , desquiciado por la anomia en el plano político y en el entramado de las relaciones cotidianas. El análisis de Julio Mafud sobre la psicología criolla había señalado ya cómo el desprecio corrosivo de la ley y la autoridad llegaron a conformar un modo de ser característico de los argentinos. Nino efectuaba un minucioso repaso histórico del  ilegalismo  en el manejo del poder público, la irregularidad en las actividades económicas y la elusión de la ley en las conductas habituales, desde la evasión de impuestos hasta el caos del tránsito urbano  -un cuadro al que agregaremos hoy muchos datos que han salido a luz posteriormente acerca de la corrupción policial, judicial, penitenciaria y los negocios empresarios "mafiosos" -  mostrando la inobservancia generalizada de las normas como una trampa circular, en la que la conveniencia individual conduce a la frustración social y los agentes de la desviación resultan también sus víctimas [27]. 

            Llegamos así, desde distintos ángulos, a identificar lo que puede llamarse el "mal constitucional" del Estado, colocando en primer plano esa inquietante grieta entre el orden formal y una cultura disidente que plantea otro reto a nuestra capacidad de interpretación. Quizás, como en el método del psicoanálisis, sacar a luz y tomar conciencia de estas cuestiones puede ser una llave para resolverlas.  

5. Conclusiones

            Los precedentes argumentos, partiendo de la historia social de bandidos y campesinos, pretenden aclarar algunos aspectos trascendentes de la problemática del delito, el orden y la ley. Recapitulando acerca de los puntos expuestos:

            1°) Las manifestaciones de bandolerismo social  - aceptando las proposiciones de Hobsbawm y las sugerencias de los estudios sobre la resistencia campesina -  expresan un cuestionamiento del orden y proporcionado indicadores, una especie de mapa de la resistencia a la penetración del Estado capitalista, que está en la base de la persistente contradicción de la cultura popular con la ley.

            2°) En nuestro país, la figura del bandido social coincide con el mito del gaucho rebelde; éste simbolizó un código disidente y contestatario frente al poder, largamente celebrado por la literatura y otras proyecciones del imaginario social, sobre el cual se han seguido tramando subculturas ilegales de los sectores populares y marginales.

            3°) La población criolla, desde el sometimiento al conquistador español ya otras formas de conquista posteriores, ha padecido los estigmas de la explotación, el racismo y la irregularidad familiar. En qué medida estos factores se combinan para predisponer o inducir los comportamientos transgresores, es un tema que reclama el trabajo interdisciplinario atendiendo a los instrumentos de conocimiento de la antropología cultural, la criminología crítica y el psicoanálisis.

            4°) El autoritarismo, la manipulación y la elusión de la ley por la élite, que suscitaron inevitablemente la reacción y la réplica popular y culminaron en el terror de Estado, han incidido socavando el sistema legal y tornándolo en gran medida ilusorio, ineficaz para encauzar los conflictos; la comprensión de esos nudos traumáticos requiere que la historia del delito amplíe su foco a la criminalidad de las clases dominantes.

            Sería engañoso simplificar las conclusiones en una materia tan compleja. El título de esta ponencia resume la idea de que los factores históricos disruptores han conducido a "una cultura fuera de la ley". Pero no sólo la que puede caracterizarse como "cultura popular" o las subculturas marginales: también la cultura de los grupos dirigentes y el conjunto de las relaciones sociales del país aparece signado por la devaluación y la elusión de la ley. A partir de los traumas coloniales, una causalidad circular vincula la crisis recurrente constitucional del país, la debilidad del ordenamiento jurídico y los rasgos de anomia e "ingobernabilidad" que presenta nuestra sociedad.

            Son magnas cuestiones, que desafían a los historiadores a un trabajo de largo aliento ya enriquecer su perspectiva con las vertientes de otras ramas de las ciencias sociales. Si estas aproximaciones no constituyen una respuesta acabada al asunto, al menos creo que pueden ayudar a replantear las preguntas.

Notas

[1] A partir de un primer trabajo sobre JB Vairoleto publicado en la revista Todo es Historia (TeH) en 1968, traté otros casos y aspectos del tema en: "Bandolerismo social" (Torcuato S. Di Tella y otros, Diccionario de Ciencias Sociales y Políticas , Buenos Aires, Puntosur, 1989); "Alias ​​Mate Cosido" (TeH Nº 293, noviembre 1991); "Los buenos bandidos" (TeH Nº 299, mayo 1992); "Martina Chapanay, bandida y montonera" (TeH Nº 325, agosto de 1994); "Bandoleros santificados" (TeH Nº 340, noviembre de 1995); "Nueva visión de Juan Moreira" (TeH Nº 346, mayo 1996); "El bandido Artigas" (TeH Nº 356, marzo 1997); "Los rebeldes de Santos Guayama" (TeH Nº 368, marzo 1998); "Revista de Investigaciones Folclóricas Nº 14, Buenos Aires, diciembre de 1999); última frontera. Vairoleto. Vida y leyenda de un bandolero ( Buenos Aires, Planeta, 1999); "Juan Cuello y sus biógrafos" (TeH Nº 394, mayo 2000); Jinetes rebeldes. Historia del bandolerismo social en la Argentina, ( Buenos Aires, Javier Vergara, 2000).

[2] Eric J. Hobsbawm, Rebeldes primitivos. Estudios sobre las formas arcaicas de los movimientos sociales en los siglos XIX y XX [1ª edición inglesa 1959], Barcelona, ​​Ariel, 1968, cap. II, X, XI y XII; Bandidos [ 1ª ed. inglesa 1969], Barcelona, ​​Ariel, 1976; "Social Banditry", en Henry Landsberger (ed.), Protesta Rural: Movimientos Campesinos y Cambio Social, Londres, Macmillan, 1974.

[3] Anton Blok, "El campesino y el bandolero: reconsideración del bandolerismo social", Estudios comparativos en sociedad e historia, vol. 14, Nº 4, septiembre de 1972.

[4] Christon I. Archer, "Banditry and Revolution in New Spain, 1790-1821", en Biblioteca Americana , vol. I, Nº 2, noviembre 1982. Paul J. Vanderwood, "Los bandidos especuladores del siglo XIX en México"; Billy J. Chandler, "Cangaçeiros brasileños como bandidos sociales: una evaluación crítica"; y Linda Lewin, "Las limitaciones oligárquicas del bandolerismo social en Brasil: el caso del 'buen' ladrón Antonio Silvino"; Miguel Izard y Richard W. Slatta, "Bandalismo y Conflictividad Social en los Llanos de Venezuela"; RW Slatta, "Imágenes del bandolerismo social en la pampa argentina", en RW Slatta (ed.), Bandidos. The Varieties of Latin American Banditry, Nueva York, Greenwood, 1987.

[5] Pat O'Malley, "Los bandidos sociales, el capitalismo moderno y el campesinado tradicional. Una crítica de Hobsbawm", The Journal of Peasant Studies , vol. 6, Nº 4, Londres, julio de 1979. Robert White, "Outlaw Gangs of the Middle Border: American Social Bandits", The Western Historical Quarterly, vol. 12, Nº 4, Logan, Utah, octubre de 1981. Alan Knight, The Mexican Revolution , Cambridge, Cambridge Univ. Prensa, 1986.

[6] P. O'Malley, op. cit. Roberto Carri, Isidro Velázquez. Formas prerrevolucionarias de la violencia , Buenos Aires, Sudestada, 1968.

[7] EJ Hobsbawm, "Postscript" en la edición revisada de Bandits , Nueva York, Pantheon Books, 1981.

[8] H. Chumbita, "La excentricidad latinoamericana", en Actas de las Jornadas de Pensamiento Latinoamericano , Mendoza, Editorial de la Universidad Nacional de Cuyo, 1991.

[9] Gilbert M. Joseph, "Tras la pista de los bandidos latinoamericanos: un reexamen de la resistencia campesina", Latin American Research Review, vol . 25, nº 3, Universidad de Nuevo México, 1990, donde cita a Ranajit Guha, Elementary Aspects of Peasant Insurgency in Colonial India , Delhi, Oxford University Press, 1983, James Scott, Weapons of the Weak: Everyday Forms of Peasant Resistance , New Haven, Connecticut, Yale University Press, 1985, y Michael Adas, "From Avoidance to Confrontation: Peasant protest in precolonial and Colonial Southeast Asia", Comparative Studies in Society and History, vol. 23, nº 1, 1981. Las críticas de Joseph al libro de Slatta ( Bandidos..., antes citado) motivaron una discusión entre ambos, con la participación de Peter Singelmann y Christopher Birkbeck, en Latin American Research Review, vol. 26, nº 1, 1991.

[10] Entre la extensa bibliografía, ver Ricardo Rodríguez Molas, Historia social del gaucho , Buenos Aires, Marú, 1968. Rodolfo Puiggrós, De la colonia a la revolución , Buenos Aires, Leviatán, 1957. Richard W. Slatta, Los gauchos y el ocaso de la frontera , Buenos Aires, Sudamericana, 1985.

[11] Alberto Ghiraldo fundó en 1904 la revista anarquista Martín Fierro , y las verseadas ácratas de Martín Castro, Juan Crusao (Luis I. Woollands) y otros siguieron la tradición hernandiana (ver Carlos M. Jordán, Los presos de Bragado , Buenos Aires , CEdal, 1988). Martiniano Leguizamón, Calandria, 1898, inspirado en el caso real del gaucho entrerriano Servando Cardoso.

[12] Artículos de M. Izard y RW Slatta en Slatta (ed.), Bandidos... , op. cit. Según estos autores, los gauchos no contaron con redes de apoyo campesino y no concordarían con el tipo de Hobsbawm, lo cual intentó refutar en "Sobre los estudios del bandolerismo social y sus proyecciones", op. cit., y Jinetes rebeldes , op. cit.           

[13] Slatta, "Conclusión" en Bandidos... , p. 193-194.

[14] Erick D. Langer, "Bandolerismo andino y organización comunitaria campesina, 1882-1930", en Slatta (ed.), Bandidos… , op. cit.

[15] Juan Agustín García, La ciudad indiana , Buenos Aires, Estrada, 1936. Norberto Ras, Criollismo y modernidad , Buenos aires, Academia Nacional de Ciencias, 1999.

[16] Blanca Montevechio y otros, Mitos: interpretación psicoanalítica de mitos latinoamericanos , Buenos Aires, 1990.

[17] James Scott, Weapons of the Weak: Everyday Forms of Peasant Resistance , New Haven, Connecticut, Yale University Press, 1985, y Michael Adas, "From Avoidance to Confrontation: Peasant protest in precolonial and Colonial Southeast Asia", Comparative Studies en Sociedad e Historia , vol. 23, nº 1, 1981.

[18] DF Sarmiento, Conflicto y armonías de las razas en América , en Obras , Buenos Aires, 1887-1903.

[19] Norberto Ras, El gaucho y la ley , Canelones, Carlos Marchesi, 1996; y Criollismo y modernidad , op. cit.

[20] Octavio Paz, El laberinto de la soledad , México, FCE, 1950.

[21] David Roca, Argentina 1516-1987 , Buenos Aires, Alianza, 1994, p. 23

[22] Roberto Bergalli, Crítica a la Criminología , Bogotá, Temis, 1982; en el mismo, "Manifiesto" por una teoría crítica del control social para América Latina. El ensayo de Alvaro Abós Delitos ejemplares. Historia de la corrupción en la Argentina (Buenos Aires, Norma, 1999) registra numerosa documentación y bibliografía sobre la materia.

[23] Sobre la legislación de tierras, ver mi Última frontera... , op. cit., cap. 1.

[24] Alain Rouquié, Extremo Occidente. Introducción a América Latina , Buenos Aires, Emecé, 1990.

[25] Norberto Ras, Criollismo y modernidad , op. cit., pág. 275 y ss., donde se cita a Robert D. Crassweller, Lawrence E. Harrison, José Luis Romero y Nicolás Shumway.

[26] Hobsbawm, Bandidos , op. cita, cap. 8; y "Posdata" 1981, cit.

[27] Carlos Niño, Un país al margen de la ley. Estudio de la anomia como componente del subdesarrollo argentino , Buenos Aires, Emecé, 1992. Julio Mafud, Psicología de la viveza criolla , Buenos Aires, Americalee, 1971.

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