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Nueva visión de Juan Moreira

publicado en Todo es Historia N° 346, mayo 1996

El Juan Moreira de Eduardo Gutiérrez es un clási­co de la gauchesca compara­ble al Martín Fierro de Hernández, por su reper­cu­sión popular y su in­fluencia en la literatu­ra argentina. Tiene además el interés de narrar la vida de un personaje real, que refle­ja el momento crepuscu­lar del ciclo históri­co de los gauchos, cuando aquella clase de jine­tes indepen­dien­tes y rebeldes se extin­guía. ¿Fue en rea­lidad un héroe popular, un arquetipo de las virtudes del crio­llaje, o un cuchillero venal al servicio de los políticos que ejercían el fraude?

            Los gauchos siempre fueron un sector margi­nal de la sociedad. Como los indios de las pampas, su modo de vida origi­nario fue la captura de los reba­ños de ganado sal­va­je, y nunca fueron bien tole­rados por la auto­rida­d. Subsistieron en los espa­cios fron­terizos del orden so­cial, sobre los cuales avanzó inexora­ble­mente la ocupación del suelo y la organiza­ción de la pro­duc­ción ganade­ra, hasta que ya no hubo más lugar para ellos. Con la revolu­ción de la independen­cia y las gue­rras civiles se hicieron soldados y guerrilleros, alcanzando cierto recono­cimiento por sus valio­sos servi­cios militares, pero también se alzaron en las rebeliones montone­ras como una amenaza para la elite dominante. En la época de la organiza­ción nacio­nal se ejerció contra ellos una implaca­ble repre­sión y el proceso de "priva­tización" de tierras y ganados les fue sustrayendo sus medios de vida. 

            Nadie atendió la propuesta de Hernández de "formar colo­nias con hijos del país" y, según denunció Gutiérrez, "priva­dos de todos los derechos del ciudadano y del hombre", perse­gui­dos por "vagos" o por falta de "papeleta", convertidos en parias en su propia tierra, vivían huyendo o terminaban siendo carne de cañón en la odiosa milicia de fron­tera.

Bandolerismo y "moreirismo"

            Hace más de un siglo, la acogida entusiasta que tuvo en el público de masas el folle­tín sobre Moreira y su versión tea­tral, con­trastaron con la acti­tud de la críti­ca ilus­trada [1]. Así como el poema de Hernán­dez fue menos­preciado duran­te décadas como "litera­tura menor", a Gu­tié­rrez lo juzga­ron despectiva­men­te como escri­tor, aunque en el fondo lo que se le re­pro­cha­ba era su exaltación del ma­tre­ro. No era grata para los círculos dirigentes la imagen del gaucho rebelde, y menos aún que se lo pre­sentara como víctima de las auto­ridades que lo empu­ja­ban al delito.

            Gar­cía Mérou acusó a Gutiérrez de fal­sear "las nocio­nes más rudi­menta­rias de la moral, levan­tan­do la ple­be con­tra la cultu­ra social y ha­ciendo res­ponsa­ble a la justicia de las accio­nes de un hombre dejado por la mano de Dios". Ma­riano Bos­ch negó indignado la "nece­sidad" de esa narra­ción de ven­gan­zas e in­jus­ti­cias poli­cia­les acerca de "un bandole­ro san­gui­na­rio". Roberto Giusti se ensañó con sus "impropieda­des" de léxico. Pagés La­rraya, restando valor lite­rario a sus folleti­nes, les concedió importancia sólo "como captación de lo más bajo del gusto popular" [2].

            Sin embargo, el autor no hacía más que transmitir una le­yenda vigente entre los paisanos, que su novela y el circo crio­llo amplifi­caron por todo el país. Ángel Rama opina que el éxito de Juan Morei­ra, muy supe­rior al de los demás héroes novelescos de Gutiérrez, "debe po­nerse a cue­nta del pres­ti­gio popu­lar del per­so­naje real que le sirvió de modelo", ya que el folle­tín en sí mismo "no es mejor ni peor que los otros" [3]. La obra de Gutiérrez fue im­por­tan­te para difun­dir la historia romántica de Moreira, pero algunos datos que propor­ciona el mismo texto -como las déci­mas y esti­los que lo celebraban en sus pagos- no dejan du­das sobre la preexistencia de su fama.

            Sobrino nieto del precursor de la gauchesca Bartolomé Hidalgo, Eduardo Gutié­rrez era un periodis­ta porteño que había prestado servi­cios en la fron­tera y conocía bien la campaña bonaerense. Aunque a través de sus familiares tenía relaciones en los círculos dirigentes, era un rebelde que protestó en sus trabajos periodísticos contra la defrauda­ción de los ideales de la organi­zación na­cional. En su corta vida -murió a los 38 años- escri­bió a ritmo febril una obra literaria que capta­ba la sensi­bilidad popular. Sus folle­ti­nes se nu­trían de la misma reali­dad que inspi­ró a los ver­sea­do­res anónimos y a los es­cri­tores que le prece­die­ron [4].

            Intele­ctuales como José Ingenie­ros y en particular Nerio Rojas, desde una perspec­tiva crítica, opusieron al mito otra imagen de Moreira apoyada en los testimonios judi­cia­les [5]. Sin duda esos regis­tros contie­nen datos esencia­les para cono­cer los hechos, pero cabe preguntar si real­mente eran obje­tivas las versiones atestadas en los expe­dien­tes por los jueces de paz.

            Desde el punto de vista de la investigación histórica, después de la formulación de la teoría del bandolerismo por Eric Hobs­bawm, es inevita­ble relacionar a Moreira con la cate­goría del bandido social; es decir, el justicie­ro legenda­rio, solidario con su comunidad tradicional y apoyado por ella, que actúa como subrogante de la pro­testa campesi­na contra el orden opresor. Las tesis de Hobsbawm dieron lugar a polémi­cas al aplicarse a diversos casos y contextos, y uno de los aspec­tos contro­vertidos es precisamente el valor relativo de las fuen­tes, ya que el tipo de leyendas que él toma en cuenta común­mente se contradicen con los documentos oficia­les, en los cuales se apoyan los "revisionistas" de su teorización [6].

            La discusión académica del bandolerismo latinoa­meri­ca­no es otra vuelta de tuerca más sofisticada en torno al mismo asunto de nuestro viejo debate sobre el "mo­reirismo". Si bien la fama de muchos bando­le­ros rurales los revestía con los atribu­tos de Robin Hood, como pro­tectores de los pobres del campo, en ciertos casos estos sujetos no hacían sino servir a los inte­re­ses de los terrate­nientes o a ciertos grupos del poder. Richard Slatta, en su compi­lación sobre las "varieda­des" del bandole­rismo en América Latina, pone a Morei­ra como un ejemplo del segundo tipo, añadiendo que no podía ser de otra manera, pues la población dispersa e inestable de las pampas no permi­tía las redes de solida­ridad campesina que postula Hobsbawm [7].

            ¿Puede considerarse a Moreira como un bandolero "noble" o "vengador" que expresaba la rebeldía del campesinado tradicio­nal bonae­ren­se? ¿O su trágica muerte dio pie a una mitifica­ción retrospectiva, acen­tua­da por la estili­zación romancesca de sus aventu­ras? En defini­ti­va, la cuestión que se plantea es hasta qué punto las leyen­das y la novela de Gutié­rrez co­rres­ponden a la reali­dad de los hechos y al ascen­diente del matre­ro entre los paisa­nos, para saber si fue un verda­dero bandido social o sólo un delin­cuente vulgar idea­lizado por los campe­sinos, o por el novelista y la ingenui­dad de su público. 

            En algunos pasajes del folletín, Gutiérrez enfatizó la vera­cidad del relato citando sus fuen­tes. Cronis­tas posterio­res encon­traron documentos y testimonios que corro­bo­ran muchos datos y recti­fi­can otros, y los investi­gado­res han profundizado el conoci­miento de la antigua campaña bonae­rense. Estos aportes, con­frontados con las cons­tan­cias de los archi­vos judi­ciales y demás registros que se han conservado, permi­ten recons­truir con mayor certeza la trayec­to­ria de Moreira y aproximarnos a las respuestas que buscamos.

Los orígenes de Moreira

            Juan Moreira figura en los prontua­rios como "de padres desconoci­dos". Sin embargo, es muy probable que fuera hijo de un mazor­quero del Cuerpo de Serenos y Vigilantes a Caballo a quien Rosas hizo fusi­lar, tal como afirmó Gutié­rrez. Tanto en su folletín La Mazorca como en el Moreira cuenta que era un sujeto de mala entraña y, entre otros crímenes, mató a un "bar­bero san­gra­dor" de filia­ción federal. El Restaurador lo habría enviado al coro­nel Ciria­co Cuiti­ño con una carta, ha­cién­dole creer que era la orden para cobrar un dine­ro, cuando en reali­dad se trata­ba de su propia sen­tencia de muerte [8].

            En los archivos consta que un mazor­quero llamado Cirilo Morei­ra fue ejecutado en 1843, y es presumi­ble que fuera hijo extra­matri­mo­nial de un impor­tante comerciante portu­gués afin­cado en Buenos Aires, Custodio José Moreira, quien tuvo cier­tos víncu­los con el rosismo [9]. Todo sugiere que el resentimiento y la ver­güenza derivados de su ascendencia no reconoci­da y de aquellos hechos trági­cos marca­ron las prime­ras expe­rien­cias del niño.

            Se sabe que se crió en el partido de Matanzas, que en aque­lla época comprendía varias poblaciones de los alrededores de Buenos Aires, aunque no hay certeza sobre el lugar y fecha de su nacimiento. Marcos de Estrada, empeñado en recons­truir su biogra­fía, creyó identificar el acta de bautis­mo en la iglesia de San José de Flores de 1819, según la cual su padre habría sido Mateo Blanco, gallego, casa­do con una crio­lla de San Nico­lás. El dato coincide con el apellido Blanco que el gaucho usó en un tiempo poste­rior, pero, según veremos más adelante, esto se debió a una circuns­tancia fortuita. La afirmación de Estrada carece de otro aside­ro convin­cente y tampoco con­cuer­da con la edad que le atribuyen algunas filia­cio­nes po­liciales. Parece excesivo que tuviera 55 años a la fecha de su muerte, cuando mos­traba poseer aún ex­traor­dina­ria capaci­dad física. Es impro­bable que haya nacido antes de 1830, y nos incli­namos a creer que fue entre 1835 y 1840 [10].

            Cuen­tan que su madre lo puso a cargo del capa­taz de una estan­cia de Lobos para que lo disciplinara. Era un mozo fuerte y habili­doso; aprendió a cantar acompañándose con la guita­rra, y se hizo baqueano en las faenas rurales. Tendría unos 20 años cuando se con­chabó como peón en el estable­cimien­to de los Correa Morales en Navarro, donde trabajó un tiempo ganán­dose la estima de aquella familia. Después consiguió un "puesto" para afincarse y se unió con una muchacha del pago, Vicenta Andrea Santi­llán, con quien habría tenido tres hijos. Poseía un pequeño rebaño de vacunos y ovejas, era hábil domador, y tra­ba­jan­do como resero recorrió varios parti­dos veci­nos.

            Conforme a las descrip­ciones del prontuario policia­l, era un tipo de regular estatura, de pelo castaño, ojos verdo­sos y cutis blanco algo rojizo, picado de viruelas, de nariz aguile­ña. Era conocida su dispo­si­ción para las fiestas campes­tres y su habili­dad para cantar acom­pañán­dose con la guita­rra, así como su afi­ción por los naipes, la taba y las cua­dre­ras. Contra la idea de que fuera analfabeto, se atribuye a Fray Mocho haber visto al menos una carta desafian­te de su puño y letra enviada a un dirigente alsinista de Navarro [11].

Al servicio de Alsina

            Gutiérrez cuenta que Moreira se había destacado como "guapo" persi­guiendo malones indígenas en las partidas de la Guardia Nacio­nal (especie de milicia en la cual se enrolaba obli­gatoriamen­te a todos los varones adultos de cada distri­to). Debía tener cierta fama cuando se empleó como guar­daes­paldas de Adolfo Alsina, pues no era una misión para confiar a cual­quiera. Estrada, que consultó a varios testigos de las zonas que recorrió Moreira, dice que trabajó en la estancia de Alsina y de allí lo recomendaron al patrón cuando era candida­to a goberna­dor de la provincia. Todo indica que esto ocurrió alre­de­dor de 1866, año en que Alsina fue electo, y segura­mente antes de 1868, cuando dejó la gobernación para ocupar la vicepresidencia de la Repúbli­ca.

            En aquellos días rivalizaban los clubes políti­cos de Alsina y Mitre, autonomistas y nacio­na­lis­tas, vulgarmente llama­dos "crudos" y "coci­dos". La clase dirigente bonaeren­se se escin­dió en estas dos tendencias cuando Mitre, triunfante en Pavón y ocupando la presi­dencia del país, preten­dió "fede­ra­lizar" bajo su mando la pro­vin­cia. Alsina, abogado y jefe mili­tar, hijo del promi­nente unitario Valentín Alsina, lideró la defen­sa de la auto­nomí­a, que permitió a la provin­cia rete­ner la ciudad capi­tal como pro­pia, "hospe­dan­do" al go­bierno nacio­nal. Mien­tras Mitre se o­cupaba de someter al interior y nego­ciaba con Urqui­za, los autono­mistas expresaron la intransigencia bonae­rense frente al caudillo entre­rriano. Por otro lado, acogie­ron mejor que sus rivales a algunos ex diri­gentes rosis­tas en sus filas y tuvie­ron mayor predicamento popu­lar, aunque no llegaron a formular una alter­nativa de fondo al proyecto de Mitre. El autono­mismo contó con jóvenes talen­tosos como Lean­dro Alem -hijo del mazorquero-, Dardo Rocha, Carlos Pelle­gri­ni, Roque Sáenz Peña, Aristóbulo del Valle y otros. Entre ellos, Adol­fo Alsina surgió como líder por sus vínculos de familia y brilló por sus dotes de tribuno y orador.

            A pesar de las forma­li­dades lega­les, el poder seguía dispu­tándo­se por la fuerza. El voto "cantado" se pro­nun­ciaba de viva voz ante las mesas electo­ra­les colocadas en los atrios de las iglesias, y los bandos se des­plega­ban en torno a estos sitios prepa­rados para pelear. Cuando un partido calcu­laba que iba perdiendo, era común que atacara la mesa para coparla e invertir el resulta­do. Mitre se apoyaba en el ejército nacio­nal y conta­ba con los coman­dantes mili­tares, mientras los alsi­nis­tas tenían de su parte a muchos jueces de paz; cada facción tenía sus matones, y en ambas había estan­cieros pode­ro­sos que podían arrear a sus peones al comicio. El mote de crudos, que se difun­dió a partir de 1863, fue al parecer una ocurren­cia de sus rivales, por unos bandi­dos así llama­dos que en esa época andaban por la campaña [12].

            En 1866 Alsina fue electo gober­na­dor, y en 1868 volcó el apoyo de su partido para elegir a Sarmiento como presiden­te, obteniendo a cambio la vice­presi­dencia. El autono­mista Emi­lio Castro completó el manda­to incon­cluso de goberna­dor y luego fue reele­gido por otro trienio, de modo que el parti­do de Mi­tre quedó en la oposi­ción, tanto en el orden nacio­nal como provin­cial.

            Moreira acompañó fielmente a Alsi­na durante un tiempo y Gutié­rrez cuenta que cuando sus servicios ya no eran necesa­rios decidió volver a su pago pues "se sofocaba en la ciu­dad", a pesar de las ofertas del caudillo para que se quedara con él. Como el gaucho rehusó aceptar dinero, Alsina le regaló un soberbio caballo y una daga que desde entonces llevó siem­pre consi­go. Este arma, que se conser­vó en el Museo de Luján, es un enorme facón de pesada empuñadura y más de 80 centímetros de hoja, que da una idea de la fortaleza del dueño y de su terrible eficacia en la pelea.

La desgracia del gaucho

            La desgracia de Morei­ra acaeció después, en una fecha ante­rior a 1869, en un paraje de Matan­zas que hoy corresponde a San Justo, donde mató al pul­pe­ro geno­vés Sar­det­ti, dis­putan­do por una deu­da que éste preten­día descono­cer. El juez de paz de la zona había actuado con parcialidad a favor del comer­cian­te y, según el relato de Gutié­rrez, el gaucho ya había tenido pro­blemas con la policía, debido al hostigamiento de un teniente alcal­de que codiciaba a su mujer. Mo­reira huyó hacia Saladillo y retornó poco después para vengarse de este sujeto, a quien el folletín nombra como "don Francis­co", matán­dolo en un fiero en­cuentro. Aunque los detalles y perso­najes hayan sido colo­rea­dos por la imagina­ción del autor, el relato pro­viene sin duda de las fuentes populares y no se conservan las actuacio­nes judicia­les que permitirían verificarlo.

            El gaucho huyó de la justi­cia dirigiéndose a Navarro, donde tenía muchos amigos. Sus ante­rio­res pa­tro­nes, los Correa Morales, que eran mi­t­ris­tas, le brindaron protección. Siendo juez de paz José Correa Mora­les, éste lo hizo nombrar sargento de policía en aquel dis­trito. Gutié­rrez relata que el desempe­ño de Moreira fue ejemplar para asegu­rar la tranqui­li­dad y acre­centó su fama entre el paisana­je. He aquí el caso reitera­do del "gaucho malo" conver­tido en guar­dián del orden e imponiendo respeto a todos. Pero cuando el juzga­do de paz cambió de titu­lar, Moreira dejó ese empleo.

            Una causa judicial de 1869, la más antigua que se conserva en el Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, registra un inciden­te en Navarro, donde Moreira dió muerte en una pulpe­ría al teniente alcalde Juan de Córdo­ba [13]. Del sumario surge que le infirió, si es que no hubo error en la cuen­ta, nada menos que 29 puña­ladas. Los testimo­nios reco­gidos en el lugar dicen que el gaucho estaba "algo ebrio" y provocó al otro sin razón. Dadas las amistades polí­ticas de Moreira y el cargo de la víctima, resulta dudoso que fuera un crimen gratuito, a pesar de la sospechosa insistencia del juez de paz sumariante en hacer constar reiteradas decla­racio­nes de testi­gos sobre la falta de motivos del hecho.

Solicitado por los dos bandos

            En ocasión de los reñi­dos comicios de 1872, cuando se enfren­taban las candidaturas de Eduardo Costa y Mariano Acosta para gobernador, Moreira fue solicitado por ambos bandos. La versión de Gutiérrez es que los autonomistas lo conven­cieron me­diante una carta que le envió el doctor Alsina, y por lo tanto contribuyó al triunfo de Acosta. Estrada dice que actuó a favor del candida­to de Mitre, inducido por su amistad con Correa Morales y los hombres del Club Constitu­cional de Nava­rro que enca­bezaba Modesto Moll. Gutié­rrez relata que Morei­ra recha­zó con soberbia el ofreci­miento que le hicieron de "romper todas las causas que se le seguían en Matan­zas". Sin embargo, no parece lógico que desechara aquella oferta, y de haber­la acepta­do podría explicarse la pérdida de los expe­dien­tes de sus primeros delitos [14].

            Los registros judiciales revelan que Moreira andaba en 1873 por los pagos de Rojas, haciéndose llamar Agustín o Santiago Blanco (Gutiérrez dice "Juan Blanco"). En aquel tiempo apare­ció por 25 de Mayo, protago­ni­zando un albo­roto en una jugada de taba que alertó a las autori­dades sobre su presencia. Al día si­guiente el sar­gento Patricio Navarro fue con dos agen­tes a prenderlo, Morei­ra los peleó, hirió al sargento y huyó robán­do­les un caballo y otras prendas.

            En la fuga, el gaucho perdió una papele­ta de enro­lamiento en la Guardia Nacio­nal del Parti­do de Rojas, fecha­da en marzo de 1873, a nombre de San­tiago Blanco. En las indagaciones subsi­guientes, el juez de paz de Rojas encontró al verdadero titu­lar de la papeleta, que portaba otra igual obtenida como duplicado. Era evidente que el paisano se la había dado o la negoció de algún modo con Moreira, y éste la utilizaba para disimular su verdadera identidad. El cotejo de ambos documentos mos­tró que la usada por Morei­ra había sido corregida en el renglón que consigna el color de piel, so­breescri­biendo "blan­co" donde decía "tri­gueño" [15].

Otras aventuras de Moreira

            El matrero huyó hacia el oeste y fue a re­fugiarse en las tol­de­rías de Simón Coli­queo, en Nueve de Julio, cuyas huestes estaban a las órdenes del jefe de la frontera oeste. Gutié­rrez pinta un cuadro grotesco de las tolde­rías, aunque Coli­queo no era tan bárbaro como podía parecer. Cabe observar que, como el último Hernández, Gutié­rrez maltra­ta en su narrativa a los in­dios, enfati­zando la rivalidad entre éstos y los gau­chos. Sin embargo, según constatan las crónicas, los gauchos perse­gui­dos acudían con frecuencia a convi­vir en las tribus.

            Después de una tempo­rada, Morei­ra se marchó de allí de mala manera, con el dinero que le ganó al caci­que hacién­dole trampa a los naipes. Este es el único párrafo en que Gutiérrez admite la falta de escrúpu­los del gaucho para apode­rarse de lo ajeno, pero cabe pensar que no sería la prime­ra vez que empleaba esas mañas para hacer algún dinero.

            Además de sus duelos ocasionales con algunos provocadores y de feroces choques con las partidas, en los que liquidó a varios hombres, las autori­dades lo acusa­ron por otros deli­tos, como el degüello y robo a un italiano reparti­dor de pan en la campaña. Gu­tié­rrez lo des­miente afirmando que Moreira no era ladrón, y explica que en aquella ocasión encon­tró al asal­tante junto al carro y lo castigó, devol­viendo el dinero a los bolsi­llos del caído. Tal versión se la habría referi­do el verdade­ro homici­da, a quien Gutié­rrez no identifica pero dice haber cono­cido en la Peniten­ciaría [16].

            En el folletín, Moreira sufre después un golpe emocio­nal al encon­trar que su mujer y su hijo, creyén­dolo difun­to, vivían con un compadre suyo. Éste escapa a su furia vengativa, pero él sigue obsesionado por matar­lo, hasta que, tras diver­sos incidentes, acepta ale­jarse de Navarro para no enfrentar al juez de Paz Manuel Marañón, con quien mante­nía buenas relacio­nes.

            El prófugo era bienvenido en cualquier lugar y los paisa­nos lo encu­brían. Existía un verdadero mito acerca de su invul­ne­rabi­lidad, y muchos funcionarios y oficia­les de la poli­cía, por simpa­tía o por temor, eran renuen­tes a proceder contra él.

            Gutiérrez relata que Moreira solicitó en vano al coman­dante militar de Lobos "una pape­leta de resguardo" que le facilita­ra sus movi­mien­tos. El gobernador Acosta había decre­tado en enero de 1873 que todos los habitan­tes de la provincia podían tran­sitar "sin necesi­dad de licencia ni pase", pero probablemente las anti­guas restricciones seguían aplicán­dose a capricho de las autorida­des locales. 

El comicio violento de Navarro

            En 1874 Moreira actuó como cuchillero del partido de Mitre, en un escandaloso comicio que le dio notoriedad en la prensa e incluso en los debates parlamenta­rios. Paradójicamen­te, la cuestión del fraude en aque­llas elecciones fue el motivo que invocaron los mitristas, después de haber sido derrotados, para levantarse en el movimiento revoluciona­rio de setiembre del mismo año.

            Gutiérrez -pro­yec­tando quizás sus propios senti­mien­tos en el bio­gra­fiado- cuenta que Moreira no se hubiera jugado contra Alsi­na, pero sí contra la "desas­trosa" can­dida­tura de Nicolás Ave­lla­neda, a la que se plegaron los autono­mistas en oposición a la de Mitre. Avellane­da no era popular y su figura desmedra­da era objeto de burlas; Sarmien­to di­ría al transmi­tirle el mando que era "el primer presi­dente argen­ti­no que no sabe dis­parar una pisto­la". El caso es que, recha­zando las ofertas del Comité Electoral de los avellanedis­tas de Nava­rro, Moreira ayudó al bando de Mitre a ganar la elección local para di­puta­dos nacionales del 1º de febre­ro, que se adelanta­ba en un par de meses a las presiden­cia­les. El re­sultado fue favora­ble a los mi­tris­tas por 323 votos a 65.

            El día anterior al comi­cio, Morei­ra se batió con José Legui­za­món, un matón de renombre, que murió a causa de las heridas una semana des­pués. Gutiérrez relató un típico duelo criollo de características espectacula­res, basándose en los recuerdos de Julián Andrade, que en esos días acompañaba a Moreira. Parece que Morei­ra lo agredió después de pre­gun­tarle si había sido mandado por don Carlos Echegaray (caudillo alsinis­ta) para asesi­narlo. Siguiendo las declaraciones de algunos testi­gos en el sumario, Nerio Rojas observa que lo mató "de modo cobar­de", pues Leguizamón no porta­ba armas. Sin embar­go, las actua­cio­nes del juez de paz Antonio Benguria, quien reemplazó a Marañón -desti­tuido a raíz del escán­dalo político-, evidencian la inten­ción de perju­di­car a Morei­ra: la manipula­ción fue tan grosera que se ates­ta­ron dos testimonios, de Carlos Aba­rrate­gui y Miguel Aven­da­ño, literal­men­te idén­ticos del principio al fin, donde se afirma que, luego de incre­par al rival y dispa­rar con su compañero un par de trabu­cazos, Moreira "entró al almacén y dio de puñaladas a Leguiza­món, quien estaba comple­tamente inerme"; lo cual es poco creíble siendo éste un hombre de acción y en vísperas elec­torales [17].

            Ante la queja de los autonomistas de Navarro, el gobierno provincial comisionó al inspector de policía Adolfo Corti­nas, un vete­rano de caballe­ría de la guerra del Paraguay "con fama de guapo", para que prendiera al temible matrero. Moreira esperó a la numerosa partida en la fonda princi­pal del pueblo y, dejando a oscuras el local, burló a los vi­gilantes a trabuca­zos y puñaladas. En el suma­rio del hecho consta que participaron en el incidente, ayudándolo, va­rios miembros de la par­tida de plaza vestidos de paisano. Fue después de aque­lla batalla campal que el gobernador Acosta mandó intervenir al teniente coronel Garmen­dia, para destituir al juez de paz Marañón y hacerlo procesar junto a varios poli­cías.

            Todos estos hechos se ventilaron en el debate de la Cámara de Dipu­ta­dos de la Nación, que anuló aquel comi­cio y los de otros distri­tos bonae­ren­ses donde se habían cometido fraudes. La Comi­sión de Poderes, en base a la información requerida al gobierno de la provincia, llegó a la conclusión de que "la elección no ha podido reali­zarse libremente en el partido de Nava­rro", dadas las eviden­cias de que el juez de paz y la policía habían protegido a Moreira para "aterrar al vecindario" en favor de uno de los bandos.

            En la sesión donde se trató el tema, en julio de 1874, a pesar de reiteradas inte­rrupciones de la barra rival que obligaron a desalojar al públi­co, los diputados Elizalde y Alco­bendas, voceros del mitrismo, defen­dieron la validez del comi­cio, tratando de desvin­cularlo de los antece­den­tes y hechos delictuosos del "bandido Morei­ra". Los miem­bros de la Comi­sión de Pode­res les replicaron, y el diputado Derqui señaló las com­proba­ciones de que el "crimi­nal cono­ci­do por Moreira se pasea­ba por el departamento de Navarro, alar­mando cons­tante­mente a la población", mencio­nó las denuncias sobre conni­vencia de las auto­ridades locales con él -"hay algunos que dicen que vivía en la casa del mismo juez de paz" (Mara­ñón)- y destacó que había actuado al frente de grupos de gente armada pertur­bando el acto de la votación [18].

            El 6 de abril de 1874 Moreira había tenido un encontrona­zo con la policía, en el cual recibió una herida en el rostro y otra en la mano. El día 10 de abril, en Navarro, en vísperas de las elecciones presidenciales, él, su compañero de aventuras Julián Andrade o Andrada y tres sujetos más que lo seguían, ultimaron en su propia casa al estancie­ro José Melquíades Ramalhe o Ramallo y a uno de sus peones, por motivos que nunca se acla­raron. Un testimonio recogido muchos años después por Estrada se refie­re al mismo hecho, contando que "un francés de Navarro llamado Melquíades" se jactaba de que tomaría a Morei­ra vivo o muerto, y el gaucho al enterarse asaltó su rancho, donde el francés murió defendiéndose a tiros. En la causa judicial, los tres cómpli­ces detenidos -pues el cuarto esca­pó- manifestaron que Moreira los reunió con el propósito de "matar a ese pícaro" sin expli­carles el motivo. En el frondoso trámi­te posterior no se indagó la exis­tencia de insti­gado­res del crimen, aunque uno de los aboga­dos defensores denun­ció la existencia de "influen­cias extra­ñas" que perturbaron la trami­tación del proceso [19].

El final de Moreira y sus amigos

            En Lobos, el comandante militar Francisco Bosch, un alsinista declarado, y el capitán de la parti­da de plaza, Eulogio Varela, logra­ron ubicar a Moreira con la colabora­ción del "Cueru­do", un gaucho de mala vida que jugó el papel de Judas. Moreira fre­cuentaba la fonda y prostí­bu­lo "La Estre­lla", donde tenía una prefe­rida llamada Laura, y sus persegui­dores lo encontraron allí despre­venido, la siesta del 30 de abril de 1874.

            El matrero cayó al fin frente a una docena de hom­bres arma­dos, en aquel homérico combate cuyas escenas serían luego recreadas en el rito tea­tral incontables veces, y cuyo momento culmi­nan­te era el bayo­ne­ta­zo del sargen­to Chirino atrave­sándo­lo contra el muro. Las heridas que presen­taba su cuerpo eran tantas que el médico que practicó el reconocimien­to se excusó de describir­las [20].

            El mismo día a las ocho de la noche, en Navarro, una "comisión de vecinos" se presentó formalmente ante el jefe a cargo del destacamento de la Guardia Nacional pidiendo que se les entregara el cadáver para ente­rrarlo en esa locali­dad. Aunque la solicitud fue derivada al juez de Paz del vecino partido y no fue atendida -pues la inhuma­ción se hizo en el cemente­rio de Lobos-, muestra la impresión popular que causó la muerte de Moreira y la inten­ción de rendirle un homenaje póstumo como paisano de Navarro [21].

            En esa oportunidad fue apresado también Inocen­cio Morei­ra, primo del matrero, que lo había recibido en su rancho la noche anterior y lo acompa­ñó hasta La Estrella. Aun­que luego fue puesto en libertad, Gutié­rrez cuenta que Ino­cencio -a quien identifica erróneamente como hermano de Juan- fue envia­do a servir por dos años en un bata­llón de línea. Tenía enton­ces 28 años, y segura­mente es el mismo que, siendo en 1906 un vete­rano sargento de policía de 60 años, fue comi­sionado por el juez de San Nicolás Ramón S. Casti­llo (futuro presi­dente de la Repú­blica) para una misión "reservada" muy espe­cial: encon­trar al verdadero asesi­no de una bolichera de Alto Verde, hecho por el cual estaba preso Guillermo Hoyos, el célebre Hormi­ga Negra. Inocencio Moreira logró esclarecer el caso y así salió en libertad aquel otro viejo matrero acusa­do injus­tamente. Una coincidencia de destinos por cierto novelesca, que Gutiérrez no vivía ya para contar [22].

            Ju­lián An­dra­de, gran amigo de Moreira, había sido sor­prendido en un cuarto contiguo del prostíbulo y se entregó, aunque lo hirieron de grave­dad cuando presunta­mente intentaba esca­par. Fue conde­nado a reclu­sión perpe­tua junto con otros dos malean­tes, Mariano Benítez y Simón Ardiles, por haber secun­dado a Moreira en el asesi­nato de Ramalhe.

            Gutié­rrez entre­vis­tó a Andrade en la cár­cel para documen­tar su folle­tín. A solici­tud de varios vecinos de Mercedes, el gober­nador Máximo Paz lo indul­tó en 1887 por su "con­ducta ejem­plar", haciendo constar inclu­so que había ex­puesto su vida "concu­rriendo efi­cazmente a sofocar una suble­vación en el presidio de Sierra Chica". Cier­tos testi­mo­nios destacan su nobleza de carác­ter cuando era ma­yordo­mo de una es­tan­cia en Azul, allá por 1906, y dicen que murió muy ancia­no en Tan­dil, en 1928 [23].

En conclusión

            Parece claro que Moreira fue arrastrado por circuns­tan­cias injustas a una existencia marginal, y tuvo que ampararse en la "protección" de los caciques políticos rurales. Las leyen­das crecieron en torno a sus duelos con las partidas, y la imagen clásica de gaucho perse­guido le granjea­ba la simpa­tía de los paisanos como a un típico bandido so­cial. Sin embargo, en sus hazañas no se destacan gestos de solidaridad con los desposeídos. Sirvió de instrumento para la lucha de facciones políticas y las turbias maniobras del fraude electo­ral. Las causas judiciales por los críme­nes que cometió sin motivo aparente, a pesar de las defi­cien­cias y manipulaciones osten­si­bles de los expe­dientes, hacen presumir que eran asesinatos por encargo de sus protec­to­res, que zanja­ban las dispu­tas por el poder local.

            Aunque la versión novelizada por Gutiérrez no es en rigor una re­construc­ción historiográfica, fue certera respecto a los hechos centrales. No lo presenta como un defensor de los pobres ni un justi­ciero, sino como un hombre bravo, de senti­mientos generosos, cuyos instintos se desbarran­caron por "la pendiente del crimen" debido a la saña con que se lo hosti­gó. Otros gauchos novelados por Gutiérrez, como Juan Cuello o los hermanos Barrientos, re­sultan mejor justi­fi­cados como héroes románticos en lucha contra la autori­dad.

            De todos modos, Moreira aparecía con cierta aureola de "venga­dor" en el sentido que observó Hobsbawm, aterrorizando y burlando a la autoridad de tal manera que brindaba a los campesinos una importante "grati­ficación psi­coló­gica", al de­mos­tr­ar que los de aba­jo tam­bién podían ha­cer­se te­mer.

            En contra de la visión de Slatta de unas pampas fronteri­zas pobladas sólo por pastores errabundos, las investigaciones de historia social han puesto de resalto la variedad de ocupa­ciones de los pobladores. Los censos de mediados del siglo pasado en el partido de Lobos, hasta la época de las aventuras de Moreira, indican que más de la mitad de la población econó­mi­camente activa se dedicaba al menos parcialmente a la agri­cul­tura [24]. Fueran peones, pasto­res o chacareros, el reper­torio folklóri­co de la región de­muestra que estos paisa­nos añoraban y admi­raban el es­tilo de vida inde­pendiente y bra­vío que caracterizó a los gau­cho­s. Los matreros perse­guidos por la ley continuaban esa forma tradi­cional de existencia, encar­nan­do un ideal utópico de libertad, y la espon­tánea simpa­tía que suscita­ron les proveía refugio en el seno de la población rural.

            Aquel reclamo de los vecinos de Navarro para rescatar el cuerpo de Morei­ra -dato que no aparece en el relato de Gutié­rrez, pero surge inequí­voco de la causa judi­cial- es un gesto colectivo que muestra hasta qué punto se lo consi­deraba como a un autén­tico héroe gaucho. Así ha queda­do su estampa en el imaginario popular, y sin duda ese mito es más fuerte que nuestros fundados reparos sobre el sentido de su desdi­chada aventura.

Notas

[1] Juan Moreira se publicó originalmente en el dia­rio La Patria Argentina entre 1879 y 1880. Sobre la ver­sión teatral, ver Guillermo Mc Loughlin, "Juan Moreira, de la arena a la gloria", en Todo es Historia núm. 15, julio 1968, y J. A. De Die­go, "Rectificaciones en torno a Juan Morei­ra", en Todo es Historia núm. 171, agosto 1981.

[2] Martín García Mérou, "Los dramas policiales" en Libros y auto­res (1886); Mariano G. Bosch, His­toria del tea­tro en Bue­nos Aires (1910); Roberto F. Giusti, "Un fo­lleti­nista argen­ti­no", en Lite­ratura y vida (1939); Antonio Pagés Larra­ya, estudio preli­minar, en Cuentos de nuestra tierra (1952). Ver Gerardo Brá, "Eduar­do Gutié­rrez, historia de una condena litera­ria", en Todo es Historia núm. 1­65, febrero 1981.

[3] Angel Rama, Los gauchipo­líti­cos riopla­tenses, Bue­nos Aires, CEdAL, 1982, p. 139-140.

[4] Si Her­nán­dez había escri­to un alega­to por la muerte de Pe­ñalo­za, Gutiérrez escribió cuatro nove­las histó­ricas sobre El Chacho rescatando la épica gau­chesca de las mon­tone­ras del noroeste; ver León Benarós, estudio preli­minar a los libros de E. Gutié­rrez El Chacho y Los monto­neros, Buenos Aires, Hachette, 1960 y 1961.

[5] Nerio Ro­jas, "El verda­dero Juan Moreira", en El dia­blo y la locu­ra y otros ensayos, Buenos Aires, El Ateneo, 1951. Se trata de una conferencia basada en los mismos expe­dientes que hoy se conservan en el Archivo Histórico de la Provin­cia de Buenos Aires (en aquel momen­to en el Archivo judicial de Merce­des).

[6] E. J. Hobsbawm, Rebeldes primitivos, Barcelona, Ariel, 1968, cap. II, X-XII; y Bandi­dos, Barcelo­na, Ariel, 1976. Sobre la tesis revi­sionista, Anton Blok, "The Peasant and the Brigand: Social Bandi­try Recon­side­red", Compa­rative Stu­dies in So­ciety and His­tory, vol. 14, nº 4, septiembre 1972. Sobre la cuestión de las fuentes, Gilbert M. Joseph, "On the Trail of La­tin Ameri­can Ban­dits: A Ree­xami­na­tion of Pea­sant Resistance", Latin Ame­rican Re­search Re­vi­ew, vol. 25, núm. 3, Univ. New Mexi­co, 1990, cuyas observa­ciones moti­varon el debate con varios latinoamericanis­tas norteamericanos en la misma revista, vol. 26, núm. 1, 1991.

[7] Richard W. Slatta, "Images of So­cial Banditry on the Argentine Pampa", en Slatta (ed.), Bandidos: The Va­rie­ties of Latin Ameri­can Ban­ditry, Westport, Greenwood Pr­ess, 1987.

[8] E. Gutiérrez, Juan Moreira, Buenos Aires, CEdAL, 1987, p. 16 y La Mazor­ca (Buenos Aires, J. C. Rovira, 1932).

[9] J. A. de Diego, "El padre de Juan Moreira", en Todo es Histo­ria núm. 86, julio 1974, aclara algunas confusiones y transcribe una carta de Mercedes López, madre del mazorquero fusilado, conje­turando que éste habría sido hijo natural de Custodio J. Moreira y padre de Juan Moreira.

[10] Ver M. E. L. (Marcos de Estra­da), Juan Moreira, reali­dad y mito, Buenos Aires, Impren­ta López, 1959, p. 13-15. La atestación de su muerte en el Libro parroquial de Lobos dice "de 40 años aproximadamente" (ver op. cit., p. 127-128, nota 53).

[11] M. E. L., op. cit., p. 9-22; León Bena­rós, "Eduardo Gutié­rrez: un des­cuidado destino", estudio preli­minar a El Chacho, Buenos Aires, Hachet­te, 1960, p. 10 y ss, p. 39 y ss. Sobre la carta que menciona Fray Mocho, M. E. L., p. 35.

[12] Ver José María Rosa, Historia Argentina, Buenos Aires, Granda, 1969, t. 7, p. 50-52; Miguel A. Scenna, "Adolfo Alsina, el mito olvida­do", en Todo es Historia Nº 127, diciem­bre 1977, p. 73.

[13] Causa Nº 620 del Juzgado Criminal del Departa­mento del Cen­tro, "contra el prófugo Juan Morei­ra por el homicidio del Tte. alcalde D. Juan de Córdoba" (AHPBA).

[14] Ver Gutiérrez, Juan Moreira, cit., p. 72 y ss; M. E. L., op. cit., p. 27 y ss. El relato de Gutiérrez ubica en esa oca­sión su duelo con el guapo Leguizamón, que en realidad ocu­rrió en las elec­ciones de febrero de 1874 (ver nota 17).

[15] Causa criminal Nº 995 "por heridas a D. Patricio Nava­rro en 25 de Mayo"; original de la papeleta a fs. 118 (AHPBA).

[16] Ver Gutiérrez, Juan Moreira, cit., p. 201-202.

[17] Causa criminal Nº 996 contra Juan Moreira por varios deli­tos en Navarro (AHPBA), declaraciones idénticas a fs. 35-36 y 39-40.

[18] Diario de Sesio­nes de la Cámara de Dipu­tados de la Na­ción, sesión 20 de julio 1874, Informe de p. 371-373 y debate p. 378-428; ver también Álvaro Yun­que, "Estu­dio preli­minar", en Eduardo Gutiérrez, Croquis y siluetas milita­res, Buenos Aires, Hachette, l956, p. 33-35, y Miguel A. Scenna, "1874: Mitre contra Avellaneda", en Todo es Historia núm. 167, abril de 1981.       

[19] Causa criminal Nº 997 contra Juan Moreira y otros, por resis­tencia la autoridad y asesinato en Navarro (AHPBA); escrito del abogado defensor Celedonio Mercado a fs. 337. El relato de A. Sarrailh en M.E.L., op. cit., p. 120, nota 22.

[20] Causa criminal Nº 1216, contra Moreira Juan y Andra­da Julián por resis­tencia a la autoridad (AHPBA).

[21] Causa Nº 1216, cit., oficio de fs. 136.

[22] Expediente Nº 5602, año 1902, Juzgado del Crimen de San Nico­lás, procesado Guillermo Hoyo por la muerte de Lina Pensa de Marzo, rela­cionado con la causa a Martín Díaz Pérez por varios delitos (AHPBA, tomos II y III Hormiga Ne­gra); ver declaración de Inocencio a fs. 337/339, cuya rúbrica y edad coinciden con los de su testimonio de 1874 en Lobos.

[23] Ver M. E. L., Juan Moreira..., cit., y Marcos de Estra­da, Apuntes sobre el gaucho argentino, Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, 1981, p. 86-88, donde cita un testimo­nio de Alfredo Vitón; también León Benarós, op. cit., p. 43.

[24] Ver José Mateo, "Pobla­ción y producción en un eco­sistema agrario de la frontera del Salado (1815-1869)", en Raúl Mandrini y Andrea Reguera, Hue­llas en la tierra. Indios, agricultores y hacendados en la pampa bonaerense, Tandil, IEHS, 1993.