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La utopía latinoamericana

publicado en revista UNIDOS, Nº 9, Buenos Aires, abril 1986


 

            No es casual que Tomás Moro situara a la república de Utopía como parte de aquel Nuevo Mundo que en 1516 comenzaba a dibujarse brumosamente para los europeos, ni que su descripción la pusiera en boca de un navegante portugués, compañero de viajes de Américo Vespucio. Utopía era la fascinación de América, una descripción idealizada de sus culturas originarias, un modelo que debía servir para la reforma social de Europa. Es indudable que fue inspirada por los relatos maravillosos de los descubridores, a través de los cuales llegaban noticias de las civilizaciones incaica y mesoamericana.

            No es casual que ese libro, inspirado por el primer contacto euro-americano, sirviera a la idea de las misiones, el esfuerzo más trascendente para armonizar la cultura de los conquistadores y los conquistados en una síntesis creadora: Juan de Zumárraga, primer obispo de México en 1527, llevó allí ese texto, que influyó en los asentamientos precursores de los franciscanos, extendidos y perfeccionados luego por los jesuitas.

            Ni es casual que Tomás Moro, testigo y crítico de su tiempo, muriera decapitado en la Inglaterra de Enrique VIII; aunque ésa es otra historia. En Europa, su Utopía precedió a otras, las de Sidney, Campanella, Bacon. Sugirió doctrinas y empresas filantrópicas como las de Saint-Simon, Fourier, Owen. Nutrió una corriente de ideas humanistas y socialistas, que entroncaba con los orígenes del cristianismo y contradecía el espíritu implacablemente mercantil del capitalismo.

Paradójicamente, quien la descalificó en nombre de la ciencia del siglo XIX fue Federico Engels, con su célebre ensayo que oponía al socialismo utópico nada menos que el socialismo científico. Digo nada menos, pues esa teoría estaba destinada a convertirse en otra forma de utopía, una de las más significativas que han conmovido al mundo contemporáneo.

Porque ¿qué es al fin y al cabo la utopía? "Plan, doctrina o sistema halagüeño, pero irrealizable" define la Real Academia: acepción usual, que indica hasta qué punto prevaleció el escepticismo del statu quo. Sin embargo, la utopía ha movido las ruedas de la historia, ha contribuido a cambiar el mundo. En ese sentido fue eficaz la de Tomás Moro. Ernst Bloch reivindicó el valor profético, crítico y movilizador de estos mensajes. Hay muchos ejemplos de utopismo que han prosperado, desde el sionismo de raíz bíblica, hasta otra gran ilusión contemporánea, la democracia liberal diseñada por Rousseau y Montesquieu. ¿Quién duda que en alguna medida se han hecho realidad?

Pero aún por sobre la cuestión de su realizabilidad, hoy es valor corriente de especulación que la imaginación utópica −la utopía encarnada más que escrita− ha sido y sigue siendo necesaria en todo emprendimiento humano fundamental.

Desde que se planteó el problema de la causalidad histórica, ha habido varias maneras de interpretarla. Desde una filosofía idealista y voluntarista, la realidad es como los hombres quieren que sea (o como creen que debe ser). En otro polo, diversas doctrinas han sostenido una determinación superior, de la que los hombres solo podrían ser instrumento (llámense providencialismo, determinismo natural, economismo, etc.). Para el sentido histórico actual −que se podría llamar posmarxista, en la medida que incluye la crítica interna y externa al marxismo− el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas sociales presenta un marco de opciones (una relativa determinación o una libertad relativa, es lo mismo), dentro del cual las tensiones se pueden resolver produciendo una u otra forma alternativa de organización social, explotando de uno u otro modo las condiciones dadas y abriendo hacia el futuro nuevos marcos de posibilidad.

Esto que hoy parece claro, ha sido el fruto de una lenta elaboración. De un arraigado providencialismo se pasó a las explicaciones idealistas, con el optimismo renacentista y protoburgués. La construcción teórica de Marx y Engels sentó las bases metodológicas para el desarrollo de las ciencias sociales, pero también suscitó cierta interpretación mecanicista del transcurso histórico: una característica de la utopía revolucionaria del marxismo, tributaria del milenarismo, es la certeza "científica" de un porvenir socialista inexorable (asunto hoy en revisión por los pensadores más lúcidos de esta teoría); aunque la función movilizadora, el llamado voluntarista, ha sido su contenido predominante.

Volviendo a nuestro sentido común histórico, parece evidente que los pueblos no pueden organizar la sociedad a su antojo, pero tampoco son mero objeto de un proceso inasible. Dentro de los límites de un estadio de evolución, tienen cierta soberanía para plantearse objetivos, alcanzables en la medida del éxito de una lucha conciente. Los lindes no están a la vista, nunca con la suficiente claridad, por la complejidad de la sustancia social y del encadenamiento histórico. De allí la validez de la exigencia utópica, su justificación en otro plano distinto y contiguo al de la ciencia.

Demos ya por superada la incompatibilidad utopía-ciencia. Frente a los modelos de base real que manejan los estructuralistas, la utopía sería un modelo ideal, de base más abstracta, pero que inevitablemente contiene referentes a alguna realidad conocida. Esto, que era evidente ya en Moro, constituye un aspecto insoslayable de la mayor importancia: la atracción, la fuerza de la utopía se apoya en experiencias concretas, proyectadas o desplegadas a un nivel superior. Todas las doctrinas colectivistas han abrevado en la nostalgia de la comunidad primitiva, así como la ideología liberal se nutrió en la tradición de la aristocracia griega.

Antes de entrar al tema, conste pues mi adhesión a esta redefinición de la utopía como incitación,  doctrina de lo trascendente, desafío y proyección, apelación a ejercer nuestra libertad y ensanchar sus límites.

El nuevo mundo

Repasando las grandes líneas de la evolución histórica del Nuevo Mundo −este conglomerado único y plural a la vez− es importante observar cómo adquiere sentido a partir de la gestación de sus propios planes utópicos.

La mayor parte del territorio fue conquistado y colonizado por los imperios español y portugués, en una hazaña devastadora que dejó huellas indelebles. Fue un genocidio moralmente injustificable. Aquella conquista destruyó todo lo que se le oponía y cometió crímenes tremendos, como toda conquista. La colonización fue depredatoria, y estaba condenada a agotarse y fracasar, como todo colonialismo. Pero hay que valorar una resultante fundamental: la comunicación, la unidad del continente.

La América prehispánica poseía algunos rasgos comunes, atribuibles a su insularidad y a ciertos contactos originarios aún poco claros, pero los pueblos principales estaban incomunicados por enormes distancias y por más de cien familias lingüísticas independientes. Los niveles de evolución comprendían desde las grandes civilizaciones andinas, y otras sociedades agricultoras menores, hasta las comunidades cazadoras nómades. La historia de aquellos admirables estados urbanos está aún por escribirse, pero es claro que existían tendencias integradoras a partir de la expansión de los últimos imperios inca y azteca. La conquista española interrumpió ese curso e impuso otra forma de unificación, drástica y eficaz, a un precio incalculable, demasiado alto.

Los datos demográficos son reveladores. Los estudios más difundidos subestimaban la población aborigen, basándose en que a principios del siglo XIX solo quedaban en Iberoamérica unos 8 millones de indígenas. A partir de investigaciones recientes de Cook y Borah sobre México Central, los cálculos proyectivos ascienden a entre 50 y 75 millones para todo el continente. Tres siglos después, toda la población iberoamericana, blancos, negros, mestizos e indios, apenas rondaba los 20 millones. Si la catástrofe demográfica del siglo XVI obedeció en gran parte a causas biológicas imprevisibles, es inexcusable de todos modos la brutalidad de la conquista y la escasa capacidad de crecimiento de la sociedad colonial, pese a la constante introducción de millones de esclavos africanos.

El imperio hispánico impuso una superestructura estatal centralizada, una religión y una lengua común, y trajo una emigración europea como casta dominante. Por debajo de estos factores prevalecientes, se conformó una sociedad racial y culturalmente mestiza, con gran variedad de matices regionales, pero de cierta homogeneidad sustancial. Esto vale también para el área portuguesa, habida cuenta de las raíces comunes −que llevaron inclusive a la fusión de ambos imperios entre 1580 y 1640−, ya que el país lusitano, como nos recordaba Hernández Arregui, es tan heredero de la Hispania romana como el resto de la península.

La evaluación de la empresa hispánica en América sigue siendo polémica. Dejando atrás las falacias de las leyendas negra o rosa, los intentos para definirla según categorías históricas más rigurosas condujeron a una sugerente controversia. La colonización se produjo coincidentemente con la transición europea al capitalismo, obrando a la vez como efecto y causa. En las discusiones sobre el modo de producción en las colonias, se han expuesto argumentos para calificarlo alternativamente como feudal, capitalista, esclavista, o como un sistema sui generis: es que en América hubo esclavismo, servidumbre, asalariado libre, y además combinaciones y formas originales de organización del trabajo, que pueden inducir la idea de varios modos de producción coexistentes. ¿Cuál sería el predominante? ¿Cuál el carácter del Estado así configurado? La polémica puede tonarse bizantina si no se asigna la importancia debida al dualismo colonial, en el cual, por sobre la “heterodoxia” de las fuentes productivas, el rasgo clave es la existencia de las estructuras de subordinación al Estado y la economía metropolitana. La caracterización del sistema es particularmente ardua por la diversidad de las regiones y pueblos conquistados que lo condicionaron, y por el ritmo del proceso de transformación que sufrió, el cual tenía un centro complejo en Europa. Era el alba del capitalismo, de la civilización internacional, pero España y Portugal, avanzada inicial de la expansión europea, fueron quedando rezagadas como intermediación cada vez más parasitaria en la ecuación colonial.

Los siglos de la colonia fueron el tránsito más costoso que pueda concebirse, desde las civilizaciones arcaicas a un incipiente estadio capitalista, íntimamente ligado y subordinado al surgimiento en Europa del centro industrial del mundo. Si América del Norte lograría llegar a ocupar un papel de preeminencia en el sistema industrial, Hispanoamérica habría de quedar pronto sometida a un estatuto neocolonial, que renovó su condición tributa del progreso capitalista.

Examinar las causas de tal frustración conduce a otra indagación esclarecedora, que está muy lejos de haber concluido.

¿Cuál fue la ventaja de las trece pequeñas colonias del norte, respecto al imponente conjunto hispanoamericano, en su despegue al desarrollo? Análisis metódicos revelan factores clave en la organización económica y social, la situación geográfica e histórica y la relación con Europa, que pueden explicar los rumbos divergentes. Hay asimismo un factor político esencial que implica y resume todos los demás: el éxito de la lucha por la independencia y la unidad, el logro colectivo de constituir una nación, a partir del "gran sueño americano" (que desdichadamente los Estados Unidos cumplirían a costa del resto).

La América hispánica poseía también una vocación nacional y combatió empecinadamente para realizarla, pero su revolución de la independencia quedó a mitad de camino, fue desvirtuada.

La revolución trunca

Los centros principales del poder español habían sido México y Perú, o sea los mismos de las civilizaciones precolombinas, sobre las cuales se asentó la conquista. En cambio, la revolución se propagó principalmente desde dos áreas periféricas, el Río de la Plata y Venezuela, donde existían mayores vinculaciones comerciales y comunicación con Inglaterra, y los núcleos virreynales de Lima y México fueron los últimos en ceder. No era una casualidad. La independencia hispanoamericana era parte del fenómeno de la revolución burguesa mundial, que tenía su riñón industrial en Inglaterra.

El proyecto original de la emancipación, la utopía de los libertadores, tuvo, sin embargo, un inequívoco sentido nacionalista, americanista: los patriotas querían imitar el ejemplo de la burguesía europea, no someterse a sus dictados; tal era el precedente norteamericano.

La revolución sudamericana era una misma causa, de alcance continental, y su realización forzosamente interdependiente. El movimiento del Plata se proyectó inmediatamente al Paraguay y el Alto Perú, San Martín se empeñó en la liberación de Chile, y ésta hizo posible marchar sobre Lima. El objetivo de la campaña sanmartiniana, tal como surge de los papeles de Tomás Guido y de la declaración de la independencia por el Congreso de Tucumán, eran "las Provincias Unidas de Sud América". Bolívar lanzó su expedición con el apoyo de la república negra de Haití, conquistó Nueva Granada para ocupar Venezuela, y fundó la unión de la Gran Colombia aún antes de ganar a Quito; desde Lima envió a Sucre a liberar el Alto Perú. Asumiendo el liderazgo que le cedió San Martín, el venezolano proclamó y persiguió infatigablemente la unión continental: "la América reunida", "una nación de repúblicas". Centroamérica, emancipada junto con México, realizó su inicial federación conducida por Morazán.

El Congreso de Panamá, en 1826, debía concretar las bases del sueño bolivariano. El triunfo contra los opresores coloniales no podría consolidarse ni fructificar sin unidad orgánica de los países emancipados: "es tiempo ya de que los intereses y relaciones que unen entre sí a las repúblicas americanas, antes españolas, tengan una base fundamental que eternice, si es posible, la duración de estos gobiernos". El Congreso reunió a Colombia, Perú, México y Centroamérica, pero Brasil, Argentina y Chile fueron reticentes a la iniciativa. Esta no prosperó, a pesar de haberse firmado aquel admirable, utópico Tratado de Unión, Liga y Confederación perpetua entre las repúblicas asistentes. Habían comenzado a prevalecer las fuerzas centrífugas, alentadas objetivamente por el neocolonialismo, y en varias ocasiones muy directamente por la diplomacia británica.

Era el síntoma de la frustración de la causa emancipadora, ya que si la unión era una condición para la independencia, la desunión era el requisito básico del coloniaje. Mientras los Estados Unidos del norte, tras adquirir Luisiana y Florida, se expandían al oeste y llegaban a anexar medio México, Hispanoamérica se hacía pedazos: en el Plata se consumaba la escisión de la Banda Oriental, Paraguay y Bolivia, la Gran Colombia se desmembraba, igual que los países centroamericanos ya desgajados de México, y se desataban terribles guerras civiles en el interior de los nuevos estados.

El conflicto que desgarró interiormente la revolución fue presentado por Sarmiento, el más brillante expositor del liberalismo europeísta, como el antagonismo de la civilización contra la barbarie. Este esquema, ya refutado en su tiempo por Alberdi, prosperó en la historiografía oficial y fue desafortunadamente actualizado desde cierta óptica marxista como pugna entre capitalismo y feudalismo. Oponiendo una oscura reacción feudal al progreso que impulsaría el capital europeo, se escamoteaba la alternativa que representaron los proyectos capitalistas autónomos, bien diferenciados por cierto de la mera reacción y de los planes neocoloniales.

En algunos de los nuevos estados, el libre comercio con Europa acarreaba graves perjuicios a las industrias tradicionales, que no podían competir con la importación, generándose violentas contradicciones regionales. Por otra parte, las huestes movilizadas en las guerras de la independencia exigieron el cumplimiento de las utópicas promesas de la revolución: la emancipación social de las castas sumergidas, la distribución de la tierra, la democratización del poder. La existencia de grandes sectores de población explotados miserablemente o marginados, dificultaba cualquier forma de reorganización económica. Los enfrentamientos en el seno de las clases dirigentes criollas se proyectaron en la lucha de conservadores y liberales, federales y centralistas, incorporando a uno u otro bando las reivindicaciones de las masas campesinas. Las tentativas para promover un desarrollo capitalista independiente tropezaban con una base productiva insuficiente, restringidos mercados internos, y condiciones técnicas y políticas poco propicias. Como había predicho Bolívar, estos países, fragmentados, no tenían “ni la población ni los medios” para lograrlo.

No obstante, los pueblos americanos lucharon en todas partes tratando de realizar el proyecto de la emancipación. El Paraguay hizo una original experiencia de organización económica y social proteccionista, dirigido por los regímenes patriarcales del Dr. Francia y los López. Rosas logró equilibrar en la Confederación Argentina una próspera economía exportadora con el amparo a las industrias locales. En México, Juárez encabezó un proceso centrado en la reforma agraria, para impulsar la modernización y el progreso social. Pero estos avances se lograron en medio de una pugna frontal con los intereses colonialistas europeos, que instrumentaron todos los medios, incluso la invasión militar, para desarticular las defensas y conquistar esos mercados.

Los americanos del norte culminaron su revolución nacional con una guerra, imponiendo la Unión a los estados secesionistas: era el triunfo del proteccionismo industrial sobre los intereses del librecambio esclavista y algodonero, dependiente del mercado textil inglés. En una asimetría más trágica que irónica, los estados desunidos de Sudamérica consumaron su fracaso con otra guerra casi simultánea, aniquilando al Paraguay independiente con los ejércitos brasileros de esclavos, para imponer el libre comercio con Gran Bretaña. Ante ésta y otras agresiones de la década de 1860 contra México, Chile y Perú, se realizó el último intento de resistencia continental −un congreso frustrado, la rebelión de Felipe Várela con apoyos en Chile y Bolivia− bajo la utópica bandera de "la Unión Americana".

Dependencia e industria

El apogeo del capitalismo en Europa, la era del imperialismo, constituyó, durante medio siglo, la edad de oro de las oligarquías latinoamericanas. Impuesta a sangre y fuego la incorporación del continente al nuevo orden mundial, como periferia proveedora de productos agrarios y mineros y mercado importador de manufacturas y capitales, se estabilizaron en el poder las aristocracias "liberales" y las repúblicas fraudulentas, en un remedo autoritario del parlamentarismo europeo. Ejemplos sobresalientes fueron el porfiriato mexicano y el roquismo en Argentina. En el Brasil, donde no hubo revolución, sino una independencia formal consentida por la metrópoli −que ya había negociado su asociación con el imperio británico−, tampoco hubo por tanto participación popular ni guerra civil, y las formas republicanas se adoptaron más tardíamente, con el mismo falseamiento de contenido.

Las grandes migraciones europeas proporcionaron mano de obra y formaron nuevas capas sociales intermedias, desconectadas de la experiencia histórica anterior. Las sociedades sudamericanas se complejizaron, en un segundo gran mestizaje racial y cultural. Las luchas sociales y políticas del siglo XX

tuvieron en consecuencia otra fisonomía, con mayor protagonismo de las clases medias.

            La crisis del capitalismo internacional, que se manifestó con las guerras mundiales y la gran depresión de los años treinta, marcó la siguiente etapa. Fracturado el esquema de librecambio y las posibilidades de crecimiento de las economías dependientes de la exportación, Latinoamérica tuvo una nueva oportunidad de sacudirse la tutela imperialista. Fue la época de consolidación y profundización de la revolución mexicana, de los progresos del radicalismo y el peronismo en Argentina, del nacionalismo varguista en Brasil, del frentismo popular en Chile. Las frustraciones del aprismo peruano y el liberalismo radical de Gaitán en Colombia, reflejaron la debilidad estructural de estos países para construir una alternativa al coloniaje. Pero en los estados donde el ciclo exportador había diversificado en mayor medida la producción, se aceleró un proceso de industrialización, que conllevaba transformaciones irreversibles. Los nuevos actores sociales fueron el empresariado, emergente de las capas medias inmigratorias, y la nueva clase obrera, proveniente en gran parte de migraciones interiores, contando con el respaldo o mediación de sectores militares nacionalistas. Estos movimientos cuestionaron el poder oligárquico y propulsaron un desarrollo industrial afirmado en la expansión del mercado interno, induciendo una significativa redistribución de ingresos.

            Esa industrialización tardía comenzaba por la producción liviana, sustituyendo importaciones. Mantenía pues una tecnología subordinada, y dependía de la renovación de equipos importados. Era necesario construir industrias básicas y obtener fuentes propias de insumos estratégicos. Pero ello difícilmente podía hacerlo un país aislado, sin los recursos suficientes, y sobre todo sin un mercado interno que justificara las inversiones. La conciencia de estas limitaciones llevó al gobierno argentino, en los años ‘50, a un ambicioso plan de "Pactos de complementación económica" con los países vecinos. Se replanteó la idea del ABC, el triangulo Argentina-Brasil-Chile, que tenía antecedentes diplomáticos de principios del siglo, verdadera llave maestra para la unión continental, ya que representa la mitad de la economía y población de América Latina. Pero fue brutalmente abortado por los intereses norteamericanos y las oligarquías de la región, que lo acusaron de imperialista, fascista y pretextos semejantes. Era, sin embargo −sigue siendo−, la única vía para completar un desarrollo industrial autocentrado en Sudamérica. Era un plan utópico.

            La crisis mundial interimperialista se había resuelto con la hegemonía de Estados Unidos, que a partir de la segunda posguerra se impuso en toda la región. Los gobiernos nacionalistas fueron derrocados o cedieron a esa presión avasalladora durante la década de 1950, y las viejas oligarquías y algunos grupos industriales se adaptaron a nuevas formas de integración con el imperio. Las multinacionales adquirieron industrias existentes y establecieron filiales en posiciones dominantes o de interés estratégico. La desnacionalización del sector industrial fue agudizando la dependencia global, aumentando el drenaje de recursos al exterior y bloqueando una planificación integral del desarrollo. De tal modo se desvirtuaron o desaprovecharon en gran medida las perspectivas abiertas por la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) reformulada como sistema de integración.

            En los países más industrializados del cono sur, la ofensiva imperialista provocó reacciones profundas. En el marco de la efervescencia popular de este período, el modelo de la Revolución Cubana suscitó otra utopía, cifrada en un método: la guerra de guerrillas a escala continental. Por otro lado, los movimientos populares surgidos en la etapa anterior −el trabalhismo, el justicialismo, el frente popular chileno− volvieron a ocupar el gobierno, y fueron sistemáticamente desplazados por dictaduras militares reaccionarias. El terrorismo de Estado que instauraron, bajo pretexto de combatir la subversión revolucionaria, pretendía reintegrar estos países a una dependencia funcional para el capitalismo multinacional, que la depresión mundial fue haciendo cada vez más gravosa. Pese a todo, Brasil logró definir un proceso de crecimiento industrial, contrastante con el retroceso relativo de los demás países de la región.

            Excepcionalmente, México preservó la estabilidad de su régimen político y avanzó en la diversificación de su estructura productiva, aunque sin superar los problemas sociales. Por su parte, otros países más rezagados en la industrialización comenzaron a acelerar la marcha. El petróleo significó para Venezuela, Colombia, Ecuador, una oportunidad de desarrollo sustentado por el sector exportador. Con el Pacto Andino −suscripto además por Perú y Bolivia− iniciaron la coordinación de un espacio económico con un modelo político democrático. Otra iniciativa integradora, el Mercado Común Centroamericano, alentó cierta modernización industrial que fue el precedente de su eclosión revolucionaria.

            En el sur, los grandes proyectos hidroeléctricos de la Cuenca del Plata, que interesan a Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay, también han puesto de manifiesto la necesidad de un plan concertado para aprovechar los inmensos recursos que pueden transformar la región.

            Paradójicamente, quienes más avanzaron en la integración fueron las agencias de la represión y el golpismo militar, constituyendo una red intercontinental contra los progresos de los movimientos populares. Sin embargo, hoy la democracia resurge entre las ruinas de esa experiencia anti-histórica, y una de sus lecciones más trascendentes es el imperativo de la solidaridad entre los gobiernos de origen popular.

            El problema más grave que hoy acosa a los países latinoamericanos, la deuda externa, es otra secuela desdichada de la dependencia: ante la crisis mundial del petróleo y la necesidad de colocar cuantiosos recursos financieros, la banca internacional volcó sus caudales durante varios años en nuestro continente, que fueron succionados desordenadamente por los intereses dominantes. A cambio de esa efímera y desigual prosperidad, queda ahora una hipoteca ilevantable con la que se pretende extorsionar nuestro porvenir.

            ¿Cuál es la salida? Todo indica que estamos iniciando otra etapa, cuyo rumbo no divisamos. Pero podemos darle un sentido, y para ello hace falta renovar la imaginación utópica y la energía social capaz de impulsar las palancas de la historia.

La conciencia latinoamericana

            Latinoamérica, país por país, presenta un cúmulo decepcionante de frustraciones. Pueden resumirse en una: la falta de realización nacional. Prevalece aún la “extraversión” hacia otros mercados, otras fuentes de inspiración ideológica y de impulso económico. Es el estigma colonial de nuestras sociedades mal integradas. Es el círculo vicioso en que la dependencia estructural agrava y exaspera la explotación; la oposición entre las minorías dominantes y los grandes sectores postergados genera reacciones explosivas, nuestra característica “inseguridad”, y realimenta formas brutales de autoritarismo.

Es algo más hondo que las contradicciones propias del capitalismo. Se trata del “mal constitucional” que aún arrastramos. Que se traduce en la subsistencia de viejas y nuevas oligarquías predatorias, y en la mentalidad insolidaria que propagan a la sociedad en conjunto. Elites que tradicionalmente han despreciado y temido a los pueblos de los que se aprovechan, sirven por encima de todo al objetivo de mantener a nuestros países en la órbita del sistema capitalista occidental; ésta ha sido su única doctrina esencial, porque tal sistema es la base y justificación de su supervivencia.

            En tales condiciones, el Estado y la institucionalidad republicana están siempre expuestos, en riesgo de perder contenido. El Estado democrático requiere −lo sabemos desde Rousseau− el contrato social. Sin este consenso básico, explícito o virtual, de las clases e intereses que conforman una nación, no hay reglas de juego político valederas ni duraderas.

            El lastre que pesa sobre los países de América Latina radica en la falta de una clase dirigente nacional, no en la apariencia de los símbolos sino en la realidad tangible de su proyecto. En tales condiciones, los grandes liderazgos políticos afrontaron aquella insuficiencia apelando a vertebrar la voluntad nacional a partir de la movilización de los pueblos. De allí el nacionalismo popular que ha caracterizado el dinamismo de la historia política latinoamericana.

Una conciencia crítica de esta realidad se ha ido abriendo camino a la par del avance de los movimientos populares, entre la maraña ideológica configurada por el coloniaje: la metáfora borgeana del “europeo exilado”, viviendo un patético destierro intelectual de la patria verdadera; la trampa de nuestra identificación como “aliados”, fatalmente uncidos al carro de otros que hacen la historia por nosotros, meras sombras platónicas de un mundo ajeno. Claro que la búsqueda de nuestra identidad no es tarea sencilla, que pueda reducirse a constatar dudosas filiaciones. Las respuestas se proyectan inevitablemente, más que a un patrimonio a defender, a un proyecto por realizar: el itinerario de la “patria niña” de que hablaba Marechal. Por eso, cada paso de avance político de los pueblos ha sido un paso adelante en el reconocimiento de nosotros mismos. Por eso el problema de nuestra entidad esencial está forzosamente ligado a la lucha social.

En este fin de la adolescencia de nuestros países, comienza a existir un pensamiento propio latinoamericano. Hemos ido descubriendo el rostro auténtico de la nación en su integridad continental y mestiza, una y múltiple, enraizada en el legado europeo pero también en el encuentro con las civilizaciones primigenias. Uno de los aportes liminares fue la revisión histórica y el rescate de las culturas originales, donde los peruanos Mariátegui y Haya de la Torre apoyaron sus vigorosas apelaciones políticas latinoamericanistas, y que desde entonces ha ido afirmando un movimiento de reivindicación de las etnias sobrevivientes (y no obstante, a ellos, como a todos quienes moramos en estos países, nos constituye en definitiva el carácter mestizo de nuestra cultura de encrucijadas).

Faltan aún estudios sistemáticos que enlacen la historia y la problemática común del continente, como hemos intentado esbozar en los párrafos precedentes. Existen sin embargo ensayos precursores de Carlos Pereyra, Sergio Bagú, J. Abelardo Ramos, Rodolfo Puiggrós, Eduardo Galeano. Otra contribución  proviene de la corriente estructuralista que ha profundizado los planteos de la CEPAL, criticando las teorías del desarrollo y analizando en perspectiva histórica las causas y alcances de nuestra dependencia; en esta dirección sobresalen los trabajos de Celso Furtado, Osvaldo Sunkel, Pedro Paz, F. H. Cardoso. La revisión se ha extendido a otros enfoques de las ciencias sociales, y ha producido resultados estimulantes con las obras de Darcy Ribeiro, José María Arguedas, Paulo Freire, Leopoldo Zea, Rodolfo Kusch.

            Estos elementos de racionalización de la conciencia latinoamericana vienen a fundamentar las intuiciones y vivencias de la patria grande, anticipadas ayer por Rubén Darío, Rodó, Vasconcelos, Ugarte. Hoy, vigorizadas sobre todo por el auge de una literatura excepcional que ha recreado y universalizado el lenguaje, el carácter, el espíritu de nuestra realidad, en la novelística que, entre otros, representan Asturias, Carpentier, Gallegos, Amado, García Márquez, Cortázar, Fuentes, Roa Bastos, Onetti. Otra contribución doctrinaria y práctica a esa concientización proviene recientemente del seno de la Iglesia, en el intento de asumir su dimensión latinoamericana. Y también la dialéctica política se ha renovado contemplando la dimensión continental en que se inserta el destino de cada país. Los líderes populares no han dejado de hacerse cargo de ese imperativo, que Perón sintetizó en un vaticinio: "el año 2.000 nos encontrará unidos o dominados". La guerra de las Malvinas enterró el camino de la irresponsabilidad belicista, pero abrió para aquella causa otras vías de entendimiento y solidaridad, porque allí se refleja por sobre todo un problema crucial: la recuperación del cuerpo territorial de nuestra América.

            Darcy Ribeiro, en la búsqueda de un marco para su indagación sobre la formación social latinoamericana, diseñó un esquema evolutivo de la humanidad que señala el paso de la tribu a los estados urbanos, y de éstos a las civilizaciones regionales y universales; su descripción de las grandes áreas socioculturales −mesoamérica, las regiones andinas y grancolombiana, el cono sur atlántico− indica los componentes que deben articularse para la integración continental.

La compleja civilización mundial de nuestros días requiere la organización del espacio y las relaciones internacionales. Las superpotencias norteamericana y soviética fueron las resultantes de un proceso de asimilación territorial. El mismo camino intentan ahora, por otros medios, las naciones de Europa occidental, y es un objetivo explícito en otros espacios regionales como el de los pueblos islámicos o el continente africano. La comunidad de América latina es la más evidente, sin trabas culturales ni lingüísticas. Pero hay un enorme obstáculo: la dependencia.

Esa es la rémora que debe superar la unión latinoamericana. No se trata de una condición previa, sino de la misma lucha. No habrá unión sin superar la dependencia, ni habrá independencia sin unidad. Esto lo saben bien los estrategas de los intereses imperialistas, que se han empeñado sistemáticamente en disociarnos: los que en 1954 quebraron el proyecto de ABC, los que en 1962 promovieron el aislamiento de Cuba, los que desencadenaron en 1973 la ola golpista contra el cono sur, y hoy tratan de reprimir y dividir a Centroamérica. Seguramente pueden producirse −ya se han logrado− avances parciales en los dos sentidos, hacia la liberación y la integración. Pero no podrán consolidarse separadamente. La integración dependiente sólo sería un instrumento aduanero para las transnacionales. La liberación insular es inviable.

Latinoamérica sólo podrá crecer vuelta sobre sí misma. Inscriptos en el planteo de la unificación territorial, encontrarán su cauce de resolución los conflictos geopolíticos y limítrofes heredados de la época de la balcanización y las guerras fratricidas (desde las secuelas de la guerra del Pacífico hasta nuestro conflicto del Beagle). Se constituirá una comunidad económica dotada de todos los recursos naturales y humanos, un mercado potencial formidable, donde se podrán corregir y complementar las actuales disparidades del “subdesarrollo”. Se articulará así una vía de reencuentro fecundo con el otro hemisferio, y será posible, por fin, escapar al dilema entre el imperialismo capitalista y el satelismo soviético o cualquier otra opción dependiente.

La utopía latinoamericana, significado último de una historia común, es ante todo la exigencia de la liberación y unificación de la patria subyacente; una sola gran nación, como objetivo irrenunciable. Por lo tanto, la supresión de las fronteras, una sola ciudadanía, la integración económica y la planificación de una nueva fase de desarrollo, la intercomunicación social, la vertebración política de una federación continental, pero también mucho más que eso: la emergencia de una gran sociedad plural, un orden de dignidad, libertad y justicia para nuestras gentes secularmente postergadas, la afirmación de sus cauces de convivencia democrática, la refundación de una cultura, rescatando las raíces y proyectando sus aportes originales en el orden científico, tecnológico, artístico, la reivindicación del hombre y la mujer latinoamericanos, dueños de sí, de su tierra y su destino, en el trayecto de nuestro pasado traumático, subordinado y colonial, a un futuro desalienado, creador y universal.

            ¿Qué fuerzas, por qué vías, podrán llevar a cabo el gran proyecto latinoamericano? La revolución tecnológica y la crisis mundial están arrasando las estructuras sociales anteriores, cambiando rápidamente el marco de nuestros dilemas. Entre otros síntomas de tales cambios, uno de los más notables en el plano político es la generalización del rechazo por las "soluciones" autoritarias, de cualquier clase que sean. Nuestros pueblos han madurado para decidir, y exigen su natural protagonismo. Ya no son creíbles los atajos providenciales. América Latina parece por fin desilusionada de dictaduras militares, revolucionarias o burocráticas. Los medios de progreso político se encaminan más bien en un esfuerzo persistente para profundizar el ejercicio de las instituciones republicanas y el contenido social de la democracia. Hay que organizar la participación popular, concibiendo una remodelación del Estado y una auténtica democratización de las estructuras de gestión empresaria y comunal. El mundo gira a mayor velocidad y la vitalidad de los movimientos sociales, de los sindicatos, de la juventud, de las mujeres, continuara impulsando nuevas propuestas, a pesar del retraso y las limitaciones de partidos o grupos dirigentes. Sin duda habrá mayores sorpresas. Tenemos que prepararnos para lo inesperado.

            Hay un lugar, además, para los intelectuales, que tienen la oportunidad y la obligación de incitar la imaginación de un destino. Ello se corresponde con el creciente valor estratégico de la inteligencia en la producción, en la organización y la dirección de la sociedad de fines del siglo veinte. También la lucha política reclama hoy más de la inteligencia que de la fuerza o el heroísmo de otros tiempos. Tenemos que aplicarla a desplegar las reservas sociales en potencia, generando las tecnologías apropiadas. Es ineludible trazar un rumbo hacia otras formes de desarrollo, un salto de etapa para existir en el mundo posindustrial que se avizora. Será inútil resistir a las máquinas automatizadas: habrá que adueñarse de sus secretos, y ponerlas al servicio de todos.

            Pero nada de ello será posible sin rescatar una identidad, una conciencia, un orgullo de ser que sólo adquiere consistencia en el horizonte de la utopía latinoamericana. Esto es lo que debemos hacer cada vez más explícito, recreando la fe en ese sueño colectivo y trascendente. La revolución copernicana para centrar nuestra existencia comienza en nuestras cabezas. Pensándonos latinoamericanos adquirirá un norte cierto el camino de logros y fracasos en las diversas latitudes del continente, y un sentido renovado, pleno, la lucha, el trabajo, la vida que realizamos aquí. Ahora, como siempre, la utopía es posible y, más que nunca, necesaria.

 

Bibliografía

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