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A 55 años del '55

publicado en el periódico Miradas al sur, 19 de septiembre 2010

El peronismo había remodelado las instituciones y las funciones del Estado, desplazando a los círculos de la oligarquía y legitimando nuevos protagonistas de la escena política: los trabajadores, los sindicatos, las mujeres. Se habían nacionalizado los resortes de la economía, las finanzas y el comercio exterior, para llevar adelante la industrialización. Crecía la población urbana y se fabricaban automóviles, maquinarias y aviones. El pleno empleo y la redistribución de ingresos, el sistema jubilatorio universal, los servicios gratuitos de salud y educación, los créditos para vivienda, entre otras conquistas, acortaban la distancia entre ricos y pobres y ensanchaban las oportunidades de ascenso social. Perón había enunciado los propósitos de una revolución nacional, pacífica, equidistante de los extremos del capitalismo y del comunismo, basada en la participación de las mayorías. Planteaba la “tercera posición” frente al duelo de las grandes potencias y anudaba la integración con los países sudamericanos.

Según algunos críticos era una farsa, un remedo del fascismo, mera demagogia. Para la visión maximalista, los cambios eran insuficientes: los planes de colonización permitían adquirir la tierra a los agricultores, pero no se expropiaban compulsivamente los latifundios; se promovía la industria liviana sin haber creado antes la industria pesada; el oro de las reservas se dilapidaba en obras sociales improductivas, y los ferrocarriles, por ejemplo, se habían pagado muy caros.
Para otros, sin embargo, aquello era demasiado. A los terratenientes les indignaba el recorte de sus rentas y el congelamiento de los contratos de arriendo, el Estatuto del peón y la ingerencia de los sindicatos agrarios. Muchos industriales, que no dejaban de aprovechar los créditos de fomento, se alarmaban por las pretensiones de sus obreros. Los comerciantes multiplicaban sus ventas pero odiaban las regulaciones de precios. Al nuevo imperio norteamericano emergente de la posguerra le resultaban intolerables los gestos de independencia, el mal ejemplo argentino, que uno de sus ideólogos caracterizó como “fascismo de izquierda”. Los políticos de la contra denostaban sobre todo los aspectos superestructurales del régimen, sus propensiones hegemónicas y autoritarias. Sin duda hubo abusos del poder burocrático, lo cual en parte respondía a la gravitación de ciertos cuadros dirigentes formados en la disciplina militar, como el mismo Perón. Pero también es cierto que una oposición irreductible no vaciló en recurrir a provocaciones, atentados e intentos de golpes de Estado que dieron pie a las medidas de coacción oficial.

El derrumbe. El conflicto con la Iglesia creó el clima propicio para soliviantar a las clases medias. La fundación del Partido Demócrata Cristiano fue el detonante de la ruptura. Pese a las importantes concesiones que había obtenido en el terreno de la cultura y la educación, la jerarquía eclesiástica conservadora nunca congenió con Perón ni con Evita. El gobierno suspendió la enseñanza religiosa en las escuelas públicas y avanzó con una serie de reformas laicistas, la ley de divorcio, la equiparación de los hijos extramatrimoniales y otras iniciativas plausibles, que llegaban tarde y de manera inoportuna, causando incluso no pocas deserciones entre los peronistas.

Entonces se tornó evidente la incapacidad de los burócratas y la carencia de un partido orgánico que respaldara al gobierno nacional. Perón puso a uno de sus mejores hombres, John William Cooke, para encarar la reorganización partidaria en la Capital Federal, pero ésta también era una apuesta tardía cuando el esquema del poder peronista empezaba a desmoronarse.

Las manifestaciones católicas se convirtieron en mítines opositores, grupos de choque quemaron las iglesias del centro porteño, el gobierno deportó a un par de monseñores y el Vaticano dictó una excomunión genérica para los responsables de la ofensa. Sectores antiperonistas de la Marina, con algunos políticos y cuadros de la Aeronáutica, decidieron actuar.

El 16 de junio de 1955, la tentativa de matar a Perón, mediante el bombardeo aéreo a la Casa Rosada, degeneró en una masacre contra la multitud de obreros que acudían a la Plaza de Mayo, en la cual cayeron ametrallados muchos circunstantes ajenos a los hechos. Era una operación terrorista que, si fracasó en su objetivo central, demostró hasta dónde estaban dispuestos a llegar los grupos opositores.
Perón comenzó a dar pasos en falso. Dio por concluida la etapa revolucionaria del justicialismo, llamó a una conciliación a los partidos adversarios y les ofreció manifestarse por la red oficial de radiodifusión. Arturo Frondizi aprovechó para impugnar una proyectada concesión petrolera a la compañía norteamericana California. Alfredo Palacios, en un discurso que no se emitió por radio pero se publicó en la prensa, pedía al presidente que renunciara, tal como se lo había pedido en 1930 a Yrigoyen. Después Perón ofreció retirarse, suscitando el 31 de agosto un paro gremial y una gran manifestación que le ratificaba la adhesión de las bases. En ese último acto de masas cometió el error de amenazar en vano a los golpistas (el “cinco por uno”), insinuando represalias que nunca había tomado antes y que tampoco iba a llevar a la práctica.

El 16 de septiembre estalló en Córdoba la sublevación del general Eduardo Lonardi. Aunque tuvo escaso eco en otras guarniciones del Ejército, contaba con el alzamiento de Puerto Belgrano y la flota al mando del contraalmirante Isaac Rojas. Los marinos volaron los depósitos de YPF en Mar del Plata y apuntaron contra la valiosa refinería del puerto de La Plata. Numerosas fuerzas leales cercaban a los rebeldes, pero Perón desistió de atacarlos o de acudir a la movilización popular para evitar los costos de una guerra y entregó su renuncia a una junta de generales.

La “revolución libertadora”. Dos meses duró la presidencia de facto del tibio nacionalista Lonardi, sustituido por un general más “liberal”, Pedro Aramburu. El vicepresidente Rojas, como para compensar su anterior obsecuencia peronista, expresaba el más acérrimo gorilismo. Los “libertadores“ se abocaron a su tarea, con la extraña complicidad de políticos de derecha y de izquierda. Para extirpar el culto al “tirano prófugo” prohibieron su nombre, sus emblemas, hasta sus iniciales, cualquier alusión a la simbología del régimen depuesto. Anularon la Constitución justicialista, intervinieron los sindicatos, proscribieron al partido, depuraron las filas del Ejército y, a fin de completarla con un escarmiento ejemplar, dejaron avanzar la conspiración del general Juan José Valle y fusilaron en junio de 1956 a los militares y civiles alzados.
También comenzaron a liberalizar la economía, a desmontar los instrumentos del Estado regulador y a transferir ingresos al sector agroexportador. Se iniciaba así una época de inestabilidad y degradación del país y de su sistema político, en la que se iban a alternar las dictaduras de facto con gobiernos condicionados por los planteos del generalato. El partido militar sustituía a la insegura partidocracia como vicario de los poderes económicos y como instrumento de la estrategia norteamericana en la guerra fría, uno de cuyos cerebros definió al peronismo como “una forma atípica de comunismo”.

La expulsión de Perón y el furioso empeño en destruir su obra no hicieron más que agigantar su figura: caso sin precedentes de un exiliado que siguió convocando cada vez más seguidores. Todo ello generó la marea incontenible de la resistencia popular y juvenil, a la cual se respondió con mayor represión, generando la espiral de violencia que desembocaría fatalmente en el terrorismo de Estado.

Pasado y presente. El presente se modela en las experiencias del pasado. Los pueblos evolucionan asimilando las lecciones de su memoria colectiva. A 55 años del ’55, en contraste con la vitalidad de las supervivencias del peronismo, hay un estruendoso silencio en torno de la fecha del 16 de septiembre, que ya casi nadie reivindica. Es la justicia de la posteridad, la conciencia de las calamidades a que condujo el ciclo de los golpes militares.

Más de medio siglo después, podemos ver también que los antagonismos de aquellos días no se han disuelto. El dilema entre el país agrario y el proyecto industrial no se ha zanjado. Sigue latente la contradicción entre las presiones del imperio del norte y los caminos de la solidaridad sudamericana. Las tendencias partidarias se polarizan y se crispan en torno de la puja distributiva. No es fácil remontar décadas de retroceso y de profundización de las desigualdades. El mundo global y los actores sociales han variado, el peronismo tampoco es lo que era, pero la lucha prosigue. La diferencia, nada despreciable, es que la maduración de las condiciones históricas nos ofrece hoy la posibilidad de dirimirla por las vías de la confrontación democrática.