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Cuando la genética hace historia

publicado en Zona, suplemento de Clarín, 5 enero 2003

La ciencia genética ha abierto una inesperada puerta al historiador. Resolver el enigma del origen humano o dilucidar la genealogía de Cristóbal Colón ha dejado de ser un imposible. Detalles sobre esta revolución en la indagación del pasado.

La genética permite hoy saber más sobre Jefferson, Colón o el zar Romanov 

 

            La genética, aliada con la ciencia histórica, ha abierto puertas insospechadas. Hoy se pueden develar antiguos misterios o llegar a sorprendentes revelaciones sobre la evolu­ción de la humanidad con los estudios del ADN para averiguar la filiación.

            Un caso célebre fue la verificación de los cuerpos de los Romanov, la familia del Zar fusilada por los bolcheviques, que se exhumaron en un paraje de los montes Urales en 1991. A pesar de que los huesos estaban deteriorados y llevaban varias décadas enterrados, se pudo comprobar que se trataba de ellos al cotejar el ADN con el de otros parientes vivos.

El ADN (ácido desoxirribonucleico) es una sustancia del interior de las células que rige las funciones de la vida y la herencia. Hoy se conocen esos códigos de instrucciones o genes que los individuos heredan. Las similitudes observables permiten caracterizar grupos y entrecruzamientos humanos. Aunque con el tiempo las células muertas se degradan, para rastrear el pasado sólo basta con obtener una muestra de apenas un fragmento de tejido, un poco de polvo óseo o dental.

Así también se pudo identifi­car el cadáver del médico nazi Josef Mengele, sepultado en Brasil bajo nombre falso, comparando las huellas genéticas con las de su hijo. Otro caso célebre fue el del ex presiden­te norteamericano Thomas Jeffer­son. En este caso no hubo necesidad de abrir su tumba: se confrontaron las muestras de ADN de los pretendidos descendientes negros con el de un grupo actual de varones de la familia.

Hay más de un camino: para averiguar el origen genético de cualquier persona se puede considerar el ADN del cromosoma Y (que se encuentra en el núcleo de las células y se transmite idéntico del padre a sus hijos varones). Esta fue la pista seguida en el caso de Jefferson.

Otra vía es partir del ADN mitocondrial, que se encuentra fuera del núcleo, cumpliendo la función de regular la "respiración" de las células, y que por el modo en que se produce la fecundación del óvulo se hereda sólo por vía materna. Esta fórmula fue la utilizada en el caso de los Romanov.

 Pero además, como el avance de las técnicas para extraer y analizar material genético fue enorme, los científicos aspiran hoy a develar el linaje de las momias egipcias, como el faraón niño Tutankamón, e incluso el de Cristóbal Colón.

Actualmente, un equipo de la Universi­dad de Granada está tratando de resolver el dilema de las tumbas del navegante y comprobar si sus restos (que su nuera trasladó a Santo Domingo para que descansaran en el nuevo mundo) volvieron al fin a Sevilla o quedaron en la República Dominicana. Para ello deben obtener los datos genéticos respectivos y confrontarlos con los de su hermano Diego, hallados hace poco en las ruinas de un convento. Los investigadores esperan aclarar además otros enigmas sobre el Gran Almirante criado en Génova: si fue hijo de judíos españoles conver­sos, o quizás de un príncipe navarro. 

De los casos individuales a la memoria de la especie

Las investigaciones se vuelven apasionantes porque los genes humanos contienen información que se remonta al fondo de los tiempos y conservan el registro inmemorial de la especie. Las contri-buciones del profesor italiano Luigi Luca Cavalli-Sforza fueron clave para esa nueva disciplina –encrucijada de la historia y la antropología– llamada genética de poblaciones humanas.

            La hipótesis de que una parte de la población europea desciende del primitivo "hombre de Neandertal", extinguido hace unos 28.000 años, ha podido ser dilucidada obteniendo el código del ADN de aquel fósil. Se apeló a compararlo con muestras representativas del europeo medio actual. Aunque la extensa secuencia del ADN mitocondrial es muy estable, sus componentes se van alterando lentamente, por mutaciones que se producen aproximadamente una cada 10.000 años. Es decir que las 26 diferen-cias registradas indican que el último antepasado común vivió hace demasiado tiempo: 260.000 años. Esto llevó a la convicción de que los europeos provienen de otro homo sapiens, el de Cromagnon, que coexistió con los neandertales aunque poseía rasgos físicos y habilidades más evolucionados.

            Asimismo, las huellas de los genes indican que la descendencia de las comunidades emigrantes del Medio Oriente que difundieron la agricultura en Europa a partir del 5.500 A.C. representan un cuarto o un quinto de la población actual del viejo continente. Los demás habitantes provendrían principalmente de las hordas nómades de cazadores que en gran medida se fueron transformando en agricultores.

            Otros estudios genéticos corroboran la presunción de que el hombre llegó a América por el extremo noreste de Asia hace unos 14.000 años. Aunque también es evidente que hubo contactos entre los habitantes de la costa sudamericana del Pacífico y las islas de la Polinesia.

Los especialistas discutían si los polinesios arribaron a América o, a la inversa, los amerindios poblaron la Polinesia. Triunfó la primera hipótesis. Para demostrar que la segunda era factible, en 1947 el etnólogo Heyerdahl partió del puerto peruano de El Callao y logró cruzar el océano en una balsa rudimentaria, la Kon-Tiki. Corriendo menores riesgos, los genetistas refutaron a Heyerdahl. Se tomaron muestras de ambas áreas, y se descubrió que el ADN mitocondrial de los polinesios tiene fuerte parentesco con el de los sudamericanos, pero presenta una conformación más antigua. 

            Estos estudios también acaban con cualquier prejuicio racista. La especie humana es una sola. Hasta donde se puede saber, su origen se remonta unos 150.000 años atrás, en Africa, y desde allí se esparció por el mundo mezclándose al infinito, siguiendo variados caminos adaptativos y ritmos dife-rentes de evolución cultural. Es significativa la analogía con las especies animales, a las que también se aplican estas técnicas: al parecer, todos los perros tienen un ancestro común y descienden de los lobos.

            Un libro cautivante del genetista inglés Bryan Sykes, Las siete hijas de Eva (Debate, 2001), muestra que estas investigaciones pueden ser tanto o más apasionantes que una pesquisa policial, aunque el autor exagera al novelar la vida de las siete madres de quienes provendrían casi todos los europeos modernos. Lo curioso de la comprobación de Sykes es que son pocas las líneas de descendencia materna que llegan a nuestros días. Claro que es de estricta lógica que los humanos tenemos sólo un puñado de antepasados. 

Estudios genéticos en nuestro país

            Argentina cuenta con los expertos y el instrumental idóneo, y aunque los estudios son aún incipientes, se están trazando los mapas genéticos que permitirán identificar grupos y orígenes de poblaciones; por ejemplo, las proporciones de antecesores europeos e indígenas que se mezclaron en cada región.

            Laboratorios como el del Banco Nacional de Datos Genéticos, que funciona en el Hospital Durand, y el Servicio de Huellas Digitales Genéticas de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA, tienen mucho trabajo por los requerimientos de los tribunales en los juicios de filiación.

Las pericias del ADN de Juan Domingo Perón y de Eva Perón, reclamadas por sus supuestas hijas Martha Holgado y Nilda Quartucci, respectivamente, no se han realizado aún pues, por tratarse de difuntos, falta la aprobación de sus deudos.

            Otro caso de relevancia histórica es el de José de San Martín. A fin de preparar el análisis que puede determinar si fue hijo natural del brigadier Diego de Alvear, uno de los sucesores directos de éste, el ingeniero Jorge Emilio I. de Alvear, de la quinta generación de descendientes, depositó el año pasado una muestra de sangre en el Banco de Datos Genéticos. Para el cotejo habría que contar con una muestra de ADN de los restos del Libertador, pero a falta de herederos legítimos reconocidos se necesita una autorización oficial. La propuesta que en tal sentido se planteó en su momento a una comisión del Senado, sigue esperando la oportunidad de tiempos políticos más propicios para debatirla.