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El bandido Artigas

Bandolerismo y montoneras en la revolución del Plata

publicado en Todo es Historia N° 356, marzo de 1997

La revolución de la independencia se propagó en la Banda Oriental con una gran insurrección rural, de con­se­cuen­cias inesperadas: las montone­ras de Arti­gas. Estas origi­naron la disidencia fe­de­ral que de­sa­fió al go­bier­no cen­tral e impuso su disolución en 1820. Aque­llos hechos fueron de­ter­mi­nan­tes en la cons­titu­ción de los es­ta­dos del Plata, y signa­ron las luchas federales por más de me­dio si­glo. Los precursores de la his­to­rio­gra­fía rio­pla­tense condenaron el alzamiento de Artigas y sus "hor­das" como una es­pe­cie de ban­dole­ris­mo. Las revi­sio­nes poste­riores rectificaron, ese juicio pero no acla­raron los oríge­nes del caudillo como bando­lero, que es la cuestión que preten­demos develar.

x Adrián Viera

            Cuando Artigas desertó del sitio de Mon­tevideo en 1814, el director Po­sa­das sus­cri­bió un bando que lo declaraba fuera de la ley, llamándole "ban­dido", "anarquis­ta" y ofre­ciendo 6.000 pe­sos de re­com­pensa a quien lo en­tre­gara vivo o muerto [1]. Aquel trato degradan­te, como a un vulgar delincuente, se explicita en el li­be­lo que hizo publi­car Puey­rre­dón en 1918, re­dac­tado por Sáinz de Ca­via, donde se descri­bía su tra­yec­to­ria de "ca­pi­tán de ban­di­dos, jefe de cha­nga­dores y contraban­dis­tas", lue­go "in­dul­ta­do de sus deli­tos", deser­tor de las fi­las es­pañolas por re­sen­timien­to y, en su­ma, un "­nue­vo Ati­la" de las co­mar­cas que "pro­te­gía" [2].

            El aludido se negó a desmentir éste y otros ataques semejan­tes. Dicen que dijo "mi gente no sabe leer". Sin embargo, hay testimonios de que él mismo recurrió en forma sistemática a la propagan­da panfletaria. Tal vez prefería no enredarse en explica­ciones sobre su pasado.

Condena y revisión

            En el Facundo, Sarmiento retrató a Artigas como arquetipo del cau­dillo bárbaro: habiendo sido un "contrabandista temible", fue inves­tido co­man­dante de cam­paña "por transacción", para some­terlo a la auto­ridad y así llegó a conducir "las masas de a caballo" en un movi­miento hostil a cual­quier forma de civi­li­za­ción. En Con­flic­tos y armo­nías afir­mó que "era un salteador, nada más, nada me­nos"; "treinta años de prác­ti­ca ase­si­nando o ro­ban­do" como jefe de bandole­ros eran sus títulos para mandar "sobre el paisa­naje de indiadas alboro­tadas por una revolución política" [3].

            El joven Mitre, atra­ído por su imagen tal como Sar­mien­to por Facundo, comenzó a escribir una biografía que dejó inconclusa. En sus libros, durante mucho tiem­po in­dis­cu­ti­bles como ver­sión de la his­toria de la inde­penden­cia, lo llamó "caudillo del vanda­la­je", con­cluyendo que "era el jefe natu­ral de la anar­quía permanente", "enemigo de todo go­bier­no ge­ne­ral y de todo or­den regu­lar", aun­que también vió en él y otros jefes gau­chos la ex­pre­sión de una "demo­cra­cia semibárbara" de las masas popula­res fren­te a los ex­tra­víos oli­gárqui­cos y monarquis­tas del grupo di­rec­torial [4].

            Vicente Fidel López, refiriéndose a la "in­su­rrec­ción de las mon­to­ne­ras", observaba que los gau­chos fue­ron, a pesar de to­do, un pue­blo li­bre, que "in­tro­dujo una revo­lu­ción so­cial en el seno de la revo­lu­ción polí­tica de Ma­yo, mo­viéndola en un sentido verda­de­ra­mente democrá­ti­co"; pero fue absolutamente lapidario con Artigas, "­ban­dido fue­ra de la ley co­mún de las gen­tes" que "barba­ri­zó la gue­rra" [5].

            Sólo las opi­nio­nes del úl­timo Al­berdi denun­cia­ron "la le­yen­da c­rea­da por el odio de Bue­nos Ai­res", reco­no­cie­ndo a Arti­gas el ca­rácter de jefe popular y a sus mon­tone­ras el de una "gue­rra del pue­blo" por la demo­cracia y la inde­pen­den­cia, en las condi­ciones de atraso propias de la reali­dad ameri­cana [6].

            Después de las agrias polémicas que suscitó en 1883 la rei­vin­dica­ción ofi­cial del caudillo en Uru­guay, todas las vertien­tes his­to­riográficas contribuyeron a una interpretación más equ­i­li­bra­da de las lu­chas fede­ra­les. Si Artigas ha­bía ad­qui­rido en su pa­tria chica la esta­tura de pró­cer nacional, diversos enfoques revi­sio­nis­tas lo reclama­ron tam­bién como "hé­roe ar­gen­ti­no". Estos dis­cursos reivindi­catorios enfatizaron su ima­gen pa­tri­cia con­forme a los cá­no­nes e­jem­pla­ri­zado­res clá­sicos y negaron las "leyendas" sobre su pasado bandole­ro. En cua­nto a las mon­to­ne­ras, carac­teri­za­das desde dis­tintas visio­nes como gue­rri­llas gau­chas, mes­na­das indígenas o bandas de sal­tea­do­res, el tema si­guió siendo polémi­co. La investigación aca­dé­mi­ca ha esclarecido los con­fli­ctos de la épo­ca re­vo­lu­cio­na­ria pro­fun­di­zando el co­no­ci­mie­nto del con­tex­to socioe­co­nómi­co, pero difícilmente ha po­dido sus­t­raerse a la tradición par­ti­dis­ta al en­fo­car las con­tra­dic­cio­nes del siglo XIX [7].

            La publicación del Archivo Artigas en Monte­vi­deo propor­cionó nuevas evidencias de que el hom­bre actuó como contra­ban­dista, aun­que los histo­riadores urugua­yos no ahondaron el asunto. Al­gu­nos lo jus­tificaron ar­gu­mentando so­bre la irra­cio­nali­dad de la le­gis­la­ción es­pañola, opuesta a lo que era "ley social de la época", y des­ta­cando que "casi nadie que­dó fue­ra" del con­trabando en la so­cie­dad colo­nial [8].

            El pro­blema, sin em­bargo, excede largamente los juicios mo­ra­les sobre el prócer y la constatación de la distancia entre la letra de la ley y las cos­tum­bres en la sociedad criolla. La etapa de bandolero de Ar­tigas -más allá de los argumentos prejuiciosos de sus detractores- suscita inte­rro­gan­tes que no pueden ser soslayados. Aquellas andan­zas gau­chescas ¿fue­ron episodios in­trascen­den­tes en la vida de un hijo de la clase patricia? ¿Fueron sólo una qui­jo­tada entre los aborígenes, o el fundamento de la ca­rrera del caudi­llo rural? ¿Hasta dónde rom­pió con ese pa­sa­do para con­ver­tir­se en sol­dado del rey? En la lucha de cla­ses de la revo­lu­ción, ¿se comportó como parte del grupo de los ha­cen­dados, como un jefe mi­li­tar popu­lis­ta o como adalid de los gau­chos? Y en cua­nto a la gue­rra mon­to­nera, ¿fue una for­ma de su­per­a­ción o de regre­sión al ban­dida­je? Estas cues­tio­nes requieren exa­minar la pre­his­to­ria del "Protec­tor de los Pueblos Libres" en relación con los acon­te­ci­mientos de la década re­vo­lu­cionaria.

La teoría del bandolerismo

            Los estudios sobre el ban­dole­ris­mo y la re­sis­ten­cia cam­pe­si­na proponen otros puntos de vista. Eric J. Hob­sbawm presen­tó el fenómeno uni­versal de los bandi­dos sociales, apo­yados por po­bla­ciones cam­pesi­nas (tam­bién pas­to­ri­les) que los reconocían como pro­tecto­res fre­nte a un poder opre­sor. La so­lidari­dad activa y simbólica con el re­belde -el jo­ven per­se­guido por actos que las cos­tum­bres no conside­ran verda­dera­mente delic­tivos, que se distin­gue por "co­rre­gir los abu­sos" y "ro­bar al rico para ayu­dar a los po­b­res", em­pleando la vio­len­cia con ciertos lí­mites- expre­sa­ría una "fo­rma pri­mi­tiva de pro­testa" en socieda­des agra­rias pre­ca­pi­ta­lis­tas don­de se quieb­ra el equi­librio tra­di­cio­nal, en la me­di­da en que no existen otras formas de orga­niza­ción de los inte­reses cam­pesi­nos. Según Hobsbawm, estos bandidos legendarios -que con fre­cuencia eran contra­bandistas o de­sertores- encar­nan las deman­das de jus­ti­cia en el marco de la cul­tu­ra tra­dicio­nal. A ve­ces, fra­ca­sa­dos los inten­tos de suprimir­los, las au­toridades a­corda­ban con ellos, in­clu­so to­mándo­los a su ser­vi­cio, y a menudo se su­maban a los le­van­ta­m­ien­tos ru­ra­les o las revo­lu­cio­nes que movi­li­zaban a las ma­sas: su contri­bu­ción como líde­res revolucio­na­rios por lo general fue im­por­tante en el pla­no mi­li­tar, aun­que su inser­ción en la com­ple­ji­dad de los procesos po­líti­cos re­sultaba más di­fícil [9].

            Anton Blok y otros autores "revisaron" el modelo de H­obs­bawm en cuan­to a la "soli­dari­dad de clase" del ban­dido con los campe­si­nos, subrayan­do en ciertos casos su in­terde­pen­dencia con los sostenedores del po­der [10]; observa­ron que no siempre surge de un cam­pe­sina­do tra­di­cio­nal, sino también en po­blacio­nes ru­ra­les estratificadas o he­te­rogéneas, y cuestionaron asimismo el ca­rác­ter pre­po­lí­tico o precapi­talista del fenóme­no [11]. Las investigacio­nes com­pi­ladas por Richard W. Slatta sobre las va­riantes del bando­le­ris­mo en Amé­rica Latina ofrecen un pano­rama sugerente, cuyas con­clu­sio­nes in­tentan refutar a Hobsbawm y no encuen­tran al autén­ti­co bandido so­cial, aun­que sí a otros que se le pa­recen. Ace­rca de Argentina, lamentablemente Slatta se li­mita a una vi­sión es­que­má­tica de la pam­pa bo­nae­rense del si­glo XIX [12].

            En lo que afecta a nuestro tema, Slatta y Mi­guel Izard com­paran las pampas con los llanos venezolanos al expli­car la matriz social de la marginalidad y la insurgencia de llane­ros y gau­chos en la revolución [13]. Respecto a e­llos, extendiendo el aná­li­sis de Chris­ton Archer sobre los bando­le­ros en las guerras de la independencia mexi­cana [14], Sla­tta postula la ca­te­go­ría de "ban­di­dos gue­rrille­ros": mar­gina­les que medra­ron en los con­flic­tos y el de­sorden, intere­sados más en el botín y el prove­cho propio que en la ideología política o el pa­triotis­mo, "cam­bi­an­do de lado según su cálculo del ma­yor be­ne­ficio po­ten­cia­l". En­tra­rían en este rango las montoneras, que Sla­tta defi­ne en térmi­nos apenas dife­rentes que Sarmiento o López, como "le­vanta­mien­tos populis­tas" de los gauchos "si­guiendo a los cau­di­llos fe­dera­les del interior que les prome­tían el sa­queo" [15].

            Dejando de lado otras cuestio­nes metodológicas y de fondo que suscitaron los debates en torno a Hobsbawm y sus con­tra­dic­to­res [16], así como las comparaciones de la his­toria lati­noame­ricana, que merecen ser ahon­dadas con mayor funda­men­to, nos ceñimos aquí al caso de Ar­ti­gas y sus mon­to­ne­ras, relacionando nuestros dilemas his­to­rio­grá­ficos con las interpretacio­nes de la teo­ría del bando­le­rismo.

El joven bandolero

            Artigas provenía de una familia ligada al campo, de modesto linaje, que ha­bía adquiri­do cier­ta for­tu­na den­tro de la pre­ca­ria eco­no­mía ru­ral de aque­llos t­iem­pos. El abuelo, José Anto­nio Arti­gas, era un sol­da­do ara­go­nés, ile­tra­do, casado en Bue­nos Aires con la her­mana de un com­pa­ñero de ar­mas, que integró en 1724 el contingente en­viado a fun­da­r Mon­te­vi­deo, lo cual le permi­tió obte­ner la conce­sión gratui­ta de chacras y es­tan­cia; en­tre otros cargos, fue ca­bil­dan­te y alcal­de de Hermandad (policía ru­ral), cumpliendo un papel importante en las relaciones con los in­dios. El más destacado de sus vás­tagos, Mar­tín Jo­sé, de­sempe­ñó fun­cio­nes simila­res, diri­gió estable­ci­mie­ntos de la fami­lia y par­ti­ci­pó del gre­mio de hacendados, aun­que fue desplazado de la di­rec­ción por el grupo de los más ri­cos. Ca­sado con Francisca Pasqual Arnal, otra des­cen­die­n­te de fun­da­do­res, el ter­cero de sus seis hijos fue José Ger­va­sio, nacido en 1764, según un du­doso re­gis­tro bautis­mal donde se agregó la ano­tación fal­si­ficando la fir­ma del cura [17].

            El niño cursó las primeras letras en la escuela franciscana de Montevideo. El testimonio de su ex con­discípulo Nico­lás de Ve­dia dice que "era un mucha­cho travieso e in­quie­to, ino­bediente y propuesto a sólo usar de su volun­tad" [18]. Su abuelo materno tes­tó una ca­pellanía para que siguiera la carrera de sacerdote, pero no recibió más que una ins­trucción ele­men­tal antes de inclinarse por las tareas rurales a que se de­di­ca­ban sus mayo­res.

            Sáinz de Ca­via -quien siendo escri­bano en Mon­tevi­deo conoció a los Artigas y registró incluso actas de la fa­mi­lia-, afirma en el texto antes citado que difícil­mente habría en aquella ciudad quien ig­nore "la histo­ria de Arti­gas en los primeros años de su juven­tud", y relata que "sustraído a la pa­tria potes­tad por dar rienda suelta a sus pasio­nes, se pre­cipi­tó muy tem­prano en la ca­rrera del desen­fre­no". A­bandonó la casa pa­terna, se internó en la campaña y se hizo famo­so por "crí­menes ho­rribles", encabezando bandas de chan­gadores (va­queros que ha­cían faenas clandes­tinas) y con­tra­ban­dis­tas que cometían "todo género de violen­cias" [19].  

            Vedia refiere que siendo apenas ado­les­cente -como de 14 años- se marchó de u­n esta­ble­ci­mien­to de la familia y "ya no para­ba en sus estancias, sino una que otra vez o­cultándose a la vista de sus padres";  su ocu­pa­ción era "co­rrer alegremente por los cam­pos, chan­guear y com­prar en éstos ga­nados mayores y caba­lladas para ir­los a vender a Bra­sil, algu­nas veces contraban­dear en cueros secos, y siempre hacie­ndo la primera figu­ra entre los muchos com­pa­ñeros". En el manuscrito de la biogra­fía que nunca completó, Bartolomé Mitre siguió la narra­ción de su suegro Vedia con va­riantes, basadas segura­men­te en otras referen­cias: sería a los 14 cuando lo enviaron al campo, a los 18 dejó la casa "y se unió a una par­ti­da contra­ban­dista". Dice que lle­gó a ejer­cer un "dominio pa­triar­cal" en toda la co­mar­ca y narra varios incidentes con sus per­segui­do­res: en una de estas ocasiones hizo ultimar sus cabalga­duras ago­tadas y, parape­tado con sus hom­bres tras ell­as, resistie­ron a ti­ros a la partida hasta que lo­gra­ron cam­biar de monta y huir; este episodio había sido narrado tam­bién en las Memorias del general Miller [20].

            Otras descripciones legendarias dicen que Arti­gas de­te­nía a los malvados con "el fuego de su mirada" y mon­ta­ba "como ninguno", aman­sando ­los equinos al estilo indio. Se conta­ba que lle­gó a reu­nir una fuerza de hasta 200 hombres y se alió con los con­tra­ban­dis­tas de Rio Gran­de [21]. An­ti­guos tes­ti­mo­nios in­di­can también que estaba a­so­cia­do en las fae­nas c­lan­des­ti­nas con un es­tan­cie­ro de la zona del rio Queguay lla­mado Cha­tre o Chantre [22].

            El texto de Cavia apunta que "en los archivos de Mon­tevi­deo se conservan muchos testimonios de las depredacio­nes, re­sis­tencia a la justicia, asesinatos y maldades de toda especie" de la gavi­lla de Artigas [23]. Sólo conoce­mos algu­nos de tales docu­mentos, pero alcanzan para veri­ficar lo esencial.

            Según los partes oficiales, en marzo de 1794, en las se­rra­nías donde nace el río Cuareim, una comisión di­rigida por el capi­tán Agustín de la Rosa, jefe de la guardia de Melo, sor­pren­dió a va­rios changa­dores cue­rea­ndo vacunos, y avan­zó contra ellos sin al­can­zar­los. Cua­tro días después, el campamento de los soldados fue ata­cado de no­che, mata­ron a un centi­nela y les roba­ron la ca­ba­lla­da. Dos detenidos de­clararon después que en aquel paraje se ha­bían juntado va­rias cuadrillas, sumando alrede­dor de 50 hom­br­es, una de ellas comandada por Arti­gas; los cabeci­llas del ataque­ al cam­pa­men­to, Ar­ti­gas y un tal Bor­dón, se interna­ron luego hacia la fron­tera. Esta ver­sión coin­cide perfectamente con la que Mitre reco­gió seguramente de fuen­te oral -sin pre­cisar fe­cha y sin men­cionar la muerte del soldado centinela-, re­latando que el ca­pitán re­gre­só "to­do magu­lla­do" y fue objeto de bur­las por sus co­legas, lo cual de­sa­lentó las per­secu­ciones contra Artigas [24]. Las "le­yendas" decían que las tropas del rey, escarmenta­das, eludían encontrarse con él o se resistían a buscarlo.  

            Otros documentos revelan que a fines de 1795, el gobernador Olaguer y Feliú de Montevideo instruyó al jefe de la guardia del Cua­reim para inter­ceptar dos grandes a­rreos, de 4.000 y 2.000 ani­ma­les, que iban al pare­cer hacia una es­tancia fron­teriza de Bato­ví (donde Vedia contaba haber visto a Artigas dos años an­tes); uno era condu­cido por "Pepe Ar­ti­gas, contra­ban­dista ve­cino de esta ciu­da­d". Una partida reforzada al mando del subte­nien­te Hernández logró acer­car­se a él, que según los datos recogidos encabezaba unos 80 hom­bres arma­dos, mu­chos de ellos bra­sile­ños. El 14 de ene­ro divi­saron un arreo y el sub­te­nien­te movi­lizó sus tropas por ambos lados del arroyo Sarandí para atacar­los, pero una de las colum­nas se topó con 200 cha­rrúas, que no lle­vaban arreo algu­no y los aco­me­tie­ron cau­sándo­les dos muer­tos y tres he­ridos gra­ves. Her­nán­dez re­agrupó fuer­zas y par­la­men­tó con los caci­ques, quienes ale­garon ha­berlos con­fun­di­do con unos c­han­gado­res que andaban por allí des­po­ján­doles sus maja­das. La poco creí­ble excusa no di­sipó la pre­sun­ción de las au­to­ri­da­des de que esos indios esta­ban cola­borando con Artigas [25].

            Es evidente que el joven Artigas era un bandido, es decir, un per­seguido de la justicia por diversos delitos. ¿Cómo llegó a esa situa­ción un hijo de estan­cie­ros? No porque lo empuja­ra la miseria o la ambi­ción de riquezas. Debe haber otra explicación de su impulso de "echar­se al monte", descripto por Vedia como "dar rien­da sue­lta a sus pa­sio­nes" y por Mitre como "sed de aven­tura". Es posible que viviera algún conflicto con su familia. De cu­al­quier modo, su experien­cia fue semejan­te a la de tantos "mo­zos per­di­dos" de los a­sen­ta­mien­tos colo­nia­les que engrosa­ron la clase de los gau­chos, tam­bién llama­dos "hom­bres sueltos" por no estar vincu­la­dos a nin­gún patrón ni por­ción de tierra. En­tre es­tos des­cas­ta­dos abunda­ban prófu­gos de la justicia, es­cla­vos fu­ga­dos y de­ser­to­res, pero tam­bién euro­peos, crio­llos o indios que recha­za­ban las atadu­ras de su co­muni­dad de ori­gen. El sis­tema de con­trol legal de las per­sonas, si bien poco efecti­vo y sujeto a mu­chas arbi­tra­rie­dades, los trataba en general como ban­di­dos. Ar­tigas se convir­tió en uno de e­llos, claro que siempre como líder o cabeci­lla, e hizo aquella vida durante no menos de quince años.

La ley de la frontera

            Es una constante del bandolerismo su vinculación con trastor­nos de cam­bio en la sociedad agra­ria, así como la locali­zación pe­rifé­rica del fenó­me­no, en áreas apartadas del cen­tro pero no del ra­dio de ese cam­bio [26]. Los hechos que referimos se ubican en el con­texto de transi­ción de la región del Plata a fines del siglo XVI­II, cuando sus cuantiosos recur­sos ganaderos se valo­ri­zaban en función de la a­pertura comercial, y Mon­tevi­deo, surgida como for­ti­fi­ca­ción es­tra­té­gi­ca, adquiría cre­ciente importancia por su mo­vi­miento por­tuario y mer­cantil.

            Si bien toda la Banda Oriental era un espacio "de fron­te­ra" respecto al Imperio luso-brasileño, las aventuras del joven Arti­gas trans­cu­rrieron en la franja cercana al rio Uruguay y en el espa­cio más espe­cífica­mente fronte­rizo que se exten­día entre el rio Negro y el deslinde con Bra­sil. En aquel llamado "lejano nor­te" de la pro­vin­cia, con abun­dan­tes pas­tos y hacienda salvaje, la explo­tación económica estaba poco organizada y la auto­ri­dad colo­nial era inefi­caz. Los administra­do­res de las mi­sio­nes gua­ra­ní­ti­cas rei­vin­dica­ban su ju­ris­dic­ción y los portu­gue­ses tam­bién la pre­ten­dían e in­cur­sio­na­ban desde Rio Grande do Sul. Era además el te­rri­to­rio de las tribus charrúas, minua­nes y otras par­cia­lida­des, que se dedi­caban a ca­zar, criar y domesticar equinos y vacu­nos, re­cha­zando las reducciones y la eva­nge­li­za­ción pero man­te­n­ien­do asiduas rela­cio­nes con los asenta­mientos hispano-crio­llos.

            Las autoridades trataban de reprimir las va­que­rías sin li­cen­cia y el tráfico con Brasil, que extraía cue­ros y ha­cien­da en pie respondiendo principalmente a la demanda de las zo­nas mi­ne­ras, e intro­ducía tabaco, a­lcoholes y otras mer­ca­de­rías. Si bien los eje­cutores eran gau­chos criollos o bra­si­le­ños e in­dios, el con­tra­ban­do era impul­sado por los comer­ciantes de Rio Grande con la parti­ci­pación de es­tan­cie­ros, merca­deres e in­clu­so fun­cio­na­rios de la provincia oriental. Era una fuente de tra­bajo y de be­ne­fi­cios para mu­cha gen­te y una nece­sidad para el aba­steci­miento de las poblacio­nes, más aún en el norte [27].

            Otro aspecto significativo del entorno es la con­dición de los gauchos y los indios "infieles". Estos gru­pos marginales a la so­ciedad colonial se ha­bían ori­gi­nado de modo semejante en las fron­teras de la región del Pla­ta, en base a la li­ber­tad para dis­po­ner de los ga­na­dos que tra­di­cio­nal­mente se con­si­de­ra­ban de pro­pie­dad común, y al ex­ten­derse el con­trol del régi­men mo­no­po­lis­ta en la cam­pa­ña fueron perseguidos con progresivo rigor como mal­he­cho­res. Esto ha sido explicado por los es­tudios que trata­ron la re­presión a los gauchos y el sentido de la aplica­ción de las orde­nan­zas de "va­gos y mal en­tre­te­ni­d­os". La resisten­cia indí­gena tam­bién fue cataloga­da como ban­didaje para justificar las acciones pu­niti­vas y pre­sen­ta una esen­cial analogía con la rebeldía de los gau­chos, más allá de obvias di­fe­ren­cias cultura­les. Son variantes del confli­c­to tí­pi­co foca­li­zado por los his­to­ria­do­res del bando­le­ris­mo, en el cual la ley, al cri­mi­nalizar lo que es par­te de la cul­tura y la necesi­dad de vida de un grupo so­cial, los con­vierte masivamente en de­lin­cu­entes [28].

            Como en toda la histo­ria ame­ricana, el avan­ce inexo­ra­ble de los pro­pieta­rios y la au­tori­dad esta­tal so­bre los te­rrito­rios de fron­te­ra tendió a desa­lo­jar o des­po­jar de sus recur­sos a las pobla­cio­nes autóctonas -c­rio­llos e in­dios, a­gri­cul­to­res y pastores- a tra­vés de la "priva­ti­za­ción" del gana­do, la tierra y/o el agua. En el marco de la resistencia a ese pro­ce­so, era lógico que se ate­nua­ran las diferencias entre aborígenes, gau­chos y ban­di­dos, lo cual explica las formas de solida­ri­dad en­tre ellos tan­to como la visión del poder que los englo­ba en la cate­go­ría de bandolerismo. Sin embargo, sería aventurado reducir los conflictos a un antagonismo de cla­se entre estancieros y gauchos -como hace Slatta para el caso de la provin­cia de Buenos Aires- sin adver­tir que, espe­cialmente en la si­tua­ción perifé­rica de la Ban­da O­rien­tal y en relación a la adminis­tración del mo­no­po­lio y el contra­ban­do, existieron otras rivalidades en el seno de los sec­tores propieta­rios y también intereses comunes de algunos de éstos con las po­blaciones rurales.

El bandido justiciero

            El joven Artigas cimentó su prestigio demostrando las habili­dades y compartiendo las virtudes y vicios de los gauchos. Dentro de las formas de sociabilidad propias de aquel me­dio, afi­ciona­do al juego de naipes, ganó fama como baila­rín, "ga­lan­tea­dor" y can­tor de co­plas con gui­tarra [29]. Alrededor de 1790 se relacionó en la villa de Soria­no con Isabel Velázquez, cuyo mari­do estaba preso por homi­ci­dio, y tuvo de ella un hijo, José Manuel, que lo acom­pa­ñó luego en las lu­chas de la inde­pen­den­cia. Otro hijo suyo, Pedro Mónico, fruto de un amorío en Las Piedras en 1792, fue reco­nocido como tal y recibió un lega­do su­ce­so­rio del abue­lo [30].

            Las vinculaciones de Artigas con los charrúas y su colabora­ción en el caso del arreo de contrabando del verano de 1895-96 son resaltadas en un ensayo de Carlos Maggi, apo­yando la conje­tu­ra de que Arti­gas habi­tó en sus tol­de­rías y tuvo en­tre ellos mujer e hi­jo. Esto no puede con­side­rarse de­mos­tra­do, aun­que hay abundantes indicios de una gran in­ti­midad de Arti­gas con las tri­bus [31].

            Si, como razona el historiador uruguayo Washington Lock­hart, aquel arreo clandesti­no de Arti­gas no era sino para ayudar a los cha­rrúas, "co­rri­gien­do agresiones y robos per­petra­dos con­tra ellos" [32], la defi­ni­ción coinci­de con la imagen popular del bandido descripto por Hobsbawm, que "co­rri­ge abu­sos" y "ro­ba a los ricos para ayudar a los po­bres", ac­tuan­do de manera soli­daria con la comunidad tra­di­cio­nal que lo sus­tenta. Si ubica­mos al personaje en la categoría de los "bue­nos ban­di­dos" de todos los t­iem­pos, hay que pensar que compar­tía los beneficios de sus actividades ilíci­tas con los pai­sa­nos, y espe­ci­al­mente con los indios, asegu­rándose la coo­pera­ción de una red de in­for­mantes y encu­bri­do­res a lo lar­go del te­rreno de sus andan­zas.

            Las conexiones de Artigas con los traficantes de Rio Grande, e incluso con estancieros y comerciantes de Montevideo, que le podrían haber facili­tado sus familiares -tema éste que no ha sido sufi­cien­temen­te in­vestigado- acla­rarían mejor la amplitud de la red de in­tereses que anudaba el contrabando.

            Mitre afirma que hacía justi­cia y aplicaba cas­tigos ejem­pla­res, inclu­so "co­mo árbitro en las cues­tio­nes de los veci­nos por cuyos dis­tritos pasaba". Otros relatos legendarios sostienen que penaba a los malhechores y aún agregan que "im­ponía contribucio­nes". He aquí otro rasgo del ban­di­do so­cial, que Ho­bs­bawm des­taca señalando su preo­cupa­ción por ad­mi­nis­trar "una jus­ti­cia más gene­ral de la que podía lo­grar me­dian­te dádivas oca­sio­na­les", de tal manera que al­gunos llegaron a eje­rcer fun­cio­nes de magis­trado o de "go­bierno para­le­lo" [33].

            Las hazañas de Arti­gas burlando a la autoridad, su reputación de re­bel­de indoma­ble, justicie­ro y amigo de los po­b­res, adquirían una dimensión heroica para los habi­tantes de la frontera -aún más allá de los cam­pos del noroeste- que dependían de ma­nera di­rec­ta o indirecta del con­tra­ban­do y recha­za­ban instintivamen­te la ley de la colo­nia. Gauchos, tribus indias, agriculto­res y cria­do­res pe­queños y medianos, peones y esclavos de las es­tan­cias, no cons­ti­tuían un campe­sina­do ho­mogéneo sino un conjun­to de gru­pos, es­tra­tos y co­muni­da­des dedicados a diversas labores, con cierta movi­li­dad para a­dap­tarse a las va­riantes es­ta­cio­nales y cí­cli­cas [34]. Pero sin duda com­partían el rechazo a la auto­ridad realista y los valores tradiciona­les que caracterizaron la cul­tura de las pam­pas. Las fuen­tes históricas y folklóricas muestran que estos pai­sanos pra­ctica­ban, anhe­la­ban o admi­raban el es­tilo de vida li­bre, ale­gre y bra­vío que per­so­ni­fi­ca­ban en ge­ne­ral los gau­cho­s, y en­ par­ti­cu­lar su má­ximo exponen­te que fue el bando­lero Artigas.

El pacto con el poder

            Uno de los desenlaces tí­picos en la carrera del ban­di­do so­cial, según Hobsbawm, es que el rey lo perdone to­mán­dolo a su ser­vi­cio. Es lo que sucedió en 1797. A fines del año anterior el vi­rrey auto­ri­zó cons­ti­tuir un Cuerpo de Blan­den­gues en la pro­vincia orien­tal, como el que ya existía en Buenos Aires, para vi­gilar la fronte­ra con Bra­sil y perseguir el contra­ban­do. Si­guiendo el texto de Ca­via, "el objeto era expurgar a­quella campaña de los facinero­sos que la in­festa­ban" y "puede a­fir­marse que la nece­sidad de es­car­mentar a D. José Ar­tigas y sus ca­maradas tenía la mayor parte en el proyec­to de orga­nizar aquella fuerza". En fe­bre­ro de 1797 el gober­na­dor de Monte­video Olaguer y Feliú pu­blicó un bando para reclu­tar voluntarios, ofre­ciendo in­dultar a cual­qui­er perse­guido que no estu­vie­ra acu­sado de homi­ci­dio o enfrentamiento armado con­tra la auto­ridad. Aunque Ar­tigas era por lo menos sospechoso de tales de­li­tos, en marzo se acogió al per­dón y duran­te las sema­nas sigui­entes reunió varias dece­nas de gau­c­hos -"faci­ne­ro­sos" los llama Vedia- que ingre­saron con él al ser­vi­cio [35].

            La "leyenda" recordaba que fue Artigas quien puso las con­di­cio­nes de aquel indulto, incluso la admisión de los miembros de su banda en el nue­vo cuer­po. El manuscrito de Mitre afi­rma que Ola­guer y Fe­liú, "co­no­cien­do lo importante que sería tener en sus filas un hombre como Arti­gas, ne­goció con su familia su in­dul­to". Cavia re­fiere que don Martín José apro­vechó aqu­ella oca­sión e hizo valer todas sus conexiones, per­sua­diendo a las au­to­rida­des y li­son­jeando a su hijo con la ca­rrera que se le o­fre­cía [36]. 

            Sar­mie­nto señala, res­pecto a los coman­dantes de cam­pa­ña, que "el go­bier­no echa mano de los hom­bres que más te­mor le inspi­ran para enco­men­darles este empleo, a fin de te­ner­los en su obe­dien­cia". Hobs­bawm observa que allí donde el Estado es remo­to, inefi­caz y débil se inclina a pactar con el poder local al que no puede vencer. Pero la conver­sión del re­belde en gendarme es siempre con­flic­tiva. La au­toridad corre el riesgo de conjurar un mal del pre­sen­te que se acrecenta­rá más tarde, como discurre Sar­miento [37]. Por otra par­te, el rebelde puede también transformarse en un ins­tru­mento del poder contra su gente. ¿Cómo se de­sen­volvió Artigas en esta con­tra­dic­ció­n?

            Poco después del indulto, Olaguer y Feliú asumió como virrey interino. Dio a Ar­ti­gas desde el comienzo gran autonomía y lo en­vió al Chuy, donde aquel in­vierno actuó al man­do de una "partida volante". En octu­bre de 1797 lo nombró capi­tán de mili­cias de ca­ba­llería del Regi­mien­to de Montevideo, y en marzo de 1798 ayu­dante mayor del Cue­rpo de Blan­den­gues, esta­ble­cido en Maldona­do. La ac­tuación de Artigas en ese año, re­pri­miendo a con­traban­distas y ladro­nes, incluyó ata­ques a los in­dios, aunque al parecer no a los charrúas. Los par­tes de operacio­nes reflejan su renuencia a "ha­cerles daño" y ciertas desinteligen­cias con los ofi­cia­les de ca­rre­ra [38].

            A mediados de 1799, el comandante de Blandengues propuso as­cender a Artigas para ocupar una plaza de capitán, pero el nuevo virrey, el marqués de Avilés, lo rechazó ob­ser­vando el "ori­gen que tuvo la en­trada de Artigas en el servicio y el extra­ño medio con que se le propor­cionó su rápi­do ascenso de soldado a ayudante ma­yor" [39]. No habría más pro­gre­sos en su carrera hasta 1810.

            Un espía de Portugal, el teniente coronel Curado, que viajó al Rio de la Plata en 1799 en misión diplomática, des­cribió en su informe el cuerpo orien­tal de Blandengues, cues­tio­nando qué podía esperarse "de una tropa cuyo primer establecimien­to se formó con facinerosos, indios y malhechores". Según le había dicho un co­man­dante, "los asesinatos, robos y de­ser­cio­nes son tan frecuentes que, lejos de aminorar el tra­ba­jo de la tropa veterana, para cuyo fin fueron creados, les han aumenta­do el servicio porque no se puede confiar nada en ellos" [40]. Sin embargo Artigas apreciaba a esos hombres. No los dis­ci­pli­nó de acuerdo a los cáno­nes militares europeos, pero los convirtió en una tropa eficaz para las fun­cio­nes y el estilo de mando que él ejercía.

La escuela del protector

            La política virreynal oscilaba entre la posición de los es­tan­cieros y mili­tares que clama­ban por el ex­terminio de "los in­fie­les" y otras opinio­nes orien­tadas a mantener la paz. Los con­flic­tos se agra­va­ron, y en 1798 y 1801 las expedi­cio­nes que coman­dó el capitán Jorge Pacheco arra­saron a los re­beldes cha­rrúas en la fronte­ra norte [41]. Sin duda Artigas no compartía esa polí­ti­ca. Hacia 1799 trajo de las tri­bus a un in­die­ci­to ado­les­cen­te y lo dejó en casa de un ha­cendado de Paysandú para que lo cria­ran como cristia­no: probable­mente era el mismo "caciquillo" Manuel que lo acom­pañó luego, tra­tado como hijo y lle­vando su ape­llido [42].

            En 1800 Félix de Azara pidió que Artigas lo acompañara en su expedición a la frontera para asentar a las familias que habían ve­nido de España con destino a la Patagonia. Así funda­ron la po­blación de Ba­to­ví, donde Arti­gas actuó expul­sando a algunos ocu­pan­tes portu­gue­ses, par­ti­cipó en las asigna­cio­nes de tie­rras y seguramente tuvo oportunidad de discu­tir con Azara los problemas socioeconómicos de la zona: era necesario poblar, organizar la crianza como alternati­va a la ganadería destructiva y regularizar la pro­piedad, pues el sis­tema de de­nun­cia y com­pra a la Real Ha­cie­nda era inacce­si­ble para los po­bla­do­res humildes, a menudo de­saloja­dos por acaparadores que las mante­nían ocio­sas.

            Matizando la vi­sión de que las ideas pro­gre­sis­tas de Azara influ­yeron en Artigas, algu­nos historiado­res se­ñala­n que en cuan­to a la dis­tribu­ción de tierras fue a la in­ver­sa, ya que aquél recti­ficó pro­pues­tas ante­rio­res en las que reco­men­daba dar prefe­rencias a "los más aco­mo­da­dos". El in­for­me que elevó Azara, tras censu­rar el aca­pa­ra­mien­to del sue­lo, el des­per­dicio de recur­sos y el mal manejo de las estancias, recomendaba dar li­ber­tad y pose­sio­nes a los in­dios cris­tianos y reducir a los in­fie­les, re­dis­tri­buir las tie­rras en favor de los auténti­cos po­blado­res y los po­bres, regu­la­rizar los títulos de domi­nio y c­ons­truir igle­sias y es­cue­las. Al ana­lizar las causas del contraban­do, sos­te­nía que la única forma de evi­tarlo y asegu­rar la frontera era legalizar y regla­mentar el co­mer­cio con Bra­sil [43].

            Artigas desempeñó otras comi­sio­nes en la fro­ntera, pero vol­vió a Montevideo y per­maneció inactivo duran­te 1803, pidiendo el retiro del ser­vi­cio. Tenía 38 años, y un in­for­me médico certi­ficó que sufría cierta afec­ción ar­trí­tica reu­má­tica, de pronóstico alar­mante si conti­nuaba su "agi­tada vida" [44].

            Mientras la solicitud era elevada al rey, Artigas aceptó en abril de 1804 salir en mi­sión contra "los indios re­bel­des", para lo cual el goberna­dor le daba como de costumbre am­plia auto­no­mía. Las divergen­cias de Arti­gas con el coro­nel Roca­mora, que había esta­ble­cido el campa­mento de sus fuerzas en Are­runguá, de­ter­mina­ron al virrey a de­sautorizar a ambos y en­viar con ple­nos pode­res al tenien­te coro­nel Francisco Ja­vier de Via­na, a quien Arti­gas guió atacando a unas ban­das de faeneros e indios tapes. En los do­cumen­tos de esa cam­pa­ña, Maggi de­tecta numerosos indicios de que Artigas actuó para pro­te­ger a las tri­bus con las que seguía vin­cu­lado, procu­rando que Ro­ca­mora reti­rara su cam­pa­mento del rin­cón de Are­run­guá -un centro del habitat cha­rrúa- y enviando al caci­quillo Ma­nuel a robar­le la caba­lla­da. Des­pués, aprovechando las facul­ta­des am­plí­si­mas de Via­na, Arti­gas obtu­vo de él, por acto documenta­do en su cam­pa­mento en febre­ro de 1805, la conce­sión en propie­dad de 34 leguas cua­dra­das ubi­cadas justamente en el reduc­to de Are­run­guá [45].

            Como habían dene­gado su retiro, Artigas insistió infructuosa­mente con un nuevo certificado médico [46]. En el in­vierno de 1805, de licencia en Mon­te­vi­deo, se casó con su prima Rosa­lía Vi­lla­grán. Es notable que, lejos de ser una boda conveniente para su ascenso social­ o su vinculación con la clase principal, fue explicada por él mismo al solicitar la dispensa como el modo de resca­tar de la pobreza a una pa­rienta huérfana de padre [47].

            Por otra parte, cabe pre­sumir que el malestar o el de­sa­lien­to que lo afec­ta­ba no eran ajenos a sus con­tra­rie­da­des con la autori­dad y a he­chos que difí­cil­men­te podría aceptar sin car­go de con­cien­cia, como las ma­sa­cres con­tra los in­dios. Entrando en la madu­rez, Arti­gas no podía igno­rar la necesi­dad de ­impo­ner orden en la cam­paña, pero sus ac­titu­des indi­can que lo con­ce­bía a través de una polí­tica de inte­gra­ción y no de exclusión de los gau­ch­os, los in­dios y los po­bres.

            En di­ci­embre de 1805 el vi­rrey So­bremon­te puso a su cargo 68 pre­sos para for­mar un escua­drón de volunta­rios, a q­uie­nes se in­dul­taba a con­di­ción de co­la­bo­rar en la defen­sa de Monte­vi­deo ante el peli­gro de inva­sión britá­nica. Figu­raban en la lista Ve­nan­cio Be­naví­dez y otros dos impu­tados por homici­dio, va­rios cua­treros apresa­dos por el mismo Arti­gas, nume­ro­sos deser­to­res, pe­leadores, rap­tores de mujeres o bíga­mos, y tam­bién un mozo José del Rosa­rio Artigas, detenido por vagancia y "rate­rías". Días des­pués, en vir­tud de repa­ros legales, se re­vocó la gracia a algu­nos por la gra­ve­dad de sus de­li­tos, a­sig­nando al resto a ser­vir en el cue­rpo de Blanden­gues. Cuando se le ordenó resti­tuir a la Ciudadela a varios de aque­llos hombres, Ar­ti­gas protes­tó, ale­gan­do que les había dado la segu­ri­dad de su libe­ración, tratándo­los como "ahija­dos", y o­fre­ció salir a la cam­paña a pesar de sus "cre­cidos acha­ques" para coman­darlos un año en tareas de vigilan­cia y garan­ti­zar su disciplinamiento. Entonces se optó por impo­ner­les diez años de ser­vi­cio mi­li­tar, permitiendo a Arti­gas incor­porar­los a su partida [48].

            Después de las invasiones in­gle­sas, el gobernador Elío enco­mendó a Artigas la vigi­lan­cia de la zona al norte del rio Ne­gro, faculta­do para otor­gar pose­sión legítima a ocu­pan­tes de terre­nos realen­gos. Su pres­tigio cre­cía im­ponien­do autoridad y haciendo justi­cia, pero re­cién en setiembre de 1810 fue ascen­dido a cai­tán y lo envia­ron a Entre Ríos a repri­mir los bro­tes jun­tis­tas [49].

El llamado a la revolución

            El incidente de Colonia, cuando Artigas tuvo un entredicho con el bri­ga­dier Muesas por la indisciplina de sus hombres, pre­cipi­tó su deserción de las filas realistas. Sin em­bar­go, otros an­tece­dentes explican mejor esa determi­na­ción. Algunos parien­tes suyos como los Monterroso -familia de la que provenía su sobrino se­gundo, fray José Monte­rroso, quien luego fue su secretario y asesor- conspiraban para su­marse a los patriotas y contaban con él [50]. 

            La insurrección rural en la Banda Oriental fue una estrate­gia deliberada del gobierno de Buenos Aires ante el pro­nunciamien­to adverso de Montevideo. El "Plan de Opera­ciones" que Moreno ela­boró en a­gos­to de 1810 con­tem­plaba aquel alzamien­to, a cuyo fin era nece­sario atraer "por cu­al­quier in­terés y promesas" a dos hom­bres: el capi­tán de Dra­go­nes José Ron­deau y el capi­tán de Blan­den­gues José Ar­ti­gas, por "sus cono­ci­mientos que nos consta son muy ex­ten­sos en la campaña, como por sus ta­len­tos, opi­nión, con­cepto y res­pe­to". La idea era que el ejército patriota regular tuviera como avanza­da algunos cuer­pos formados por gau­chos, reclutando a de­ser­tores, de­lin­cuen­tes y "va­gos", de quienes ha­bría que desha­cerse luego de la conso­lidación del Esta­do. El texto in­cluía una lista de "suje­tos", en­tre ellos Ve­nan­cio Bena­ví­dez, los herma­nos y pri­mos de Arti­gas y o­tros, los cuales "por lo cono­cido de sus vi­cios son capa­ces para todo, que es lo que con­viene en las circunstan­cias por los talen­tos y opi­niones popu­lares que han ad­qui­rido por sus hechos teme­ra­rios" [51].

            La informa­ción so­bre los per­sona­jes de la campa­ña se ha atri­buio a la colabora­ción en el do­cu­mento de Manuel Belgrano, quien había pasa­do lar­gas temporadas en su estancia de Mercedes. Lo cierto es que los pa­trio­tas tomaron contacto con los dos capita­nes, y Arti­gas se con­vir­tió efec­tivamente en el líder del levantamiento. El Plan mues­tra que la Junta con­taba con su ascen­diente popu­lar, aun­que tam­bién traslu­ce la des­con­fi­an­za sobre el papel de aquellos gauchos en el desa­rrollo ul­te­rior de la revo­lu­ción. 

            En febrero de 1811 Artigas viajó a Buenos Aires para ponerse a las órdenes de la Junta y el primer foco insur­gente fue promovi­do en Mercedes, invocando su nombre, por Bena­ví­dez, el gau­cho bra­si­leño Pedro Viera y otros de los su­je­tos aludidos en el Plan de Opera­cio­nes. A partir de allí, con la parti­cipa­ción de un gru­po de blan­den­gues, se orga­nizaron las pri­meras montoneras.

            Arti­gas volvió con el grado de te­niente co­ronel y sus fu­er­zas en­traron en acción, jugando un rol decisivo los miembros de su grupo familiar. La toma de San José fue diri­gida por su primo Ma­nuel Arti­gas, que murió en el comba­te. Su hermano Manuel Fran­cis­co re­clutó unos 300 gau­chos en la zona este, engrosando el mi­llar de jinetes y solda­dos con los que derro­tó a los espa­ñoles en Las Pie­dras. Si bien lo ascen­dieron a coro­nel por aquel triun­fo, en el sitio a Montevideo quedó subor­di­nado a Ron­deau, jefe mi­li­tar de mayor con­f­ian­za para los por­te­ños. Allí comen­zaron las divergen­cias que ter­minaron por enfrentarlo al gobierno de Bue­nos Ai­res, cuando éste subordinó la lucha independentista a las nego­ciaciones con los rea­listas, los portugueses y las po­ten­cias euro­peas.

La guerra montonera

            La guerra mon­tonera y el caudillaje de Artigas prolongaron al­gunos rasgos de su experiencia anterior como ban­dole­ro y gendarme rural. Él conocía a fondo la capacidad de lucha de los gauchos, su mo­vi­lidad e­cues­tre y su habi­lidad con las armas de faena, y los empleó con éxi­to como partidas guerri­lleras, actuando en forma independiente o combinada con la movili­zación de los cuerpos de ejército.

            Convocar a los gauchos -"los vagos, impropietarios y malva­dos" según el libelo de Cavia- implicaba riesgos. Los docu­men­tos muestran a Artigas empeñado en la organiza­ción mili­tar y actuando con mano dura para imponer disci­plina. Durante el "éxodo" por la cos­ta del Uru­g­uay, segui­do por miles de pobladores, hizo juzgar y fusilar en el campamento del Quebracho a tres "male­vos" con­vic­tos de robos y violenci­as, y el 1º de di­ciem­bre de 1811 di­ri­gió un bando a sus fuer­zas: "si aún queda al­guno mez­clado en­tre voso­tros que no abri­gue sentimientos de ho­nor, pa­trio­tismo y huma­ni­dad, que huya lejos del e­jército que des­honra y en el que será de hoy en más escrupu­lo­sa­mente perse­gui­d­o­" [52].

             A fines de 1811 Artigas convocó también a los "in­dios bra­vos", uti­li­zando como emisa­rio al caciquillo Manuel. Desde en­ton­ces varias tribus cha­rrúas acompaña­ron su ejér­ci­to o actuaron como aliados, permi­tién­dole contro­lar la campa­ña. No sólo le sirvieron de espías y lo auxi­liaron para obte­ner abastecimientos, sino que hos­ti­liza­ron a los portu­gueses e incluso reforza­ron las forma­cio­nes de com­ba­te fron­tal, sufriendo graves pérdidas. A pesar del tra­ta­do que sus­pen­día la guerra, en diciembre de 1811 Artigas des­hizo una co­lumna inva­sora en Belén, sorpren­diéndolos con una fuer­za mixta de 500 blan­dengues y 450 indios [53].

            En la guerrilla montonera, Artigas mezcló las astu­cias del ba­quea­no y del bando­lero con las técnicas polí­ticas revo­lucio­na­rias. Sus hos­tilida­des con Sa­rratea durante el sitio de Monte­video, en 1812, comen­zaron cor­tándole los auxi­lios de Buenos Ai­res, le hizo esca­sear los abaste­ci­mien­tos de las estan­cias y al fin aplicó su golpe infalible: le sustrajo en dos noches cerca de 4.000 caba­llos y bue­yes, dejándolo inmo­vi­li­zado fre­nte a la ciudad [54]. Su antiguo superior Viana, al servi­cio del Directorio porteño, acon­se­jaba al coronel Moldes preca­ver­se de Artigas y le adver­tía cuál era su tác­tica: pri­me­ro, hacer pro­pa­ganda con "pa­pe­les" o pan­fle­tos; se­gundo, alejar las hacien­das del lugar donde se sitúa el adver­sa­rio; tercero, despojarle de las caba­lla­das [55].

            La conducción de Ar­tigas, basaba en su autoridad carismáti­ca sobre los paisanos, se mantuvo localizada en el campo. Saint-Hilaire afirma que tenía "las mismas costumbres de los indios, cabalga tan bien como ellos, viviendo del mismo modo y vistiendo con extrema simplicidad". Cavia seña­la "el aparente desprendimiento de este hom­bre, la sim­plici­dad de su ves­tido y la identidad de sentimien­tos, usos y mo­dales con mu­chas gentes de las que le ro­dean" y observa que "siem­pre ha perma­neci­do en campaña". Sar­miento apuntó también ese rasgo de su ca­rácter: "no fre­cuentó ciuda­des nun­ca". En 1815, la capital del Pro­tectorado que esta­ble­ció Arti­gas en alian­za con varios gobier­nos provincia­les, se situó a distan­cia de Monte­vi­deo y cerca de Arerunguá. Los visi­tan­tes se asom­bra­ban de la aus­te­ri­dad del cuar­tel ge­neral de "La Puri­fi­ca­ción", donde im­pera­ban las cos­tumbres de los gau­chos [56].

            Dada la escasez de recursos con que se desarro­llaron aquellas campañas, era inevitable que las partidas irregulares de gau­chos cobraran su recompensa con el even­tual botín, y seguramen­te hubo e­pisodios de band­olerismo oportu­nista en medio del desor­den de la guerra. En 1815 se levantaron muchas protestas contra las "partidas sueltas" que avanzaban contra el ganado con y sin due­ño para faenarlo, ante lo cual el Protec­tor reclamó orden, pero sobre todo mayo­res con­troles del comercio montevi­deano de animales y cueros mal habi­dos. En realidad los despojos y con­fiscaciones en el campo ha­bían comen­zado en 1811, contra los patriotas desafectos al go­bier­no español, conti­nuaron con la invasión portuguesa -in­cluso en perjuicio de hacen­dados realistas- y luego por las fue­r­zas de Bue­nos Aires, diezmando los ganados y destruyendo es­tancias y pobla­ciones [57].

            El sa­queo del ene­migo y las exac­cio­nes para a­bas­te­cer­se eran práctica usual en la épo­ca por cual­quier fue­rza arma­da: no sólo en el caso de las explí­citas pa­ten­tes de corso, que premiaban con las mercaderías de las "presas" a los corsarios, sino también por los e­jér­citos regulares, ame­ricanos o europeos. Hay innumerables testimonios so­bre los hechos de rapiña que ejecutaban los cuerpos militares, de manera es­pon­tánea y por expre­sas órdenes de los je­fes, en la Banda Oriental como en todo el escenario de las guerras ex­ter­nas e internas [58].

            Hobsbawm distingue una "fo­rma supe­ri­or" de ban­dole­ris­mo so­cial, el de los haiduks, grandes grupos de jine­tes salteadores que en Hun­gría y los Balca­nes constitu­yeron focos per­ma­nen­tes de gue­rri­lla, apoyados por sus comunida­des, contra la dominación de las po­ten­cias inva­soras [59]. Algunas bandas de gauchos, así como las mon­to­ne­ras indí­genas, pre­sen­taban rasgos semejantes, en la medida en que su con­di­ción marginal era más acentuada y en tanto mantenían sus je­fa­turas tradicionales. Resulta diferente sin embargo el caso de las par­ti­das de jinetes criollos que fueron reunidas para gue­rrear por la revo­lu­ción. Es evidente que su acción adquirió connotacio­nes de lu­cha so­cial y de re­van­cha con­tra la cla­se al­ta, como señala­ron Sar­miento y Paz [60]. Pero en tan­to fue­ron or­gani­za­das y conducidas por caudi­llos polí­ti­co-mili­ta­res como Artigas, no dife­rían dema­sia­do de los cue­rpos de milicia de la época.

Otras figuras de bandoleros

            Entre los comandantes de Artigas había gauchos, indios y ex bandi­dos que cum­plie­ron roles descollantes. A Pedro Amigo se lo ha carac­terizado como "caudillo de extracción bandolera". A José García de Culta, quien en 1812 inició el sitio de Montevideo al frente de una partida de irregulares, se le reprochó haberse convertido en salteador, aunque luego se reintegró a la disciplina militar. Encarnación Bení­tez fue otro gaucho indomable de turbio origen que acostumbraba a hacer justicia por mano propia. A veces el comporta­miento de es­tos hom­bres y de algunos caciques indígenas fue motivo de protes­tas, obligan­do al Protector a intervenir para pedir­les cuentas y recon­venirlos, aunque los defendió de cargos injustos y a menudo les dio la razón. En 1815 el Cabildo imputa­ba al "Pardo" Encarna­ción haber esparcido "hasta cinco partidas" para hacer estragos -lo cual Artigas consi­deró exagerado, pues sólo mandaba doce hombres- y, entre otros críme­nes, "dis­tribuir ganados y tie­rras a su arbitrio" [61].

            An­dré­s Guacurarí Artigas, un indígena guaraní, fue el brazo armado del caudillo en la zona de Mi­sio­nes, dis­putada por portu­gueses, para­guayos y rioplatenses. Aquellos in­dios cris­tia­nizados constituían un sector margi­nal de la sociedad criolla tras el pro­ceso de dis­grega­ción que su­frieron sus pobla­dos. Cuando en 1815 las monto­ne­ras de "Andresi­to" to­maron Can­dela­ria y otras lo­ca­li­da­des ocupadas por los para­gua­yos, el dicta­dor Fran­cia reac­cionó indignado tra­tándo­los de "bru­tos, mal­vados y la­drones, sin ley ni re­ligión, que con su cau­di­llo ban­do­lero de profesión se han pro­pues­to vivir en­gañan­do, albo­ro­tando y robando a todo el mundo" [62].

            En 1818 el Pro­tector envió a Andresito a sofocar el golpe disidente en Corrientes que había depuesto al gobernador aliado, Juan Bautista Méndez. Andresito marchó con un millar de hom­bres, apla­stó a las tro­pas que lo enfrenta­ron, re­puso a Mén­dez en el go­bierno civil y desem­peñó la gober­na­ción militar duran­te siete me­ses. A pesar del escánda­lo que supo­nía esa intru­sión de las "hordas" de la perife­ria aborigen en los asuntos pú­blicos lo­ca­les, que hasta enton­ces se habían resuelto en el seno de la cla­se p­rin­cipal de la ciudad, el com­porta­mien­to de los ocupantes no parece haber sido tan bárba­ro como se temía, según i­lus­tran las crónicas del pe­ríodo [63].

            El irlan­dés Pedro Camp­be­ll, que acompañó a Andresi­to a Corrientes y lo apoyó con su flo­tilla del Paraná, era otro perso­naje excepcional sumado a la revolución. Así como se había hecho jinete y baqueano en las pampas, sirviendo a Artigas se convirtió en navegante y corsario. A la par de otros aventureros de diverso origen, fue uno de los principales ejecutores de la estra­te­gia de guerra fluvial contra porteños, españoles y portugueses. Las tripula­cio­nes que comandó Campbell conformaban una suerte de montonera de gauchos e indios que se lanzaban al abordaje de las naves rivales, y cierta­mente aquellas acciones recompensadas con el botín tenían gran analo­gía con la lucha de las partidas guerri­lle­ras de jinetes [64].

La utopía igualitaria

            Una preocupación constante de Artigas en sus roles de bando­le­ro, gen­dar­me y revolucionario fue im­par­tir jus­ti­cia con un sen­tido i­gua­lita­rio. "No hay que in­vertir el orden de la justi­cia; (hay que) mirar por los in­feli­ces y no de­samparar­los sin más deli­to que su mise­ria" -le recomendaba al gobernador de Co­rrientes, expre­san­do su desdén por los privilegios aris­tocráti­cos-; "ol­vide­mos esa mal­dita cos­tum­bre que los engrandeci­mien­tos nacen de la cuna". Con relación a los pueblos indios, en sus instrucciones para que "se gobiernen por sí" eligiendo sus pro­pios ad­ministrado­res, le recordaba al gobernador "que ellos tienen el principal derecho y que sería una degradación vergonzosa para nosotros" man­tenerlos ex­cluidos "por ser indianos" [65].

            Artigas asumió de manera integral los principios libera­les y republicanos de la emancipa­ción, que las eli­tes aceptaban con muchas reser­vas. En su modo de ver seguramente influían las costumbres de las pampas y las antiguas tra­di­ciones milenaris­tas, más que la lectura de Rousseau. El orgullo de hombres libres de los gauchos era con­gru­ente con la orientación demo­crática de la re­vo­lu­ción, como afirmaban Mitre y Ló­pez.­ Escu­chando a otros ­hom­bres más ins­tru­idos, in­tere­sándo­se por co­no­cer el sis­tema fede­ral nor­teame­ri­ca­no, Arti­gas expresó una sín­te­sis del sentido común popular con las doc­tri­nas pro­gre­sis­tas de su tiem­po y reclamó fun­dar el po­der po­lí­tico en ­los dere­chos de re­pre­sen­ta­ción de los indi­vi­duos y de las regiones, todos en pie de i­gual­dad.       

            Esto es notable en las acciones de gobierno que im­pulsó, y en particular en su famoso plan agra­rio. Las co­muni­ca­ciones del Pro­tector con el Cabildo de Montevideo, al que él mismo asignó un rol emi­nente sabiendo que representaba al sector de los propietarios, refle­jan su firme pero pru­den­te re­la­ción­ con la elite y las reti­cen­cias de és­ta ante las medidas más radi­cales. Dada la ne­ce­sidad de re­po­blar y poner en produc­ción los cam­pos asolados por la gue­rra, el Pro­tec­tor ins­tó al Cabildo a emplazar a los ha­cenda­dos a hacerlo so pena de poner las tie­rras en otras manos, ante lo cual, tras al­gunas dila­ciones, aquél emi­tió un bando sin poner plazo y omitiendo las san­cio­nes. Días después Ar­tigas dictó perso­nal­men­te el Regla­mento de Tie­rras de 1815. Si bien antes ha­bía o­tor­gado pose­sio­nes a sus parti­da­rios y ocupado campos de los adversarios de la revo­lución, ahora se tra­taba de esta­ble­cer un nue­vo orden ru­ral, re­cuperar la gana­de­ría, po­blar y dis­tri­buir la propie­dad con el cri­te­rio de que "los más infe­lices sean los más privile­gia­do­s". Las tie­rras no ocupa­das y las confis­cadas a "los malos eu­ropeos y peo­res ameri­canos" debían re­par­tir­se en suertes de es­tan­cia a los soli­ci­tan­tes, con carác­ter de dona­ción, dando pre­fe­ren­cia a los negros li­bres, zam­bos, in­dios y crio­llos po­bres [66].

            En el mismo Regla­mento se pre­veía la aprehensión de vagos para remitirlos al servicio de las armas, y la papeleta que los patrones debían dar a sus peones. Esta era la políti­ca habitual de control de los gau­chos, pero en un marco diferente, en el que la obli­ga­ción de tra­ba­jar iba apa­re­jada con la posi­bi­li­dad de ad­qui­rir la tierra. En circuns­tan­cias en que urgía re­ge­ne­rar la explo­ta­ción del campo y se compe­lía a los es­tan­cie­ros a pro­du­cir, era razonable exi­gir una ocupa­ción regu­lar a los pro­le­tarios rura­les.

            La aplicación del Reglamento, resistida y demorada por el Ca­bildo, afectaba una enorme extensión territorial y fue por cierto con­flictiva. Estaban en juego los intereses de grandes latifun­dis­tas, incluso porteños. La inde­pen­dencia, como todas las re­volu­cio­nes, había en­gen­drado un alza­mien­to popu­lar que se tor­naba amenazante para los viejos y nue­vos gru­pos di­ri­gen­tes, y el direc­to­r Pue­yrre­dón acordó consentir la inva­sión portugue­sa a la Banda Ori­ental para liquidar ese peligro.

            Debilitado en la re­la­ción de fue­rzas, la inflexibili­dad de Arti­gas lo per­dió. La política de transacción no era lo suyo. Acudió por fin al asilo del dic­tador F­rancia, quien le había lla­mado no menos que "cau­di­llo de bandi­dos", creyendo que podrían coincidir contra el cen­tra­lis­mo porteño o esperando tal vez un cam­bio de go­bier­no.­ Al mori­r el Supre­mo en 1840, detu­vieron pre­ven­ti­va­men­te "al ban­dido Ar­ti­gas" pues algu­nos lo querían como suce­sor, a pe­sar de su avanzada edad. Más tarde Car­los Anto­nio López le brin­dó una amplia reparación [67]. 

                                                                        * * *

            En definitiva, hay que aceptar que las diatri­bas de sus ad­versarios se fundaban en parte de la verdad: Artigas fue en su juventud un ban­dido. Pero no un de­lincuente común, sino uno de los casos ex­cep­cionales que Hobsbawm caracteriza como bandoleros so­ciales. Desde esta pers­pec­ti­va es po­si­ble enten­der la profunda coherencia de su so­lida­ridad con las cla­ses pobres del campo. En su primera época de re­bel­de se había mar­gi­nado de la ley con­vir­tié­n­dose en un hé­roe le­gen­dario entre los gauchos, los indí­ge­nas y los de­más pai­sa­nos que defen­dían su me­dio de vida tradi­cio­nal, y el pac­to con el so­bera­no no im­plicó que mu­dara de bando. En reali­dad ad­qui­rió así re­co­no­ci­miento for­mal como jefe de un cue­rpo de ex foragidos, administra­dor de justi­cia y "regenera­dor" de indios y mal­vi­vien­tes, consolidando su ascen­diente pa­tri­arcal en la cam­pa­ña; lo cual chocaba con la ortodoxia mi­litar y, más que una frac­tura, implicaba una con­ti­nui­dad en su rol de líder gaucho. Seguramente, además, aquella experiencia le per­mitió ver los problemas rura­les des­de el punto de vista del orden gene­ral. Pero sólo la revo­lu­ción le ofre­ció, al fin, la opor­tuni­dad trascen­dente de di­ri­gir a su pue­blo más allá de los ob­je­ti­vos re­pa­ra­dores tra­di­cio­nales, c­on una vi­sión es­tra­té­gica so­bre los pro­ble­mas de la fun­da­ción del Es­ta­do, la producción del campo y la in­te­gra­ción de la nueva socie­dad e­mer­gente. En la guerra utili­zó los recur­sos del arte mi­litar que tuvo disponibles, los combinó con la agitación insu­rreccional y aprovechó sus conocimientos de ba­queano y con­duc­tor de a­quellas partidas de jinetes para organizar la lucha guerrillera. 

            El movimiento artiguista fue una expresión radical de la re­volución, apoyada en la movilización de las montoneras. Si éstas, según vio Sar­miento, representaban la insu­mi­sión de la campa­ña ante la ciu­dad, hay que advertir que en el siglo XIX ello equi­va­lía al al­zamiento de la mayoría de la po­bla­ción -los pro­duc­tores di­rec­tos, los estratos su­bor­dina­dos y algunos gru­pos más o me­nos margi­nales- frente al po­der de las eli­tes ter­rate­nien­tes y co­mer­ciales, que con demasia­da fre­cu­encia antepusieron sus inte­re­ses a los del pro­yecto revo­lu­ciona­rio proclama­do como causa común.

            Las montoneras surgieron en cierto modo de las bandas de gauchos y existe por lo tanto una vinculación con el bandoleris­mo, pero resulta equí­vo­co homologar ambos fe­nómenos. Las guerrillas federa­les contenían un gra­do de dirección y motivación polí­ti­ca cualita­tivamente superior a lo que se entiende por bandolerismo. Las es­tre­chas re­la­cio­nes en­tre gau­ch­os, ban­di­dos y cau­di­llos que hemos sub­rayado plantean cues­tiones sig­ni­fi­ca­tivas que deben ser aún pro­fundiza­das, pero no se pueden con­fun­dir los tér­minos según la dia­léc­ti­ca de ba­talla de Sar­mie­n­to. Hay que tener en cu­enta que los cau­di­llos gau­chos, aun­que algu­nos hubie­ran sido ban­do­le­ros, fue­ron je­fes polí­ti­cos y mi­li­tares; el fede­ralis­mo era un proyecto de organiza­ción del Es­ta­do; y las mon­to­ne­ras, aun­que re­cluta­ran ma­treros, in­dios o ban­di­dos, fue­ron formas de rebe­lión y lucha so­cial, orie­nta­das bien o mal por sus líderes hacia aquella causa. De cualquier mane­ra, los sucesi­vos al­zamientos montoneros configuran un asunto demasiado complejo como para ge­ne­ra­lizar las con­clu­sio­nes a hechos que exce­den el foco de este ar­tícu­lo.

            En los estudios recientes sobre la historia latinoamericana que reúne la compilación de Slatta, resulta notable que las ­te­sis so­bre el bandolerismo reproduzcan dilemas análogos a los que dividie­ron aguas en la historiografía rioplatense del siglo XIX. Ace­rca de las reacciones­ u opciones vio­len­tas de los sectores populares, la vi­sión hob­s­baw­miana se incli­na a recono­cer­les una racionalidad so­cial, mien­tras que los refutadores tienden a des­cali­fi­car­las como pillaje. La misma cues­tión atravie­sa la proble­má­tica historiográ­fica en nuestro país como mate­ria de debate, y las vi­siones de cla­se de la épo­ca de las guerras civiles siguen refle­jándose en el te­rre­no de la in­ves­ti­ga­ción al tratar el sen­tido de a­que­llos su­ce­sos. Cabe pensar sin embargo que -al menos en ese plano- algo hemos progresado en estos dos siglos, y el caso de Artigas y las montoneras nos desafía a actualizar la interpreta­ción de la participación popular en la revolución americana.

 

Los hombres de Artigas                        

El Pardo Encarnación

Uno de los más caracterizados lugartenientes montoneros de Artigas fue el Pardo Encarnación Benítez, un mestizo corpulen­to, cuya sola pre­sencia imponía respeto o terror: cara ancha y mal trazada, "ves­tido con el traje más pintoresco que se pueda imagi­nar nadie, recolectado en muchos destinos, con botas de potro y dedos anchos de estribar descalzo", según lo describen las memo­rias de Ramón Cáceres.

       En 1815, el Cabildo de Montevideo denunció las incur­sio­nes de "el destructor Encarnación y los foragidos que lo acompañan", aterrando a los vecinos y repartiendo vacas y tierras, por lo que pe­día al Protec­tor "sofocar de una vez la altivez voraz de este Vesu­bio, antes de que con­vierta en cenizas el pre­cioso ve­llocino de nues­tra cara Provin­cia". Artigas lo hizo com­parecer a su cam­pa­mento pero, luego de indagar los hechos, consi­deró suficiente zanjar la cuestión con una repri­menda.  

      Poco después, en enero de 1816, Encarnación defendió a los paisanos que ocuparon las estancias de una familia con­tra­rre­vo­lucionaria en Soria­no ante la amenaza del desalojo ordenado por el Cabildo, pidiendo por ellos al Protec­tor en una carta donde resu­mía "el cla­mor general": ¿Era posible que prevalecieran "los ene­migos de­clarados del sistema" frente a los que perdieron cuan­to tenían y expusieron sus vidas para de­fen­der la patria? Artigas creyó "más justo acceder al clamor de éstos", orde­nando al Alcal­de Provincial mantener la confiscación de las es­tancias.

 

 

El  ahijado guaraní

A Andrés Guacurarí, el "Es­partaco" de los indios misio­ne-ros,  lo llamaban Andresito por su baja estatu­ra, y cuentan que los portugueses le decían Artiguinhas. A­doptó el apellido de su "padre político" y fue por cierto su dis­cípulo dilecto. Oriundo de San Borja, hacia 1811 se alistó en las fuerzas de Artigas como soldado y ascendió en pocos años a capitán de Blandengues. Era buen jinete, sabía música, y se había instruido lo suficiente como para escribir en tres idiomas, español, portu­gués y guaraní.

       En 1815 el Pro­tector lo nombró Coman­dante Gene­ral de las Mi­sio­nes, confiriéndo­le un liderazgo y un mandato para orga­nizar a su pue­blo. Dentro de la es­trategia de inte­gra­ción con que el Protec­tor concebía la so­cie­dad republica­na, son notables las instrucciones que le impartió para promover el autogobierno de los naturales. Andresito demostró dotes de caudillo y de jefe militar. Se casó con la in­dia Melchora, que lo acompañó en sus campa­ñas.

       En 1918, cuando fueron a resta-blecer el gobierno correnti­no, aque­llos guaraníes tradicionalmente some­ti­dos se toma­ron una revan­cha al res­ca­tar a sus cau­ti­vos. Camino a Corrien­tes, las huestes mi­sioneras recu­peraron a unos 200 muchachos indios de las casas don­de estaban sir­viendo y apre­saron un número igual de hijos de las fa­milias co­rrenti­nas, rete­niéndo­los durante una semana. Luego Guacurarí reu­nió a las madres que cla­maban por e­llo­s y, antes de devol­verlos, les hizo ver que las ma­dres gua­ra­níes habían sufrido lo mismo. 

 

Campbell, gaucho corsario

Pedro Campbell, el "gaucho de pelo rojo", fue uno de los deserto­res de las tro­pas que tra­jo Beres­ford en la primera inva­sión inglesa, que se ha­bía acriollado en las pampas del li­to­ral. Famoso por sus duelos a fa­cón, cuentan los hermanos Ro­bertson que no se sabía que hubiera matado a nadie pero mutiló o hirió a mu­chos, "de suerte que nadie se atrevía a pelear con él". Temido, admira­do y respetado por los paisanos, trabajó como peón cur­tidor de cue­ros en Corrientes y llegó a gozar de la con­fianza de Arti­gas, al que llamaba "Pepe" y del que fue un leal seguidor.

       Condujo montoneras de indios misio-neros y chaqueños, a ca­ballo en la batalla de Cepeda, y embarcados en los combates del Paraná. Comandó una escuadrilla fluvial que tuvo en jaque a los porteños y actuó también contra los para­gua­yos. En 1918 contribu­yó a sofocar el golpe que depuso a Méndez en Co­r­rien­tes, blo­quea­ndo el puerto y ocupando la ciu­dad, días antes de que llegara el ejérci­to de Andre­sito. Éste lo nombró "Co­man­dante Gene­ral de la Marina" por orden del Pro­tec­tor. Luego se batió rei­tera­da­mente contra la flota de Buenos Aires, hasta que en 1820 fueron hundi­das en el río sus últimas naves. 

       Además de Campbell y otros que actuaron en el Paraná y el Uruguay, Artigas otorgó patentes de corso a nume­rosos capitanes de buques nor­teameri­canos, que cons­titu­yeron un azote para los por­tu­gueses y españo­les en el Plata y en toda la costa atlán­tica hasta que, ante los reclamos de ambas potencias, en 1817 se san­cionó la ley de neutralidad de los Estados Uni­dos en la "guerra civil" sudame­ricana.            

Notas

[1] Decreto del 11 de febrero 1814, facsímil en Ar­chivo Arti­gas, Comisión Na­cional Archivo Arti­gas, Mon­tevi­deo, Mon­tever­de, (1944-..) tomo XIV, lámina 1.

[2] El pro­tec­tor nominal de los pueblos libres, D. José Arti­gas, clasifi­cado por el Amigo del Orden, Buenos Aires, Im­prenta de los Expósi­tos, 1818; Pedro Feliciano Sáinz de Cavia era entonces funcionario de la Secretaría del Directorio.

[3] D. F. Sarmiento, Facundo [184­5], cap. 4, y Con­flic­to y armonías de las razas en América [1883].

[4] B. Mitre, Historia de Belgrano y de la independen­cia ar­gentina [1859] cap. XXVI, e Historia de San Martín y de la eman­cipa­ción sudamericana [1887-1890], cap. XXIII.

[5] V. F. López, "El año XX", en Re­vista del Rio de la Plata, 1873, tomo V; Manual de Historia Argentina [1896]; Histo­ria de la República Argentina [1913-1893].

[6] J. B. Alberdi, Grandes y pequeños hombres del Plata [1912], cap. XIX.

[7] Ver Juan E. Pivel Devoto, De la leyenda negra al culto artiguista, Montevi­deo, 1950; en Argentina, Emilio Ravignani rescató el federalismo de Arti­gas en sus estudios de His­toria constitucional [1926]; entre otros revi­sionistas nacio­nalistas, René Orsi, Historia de la disgre­gación rioplaten­se, Buenos Aires, Peña Lillo, 1969.

[8] Ver J. E. Pivel Devoto, prólogo al tomo II del Archivo Artigas, pp. XXXI-XXXIII; Arturo A. Bentancur, Contrabando y contrabandistas, Montevideo, Arca, 1988, p. 11; Alfonso Fernández Cabrelli, Artigas: el hombre frente al mito, Montevideo, 1991, tomo I, pp. 205 y ss.

[9] E. J. Hobsbawm, Rebeldes primitivos, Barcelo­na, Ariel, 1968, cap. II, y Bandi­dos, Bar­celona, Ari­el, 1976.

[10] Anton Blok, "The Peasant and the Brigand: So­cial Bandi­try Recon­side­red", Comparative Studies in Society and His­tory, vol. 14, núm. 4, se­ptiembre 1972.

[11] Ver Alan Knight, The Mexican Revolu­tion, Cambridge, Cam­brid­ge Uni­ver­sity Press, 1986; Gilbert M. Joseph, "On the Trail of La­tin Ameri­can Ban­dits: A Ree­xami­na­tion of Peasant Resistance", Latin Ame­rican Re­search Re­vi­ew, vol. 25, núm. 3, University of New Mexi­co, 1990.

[12] R. W. Slatta (ed.), Bandidos: The Va­rie­ties of Latin Ameri­can Ban­ditry, Westport, Greenwood Press, 1987, donde el artículo de Slatta sobre Ar­gentina y las conclusiones se apoyan en sus traba­jos anterio­res, en parti­cular Los gau­chos y el ocaso de la frontera, Buenos Aires, Sudame­ricana, 1985.

[13] M. Izard y Slatta, "Banditry and So­cial Con­flict on the Vene­zuelan Llanos" y Slatta, "Images of So­cial Banditry on the Argentine Pampa", en Slat­ta, Bandi­dos...

[14] Christon I. Archer, "Ban­ditry and Revolu­tion in New Spa­in, 1790-1821", en Biblioteca Americana, vol. I, núm. 2, noviem­bre 1982; ver también Paul J. Vanderwood, "Nineteenth-Century Mexico's Profiteering Ban­dits", en Slat­ta, Bandidos...

[15] Slatta, Conclu­sion en Ban­didos..., pp. 193-194.

[16]Otro aspecto del debate sobre el bandolerismo (ver artículos de R. Slat­ta, Peter Singelmann, Christopher Birkbeck y Gilbert M. Joseph en Latin American Research Review, vol. 26 núm. 1, 1991) se refiere a la valo­ración rela­tiva de las "p­rue­bas" de los docu­mentos oficiales y las "fu­entes popu­la­res", y en particu­lar la correspon­dencia de relatos e imágenes tradicionales con la reali­dad histó­rica. En el caso de Artigas, referencias legendarias a menu­do des­de­ñadas resul­taron verídi­cas.

[17] Ver Ar­chivo Arti­gas, tomo I, y José M. Trai­bel, "Arti­gas antes de 1811", en Arti­gas: estudios pu­blica­dos en El País en el cen­tena­rio de su muer­te, Monte­vi­deo, 1951, pp. 19-29. Juan A. Apolant, La partida bautis­mal de José Ger­va­sio Arti­gas ¿au­tént­ica o apó­crifa?, Montevideo, Cen­tro de Estu­dios del Pasado Uru­gua­yo, 1966, constata la falsa anota­ción en el Libro de Bautis­mos, aunque no cues­tio­na la au­ten­ticidad de los da­tos.

[18] "Apuntes biográficos sobre don José Artigas por el gene­ral don Nico­lás de Vedia" [1841], en Mariano de Vedia y Mi­tre, El manus­cri­to de Mitre sobre Artigas, Buenos Ai­res, La Fa­cultad, 1937, p. 95.

[19] El pro­tec­tor nominal..., cit., p. 5.

[20] "Apuntes..." en Vedia y Mi­tre, El manuscrito..., p. 95; Manuscrito de B. Mitre, en Vedia y Mitre, El manuscrito..., pp. 58-62; J. Mi­ller, Memorias del gene­ral Guillermo Miller [1829], Madrid, Librería Suárez, 1910, tomo I, p. 48; alude al mismo hecho Francisco A. Berra, Bosquejo histó­rico de la Repú­blica Oriental del Uruguay, Montevideo, Ybarra, 1895, p. 269, proba­ble­mente en base a datos que le facilitó Mitre.

[21] Loren­zo Barbagelata, Artigas antes de 1810, Montevideo, Impresora Moderna, 1945, pp. 25-28, citando referencias de César Fa­min y Washburn; F. A. Be­rra, Bosquejo..., p. 269, menciona los 200 hombres. 

[22] Ver Pivel Devo­to, prólogo al tomo II del Archi­vo Arti­gas, p. XXXI-XXXII, y Jesualdo, Artigas. Del vasa­lla­je a la revo­lución, Buenos Aires, Losa­da, 1961, pp. 120-121.

[23] El protector nominal..., nota en p. 6.

[24] Archivo Artigas, tomo IV, pp. 477-483; la referencia de Vedia, en Vedia y Mitre, El manuscri­to..., pp. 60-61. Sobre el apodo "Pepe" ver infra, nota 63.

[25] Archivo Artigas, tomo IV, pp. 483-488, y tomo II, pp. 1-3.

[26] Dretha M. Phillips, "Latin American Banditry and Crimi­nologi­cal Theory", en Slatta, Bandidos..., que confirma al respecto las tesis de Hobs­bawm.

[27] Ver Sergio Villalobos R., Comercio y contrabando en el Rio de la Plata y Chile, Buenos Aires, EUDEBA, 1986; Pivel Devoto, prólogo al tomo II del Archivo Artigas.

[28] Ver Ricardo Rodríguez Mo­las, Historia social del gaucho, Bue­nos Ai­res, Marú, 1968; Gastón Gori, Vagos y mal entre­te­nidos, Santa Fe, Colmegna, 1965; Slat­ta, Los gauchos..., cap. 7; M. Izard, "Vagos, prófugos y cua­tre­ros. Insur­gencias antiex­ce­denta­rias en la Vene­zuela tardocolonial", en Boletín Ame­ri­ca­nista núm. 41, Bar­celona, 1991, pp. 182-186.

[29] "Apuntes..." de N. de Vedia, en Vedia y Mitre, El manuscrito..., p. 95; Jesual­do, Artigas..., pp. 119-120.

[30] Ver J. M. Trai­bel, "Artigas antes de...", pp. 33-34 y A. Fer­nán­dez Cabre­lli, Artigas..., tomo I, pp. 22-23, donde cita investi­gacio­nes de José A. Ga­dea, W. Lockhart y M. Santos Pires y J. A. Apo­lant; Was­hington Reyes Aba­die, Artigas y el fede­ralismo en el Rio de la Plata, Mon­te­vi­deo, Edi­ciones de la Banda or­ien­tal, 1992, p. 61.

[31] Carlos Maggi, Arti­gas y su hijo el Caci­qui­llo, Mon­tevi­deo, Fin de Si­glo, 1991, cap. V.

[32] Washington Lockhart, "Artigas, padre de charrúas", en Brecha, Monte­video, 10 enero 1992.

[33] Vedia y Mitre, El manuscrito..., p. 60; Miller, Memorias..., tomo I, pp. 48-49, cuenta que practicaba una justicia brutal y ordenaba "enchalecamien­tos"; Berra, Bosquejo..., pp. 270-271 sigue casi textual­mente a Miller pero refi­riéndose a Arti­gas como gendar­me. Hobs­bawm, en Rebel­des..., pp. 29 y 39, men­ciona el caso del napo­lita­no "An­gioli­llo" Duca, "acaso el ejem­plo más puro del ban­dole­rismo so­cial".

[34] Slatta, en sus trabajos antes citados, descarta las redes de solida­ri­dad campesi­na con el bandido suponiendo a las pampas sólo habitadas por gau­chos erra­ntes; esa imagen ha sido rectificada por las investigaciones que co­menta Ro­ber­to Di Stéfano, "El mundo rioplatense colonial: una cuestión abier­ta", en Bole­tín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. E. Ravigna­ni, 3ª serie, núm. 4, 2º semestre 1991; sobre la Banda Oriental, Jorge Gel­man, "Pro­duc­ción campesina y estancias en el Rio de la Plata colonial. La re­gión de Colo­nia a fines del siglo XVIII", Boletín... núm.º 6, 2º semestre 1992.

[35] Hobsbawm, Re­beldes... , p. 40; Archivo Artigas, tomo II, bando en pp. 11-13; prólogo de Pivel Devoto, pp. XXIX y ss; El Protector nominal..., p. 6; "Apuntes...", en Vedia y Mitre, El manuscrito..., p. 96.

[36] Referencias coincidentes de Miller, Memorias... y Berra, Bosque­jo...; Vedia y Mitre, El manuscrito..., p. 62; El Protector nomi­nal..., p. 6-7; ver Pivel Devoto, prólogo al tomo II del Archivo Artigas, pp. XXX y XXXII-XXX­III.

[37] Sarmiento, Facundo (1845), cap. 3; y Hobsbawm, Bandidos, pp. 61-62.

[38] Sobre la renuencia a atacar a los charrúas, ver Archivo Artigas, tomo II, p. 64 y comentarios de Maggi, Artigas y su hijo..., pp. 82-87.

[39] Archivo Artigas, tomo II, p. 123.

[40] "Informaçao do Coronel Joaquim Xavier Curado sobre a Povoaçao e Forças dos Estabelecimentos Hespanhoes" [1800], ma­nus­crito citado por Pivel Devoto, prólogo al tomo II del Archivo Artigas, pp. XXXIX-XL.

[41] Ver C. Maggi, Artigas y su hijo..., cap. VI; Eduardo F. Acosta y Lara, La gue­rra de los charrúas en la Banda Oriental, Montevi­deo, Linardi y Risso, 1989, tomo I, pp. 167-207.

[42] Acosta y Lara, La guerra..., tomo II, pp. 199 y ss.; Maggi, Artigas y su hijo..., p. 63-68.

[43] Félix de Azara, Memoria del estado rural del Rio de la Plata y otros informes, Buenos Aires, Bajel, 1943; ver Pi­vel Devo­to, prólogo al tomo II del Archivo Artigas, pp. XLVIII-L; Edmundo M. Narancio, "El Re­gla­mento de 1815" en Artigas: estudios.­.., pp. 135-139; Carlos Machado, Historia de los Orientales, Montevideo, Edi­ciones de la Banda Oriental, 1992, tomo I, pp. 85-86, donde cita a E. Petit Muñoz y Al­ber­to Dutre­nit. 

[44] Solicitud y trámites en Archivo Artigas, tomo II, pp. 258-265.

[45] Archivo Artigas, tomo II, pp. 267-408; Maggi, Artigas y su hijo..., pp. 100-125; sobre la con­cesión de Are­runguá, Ar­chi­vo Artigas, tomo III, pp. 404-409.

[46] Archivo Artigas, tomo II, pp. 411-414.

[47] Archivo Artigas, tomo III, pp. 1-40.

[48] Archivo Artigas, tomo III, pp. 44-66.

[49]Sobre el ascen­so, Archivo Artigas, tomo III, p. 350.

[50] Ver Carlos Machado, Historia..., tomo I, p. 51, citando antiguos testi­mo­nios reco­gi­dos por Justo M. Maeso.

[51]Copia del Archivo General de Indias, en A. Fernán­dez Díaz, El su­puesto plan de Mariano Moreno, Anua­rio del Ins­ti­tuto de Investigaciones His­tóricas, UNL, Rosa­rio, núm. 4, 1960; sobre el origen del plan ver José M. Rosa, Histo­ria Ar­gentina, Buenos Aires, O­riente, 1964, tomo II, pp. 204-209.

[52] Archivo Artigas, tomo VI, pp. 49-52.

[53]Sobre el llamado a los indios, Ar­chi­vo Artigas, tomo VI, pp. 20-22 y 30-32; el combate en Be­lén, tomo VI, pp. 195-207.

[54] Sobre los animales sustraídos del campamento, Archi­vo Artigas, tomo IX, pp. 206, 256 y 263.      

[55] Archivo Artigas, tomo XIV, p. 204.

[56] Auguste de Saint-Hilaire, Voyage dans Rio Grande do Sul; El Protec­tor nomi­nal..., p. 29; Sarmiento, Conflicto y armo­nías...; sobre La Purifica­ción, ver Jesualdo, Artigas..., cap. 22.

[57] Ver Lucía Sala de Tourón, N. de la Torre y J. C. Rodrí­guez, Arti­gas y su revo­lución agraria, 1811-1820, Mé­xico, Siglo XXI, 1979, pp. 98-111.    

[58] José M. Paz alude a la reacción campe­sina ante las "gra­vosas exac­ciones" de los ejércitos porteños (Memorias, cap. IX); Tulio Halpe­rín Dong­hi, Revolución y gue­rra, Buenos Aires, Siglo XXI, 1972, cita ejem­plos (p. 324) y dice que "si las tropas artiguistas...podían ser temi­bles en el sa­queo, las del gobierno central eran aún más adictas a la fero­cidad y la rapi­ña, a las que las alentaba esporádicamente el gobiero mismo" (p. 398).

[59] Hobsbawm, Bandidos, cap. 5.

[60] Ver Sarmiento, El Cha­cho, úl­ti­mo cau­di­llo de la mon­tone­ra de los Llanos [1867], cap. "La Travesía", que explica las insurrecciones montoneras por el resentimiento de los pueblos aborígenes despojados; y José M. Paz, Memo­rias, cap. IX, donde explica las motivaciones del "entusias­mo extraor­dina­rio" que caracterizaba a los montone­ros.

[61] Ver Jesualdo, Artigas..., p. 368; Sala de Tourón, Artigas y su revo­lu­ción..., pp. 214, 220-221 y 231-233.

[62] Ver Salvador Cabral, Andresito Artigas en la emancipación americana, Buenos Aires, Castañeda, 1980; Eugenio Petit Muñoz, "Artigas y los indios", en Arti­gas: estu­dios publicados en El País..., pp. 253-268. Corresponden­cia de Francia [1815] en el Ar­chivo Nacio­nal de Asun­ción, citada por Julio C. Chá­ves, El Supremo Dictador, Buenos Ai­res, Ayacu­cho, 1946, p. 204.

[63] Ver J. P. y G. P. Ro­bertson, Cartas de Sud-América, Buenos Aires, Eme­cé, 1950, tomo III, pp. 107-108; y Julio Sánchez Ratti, "Andrés Guacurarí, el indio gobernador", suplemento de Todo es Historia núm. 33, enero 1970.

[64] Ver J. P. y G. P. Robertson, Cartas..., tomo I, pp. 73-88; Agustín Beraza, "Las campañas navales de Artigas", en Arti­gas: estu­dios pu­blica­dos en El País..., pp. 183-199.

[65] Carta del 9 de abril 1815 en Archivo Artigas, tomo XX, pp. 313-314; carta del 3 de mayo 1815, en Oscar H. Bruschera, Artigas, Montevideo, Bibliote­ca de Marcha, 1986, pp. 157-158.

[66] Comunicaciones con el Cabildo y Re­glamento del 10 de setiembre 1815, en Archi­vo Arti­gas, tomo XXI, pp. 57-58, 84, 92 y 94-98.

[67] Ver Carlos Machado, Historia..., tomo I, pp. 114-119.