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Una cultura fuera de la ley

Algunas inferencias de la histo­ria social del bandolerismo

ponencia en Jornadas de Historia del Delito en la Patagonia, Universidad del Comahue,  junio de 2000

Resumen

La historia del bandolerismo social en las fronteras in­teriores de nuestro país, partiendo de la teoría de Hobsbawm y los estudios sobre la resistencia campesina, permite obser­var desde los orígenes coloniales la situación conflictiva de las comuni­da­des autóctonas y los grupos mestizos, la instrumentación penal del control social, los abusos de la autoridad y la elusión de la legalidad por las clases dominan­tes como facto­res que explican la rebeldía indivi­dual y social y la réplica violen­ta de los sec­tores margina­les. Estos fenómenos, en el marco de las recurrentes crisis constitucio­nales del país, se proyectan como un antagonismo de la cultura popular con la ley que revela la fragi­lidad del ordenamiento jurídi­co de nuestra socie­dad.

 

 

            La proposición básica de esta ponencia es que la historia social del bandolerismo, enfocando los fenóme­nos de la violencia y el delito que ex­pre­sa­n una resisten­cia colectiva al orden estatal, puede contribuir a una revi­sión crítica de los conflictos de nuestra so­ciedad para com­prender algu­nos problemas cultu­rales y "constitucio­na­les" que per­turban hasta hoy su organiza­ción jurídica.

            Mis investi­gaciones acerca de los bandoleros aprove­charon los aportes teóricos de historia­do­res como Eric Hobs­bawm, Michel Foucault y Ranajit Guha, que han infun­dido a estos estu­dios una densidad con­cep­tual y una perspectiva crítica inelu­dible. Con respecto a la realidad americana me sivieron de guía ciertos textos clá­sicos de Eche­ve­rría, Sar­mien­to y Al­ber­di, las obras de historia­do­res acadé­micos y hete­rodoxos, así como ensa­yos e investigaciones de otras dis­ci­pli­nas. La base empírica son los datos bio­grá­ficos y legen­da­rios de unos 80 per­sona­jes -bandole­ros rurales y caci­ques rebel­des- que dejaron huellas memo­rables en las distin­tas regiones de nues­tro país, sobre los cuales consulté o recopi­lé material de archivos, expe­dien­tes judi­cia­les, informa­ción de pe­riódicos, testimonios orales, biblio­gra­fía y demás fuentes cita­das en los trabajos que publiqué en años re­cien­tes [1].

            Varios casos transcurren en la Patagonia y en el gran manchón desér­tico del oeste pampeano, una parte de las "fronteras interiores" del país que fueron y en alguna medida siguen siendo espacios conflictivos y de tran­si­ción, donde los fenómenos de conquista y resistencia adquieren su perfil más nítido y dra­mático.

            Algu­nos frutos provisorios de los estu­dios en que continúo trabajando pueden sintetizarse como tesis para la dis­cu­sión, en torno a cuatro puntos relevantes para abor­dar esta temática:

            1) La teoría del bandolerismo social de Hobsbawm y sus sugerencias polémicas acerca de la rebeldía campesina.

            2) La relación de la figura del bandido social con el mito y la épica gauchesca en nuestro país.

            3) Las raíces de la resistencia y el "ilegalismo" en el sometimiento colo­nial y la marginalidad de la población criolla.

            4) Los efectos perturbadores del autoritarismo, de la instrumenta­ción y violación de la ley por la elite.

           

1. El bandolerismo social como rebeldía campesina

            Siguiendo a Hobs­bawm, el rasgo esencial de los ban­do­leros so­ciales es la dimen­sión colecti­va de su desafío al orden, que los distingue de la aventura indi­vi­dual del sim­ple delincuente. El carácter social del bandido se mani­fiesta en los lazos de soli­dari­dad con las comu­ni­dades cam­pesinas de donde proviene, en las que se refugia y a las que ayu­da en forma mate­rial o sim­bó­lica; todo lo cual per­mite interpretar el fenó­meno como una ex­pre­sión contestataria de tales poblacio­nes, compues­tas por campesinos y traba­ja­dores (agri­culto­res o pastores) que sufren diversas formas de opre­sión por parte de los terra­te­nien­tes u otros secto­res o cen­tros de po­der [2].

            El examen de las a veces sorprendentes coincidencias que presentan más de cien casos considerados por Hobsbawm en di­versas culturas y épocas, abona la convicción de que se trata de un fenómeno universal. Una regulari­dad significativa es que en su ori­gen, el "buen bandido" es generalmente un jo­ven cam­pe­sino empu­jado fuera de la ley por una in­jus­ti­cia o per­se­guido por algún acto que las cos­tum­bres de su medio no con­sideran verda­dero deli­to (por ejemplo duelistas, deser­tores, contraban­dis­tas).

            Hobsbawm distingue por lo menos tres variantes: 1) el típico Robin Hood, el la­drón generoso que según su leyenda "roba a los ricos para dar a los pobres" y emplea la violencia con moderación; 2) una especie dudosa, los "vengadores" (por ejemplo algu­nos can­ga­çei­ros) que practican una cr­uel­dad inmode­rada y no ayu­dan ma­te­rialmente a los po­bres, pero al ate­rro­rizar a los opre­so­res grati­fican psicológicamente a los opri­midos; y 3) una forma "superior", los hai­duks, grandes ban­das de salteado­res que libra­ron gue­rri­llas para de­fender sus te­rri­to­rios de la conquista extranje­ra.

            Si bien se trata según Hobs­bawm de "una forma primiti­va de protesta", de carác­ter "prepolítico" y a menudo asociada con el milenarismo, pro­pia de so­ciedades pre­capitalistas, con frecuencia estos bandi­dos se han sumado a los alza­mien­tos campesinos, e in­cluso a las revoluciones moder­nas. Por otra parte, son bien cono­ci­dos los desli­zamien­tos entre el bandolerismo y la guerra, en ambas direc­ciones, que resaltan especialmente en la historia americana.

            En la literatura académica se han planteado otros puntos de vista que discuten la interpretación de Hobsbawm, en particular acerca de:

            a) la efec­tiva soli­dari­dad del ban­dido con los pobres;

            b) la carac­te­riza­ción del me­dio donde surge como un campesi­nado tra­di­cio­nal;

            c) la natura­leza "prepo­lí­tica" del fenómeno, que lo condenaría a desapa­recer con la modernización.

            Una tendencia "revisionista", iniciada por Anton Blok al investigar la mafia siciliana, descree de los lazos del bandolero con el campesi­nado y enfatiza su interdepen­den­cia con los soste­ne­dores del poder esta­blecido, mostrando que en ciertos casos las imá­ge­nes legendarias distan bastante de la conducta real de estos "hé­roes" [3]. En esa línea se pueden situar, para referirnos a Améri­ca Latina, los trabajos de Christon Archer y Paul Vander­wood sobre los bandidos mexicanos, los de Billy Chand­ler y Linda Lewin sobre los canga­çeiros, así como los de Miguel Izard y Richard Slatta acerca de los llaneros y los gauchos [4]. Tales estudios se basan en los registros poli­cia­les y judi­cia­les, des­ta­cando que determi­nados ban­do­leros ac­tua­ron como brazo de los terra­te­nien­tes o in­cluso del apa­rato es­tatal. No obstante estas "desmi­ti­fi­ca­ciones", advirtamos que la cues­tión de fondo sigue en pie: las fuen­tes folkóri­cas y litera­rias, y tam­bién numero­sos testimo­nios documenta­dos, no dejan dudas de que -engañadas o no- las masas campesinas apoyan o simpatizan con el bandi­do "hobsbawmia­no".

            Algunos autores discuten que este bandolero sólo surja del seno de un campesi­nado precapitalista. Pat O'Ma­lley respecto a Austra­lia, y Richard White en el me­dio oeste norteamerica­no, lo encuentran en áreas rurales re­lativa­mente desarrolladas; Alan Knight obser­vó que en Méxi­co aparece asi­mismo en poblaciones estratificadas o hete­ro­gé­neas [5].

            Disintiendo con la idea de Hobsbawm de que el bandidismo social se extingue con la modernización del Estado y de las luchas popu­la­res, O'Ma­lley entiende que puede repetirse en un contexto moderno a con­di­ción de que exista un con­flic­to de clases cró­nico que uni­fique a los sectores domina­dos y falte una eficaz organi­za­ción política ins­ti­tu­ciona­li­za­da de los in­tere­ses de los mis­mos. Entre nosotros, Roberto Carri cues­tionó la califica­ción de pri­miti­vismo y la pretendida superación del bandolerismo por los parti­dos "moder­nos" [6].

            Las impugnaciones "revi­sionis­tas", sin ser desdeña­bles, no desmere­cen lo esencial de las tesis de Hobs­bawm, cuyas mati­zadas y sutiles inter­preta­ciones parecieran adelantar­se en muchos aspectos a sus críticos. Hobs­bawm no pretende que todo bandido legenda­rio expresara de modo ine­quívoco la rebel­día campesina, explica que estaban inmersos en la vida econó­mica y polí­tica y que su supervivencia dependía a menudo de arreglos o alianzas con los dueños del poder.

            La objeción de mayor entidad es la referen­te al campesinado tradi­cio­nal como "cuna" del bandido, si bien creo que esta tesis puede resultar suma­men­te fecunda enten­dida en términos de un "ambiente cultural" signado por valores tradi­ciona­les, aunque no se trate exactamente de una típica comuni­dad rural arcaica.

            En cuanto a los otros puntos b) y c) de debate, acotemos que Hobs­bawm admite la eventual supervi­vencia de una tradición popular que sustente la reaparición del bandido social en épocas recientes, por ejemplo con John Dillinger o Bonnie & Clyde en la déca­da de 1930 en el inte­rior de los Esta­dos Unidos; e incluso comenta como un epílogo a esa historia las ac­cio­nes armadas de gru­pos neorevo­lucionarios juveniles de las décadas de 1960 y 1970, recono­cien­do en cier­tos casos particu­lares una semejanza entre los viejos bandi­dos y los nuevos guerrilleros urbanos, no obstante la diferen­cia fundamental de contex­tos so­ciales [7].

            Pero además, en los países latinoamericanos el con­cep­to de "moder­ni­za­ción" no siempre resulta adecuado y su aplicación debería ser someti­da a críti­ca. La definición del bandido social como un fenómeno supe­rado por la politización y la sindicalización campesina, que pare­ce certera para el "pri­mer mun­do", se torna dudosa en nuestra realidad, donde la evo­lu­ción de la socieda­d y sus institu­ciones, lejos de mostrar un pro­greso lineal, pre­senta nota­bles saltos, quiebres y regresio­nes. La "excentrici­dad" de nues­tra historia (fuera de los centros del capitalismo, y descentrada por la depen­dencia de procesos externos), en la cual el trans­plan­te de la civi­liza­ción occidental ha pro­ducido en forma recu­rrente fru­tos para­do­ja­les, condiciona necesariamente la materia que trata­mos [8].

            Gilbert Joseph, en un repaso del estado del arte sobre estas cues­tio­nes, que suscitó polémica con otros bandidólogos "re­visionis­tas", propuso inscribir el tema en un marco más amplio. Su trabajo recomienda prestar atención a los estu­dios del control social que incorpora­ron aportes de la antropo­logía y del análi­sis del dis­curso, a la obra de Fou­cault, a la co­rrien­te "subalter­nis­ta" que enfoca las formas de concien­cia campe­sina en opo­si­ción a la lega­li­dad estatal/co­lonial, y en particular a Ranajit Guha, James Scott y otros investigadores que abordan las alter­na­ti­vas de "re­sis­ten­cia coti­dia­na" del cam­pe­sinado.

            Joseph postula así a­brir las fronteras disci­plina­rias y renovar el instru­men­tal analíti­co para estudiar mejor "la distri­bución del poder, la natura­leza del Estado y el rol de la ley y los tribu­nales en el pasado reciente de América Latina. Una ade­cuada historia social de ban­di­dos y campesinos en general sólo podrá ser elaborada cuando una historia de la protes­ta y la resistencia de abajo se integre efecti­vamente con una histo­ria del poder y el inte­rés por arri­ba" [9]. Acogiendo esa sugerencia, el reto consiste en nada menos que reconstruir el desarrollo de las luchas de clases en nuestra so­cie­dad.

2. El bandido social y el mito gauchesco

            En Argentina, la cuestión del bandolerismo social ha tenido escaso relieve en la investigación académica. Sin embargo, los cientistas sociales no han dejado de ocuparse de sus proyecciones en los enfoques an­tropológi­cos sobre culturas rurales, leyendas y folklore. Por otra parte, los gau­chos han estado siempre presentes en la literatura nacio­nal, en la historio­grafía y en los ensayos filosóficos, si bien la conceptualización de esta categoría social suele tornarse nebulosa y varía mucho según los autores [10]. No obstante, cualquiera sea la extensión que se dé al término, los rasgos más fuertes de la figura y de la épica gauchesca -de su mito, en suma- provienen del rol del gaucho como bandido social.

            ¿Qué es el "gaucho malo" que pinta Sarmiento en el Facundo, sino el "buen bandido" respetado por los campesinos? ¿Quiénes fueron Juan Cue­llo, Moreira, los Barrientos y otros que bio­grafió Eduardo Gutiérrez? ¿Qué otra cosa que bandoleros sociales fueron Guayama, Martina Chapanay o "Calan­dria", e incluso famosos jefes in­dios y criollos que malo­nearon en las fronteras como Pincén, el capitán Molina o Llanque­truz? ­

            Se trata de un asunto crucial para comprender el código de la cultu­ra popu­lar criolla que se generó en el ambiente rural de la Argentina. El arquetipo del gaucho es el jinete libre y rebelde, perseguido injustamente por la autori­dad, que desafía el orden y amenaza la propiedad de los ricos: el que man­tiene "la espalda erguida" pues no se doblega ante los opresores, vengando los abusos de los orgullosos funciona­rios de la ley. Él posee los valores tradiciona­les del coraje y la gene­rosidad, las destrezas para domi­nar el medio natural, encarna el ideal de vida de los pobres y oprimi­dos del cam­po. Hace lo que los demás ansían y quizás no se atreven a hacer. Son precisamente los rasgos del héroe campesino de todos los tiempos, el "ban­dido bueno" que Hobsbawm detecta en las socieda­des agrarias o pasto­riles de los cinco continentes.

            En sus comienzos, el gaucho es el cazador ecuestre de ganado cimarrón a quien se procura repri­mir porque­ amenaza la "propiedad del rey" (en rea­li­dad, los intereses de los licenciatarios de vaquerías) y luego la de los hacenda­dos. Es también el "hombre suelto", no sujeto a la familia pa­triar­cal ni a las formas de com­pulsión laboral y de control social de las clases subal­ternas.

            No todos los gauchos eran bandoleros. Muchos no eran abigeos ni sal­teadores (ya que podían vivir de otras formas de caza) y otros seguramente eran marginales peligrosos, insolidarios con los campesi­nos. Pero, así como para las autoridades y la policía el gaucho era y si­guió siendo durante mucho tiem­po (en el Territorio de La Pampa, por lo menos hasta los años 30 del siglo XX) sinó­nimo de "ile­gal" -un delincuente presunto, real o poten­cial-, para los pobres del campo era a la inversa. El rebelde ante la ley estaba auroleado de noto­rio pres­tigio, la condición de matrero o "alzado" era más bien un crédito de las virtudes del coraje y la insumisión, contando por con­si­guie­nte con la predisposición favorable de gran parte de los demás campesinos.

            Por cierto, los descen­dientes de los gauchos originales se fueron convir­tiendo en trabajadores asalaria­dos, y con el tiempo el término gaucho se aplicó para de­signar metafóricamente a cual­quier jinete de los ofi­cios pasto­riles. No es difícil adver­tir hasta hoy la tensión entre dos imá­genes opues­tas, que reflejan de algún modo visiones de clase: la del gaucho ori­ginal, el indomable -que es la que destacamos aquí, el Martín Fierro que rescata­ron los anarquistas- y la del gau­cho sometido, "aman­sa­do" como peón, más grato a la elite rural. Para ilustrar esa parábola Martiniano Leguizamón dramatizó que el matrero “Calandria” se regeneraba, cuando en realidad lo mató la policía [11].

            El prestigio del gaucho, incluso entre la elite porteña, devino en buena medida de su contribución a las guerras de la emancipación, aunque su rol insurgente en las rebeliones federales motivó después la condena his­tórica que ejemplifican los textos de Sarmiento.

            Los trabajos de Izard y Slatta sobre el bandole­rismo en los llanos vene­zolanos y la pampa bonaerense muestran a llaneros y gauchos como dos pueblos marginales geme­los. Surgieron en las fronteras de la ocu­pa­ción colonial como cazado­res del ganado salvaje, enfrentaron el avance del Estado y los esta­blecimientos ganaderos sobre sus territo­rios, cuyo proceso los expulsó fuera de la ley, y se extinguieron luego de guerrear por la independencia y par­tici­par en un siglo de luchas políticas. Ambos grupos socia­les fueron tratados en masa como delincuen­tes, y entre ellos sobresalieron bandi­dos famosos recor­dados por las leyendas [12]. 

            En cuanto a los gauchos de las montone­ras federales del interior, Slatta los califica como "bandidos guerrilleros", adoptando la caracteriza­ción de Chris­ton Archer sobre los bando­leros que operaban en México en la guerras de la indepen­dencia, motivados por el botín antes que por la cau­sa nacional o política. Como los lla­neros de Vene­zue­la y Colombia, los gau­chos argen­tinos de las montoneras ha­brían participado en las guerras del siglo XIX hacien­do del saqueo su medio de vida [13]. El autor no profun­diza en la materia, limitándose a reproducir una calificación de inspiración sar­mien­tina.

            Sobre este punto, creo que no caben dudas de que el bandidismo y la gue­rrilla política, aun­que tienen puntos de contacto, son fenóme­nos cuali­tativamente diferentes. En el marco de los estudios sobre la resisten­cia campesina, podemos considerarlos como dos "op­ciones de resistencia". Al res­pec­to es ilustrativo un estudio de Erick Langer sobre las áreas andi­nas de Bolivia entre 1882 y 1930, donde presenta al bando­le­rismo como una al­ter­na­ti­va, entre otras, que dependería del grado de inte­gración de la po­bla­ción campe­sina: en comu­nidades como Tara­bu­co, donde existía mayor iden­tidad corpora­tiva y cohe­sión inter­na, los cam­pesi­nos se moviliza­ron en accio­nes de ma­sas, acu­dieron a litigar en los tribunales y apela­ron inclu­so a la rebelión colec­tiva; mien­tras que en áreas mestizas como Tomi­na, donde faltaban aque­llas condicio­nes de cohe­sión so­cial, se inclinaron a la "tác­ti­ca más débil" del bandole­rismo para afron­tar la cri­sis económica [14].

            En mis trabajos sobre las fronteras interiores del siglo XIX hay numerosos ejemplos de jefes mestizos como el capitán Molina, Guayama y la Cha­panay, e incluso grupos indí­genas que entran y salen de las gue­rras políticas en "opciones" más o menos forzosas dadas las circunstancias. El gauchaje (del antiguo verbo "gauchar", aventura de cazadores errantes), el bandolerismo (salteadores, cuatreros),  y las montone­ras (guerrilla políti­ca) apa­recen así como distintas expre­sio­nes y niveles de la insurgencia de los pue­blos autóctonos.

            En definitiva, la resonancia épica de la historia de los gauchos pro­viene de su papel en la independen­cia y los alzamientos federales; y, según lo atestigua la literatura gauchesca a partir de José Hernández y Eduardo Gutiérrez, fue ani­quilado por "la civiliza­ción" al negársele la libertad y la posesión de la tierra. Lo que importa subra­yar aquí es que, si los gau­chos se extinguieron como grupo social, sobrevivieron como mito. La versión origi­nal y popular del mismo tiene una alta carga de ilegalismo y rebeldía (que la visión "patro­nal" ten­dió a encu­brir). La vigencia de aquella tradi­ción es muy visible en la forma en que los paisa­nos del campo han seguid­o exaltando y reconociendo los atributos gau­ches­cos en los pisto­leros "ro­mán­ticos" como Vairoleto, Mate Cosi­do, Zamaco­la, los Velázquez y Gauna, que prolongaron el atractivo popular de esta figura en el siglo XX.

3. El conflicto con la ley en la población criolla

            En el origen colonial de los pueblos latinoamericanos, la ley era una impo­sición externa, chocante con las costumbres, interdictora y dependiente del arbitrio del conquistador. También, desde otro punto de vista, era una legislación que en gran parte se incumplía, cuyos manda­tos de administración racional o de carácter moralizante y huma­ni­tario se eludían, se dis­torsionaban o se utilizaban con otros fines, en fun­ción de los inte­re­ses concre­tos de las capas dominantes [15].

            En las posterimerías del período virreynal, los campe­sinos, especial­mente en nuestro país, eran en gran proporción racialmen­te mesti­zos, y todos lo eran en sentido cultural, debi­do a los fenó­me­nos de intercambio y acul­tu­ración que se operaban en el medio rural. Ahora bien, el régimen hispáni­co contemplaba dife­ren­tes esta­tu­tos para españoles europeos y ameri­canos, indios y escla­vos, proscri­bien­do las uniones de hombres y muje­res de dis­tinto origen racial. Por lo tan­to, la creciente masa de mes­tizos y libertos resul­taba ser, en tér­minos legales, una anoma­lía. Esta fue inclusive una ver­tiente del gau­chaje: jóvenes mula­tos, zam­bos o pardos de cual­quier pelo, fruto de uniones ilegí­ti­mas o re­proba­das, que carecían de hogar y se lanza­ban a esa vida sin ata­du­ras­, al margen del yugo colo­nial y patriarcal y de sus reglas de sujeción de las perso­nas.

            La ocupación ibérica y los pasos sucesivos de la pene­tración euro­pea fueron devastadores para los pueblos sometidos por "dere­cho de con­quis­ta", con inevita­bles efectos disruptores y degra­dan­tes para coloniza­dores y colonizados. En una línea de de trabajos que aplican el bagaje conceptual del psicoa­náli­sis a nuestra his­to­ria, Blanca Montevechio y otros autores plan­tearon los "trau­mas culturales" de los gru­pos expues­tos a la vio­lencia colonial y sus se­cuelas en la época republicana de "europeización", consi­de­rando las ofen­sas sufridas y las reacciones re­primidas como sustrato de los mitos latinoame­ri­ca­nos, lo cual se puede vincular tanto con el mito más general del gaucho como con las leyendas particulares de los bandidos so­ciales [16].

            Acotando el tema, nos ceñimos aquí brevemente a ciertos aspectos relati­vos al trabajo y la familia, dos ejes principales en la conformación del carác­ter social e individual.

            La explotación compul­siva del trabajo no podía sino generar reac­cio­nes negativas. Según fuera el margen de acción disponible, ese malestar se tradujo en el bandole­rismo, en las protes­tas organiza­das comunales o de nivel político, y tambi­én -como destacan las investigaciones de James Sco­tt, Michael Adas y otros sobre la resis­tencia cotidiana o rutinaria de los campesi­nos- en las acti­tudes de trabajo a desgano, peque­ños hur­tos y daños, sabo­ta­jes, etcétera, que resen­tían la activi­dad econó­mica [17]. Esto ayuda a entender por qué no se forjó una cultura favo­rable al trabajo y la pro­duc­ción, y explica mejor la falta de contracción laboral que la su­puesta pere­za congénita de los bárbaros de que habla Sar­mien­to o las tesis más elabo­radas que seña­lan la ausencia de la ética protes­tante del indivi­dua­lismo procapi­talista. El mismo Sarmiento describe el cuadro frustrante de la era colo­nial, donde el propie­tario español no trabaja por­que es indigno de su sta­tus y los depen­dientes sin propiedad tampoco se esfuerzan porque ello sólo benefi­cia al dueño [18].  

            Buscando las causas de "la debilidad crónica de la ley", Norberto Ras se basa en los aportes de Montevechio y otros para remontarse a la proble­má­tica inserción social del mestizo rural, el "constituyente básico" de la pobla­ción latinoa­meri­ca­na. Por lo general, el mes­tiza­je origina­rio resulta de uniones prohibidas, vergonzantes y desigua­les, en las que el conquis­tador europeo toma y luego abandona o desprecia a la mujer indígena. Esto acarrearía una deserción o frustra­ción de la "fun­ción paterna norma­tiva" (que representa la ley y es en cierto modo constituyente de la cultura), por la cual los hijos se crían en el desa­rraigo, la in­disci­plina y la desa­fi­lia­ción fami­liar. La madre encarna los traumas del someti­miento de la masa abori­gen, obligada a aceptar las reglas del domina­dor, que difícil­mente puede trans­mitir a sus vástagos. El con­flicto del mestizo con la cultura dominan­te explicaría la marginali­dad de los jinetes de las pampas y el carác­ter del gaucho: el desapego fami­liar, la desobediencia, su espíritu liber­ta­rio, su indolen­cia y des­pren­dimiento [19].

            En esta situación se superpo­nen el dualis­mo entre la ley y la reali­dad característico de la colo­nia, su ineficacia "intercultural" y los efec­tos psicoló­gicos del desprecio y la "ver­güen­za étnica" proyectada en la pro­le; asuntos que también fueron tra­ta­dos por Octavio Paz, señalando el com­plejo del "hijo de la chingada" (la mujer seducida) [20].

            El fenó­me­no del ban­do­le­rismo social se inserta dentro de estas pecu­liares con­di­cio­nes de dominación y subor­di­na­ción que estructuran un orden y a la vez provocan el desorden en los países de origen colo­nial como el nues­tro: la ley impuesta que es descono­cida por el propio amo, la deserción de su papel rector y protector por los que detentan la autoridad. La pesada herencia del racismo del colonizador que se re­crea con­ti­nua­mente en la evolu­ción de nues­tra so­cie­dad -donde, citando a David Rock, "las estruc­tu­ras colo­niales fueron inva­ria­ble­mente reconstituidas, no tras­cendi­das" [21]- puede proporcionarnos otras pistas para inter­pretar las subcul­turas de la marginalidad y el delito.

4. Ilegalidad del Estado y devaluación de la ley

            Una línea aún incipiente de estudios sobre el delito se refiere al ile­ga­lismo de los sectores de arriba de la pirámide social: asunto de enor­me interés, porque al tratar las causas del ilegalismo de los de abajo es insoslayable considerar su carácter de répli­ca -en el sentido de respuesta, y a la vez de emulación- al abuso y la criminalidad de los pode­ro­sos.

            Desde la corriente de la criminología crítica latinoamericana, deve­lando los mecanismos institucionales por los cuales opera el aparato de control social y denunciando la instauración de un "Derecho penal desi­gual", se ha recla­mado una reorientación que debería asentarse en una visión macrosocial y una nueva historiografía de la criminalidad. Ro­berto Bergalli afirma así la nece­si­dad de observar "una crimi­na­lidad oculta (la eco­nómica, la ecoló­gica, la política, la de los podero­sos) mucho más dañina y volumi­nosa que la común­mente consi­dera­da"; sobre lo cual existen por cierto im­por­tan­tes ante­ce­den­tes en una co­piosa lite­ra­tura [22].

            Estas cuestiones sólo pueden abarcarse en toda su magnitud enmarcadas en el autoritarismo político de las elites y, relacionado con ello, la tradicional utiliza­ción de la le­gislación penal, la justicia y la policía para asegurar el con­trol de las cla­ses bajas; por otro lado, focalizando las formas en que los grupos pode­rosos econó­micamente transgreden o eluden la ley, así como la delin­cuen­cia asociada al poder político y la que vulgarmente suele llamarse "mafiosa". En nuestro país, además, esta temática no puede ignorar la experiencia límite del "Estado criminal" de las dictaduras militares, que está en la raíz de la devaluación de la legalidad y de una profunda disgre­gación y des­moralización de la so­ciedad.

            Comparando los logros de las ex colonias nortea­merica­nas al edifi­car sus institu­cio­nes democráticas en base al respeto y el perfec­ciona­mien­to de la ley, los tropiezos constitucio­nales argentinos presentan un agudo con­traste. En el transcurso de la encarniza­da disputa por la organiza­ción nacional se dictaron dos consti­tuciones inapli­cables, y cuando se sancio­nó al fin la de 1853, fue resistida, corre­gida, forzada por los ven­cedo­res de Pavón y luego progresivamente vaciada de sentido. La ley de Homestead, que otorga­ba la propiedad al pionero que la ocupaba, fue un pilar de la socie­dad norteame­ri­cana. En Argentina tam­bién hubo algunas leyes progresistas sobre tierras y colonias, que los acaparadores y el propio gobierno burla­ron de manera flagrante [23].

            Un observa­dor europeo como Alain Rouquié, contemplando el cuadro de distor­sión entre institucio­nes formales y prácti­ca so­cial, es decir, la fal­ta de correspondencia entre la ideo­lo­gía ofi­cial y las es­truc­tu­ras rea­les de domina­ción, esbozó una expli­ca­ció­n de esa apa­rente "esquizofre­nia" subrayando el origen ambiguo de América La­ti­na, in­cor­pora­da de­fi­ni­tivamente a Occidente pero con una "heren­cia social" dis­tin­ta, lo cual nos remite nueva­mente a la contradicción colo­nial [24].

            El con­flic­to no se resolvió en la transi­ción de la colo­nia a la repú­blica formalmente independiente, sino al contrario, siguió reprodu­cién­dose, sin que la creciente com­ple­jidad del desarro­llo de esta socie­dad alcanzara a asen­tarse en un "im­pulso autó­nomo", según señala David Rock. ­¿En qué con­sis­te ese conflicto? Es siempre la resistencia al capi­talis­mo exógeno, a un sistema que se va implantando en con­di­cio­nes de fragi­lidad institu­cio­nal, lo cual agrava sus aspectos irra­cionales y depreda­to­rios y completa el círculo dialéctico del rechazo y la dependencia.

            En el lenguaje de los juristas, hubo constitu­ción, pero no "Es­tado constitucional". A pesar de la superficial modernización de las ideas y las prácticas políticas, el falsea­mien­to del pacto social roussoniano -"el acuerdo tácito entre gobernantes y gobernados sobre un código mutuamente aceptable de dominación y subordinación" como expresa Guha con relación al mundo campesino- provo­có un antagonis­mo cícli­co: civi­liza­ción y bar­ba­rie, auto­rita­ris­mo y resis­ten­cia, im­posi­ción y negación. Esta escisión cul­tural, que bloqueó los inten­tos de sín­te­sis, ha sido vista por varios auto­res como una gran brecha o una sub­te­rrá­nea co­rriente de dicotomía social [25].

            En tales condi­ciones, la vio­lencia pudo rea­pa­re­cer bajo ese otro modo que Hobsbawm llamó "cuasibandidismo expropiador" o acción "neo­revo­luciona­ria juvenil" [26], que en nuestro país adquirió comparativamente una fuerza inusi­tada y fue aplastado mediante el terrorismo estatal, retrogradando a nues­tra so­ciedad a los extremos del terror colonial. Un ejemplo trágico del fracaso de la ley, que es el instrumento esen­cial del Estado para re­sol­ver las con­tradicciones y la única alternativa a la vio­lencia.

            Planteando una indagación sobre la "rever­sión del desarro­llo" en Argenti­na, Carlos Nino describió hace unos años un país fuera de la ley, desqui­ciado por la anomia en el plano político y en el entra­mado de las re­laciones co­tidianas. El análisis de Julio Mafud sobre la psicolo­gía criolla había señalado ya cómo el desprecio corrosi­vo de la ley y la auto­ri­dad llegaron a conformar un modo de ser caracte­rístico de los argen­ti­nos. Nino efectuaba un minucioso repaso históri­co del ilegalismo en el manejo del poder público, la irregula­ridad en las actividades económi­cas y la elusión de la ley en las conductas habitua­les, desde la evasión de impuestos hasta el caos del tránsito urbano -un cuadro al que podríamos agregar hoy muchos datos que han salido a luz posteriormente acerca de la corrupción policial, judicial, peniten­ciaria y los negocios empresarios "mafiosos"- mostrando la inobser­vancia generalizada de las normas como una trampa circu­lar, en la que la conve­nien­cia individual con­duce a la frustra­ción social y los agen­tes de la desviación resultan tam­bién sus víctimas [27]. 

            Llegamos así, desde dis­tin­tos ángulos, a identificar lo que puede llamarse el "mal constitucional" del Estado, colocando en pri­mer plano esa inquie­tante grieta entre el orden formal y una cultura disi­den­te que plan­tea otro reto a nuestra capacidad de interpretación. Quizás, como en el método del psicoanálisis, sacar a luz y tomar conciencia de estas cuestio­nes puede ser una llave para resolverlas.  

5. Conclusiones

            Los precedentes argumentos, partiendo de la histo­ria social de bandi­dos y cam­pe­si­nos, pretenden aclarar algunos aspec­tos trascenden­tes de la pro­ble­mática del deli­to, el orden y la ley. Recapitulando acerca de los puntos expuestos:

            1°) Las manifestaciones de bandolerismo social -aceptando las proposi­ciones de Hobsbawm y las sugerencias de los estudios sobre la resistencia campesina- expresan un cuestionamiento del orden y proporcionan indi­cado­res, una especie de mapa de la resistencia a la penetra­ción del Estado capi­ta­lista, que está en la base de la persis­ten­te contradicción de la cultura popu­lar con la ley.

            2°) En nuestro país, la figura del bandido social coincide con el mito del gaucho rebelde; éste simbolizó un código disidente y contestatario fren­te al poder, largamente celebrado por la literatura y otras proyec­cio­nes del imaginario social, sobre el cual se han segui­do tramando subcultu­ras ilegales de los sectores popu­lares y marginales.

            3°) La población criolla, desde el sometimiento al conquistador espa­ñol y a otras formas de conquista posteriores, ha pade­cido los estig­mas de la explotación, el racismo y la irre­gularidad fami­liar. En qué medida estos factores se combinan para predisponer o inducir los comportamientos trans­gresores, es un tema que reclama el tra­bajo inter­disci­pli­nario aten­diendo a los instrumentos de conocimiento de la antropolo­gía cultural, la crimi­nolo­gía críti­ca y el psicoaná­lisis.

            4°) El autoritarismo, la manipulación y la elusión de la ley por la elite, que suscitaron inevitablemente la reac­ción y la réplica popular y culminaron en el terror de Estado, han incidido socavando el sistema legal y tornándolo en gran medi­da ilu­sorio, ineficaz para encau­zar los conflic­tos; la comprensión de esos nudos traumáticos requiere que la his­toria del delito amplíe su foco a la criminalidad de las clases domi­nan­tes.

            Sería engañoso simplificar las conclusiones en una mate­ria tan com­pleja. El título de esta ponencia resume la idea de que los factores histó­ricos disruptores han conducido a "una cultura fuera de la ley". Pe­ro no sólo la que puede caracterizarse como "cultura popular" o las sub­cultu­ras margi­na­les: también la cultura de los grupos dirigentes y el con­junto de las rela­ciones socia­les del país aparece signado por la deva­lua­ción y la elu­sión de la ley. A partir de los traumas coloniales, una causalidad circular vincula la recurrente cri­sis constitu­cio­nal del país, la debi­li­dad del ordenamiento jurídico y los ras­gos de anomia e "ingober­nabi­li­dad" que pre­sen­ta nuestra sociedad.

            Son magnas cuestiones, que desa­fían a los histo­ria­dores a un trabajo de largo aliento y a enriquecer su perspectiva con las vertientes de otras ramas de las cien­cias sociales. Si estas aproximaciones no constitu­yen una res­puesta acabada al asun­to, al menos creo que pueden ayudar a replan­tear las preguntas.

Notas

[1] A partir de un primer trabajo sobre J. B. Vairoleto publica­do en la revista Todo es Historia (TeH) en 1968, traté otros casos y aspectos del tema en: "Bandolerismo social" (Torcuato S. Di Tella y otr­os, Diccionario de Cien­cias Sociales y Polí­ti­cas, Buenos Ai­res, Punto­sur, 198­9); ­"Alias Mate Cosi­do" (TeH Nº 293, no­viembre 1991); "Los buenos ban­didos" (TeH Nº 299, mayo 1992); "Marti­na Chapanay, bandida y montone­ra" (TeH Nº 325, agos­to 1994); "Bandoleros santificados" (TeH Nº 340, noviembre de 1995); "Nueva visión de Juan Moreira" (TeH Nº 346, mayo 1996); "El ban­dido Artigas" (TeH Nº 356, marzo 1997); "Los rebel­des de Santos Guayama" (TeH Nº 368, marzo 1998); "Sobre los estudios del bandolerismo social y sus proyec­ciones" (Revista de Investigaciones Folclóricas Nº 14, Buenos Aires, di­ciembre de 1999); Ultima fron­tera. Vairoleto. Vida y leyenda de un bando­le­ro (Buenos Aires, Planeta, 1999); "Juan Cuello y sus biógra­fos" (TeH Nº 394, mayo 2000); Jinetes rebeldes. Historia del ban­do­le­rismo social en la Argen­ti­na, (Bue­nos Aires, Javier Vergara, 2000).

[2] Eric J. Hobsbawm, Rebeldes primitivos. Estudios sobre las formas arcaicas de los movimientos sociales en los siglos XIX y XX [1ª edición in­gle­sa 1959], Barcelona, Ariel, 1968, cap. II, X, XI y XII; Bandi­dos [1ª ed. in­glesa 196­9], Barcelona, Ariel, 1976; "So­cial Banditry", en Henry Lands­berger (ed.), Ru­ral Pro­test: Peasant Movements and Social Chan­ge, Lon­dres, Macmi­llan, 1974.

[3] Anton Blok, "The Peasant and the Brigand: So­cial Bandi­try Recon­side­red", Comparative Studies in So­ciety and His­tory, Vol. 14, Nº 4, sep­tiembre 1972.

[4] Christon I. Archer, "Banditry and Revolution in New Spain, 1790-1821", en Biblioteca Americana, Vol. I, Nº 2, noviem­bre 1982. Paul J. Van­derwood, "Nineteenth Century Mexico's Pro­fi­teering Bandit­s"; Billy J. Chan­dler, "Brazi­lian Can­gaçeiros as Social Ban­dits: A Critical Apprai­sal"; y Linda Le­win, "The Oligarquical Limitations of Social banditry in Brazil: The Case of the 'Good' Thief Antonio Silvi­no"; Miguel Izard y Richard W. Slatta, "Banditry and Social Con­flict on the Vene­zuelan Lla­nos"; R. W. Slatta, "Images of So­cial Banditry on the Argen­tine Pam­pa", en R. W. Slat­ta (ed.), Ban­didos. The Varieties of Latin Ameri­can Ban­ditry, Nueva York, Greenwood, 1987.

[5] Pat O'Malley, "Social Bandits, Modern Capita­lism and the Tradi­tional Peasantry. A Critique of Hobsbawm", The Jour­nal of Peasant Studies, Vol. 6, Nº 4, Lon­dres, ju­lio 1979. Robert White, "Outlaw Gangs of the Mid­dle Bor­der: Ame­ri­can Social Bandits", The Western Historical Quar­terly, Vol. 12, Nº 4, Logan, Utah, octu­bre 1981. Alan Knight, The Mexican Revolu­tion, Cambridge, Cambrid­ge Univ. Press, 1986.

[6] P. O'Malley, op. cit. Roberto Carri, Isidro Ve­lázquez. Formas prerrevolucionarias de la violencia, Bue­nos Aires, Sudesta­da, 1968.

[7] E. J. Hobsbawm, "Postscr­ipt" en la edición revisada de Bandits, New York, Panth­eon Books, 1981.

[8] H. Chumbita, "La excentricidad latinoamericana", en Actas de las Jornadas de Pensamiento Latinoamericano, Mendoza, Editorial de la Universi­dad Nacional de Cuyo, 1991.

[9] Gilbert M. Joseph, "On the Trail of La­tin Ameri­can Ban­dits: A Ree­xami­na­tion of Peasant Resistance", Latin Ame­rican Re­search Re­vi­ew, vol. 25, nº 3, University of New Mexi­co, 1990, donde cita a Ranajit Guha, Elementary As­pects of Peasant Insurgency in Colo­nial India, Del­hi, Oxford University Press, 1983, James Scott, Weapons of the Weak: Every­day Forms of Peasant Resistance, New Haven, Connecticut, Yale Univer­sity Press, 1985, y Michael Adas, "From Avoi­dance to Confronta­tion: Peasant protest in precolo­nial and Colonial Sout­heast Asia", Compa­rative Studies in Society and His­tory, vol. 23, nº 1, 1981. Las críticas de Joseph al libro de Slat­ta (Ban­didos..., antes citado) moti­varon una discusión entre am­bos, con la par­ti­ci­pa­ción de Peter Singel­mann y Chris­to­pher Birk­be­ck, en Latin Ame­rican Re­search Re­view, vol. 26, nº 1, 1991.

[10] Entre la extensa bibliografía, ver Ricardo Rodríguez Molas, Historia so­cial del gau­cho, Bue­nos Aires, Marú, 1968. Rodolfo Puiggrós, De la colonia a la revolución, Buenos Aires, Levia­tán, 1957. Ri­chard W. Slat­ta, Los gau­chos y el oca­so de la fron­te­ra, Buenos Ai­res, Sud­ame­rica­na, 1985.

[11] Alberto Ghiraldo fundó en 1904 la revista anarquista Martín Fie­rro, y las verseadas ácratas de Martín Castro, Juan Crusao (Luis I. Woo­llands) y otros siguieron la tradición her­nan­diana (ver Carlos M. Jor­dán, Los presos de Bragado, Buenos Aires, CEdAL, 1988). Martiniano Leguizamón, Calandria, 1898, inspirada en el caso real del gaucho entrerriano Servando Cardoso.

[12] Artículos de M. Izard y R. W. Slatta en Slatta (ed.), Ban­di­dos..., op. cit. Según estos autores, los gauchos no contaron con redes de apoyo cam­pesino y no concor­darían con el tipo de Hobsbawm, lo cual he intentado refu­tar en "Sobre los estudios del bandolerismo social y sus proyeccio­nes", op. cit., y Jinetes rebeldes, op. cit.           

[13] Slatta, "Conclu­sion" en Ban­didos..., p. 193-194.

[14] Erick D. Langer, "Andean Banditry and Peasant Community Organi­za­tion, 1882-1930", en Slatta (ed.), Bandidos…, op. cit.

[15] Juan Agustín García, La ciudad indiana, Buenos Aires, Es­trada, 1936. Norberto Ras, Crio­llismo y modernidad, Buenos aires, Academia Nacio­nal de Cien­cias, 1999.

[16] Blanca Montevechio y otros, Mitos: interpretación psicoanalítica de mitos latinoamericanos, Buenos Aires, 1990.

[17] James Scott, Weapons of the Weak: Every­day Forms of Peasant Resistan­ce, New Haven, Connecticut, Yale University Press, 1985, y Michael Adas, "From Avoi­dance to Con­fronta­tion: Peasant protest in precolonial and Colonial Sout­heast Asia", Compa­rative Studies in Society and History, vol. 23, nº 1, 1981.

[18] D. F. Sarmiento, Conflicto y armonías de las razas en América, en Obras, Buenos Aires, 1887-1903.

[19] Norberto Ras, El gaucho y la ley, Canelones, Carlos Marchesi, 1996; y Crio­llismo y modernidad, op. cit.

[20] Octavio Paz, El laberinto de la soledad, México, FCE, 1950.

[21] David Rock, Argentina 1516-1987, Buenos Aires, Alianza, 1994, p. 23.

[22] Roberto Bergalli, Crítica a la Criminología, Bogotá, Temis, 1982; en el mismo, "Manifiesto" por una teoría crítica del control social para América Latina. El ensayo de Alvaro Abós Delitos ejemplares. Histo­ria de la corrup­ción en la Argentina (Buenos Aires, Norma, 1999) reco­rre numerosa documentación y bibliografía sobre la materia.

[23] Sobre la legislación de tierras, ver mi Última frontera..., op. cit., cap. 1.

[24] Alain Rouquié, Extremo Occidente. Introducción a Amé­rica Latina, Buenos Aires, Emecé, 1990.

[25] Norberto Ras, Criollismo y modernidad, op. cit., p. 275 y ss., donde cita a Robert D. Crasswe­ller, Lawrence E. Harrison, José Luis Romero y Nicolás Shumway.

[26] Hobsbawm, Bandidos, op. cit, cap. 8; y "Postcript" 1981, cit.

[27] Carlos Nino, Un país al margen de la ley. Estudio de la anomia como compo­nen­te del subde­sarro­llo argentino, Buenos Aires, Emecé, 1992. Julio Mafud, Psicología de la viveza criolla, Buenos Aires, Ameri­calee, 1971.