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Siete tesis sobre la interpretación de la historia americana

ponencia al VI Encuentro del Corredor de las Ideas, Montevideo, 2004

RESUMEN

Enfocando la evolución histórica de los países de origen hispanoamericano, en base a una sumaria bibliografía y con el propósito de contribuir a un debate sobre el tema, el trabajo presenta las siguientes tesis de interpretación:

1. La occidentalización de América ha sido un proceso continuo de imposición de los intereses y la cultura de los países del centro del mundo.

2. La historia sudamericana es la historia de la resistencia y adaptación de los pueblos al proceso de imposición occidental.

3. El conflicto étnico y el racismo colonial están en la raíz del desorden jurídico de las sociedades sudamericanas.

4. La revolución de la independencia fue un movimiento de emancipación nacional y social.

5. El dogma civilizador del liberalismo oligárquico justificó la negación del proyecto de la emancipación.

6. Los movimientos populares del siglo XX intentaron rescatar el sentido de la causa emancipadora.

7. La revisión crítica de la historia común es el fundamento necesario de una conciencia americana.

 


 

            Esta ponencia pretende diseñar un marco para rever la historia americana, exponiendo como punto de partida algunas proposiciones y una selección bibliográfica que contiene aproximaciones sugerentes para ese enfoque (en la cual incluyo mis propios trabajos), con la salvedad de que varios de los autores citados probablemente no compartirían las inferencias que aquí se plantean. 

            Las siguientes tesis, necesariamente formuladas en términos muy generales e inevitablemente provisorias, no pretenden ser originales, sino más bien al contrario, intentan resumir las interpretaciones que ha ido elaborando el pensamiento crítico de nuestros países sobre las grandes líneas de sentido del pasado y el presente de América.

            Enfatizamos la dimensión étnica (en sentido cultural) de los conflictos que recorren la historia americana, entendiendo que, a partir del proceso colonizador, en la variedad de los movimientos y contradicciones sociales subyace un enfrentamiento, encuentro o lucha de culturas, por lo que la comprensión de los problemas político-económicos principales resulta inseparable del reconocimiento de los dilemas de la identidad cultural y nacional de estos países.

  

1. LA OCCIDENTALIZACION DE AMERICA HA SIDO UN PROCESO CONTINUO DE IMPOSICION DE LOS INTERESES Y LA CULTURA DE LOS PAISES DEL CENTRO DEL MUNDO.

            Lo que habitualmente presentan los manuales como historia americana es el proceso de integración de nuestros países a Occidente, es decir, al sistema económico y social de las naciones del oeste de Europa, donde se fue constituyendo el centro del mercado capitalista mundial precisamente sobre la base de la explotación colonialista que realizaron en América y otros continentes.

            A lo largo de los últimos 500 años, en todos los países americanos se impusieron las instituciones de la civilización occidental –el mercantilismo, el capitalismo y la tecnología elaborada por los países centrales–, en un mundo "nuevo" (para los europeos), a través de sucesivas etapas: la conquista y la colonización por los imperios de España y Portugal; el neocolonialismo de las potencias noratlánticas (preponderantemente Inglaterra y luego Estados Unidos) y la llamada globalización o mundialización actual. Cada una de estas fases, en las cuales es también posible y necesario distinguir ciclos temporales, conllevó una progresiva complejidad de los fenómenos sociales y de los lazos de la dependencia, que acarrearon de manera recurrente efectos disruptores e incalculables costos humanos para los países sometidos [1].

            Sin perder de vista que existe una interrelación del centro y la periferia en este proceso, descripto a menudo en términos de "desarrollo desigual", la penetración de la cultura dominante se fue profundizando históricamente, avanzando desde el poder exterior y físico hasta las formas más sutiles de influencia a través de las formas de vida y del pensamiento.

2. LA HISTORIA SUDAMERICANA ES LA HISTORIA DE LA RESISTENCIA Y ADAPTACION DE LOS PUEBLOS AL PROCESO DE IMPOSICION OCCIDENTAL.

            En lugar del relato acrítico de la implantación de las instituciones occidentales, el eje de la revisión que proponemos es observar cómo los pueblos americanos y las expresiones políticas que los han representado opusieron sus propios intereses a las corrientes dominantes.

            El reverso del proceso de occidentalización es la resistencia de los pueblos –los grupos étnicos originarios o transplantados, y luego sus descendientes de otras generaciones, progresivamente mestizados– frente a la perspectiva de ser asimilados, sojuzgados o exterminados por la violencia de los sucesivos proyectos que se impusieron en cada etapa. Tales proyectos han sido caracterizados como "modernizadores", una denominación de uso habitual pero siempre engañosa en tanto presupone que el progreso histórico es unilineal y sólo concebible conforme al patrón civilizatorio occidental. 

            Claro que las instituciones y técnicas de los dominadores no eran desechables en sí mismas, sino en todo caso cuestionables por el modo en que se instrumentaron. Los pueblos dominados acogieron siempre en todos los órdenes de la vida social las innovaciones compatibles con su bienestar, y es posible discernir los esfuerzos por organizar alternativas propias de desarrollo, adaptando a las necesidades de su evolución los aportes más valiosos de la cultura occidental [2].

3. EL CONFLICTO ETNICO Y EL RACISMO COLONIAL ESTAN EN LA RAIZ DEL DESORDEN JURIDICO DE LAS SOCIEDADES SUDAMERICANAS.

            En la etapa colonial, las desigualdades de la sociedad indiana fueron moldeadas por el régimen de castas, bajo la institución de la “pureza de sangre” [3]. Este canon ideológico sirvió de justificación al esclavismo, la mita, la encomienda y otros sistemas de compulsión laboral que se prolongaron en los tiempos poscoloniales, a través de los cuales se explotó, marginó e “inferiorizó” a la masa de la población autóctona, africana y mestiza. La consiguiente postración social y cultural de los oprimidos sirvió a su vez de fundamento a los prejuicios discriminatorios, que de manera abierta o encubierta han subsistido hasta nuestros días [4].

            Por otra parte, las reacciones de autodefensa de las castas sometidas generaron, a la par de los reclamos orgánicos, las periódicas insurrecciones y otras prácticas como el bandolerismo, formas culturales mucho menos ostensibles de "resistencia cotidiana" a la dominación o la explotación laboral, que socavaron las estructuras productivas y perduraron convirtiéndose en factores del rechazo a la ley, la anomia y el desorden normativo en la sociedad [5].

4. LA REVOLUCION DE LA INDEPENDENCIA FUE UN MOVIMIENTO DE EMANCIPACION NACIONAL Y SOCIAL.

            Propiciado por las condiciones que creó la revolución burguesa mundial, el movimiento independentista del siglo XIX postulaba construir una nación de ciudadanos iguales y en su seno convergían los anhelos de liberación de todos los grupos oprimidos, con el liderazgo de una generación de revolucionarios que intentó traducir sus demandas [6].

            Sin embargo, la participación de los indios, los negros y las masas rurales fue limitada, y la actitud de las nuevas capas dirigentes –los criollos herederos de los conquistadores– oscilaba entre la solidaridad con los demás sectores del pueblo y un nuevo elitismo continuador de los antiguos privilegios. Esta fue por lo general la contradicción que perturbó la obra de los primeros gobiernos de la revolución independentista.

            Ante la debilidad de las repúblicas en las que se fragmentó el continente hispanoamericano, la presión de las potencias europeas reprodujo el proceso de penetración política, económica y cultural, a la par del sometimiento y el despojo a las poblaciones autóctonas.    

5. EL DOGMA CIVILIZADOR DEL LIBERALISMO OLIGARQUICO JUSTIFICO LA NEGACION DEL PROYECTO DE LA EMANCIPACION.

            En la era de las oligarquías, el proyecto de la emancipación fue desvirtuado, y las historiografías nacionales que se “oficializaron” posteriormente lo desfiguraron. El liberalismo revolucionario, vaciado de sus contenidos igualitarios e integradores, fue reducido a una ideología positivista centrada en el dogma de la “civilización” –la cultura de la raza blanca europea contra la barbarie americana–, que sustituía la justificación del salvacionismo religioso por un credo cientificista, sin alterar sustancialmente las bases del pensamiento colonial y racista [7].

            Esta concepción llevó a una imitación superficial de las instituciones jurídicas europeas, que en gran medida resultaban inaplicables, y propugnó el aislamiento y la incomunicación entre las repúblicas vecinas. La adopción de la doctrina del librecambio y la apertura a los capitales externos configuró las estructuras productivas extravertidas, que subordinaron la actividad económica a los dictados cambiantes e irracionales del mercado internacional [8]. 

            En función del dogma civilizador, el aparato cultural y educativo tendió a entronizar los paradigmas tecnológicos occidentales y negar la conciencia de las luchas populares por la emancipación [9].

6. LOS MOVIMIENTOS POPULARES DEL SIGLO XX INTENTARON RESCATAR EL SENTIDO DE LA CAUSA EMANCIPADORA.

            Las guerras y las crisis mundiales del siglo XX, que abrieron paso a diversos ensayos de transformaciones socialistas en todo el mundo, alentaron la emergencia de los movimientos de base obrera y campesina –como la Revolución Mexicana, los movimientos nacionales populistas en Argentina y Brasil, el aprismo peruano, la Revolución Cubana– que trataron de recuperar la orientación y los contenidos del proyecto de la emancipación. Estos movimientos expresaron con rasgos originales o “excéntricos” sus propuestas de liberación nacional y social, e inspiraron una renovación del pensamiento americanista [10].

            Tales experiencias tropezaron con los factores que tendían a mantener el aislamiento de los países latinoamericanos, y también con las incomprensiones recíprocas resultantes de las presiones imperialistas y tradiciones político-ideológicas disímiles en cada país. Sin duda encontraron sus límites en las estructuras desiguales e insolidarias que arrastran nuestras sociedades y en las relaciones de fuerza dentro del sistema capitalista internacional, pero también en las contradicciones y dificultades para someter a crítica las categorías ideológicas del colonialismo cultural y definir un camino centrado en las propias potencialidades históricas. 

7. LA REVISION CRITICA DE LA HISTORIA COMUN ES EL FUNDAMENTO NECESARIO DE UNA CONCIENCIA AMERICANA.

            Considerando a los países latinoamericanos como un conjunto entrelazado por conflictos y dilemas coincidentes, en los que se han desarrollado variantes o alternativas del mismo proceso fundamental, el estudio comparativo debería apuntar a esclarecer los fenómenos generales y particulares de la dinámica histórica.

            Por debajo de la neutralidad del saber histórico impostado por el cientificismo, nadie ignora que se trata de un campo de disputa ideológica, en el que es deseable y saludable sincerar las definiciones. La revisión crítica que proponemos debería evitar tanto las manipulaciones falsamente ejemplarizadoras y las dicotomías simplistas, como el relativismo académico que se atiene a justificar los resultados actuales del proceso histórico. Una nueva historiografía crítica debería contribuir a la reflexión colectiva acerca de la identidad y los intereses de los pueblos del continente, en la perspectiva de otra fase de luchas y reivindicaciones que presagian en el siglo XXI un salto cualitativo en la conciencia americana.

            Saldar cuentas con el pasado es el modo de entender el presente y concebir el futuro. Se trata de asumir las experiencias de otras generaciones para liberar la capacidad de pensar las instituciones de nuestra propia democracia y construir una nación sudamericana a la medida de lo que podemos ser [11].

Notas

[1] Segio Bagú, Economía de la sociedad colonial. Ensayo de historia comparada de América Latina, Buenos Aires, El Ateneo, 1949. Silvio Zavala, El mundo americano en la época colonial, México, Porrúa, 1967. Leopoldo Zea, Latinoamérica: emancipación y neocolonialismo, Caracas, Tiempo Nuevo, 1971. Darcy Ribeiro, Las Américas y la civilización. Proceso de formación y causas del desarrollo desigual de los pueblos americanos, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1972. Tulio Halperin Donghi, Historia Contemporánea de América Latina, Madrid, Alianza, 1975. Augusto Pérez Lindo, Mutaciones. Escenarios y filosofías del cambio de mundo, Buenos Aires, Biblos, 1998.

[2] Boleslao Lewin, La rebelión de Túpac Amaru y los orígenes de la emancipación americana, Buenos Aires, Hachette, 1957. Nathan Wachtel, Los vencidos, Madrid, Alianza, 1976. Alcira Argumedo, Los silencios y las voces en América Latina: notas sobre el pensamiento nacional y popular, Buenos Aires, Colihue, 1993.

[3] Angel Rosenblat, La población indígena en América, Buenos Aires, 1945. Rodolfo Puiggrós, La España que conquistó al Nuevo Mundo, Buenos Aires, Corregidor, 1974. Marta Canessa de Sanguinetti, El bien nacer, Limpieza de oficios y limpieza de sangre: raíces ibéricas de un mal latinoamericano, Montevideo, Taurus, 2000.

[4] Martín Sagrera, Los racismos en América "Latina". Sus colonialismos externos e internos, Buenos Aires, Astrea, 1974. Tzvetan Todorov, La conquista de América: el problema del otro, México, Siglo XXI, 1992. Octavio Paz, El laberinto de la soledad. Postdata. Vuelta a El laberinto de la soledad, Santiago de Chile, Fondo de Cultura Económica, 1994.

[5] L. Capitan y Henri Lorin, El trabajo en América, antes y después de Colón, Buenos Aires, Argos, 1948. Steve J. Stern (ed.), Resistance, Rebellion and Consciousness in the Andean Peasant World, 18th to 20 th Centuries, Madison, University of Wisconsin Press, 1987. Norberto Ras, El gaucho y la ley, Montevideo, Marchesi, 1996. Hugo Chumbita, Jinetes rebeldes. Historia del bandolerismo social en la Argentina, Buenos Aires, Javier Vergara, 2000.

[6] Vivian Trías, Simón Bolívar y el nacionalismo del Tercer Mundo, Montevideo, L. Soares, 1957. Juan Bosch, Bolívar y la guerra social, Buenos Ai­res, Jorge Alva­rez, 1966. Rodolfo Puiggrós, Los caudillos de la Revolución de Mayo, Buenos Aires, Corregidor, 1971. Hugo Chumbita, “El americanismo de los revolucionarios de 1810”, en Ciudadanos, Año 2 Nº 5, Buenos Aires, Otoño de 2002.

[7] Leopoldo Zea (comp.), Pensamiento positivista latinoamericano, Caracas, Fondo de Cultura Económica, 1980. Oscar Terán, Positivismo y nación en la Argentina, Buenos Aires, Puntosur, 1987. Roberto Fernández Retamar, Algunos usos de civilización y barba­rie, Buenos Aires, Letra Buena, 1993. Horacio González, Restos pampeanos. Ciencia, ensayo y política en la cultura argentina del siglo XX, Buenos Aires, Colihue, 1999. Hugo Biagini, Lucha de ideas en Nuestramérica, Buenos Aires, Leviatán, 2000.

[8] Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina, México, Siglo XXI, 1972. André Gunder Frank, Capitalismo y subdesarrollo en América Latina, Buenos Aires, Siglo XXI, 1973. Osvaldo Sunkel y Pedro Paz, El subdesarrollo latinoamericano y la teoría del desarrollo, Madrid, Siglo XXI, 1973. Alain Rouquié, Extremo Occidente. Introducción a América Latina, Buenos Aires, Emecé, 1990.

[9] Juan J. Hernández Arregui, Imperialismo y cultura, Buenos Aires, 1957. Adriana Puiggrós, Imperialismo y educación en América Latina, México, Nueva Imagen, 1980. Paulo Freire, Pedagogía del oprimido, Bogotá, Siglo XXI, 1987. 

[10] Jorge Abelardo Ramos, Historia de la nación latinoamericana, Buenos Aires, Peña Lillo, 1968. Pablo González Casanova (coord.), América Latina: historia de medio siglo, México, Siglo XXI, 1977-1981. Vivian Trías, La rebelión de las orillas, Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 1989. Hugo Chumbita, “Sobre la excentricidad de la evolución histórica latinoamericana”, en Pensamiento Latinoamericano, Mendoza, Editorial de la Universidad Nacional de Cuyo, 1991.

[11] José Vasconcelos, Bolivarismo y monroísmo, Santiago de Chile, Ercilla, 1934. Arturo Andrés Roig, Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano, México, Fondo de Cultura Económica, 1981. Hugo Chumbita, “La utopía latinoamericana”, en Unidos, Año IV Nº 9, Buenos Aires, abril de 1986.