París, 1843 El primero de septiembre todavía era verano en el hemisferio norte. Un joven tucumano, escritor y abogado, venido desde el otro lado del mundo, de las costas del Río de la Plata donde se cernía la bárbara tormenta de la guerra, respiraba por primera vez los aires de la civilización europea, disfrutando de la engañosa calma de París. Esta ciudad, acerca de la cual había leído tanto, se ofrecía por fin ante sus ojos que trataban de reconocerla. Juan Bautista Alberdi, aquel hombrecito de figura enjuta, semblante pálido y expresión melancólica, se hallaba esa mañana en la residencia de don Manuel José Guerrico, comerciante porteño muy bien relacionado en el ambiente parisino, y se aprestaba a acompañarlo a cierto elegante entierro en el cementerio de Montmartre, cuando apareció imprevistamente un ilustre amigo del dueño de casa. "Yo me ocupaba, en tanto que esperábamos la hora de la partida, de la lectura de una traducción de Lamartine, cuando Guerrico se levantó exclamando: -¡El general San Martín! Me paré lleno de agradable sorpresa a ver la gran celebridad americana, que tanto ansiaba conocer. Mis ojos clavados en la puerta por donde debía entrar, esperaban con impaciencia el momento de su aparición. Entró por fin, con su sombrero en la mano, con la modestia y apocamiento de un hombre común. ¡Qué diferente le hallé del tipo que yo me había formado, oyendo las descripciones hiperbólicas que me habían hecho de él sus admiradores en América! Por ejemplo, yo le esperaba más alto, y no es sino un poco más alto que los hombres de mediana estatura. Yo le creía un indio, como tantas veces me lo habían pintado; y no es más que un hombre de color moreno de los temperamentos biliosos. Yo le suponía grueso, y sin embargo de que lo está más que cuando hacía la guerra en América, me ha parecido más bien delgado; yo creía que su aspecto y porte debían tener algo de grave y solemne; pero le hallé vivo y fácil en sus ademanes, y su marcha, aunque grave, desnuda de todo viso de afectación. Me llamó la atención su metal de voz notablemente gruesa y varonil. Habla sin la menor afectación, con toda la llanura de un hombre común. Al ver el modo como se considera él mismo, se diría que este hombre no había hecho nada de notable en el mundo, porque parece que él es el primero en creerlo así. Yo había oído que su salud padecía mucho, pero quedé sorprendido al verle más joven y más ágil que todos cuantos generales he conocido de la guerra de nuestra independencia, sin excluir al general Alvear, el más joven de todos. El general San Martín padece en su salud cuando está en inacción, y se cura con sólo ponerse en movimiento. De aquí puede inferirse la fiebre de acción de que este hombre extraordinario debió estar poseído en los años de su tempestuosa juventud. Su bonita y bien proporcionada cabeza, que no es grande, conserva todos sus cabellos, blancos hoy casi totalmente; no usa patilla ni bigote, a pesar de que hoy los llevan por moda hasta los más pacíficos ancianos. Su frente, que no anuncia un gran pensador, promete sin embargo una inteligencia clara y despejada; un espíritu deliberado y audaz. Sus grandes cejas negras suben hacia el medio de la frente cada vez que se abren sus ojos, llenos aún del fuego de la juventud. La nariz es larga y aguileña; la boca, pequeña y ricamente dentada, es graciosa cuando sonríe; la barba es aguda. Estaba vestido con sencillez y propiedad, corbata negra atada con negligencia, chaleco de seda negro, levita del mismo color, pantalón mez-cla celeste, zapatos grandes. Cuando se paró para despedirse, acepté y cerré con mis dos manos la derecha del gran hombre que había hecho vibrar la espada libertadora de Chile y el Perú. En ese momento se despedía para uno de los viajes que hace en el interior de la Francia en la estación del verano. No obstante su larga residencia en España, su acento es el mismo de nuestros hombres de América, coetáneos suyos. En su casa habla alternativamente el español y francés, y muchas veces mezcla palabras de los dos idiomas, lo que le hace decir con mucha gracia que llegará un día en que se verá privado de uno y otro, o tendrá que hablar un patois de su propia invención. Rara vez o nunca habla de política. Jamás trae a la conversación, con personas indiferentes, sus campañas de Sud América; sin embargo, en general le gusta hablar de empresas militares". José de San Martín tenía entonces 65 años, y seguía siendo un enigma para sus compatriotas. Uno de los objetivos del viaje del joven Alberdi era hablar con él y aclarar las incógnitas en torno a su vida y sus campañas guerreras. Le habían intrigado los insistentes comentarios sobre su apariencia de indio, pero él no lo veía tal; le daba la impresión de ser un típico criollo, un paisano; y aunque esas observaciones podrían haberlo encaminado a descubrir el misterio de su origen, no encontró la manera o no creyó prudente ahondar la indagación. El yerno del general, Mariano Balcarce, lo había invitado a pasar un día con ellos en Grand Bourg, a seis leguas y media de París. La grata excursión le permitió conocer el prodigio mecánico del "camino de hierro", viajando en aquellos carruajes sobre rieles por cuyas ventanillas pasaban los árboles y edificios con asombrosa rapidez, hasta llegar a destino en no más de dos horas. La casa del general, rodeada por un amplio terreno arbolado, era un sólido edificio de un solo cuerpo con dos pisos altos. Sus paredes blanqueadas contrastaban con el negro de la pizarra que cubría el techo, y una profusión de dalias alegraba con sus colores el entorno. "Todo en el interior de la casa respira orden, conveniencia y buen tono. La digna hija del general San Martín, la señora Balcarce, cuya fisonomía recuerda con mucha vivacidad la del padre, es la que ha sabido dar a la distribución doméstica de aquella casa el buen tono que distingue su esmerada educación. El general ocupa las habitaciones altas que miran al norte. He visitado su gabinete, lleno de la sencillez y método de un filósofo. Allí, en un ángulo de la habitación, descansaba impasible, colgada del muro, la gloriosa espada que cambió un día la faz de la América occidental". El visitante se dio el gusto de examinar el sable corvo moruno, ignorando que cuatro meses después, en un gesto que él y otros liberales nunca le perdonarían, San Martín iba a dictar una cláusula en su testamento para legárselo a Rosas. También vio un par de grandes pistolas inglesas que lo acompañaron en la campaña del Pacífico, así como el estandarte de Pizarro que le obsequiara el Cabildo de Lima, del que en realidad sólo restaban fragmentos desflecados adheridos a un fondo de seda amarilla, pero constituía el más elocuente símbolo de su logro: devolver la libertad a los pueblos conquistados. "¿Quién sino el general San Martín debía poseer este brillante gaje de una dominación que había abatido con su espada? Se puede decir con verdad que el general San Martín es el vencedor de Pizarro: ¿a quién, pues, mejor que al vencedor, tocaba la bandera del vencido? La envolvió a su espada y se retiró a su vida oscura, dejando a su gran colega de Colombia la gloria de concluir la obra que él había casi llevado hasta su fin. Los documentos que a continuación de esta carta se publican por primera vez en español, prueban de una manera evidente que el general San Martín hubiera podido llevar a cabo la destrucción del poder militar de los españoles en América, y que aún lo solicitó también con un interés y una modestia inaudita en un hombre de su mérito. Pero sin duda esta obra era ya incumbencia de Bolívar; y éste, demasiado celoso de su gloria personal, no quiso cederla a nadie. El general San Martín, como se ve pues, no dejó inacabado un trabajo que hubiera estado en su mano concluir". Estos apuntes de Alberdi se editaron en París, en un libro que contenía una biografía de San Martín y un apéndice documental. Sin embargo, como él mismo cuenta, el general no le facilitó datos ni papeles. El texto que se publicaría "por primera vez en español" era la traducción de una carta fechada el 29 de agosto de 1822, que el publicista francés Gabriel Lafond había incluido en el tomo III de su obra Voyages autour du monde et naufrages célébres (Paris, 1843-1844); en ella San Martín manifiesta a Bolívar que tras la entrevista de Guayaquil ha decidido retirarse, convencido de que su presencia es el único obstáculo que impide al libertador venezolano venir al Perú con su ejército para terminar la guerra de la independencia. El documento, del cual no se encontró en ningún archivo el original ni el borrador, y que según dio a entender Lafond le habría sido entregado por un ayudante de Bolívar, nunca fue reconocido ni desmentido por San Martín. En todo caso, pareciera que éste permitió a Lafond hacerlo circular, así como luego lo hizo Alberdi, y más adelante también Sarmiento. Hay fuertes razones para pensar que era una invención, consentida por él para dar una versión plausible del encuentro de Guayaquil, sobre el cual siempre rehusó dar explicaciones. "la modestia. He aquí la manía, por decirlo así, del general San Martín; y digo la manía porque lleva esta cualidad más allá de lo que conviene a un hombre de su mérito... No hay ejemplo (que nosotros sepamos) de que el general San Martín haya facilitado datos ni notas para servir a redacciones que hubieran podido serle muy honrosas; y difícilmente tendremos hombre público que haya sido solicitado más que él para darlas. La adjunta carta al general Bolívar, que parecía formar una excepción de esta práctica constante, fue cedida al señor Lafond, editor de ella, por el secretario del Libertador de Colombia. Se me ha dicho que cuando la aparición de la Memoria sobre el general Arenales publicada por su hijo, un hombre público de nuestro país escribió al general San Martín solicitando de él algunos datos y su consentimiento para refutar al coronel Arenales en algunos puntos en que no se apreciaba con la bastante latitud los hechos esclarecidos del Libertador de Lima. El general San Martín rehusó los datos y hasta el permiso de refutar a nadie en provecho de su celebridad. El actual Rey de Francia, que es conocedor de la historia americana, habiendo hecho reminiscencia del general San Martín en presencia de un agente público de América, con quien hablaba a la sazón, supo que se hallaba en París desde largo tiempo. Y como el Rey aceptase la oferta que le fue hecha inmediatamente de presentar ante S. M. al general americano, no tardó éste en ser solicitado con el fin referido; pero el modesto general, que nada tiene que hacer con los reyes, y que no gusta de hacer la corte, ni de que se la hagan a él, que no aspira ni ambiciona a distinciones humanas, pues que está en Europa, se puede decir, huyendo de los homenajes de catorce repúblicas libres en gran parte por su espada, que si no tiene corona regia la lleva de frondosos laureles, en nada menos pensó que en aceptar el honor de ser recibido por S. M., y no seré yo el que diga que hubiese hecho mal en esto". [Juan B. Alberdi, "El general San Martín en 1843", en Obras completas, 1886-87] |
Buenos Aires, 1904 En los días calurosos de febrero de 1904, el Comité Nacional de la Unión Cívica Radical había convocado en Buenos Aires una memorable asamblea a la que iban llegando las delegaciones del interior. Se acercaba el fin de la presidencia de Roca y los radicales estaban en plena reorganización del partido. En un hotel céntrico de la tradicional Avenida de Mayo, sede de la reunión, merodeaban y formaban corrillos numerosos civiles y militares de diverso rango. Ricardo Caballero, médico, político y escritor, oriundo de Córdoba y radicado en Santa Fe, proveniente de las huestes federales, militante del radicalismo desde su fundación, aunque luego disidente de la ortodoxia yrigoyenista, llegaría a ser un protagonista de los primeros triunfos electorales. Pero en aquel momento el objetivo no era acudir a las urnas sino hacer una revolución. Años después, en un libro de memorias, Caballero recordaba que entonces vio por primera vez a Hipólito Yrigoyen. "En uno de los días previos a la reunión de la asamblea que voy historiando, en momentos en que la acera del hotel España sobre la Avenida de Mayo hormigueaba de concurrentes radicales, en la entrada principal, pasadas las once de la mañana, conocí personalmente al jefe de la conspiración civil y militar en la que yo estaba comprometido con entusiasta fe. Hizo mi presentación el doctor Federico Marín, el menor de los hijos de un viejo patriarca del partido federal en Entre Ríos, don Alejandro Marín". En el vestíbulo del hotel, el joven Marín lo presentó a Yrigoyen como "uno de los nuestros", pues Caballero había vivido sus años adolescentes en Paraná, compartiendo con los hermanos mayores de Marín las escaramuzas iniciales del radicalismo entrerriano. "...Pero si bien atendió con deferencia a su joven y entusiasta amigo, a mí me tendió la mano con cierta frialdad, aunque noté que me escrutaba con mirada fría y profunda. No oculto que quedé sorprendido ante aquel hombre imponente, en el que se unían la bella reciedumbre y la distinción de nuestra raza. Me parece revivir aquel lejano momento y creo verlo aún. Alto, de color moreno cobrizo y redondeado el rostro, amplia y levantada la frente pálida, como esas cimas destinadas a recibir la luz; pobladas las cejas, finos los labios, correcta y proporcionada la nariz; todo el rostro de aquel hombre vivía la intensa vida de unos ojos grandes, rasgados, a veces coloreados por lampos verdosos o glaucos; ojos inteligentes y bravíos, suavizados en su expresión por una especie de melancolía dulce y lejana. Su personalidad irradiaba salud, fuerza, aplomo, resolución, serena energía, inconmovibles designios. Era indudable, solamente al verlo, que venía cabalgando desde un lejano destino, este hombre excepcional que desde el severo silencio de su aislamiento había liberado a la mayoría de los argentinos auténticos de los demonios, de la desesperanza y de la concupiscencia que preparaban la caída definitiva del país en los abismos de la abyección. El doctor Yrigoyen vestía en ese momento un traje negro de finísimo casimir inglés, cuya factura señorial y severa realzaba la elegancia de su persona; llevaba galera con amplia guarda de luto por la madre, doña Marcelina Alem, recientemente fallecida. No cambié con él ninguna impresión que valga la pena referir, sino es que al tomar el ascensor que conducía a los comedores reservados del hotel, nos invitó con sobria amabilidad, a Marín y a mí, diciéndonos: -¿Nos acompañan ustedes a almorzar?" Ambos se excusaron, porque estaban citados en otro lugar con el doctor Pedro Molina, dirigente del partido radical en Córdoba, que por esos días planteaba diferencias tácticas con Yrigoyen. La reticencia de éste al conocer a Caballero se debía a la presunción de que se alineaba en la tendencia de Molina. No era así, sin embargo. Aunque Caballero escribía artículos para el diario La Libertad que dirigía Molina, y los acercaba una común prosapia federal, discrepaba con las posiciones económicas liberales que el dirigente cordobés defendía en su periódico. Yrigoyen tenía entonces 51 años y, según acotaba Caballero, era "un hombre de estudio" (en realidad no tenía título de doctor, aunque así lo llamaran sus correligionarios); pero por sobre todo, era un argentino de "la vieja estirpe" de raíz campesina, en la que el mismo Caballero se reconocía por sus antepasados gauchos y ranqueles del sur de Córdoba. La clásica biografía de Manuel Gálvez mencionaba la ascendencia india de Yrigoyen, y Caballero -que citaba ocasionalmente a Gálvez- aludía muchas veces en su libro a "nuestra raza", al "origen racial" o a las "influencias ancestrales de la raza" en el espíritu de don Hipólito, refiriéndose a la conjunción de la cultura criolla e indígena, ligada a la tradición federal de las guerras por la patria. La tesis de este libro era que la UCR encarnaba una continuidad del federalismo, y que el principal aporte a las puebladas radicales provenía de hombres de filiación federal. Yrigoyen, sostenía Caballero, se había desengañado del "doctrinarismo liberal" que se imponía en el mundo, y su posición ante los problemas sociales se fundaba en los principios cristianos de la dignidad humana y en la solidaridad para remediar las injusticias que soportaban las masas populares. "La tragedia de su familia perseguida, de su abuelo don Leandro Antonio Alem calumniado y asesinado judicialmente, mancillado su cadáver y su nombre por el odio unitario, lo ataba con lazos de sangre y de dolor. La comprensión de su poderosa inteligencia y la bondad de su alma, le llevaron por todos los senderos de su vida solitaria, cavilando hasta encontrar la idea capaz de hacerlo resurgir morigerado y renovado. Cuando esa idea iluminó con nítida luz los senos de su conciencia, se aferró a ella y le consagró su vida para realizarla. La bautizó con un nombre casi parabólico, incomprendido por sus propios discípulos, pero que lo traducía fielmente. Al movimiento cívico que dirigió, lo denominó La Reparación. El nombre revela la generosa intención de quien lo pronunciara. En labios del doctor Yrigoyen significó olvido de pasados errores y justicia futura para las masas argentinas desposeídas y olvidadas. Otro movimiento, el que animara el espíritu férreo del general Rosas, fue llamado por éste La Restauración, palabra que encierra la idea de fuerza, de violencia, de implacable energía frente a las oligarquías en su acción extranjerizante". Las concomitancias y vínculos con Rosas, en torno a lo cual Gálvez había tratado de develar más de un secreto, era también una obsesión recurrente en la obra de Caballero. En otros párrafos Caballero explicaba que, así como en el movimiento emancipador todas las corrientes políticas que lo atravesaban se habían subordinado al objetivo de la independencia, Yrigoyen concebía que bajo la bandera del radicalismo podían juntarse todos los matices doctrinarios que aspiraban a la libertad del voto. Pero el yrigoyenismo tenía una misión de regeneración nacional y social, que no era comprendida por quienes pretendían que fuera una agrupación de contenido meramente político o institucional. El caso es que en la asamblea partidaria de febrero de 1904 se conciliaron, por el momento, las diferencias. Molina ocupó la presidencia del Comité Nacional e Yrigoyen aceptó una presidencia honoraria, para consagrarse a dirigir la acción clandestina. "Todos, jóvenes y viejos, disciplinamos nuestras ideas y nuestros sueños ajustándonos a la doctrina profunda y mística del doctor Yrigoyen, que él exponía con palabra serena, luminosa, emotiva y seductora, hasta en los arrebatos de encendida pasión que raramente lo exaltaba. Los representantes se dispersaron después de una semana de deliberaciones secretas y públicas. En las sesiones secretas, que fueron dos, una vez conocidos en líneas generales los trabajos revolucionarios, se resolvió proseguirlos en toda la república bajo las directivas del doctor Yrigoyen". Durante ese año, Caballero tuvo otros encuentros con Yrigoyen, para tratar los progresos del espíritu revolucionario entre la oficialidad joven y la propaganda de los clubes partidarios. "La recomendación de que nos ajustáramos cuidadosamente a las ideas sociales y políticas que nos había transmitido, nos era repetida con implacable tenacidad. Parecía seguir el precepto de la pedagogía hebraica que aconseja repetir hasta cuatrocientas veces lo que se desea enseñar. "-No deben dejarse perturbar --nos decía- por la crítica de los partidos militantes que nos enrostran la falta de programa concreto. La reparación nacional que perseguimos no puede encerrarse en los límites de un programa porque ella los abarca y los sobrepasa a todos. La Reparación será reconocida y acatada por los mismos incomprensivos que hoy la combaten cuando, a nuestros esfuerzos y a nuestra rígida línea de conducta cívica y apostólica, la República incorpore a sus prácticas cívicas el voto garantido y libre, que es el único medio que poseen las organizaciones democráticas para expresar la soberanía de la voluntad mayoritaria. Los programitas o los programas vendrán después de la conquista de aquel derecho básico. La revolución del 4 de febrero de 1905 fracasó, pero no fue en vano. Años más tarde, el presidente Sáenz Peña reconoció la razón de los alzamientos radicales y prometió garantizar comicios limpios. En 1911 la UCR decidió concurrir a las elecciones de la provincia de Santa Fe, donde Ricardo Caballero integró el segundo lugar de la fórmula. Yrigoyen no estaba de acuerdo al principio, pero luego lo aceptó. "Al abandonar la sede del Comité Nacional, anhelantes de acción rumbo a Santa Fe, el doctor Yrigoyen, en el umbral de la puerta de calle, nos retuvo un momento al doctor Antonio Herrera y a mí, y tomándonos del brazo dijo: -El movimiento de reparación nacional fue concebido para imponerlo y realizarlo por una fuerza selecta y auténticamente argentina. Por eso hemos vivido hasta hoy predicando ese ideal entre grupos escogidos de correligionarios, a los que podríamos haber denominado más bien amigos; cualquier finalidad práctica, cualquier deseo de medro personal, no tenía hasta ayer cabida entre nosotros. Ahora que ustedes han obtenido autorización para concurrir a los comicios, transformando la abstención y la conspiración en militancia política, sepan que la manera de actuar es totalmente distinta. La necesidad de triunfar requiere desde luego el número, y no podemos elegir los hombres como lo hemos hecho hasta aquí; ya no podremos reposar nuestro pensamiento en el regazo de comunes sueños, porque en las reuniones que van a realizarse en adelante, encontraremos hombres movidos por finalidades prácticas, por recónditas ambiciones personales, y tendremos que marchar por las calles llevando de un lado al hombre de intención más pura y del otro tal vez a algún pillete simulador y despreciable. Esto lo impone, lo exige, la lucha electoral en la que van a mezclarse. Pero no dejen que en las apasionadas luchas del interés se consuma del todo la idealidad que nos ha mantenido unidos hasta hoy; transen lo menos que puedan con la realidad. Después se alejó acompañado por un modesto amigo, meditativo y silencioso, como si la transacción a la que acababa de asistir lo hubiera ensombrecido". [Ricardo Caballero, Yrigoyen. La conspiración civil y militar del 4 de febrero de 1905, 1975]
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