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Cartas de Perón sobre nacionalismo, Yrigoyen y otros asuntos

La revisión de la historia

publicado en Todo es Historia N° 459, octubre 2005

Juan D. Perón mostró desde su juventud un marcado interés por los estudios historiográficos. ¿Cómo se formaron sus opiniones sobre la política internacional y la historia argentina? ¿Cuáles eran las fuentes de su concepción nacionalista?¿Cuándo y en qué medida adhirió a las posiciones revisionistas? Las cartas familiares, sus indagaciones en la historia militar, así como los textos y reflexiones del exilio -algunos de cuyos documentos se conocieron en forma póstuma- nos proporcionan algunas pistas para entender la evolución de sus ideas sobre los mayores dilemas históricos del país.

Sobre la guerra mundial y la historia argentina

Una interpretación superficial ha insistido en explicar las concepciones políticas de Perón como consecuencia de su admiración por el fascismo. Sin embargo, sus convicciones nacionalistas eran muy anteriores a la aparición del fascismo y el nazismo, y se relacionan con una percepción de la situación histórica argentina que proviene de los primeros tiempos de su formación militar.

            Perón era partidario de la neutralidad en la primera guerra mundial, repudiaba al imperialismo británico y compartía las afirmaciones del incipiente revisionismo histórico, como lo demuestra una carta a su familia escrita cuando tenía no más de 25 años [1]. En la misma polemiza cordialmente con su padre -que simpatizaba con las potencias vencedoras- y expone su propia versión del conflicto mundial:  

                                                        Capital Federal, Nov. 26 de 1918.

Señor Mario Perón

Malaspina

Mis queridos padres:

         Hoy he recibido carta y me alegra mucho que estén buenos y contentos con el triunfo de las ideas aliadas; pero debo hacer presente que no está bien eso de la lista negra, por cuanto es un atropello a la libertad de comercio y yo la critico desde el punto de vista puramente neutral y argentina.

         Y hoy mas que nunca, desde el momento en que las naciones de la Entente, han vencido a la Unión.

         Por la única que sentí siempre ser germanófilo fue por Francia que ha dado ejemplo de guerrera, pero también ha pecado grandemente de ingenua y se ha dejado arrastrar a la ruina casi, por oir los necios consejos de conquista comercial de la pérfida Albión.

         No olvides papá que este espíritu de patriotismo que vos mismo supiste inculcarme, brama hoy en odio tremendo a Inglaterra que se reveló en 1806 y 1807 y con las tristemente argentinas Islas Malvinas, donde hasta hoy hay gobierno inglés; por eso fui contrario siempre a lo que fuera británico, y después del Brasil a nadie ni a nada tengo tanta repulsión.

         Francia e Inglaterra siempre conspiraron contra nuestro comercio y nuestro adelanto y sino a los hechos.

         En 1845 llegó a Buenos Aires la abrumadora intervención anglofrance­sa; se libró el combate de Obligado, que no es un episodio insignificante de la Historia Argentina, sino glorioso porque en él se luchó por la eterna argentinización del Río de La Plata por el cual luchaban Francia e Inglaterra por política brasilera encarnada en el diplomático Vizconde de Abrantes.

         Rosas con ser tirano, fue el más grande argentino de esos años y el mejor diplomático de su época, ¿no demostró serlo cuando en medio de la guerra recibió a Lord Hood y haciendo amueblar lujosamente su casa dijo: ofrezcanselá al Míster; seguro de las ventajas que obtendría.

         No demostró ser argentino y tener un carácter de hierro cuando después de haber fracasado diez plenipotenciarios ingleses consiguió más por su ingenio que por la fuerza de la República que en esa época contaba sólo con 800.000 habitantes, todo cuanto quiso y pensó de la Gran Bretaña y Francia; porque fue gobernante experto y él siempre sintió gran odio por Inglaterra porque ésta siempre conspiró contra nuestro Gran Río, ese grato recuerdo tenemos de Rosas que fue el único gobernante desde 1810 hasta 1915 que no cedió ante nadie ni a la Gran Bretaña y Francia juntas y como les contestó no admitía nada hasta que no saludasen al pabellón Argentino con 21 cañonazos porque lo habían ofendido; al día siguiente, sin que nadie le requiriera a la Gran Bretaña, entraba a Los Pozos la corbeta Harpy y, enarbolando el pabellón argentino al tope de proa, libró el saludo de 21 cañonazos. Rosas ante que todo fue patriota.

         Imaginas que habiendo seguido de cerca la historia nuestra y la inglesa pudiera tener simpatías por la Entende, al contrario; en Francia es disculpable porque en realidad siempre se dejó arrastrar por Inglate­rra, tuvo esa mala debilidad.

         Y todavía ahora hay quien cree que en esta Guerra se luchó por la justicia y la igualdad y al calor de esta quimera los Ingleses imponen al Mundo su supremacía Naval y tiranizan los mares; 50.000 veces peor que el militarismo y 100.000 veces más sectario que el Kaiserismo imperial, porque obstaculiza al comercio universal; pero nos queda un gran aliciente: Norte-América que será la terrible enemiga de la pérfida Albión a pesar de que hoy se tratan con confites, tiene que venir porque las dos son crápu­las y harán un conflicto por rivalidades de oficio.

         Yo siempre he dicho que soy absolutamente neutral y más que neutral argentino y contrario a toda nación que pueda abrigar la más insignifican­te perfidia hacia la más argentina de las patrias del globo. (...) [2]

            La caracterización de Rosas como defensor de la soberanía, Malvinas, la Vuelta de Obligado, la cuestión de los ríos y la política imperial brasileña, eran temas de las obras precursoras de Adolfo Saldías y Ernesto Quesada, que habían sido incorporados a los cursos de Historia en el Colegio Militar -donde Perón estudió entre 1910 y 1913- por uno de sus profesores, Julio Cobos Daract, de orientación nacionalista [3]. 

            Por otro lado, coincidiendo con la inclinación germanófila de gran parte de la oficialidad del ejército  -uno  de  cuyos representantes más notorios era el general José Félix Uriburu-, Perón adhería a la política de neutralidad que mantuvieron tanto el gobierno conservador de Victorino de la Plaza como el de Hipólito Yrigoyen. En su carta se hacía eco de las protestas que motivó la llamada “lista negra”, establecida por una comisión del gobierno inglés para proscribir a personas y empresas sospechosas de haber comerciado con los alemanes durante la guerra [4]. Resulta asimismo notable el pronóstico acerca de los Estados Unidos como rival de Inglaterra en el rol de potencia dominante.

                    La  expresión  de  que  Rosas  "fue  el  único  gobernante  desde 1810  hasta 1915  que  no cedió ante nadie",  señala inequívocamente su aprobación por la política exterior  independiente  y  americanista  de  Yrigoyen,  a  quien  el  joven Perón había votado en las elecciones presidenciales de 1916 [5].

Sobre Yrigoyen y el ejército

El neutralismo del gobierno radical le ganó la adhesión de los oficiales del Ejército formados en la escuela prusiana, pero esa “luna de miel” concluyó cuando el presidente comenzó a emplear militares adictos en diversas misiones políticas y estratégicas, como las intervenciones a provincias, represiones de huelgas, e incluso tareas relacionadas con la explotación petrolera o la colonización de tierras. Yrigoyen designó ministros de Guerra civiles, relegó el presupuesto para equipos y armamento militar y en 1920 suspendió el envío de pliegos de ascensos al Senado, lo cual generaba hondo malestar en la oficialidad [6]. 

            Ello se trasunta en otra carta de Perón a sus padres, que muestra cómo las simpatías de dos años atrás se habían trocado en franca aversión hacia el gobierno:

                                                        Campo Mayo, 24 de marzo 1921

Señor Mario T. Perón

Sierra Cuadrada

Mis queridos padres:

         En mi poder su última de fecha 1° del corriente, portadora de la grata de que están bien, me apresuro a contestar (...)

         Volviendo a nuestra común manera de pensar con respecto al desgraciado del peludo, que desgraciadamente para el país le llaman presidente cuando debía ser un anónimo chusma, como realmente lo es te contaré su última hazaña, propia de un cerebro desequilibrado, de un corazón marchito por que en él no se hace presente un solo átomo de vergüenza ni de dignidad, porque solo un anarquista falso y antipatriota puede atentar, como atenta hoy este canalla contra las instituciones más sagradas del país, como es el Ejército, [ilegible] con la política baja y rastrera, minando infamemente un organismo puro y virilmente cimentado que ayer fuera la admiración de Sud América cuando contaba con un presidente que era su jefe supremo y que tenía la talla moral de un Mitre o un Sarmiento, cuando la disciplina era más fuerte y más dura que el hierro, porque desde su generalísimo hasta el último soldado eran verdaderos argentinos amantes de su honor, de la justicia y el deber y que llevaban el sagrado lema de los hombres bien nacidos “Seamos fuertes y unidos para servir a la Patria”.

         Todo ese legado honroso y sagrado lo ha destruido este canalla, con su gesto y su acción más digno de un ruso anarquista, que de un criollo.

         Gracias a Dios termina. Para que te formes una idea de cuan grande es el mal que este hombre ha hecho al Ejército te mando ese librito, que se publicó y mandó a todos los oficiales del Ejército; cosa que podrá mostrarte todo el daño que este infame causó en desmedro de la disciplina en nuestro tan querido Ejército que siempre fue modelo de abnegación y de trabajo honrado pero que hoy la presión es tan grande que se siente impotente para resistir y explota; clamando que se cumplan las leyes y orando a Dios que termine este gobierno de latrocinio y de vergüenza. (...) [7]

            El mencionado librito era seguramente un libelo que circulaba en Campo de Mayo, donde Perón era instructor en la Escuela de Suboficiales. Los términos crudos que emplea en la carta reflejan la reacción corporativa que acusaba al gobierno de interferir y minar la disciplina de la institución, lo cual en 1921 había motivado la formación de dos logias militares con el propósito de resistir esa política. A los hechos anteriores se sumaría un proyecto de ley del Ejecutivo para rein­cor­porar y resarcir a los militares sancionados por los intentos revolu­cionarios radica­les de 1890, 1893 y 1905 [8].

            Curiosamente, en un giro que coincidía con el conservadorismo liberal de su padre, el novel teniente elogiaba ahora al “viejo ejército” de la época de Mitre y Sarmiento y clamaba por el final del mandato de Yrigoyen (aunque la invocación al cumplimiento de las leyes indica que no existía aún el clima golpista que se generó más adelante). Se equivocaba, por cierto, y la experiencia de años posteriores le iba a obligar a rectificar sus juicios.

Sobre los criollos y los gringos

En otra carta poco conocida, a fines de 1922, Perón manifiesta a su padre llamativas opiniones sobre algunos aspectos de la sociedad argentina de aquellos tiempos: 

Este año hubiera tenido muchos deseos de ir otra vez pero me ha sido imposible conseguir tanto tiempo de licencia, pues aparejados a los cambios habidos en la guerra nos viene a nosotros un trabajo feroz para ponernos al día... No imaginas como han cambiado las cosas después de la guerra, ya los combatientes no son ni sombra de lo de antes, en estas guerras de material en las que empeñan las tropas en las batallas modernas...

         En cuanto a lo que me dices de la lana creo que tienes razón; los consignatarios como todos los comerciantes se ponen cada día peores, como que va desapareciendo completamente la honradez criolla, contaminado por el torbellino de gringos muertos de hambre que diariamente vomitan los transatlánticos en nuestro puerto, y que llegan especulando sobre el centavo desde que desembarcan a esta tierra de promisión; después, uno oye hablar a un gringo y ellos nos han civilizado; oye hablar a un gallego, ellos nos han civilizado; oye hablar a un inglés, y ellos nos han hecho los ferrocarriles; en fin, los gringos nos han dado vida, civilización y grandeza y no se acuerdan que cuando vinieron eran barrenderos, sirvientes y peones. Sin embargo, si uno los oye hablar parece que cada uno de ellos hubiera fundado una universidad (...)

         Este año tendrán muchas visitas en el Sud pues el Cap. Polonio hará tres cruzadas de turismo por esas regiones; al fin a los criollos se les ocurre conocer su patria, tan grande y hermosa en vez de ir a París a derrochar estúpidamente el dinero en ropas y mucamas... Es necesario conocer la patria como la conozco yo desde Jujuy hasta el Sud, desde los Andes hasta el Atlántico, para darse cuenta por qué San Martín y todos nuestros próceres se sacrificaron por ella; tan grande, tan hermosa y tan rica... [9]

            En  estos  párrafos  resalta,  a  la  par del fervor por el país que él había recorrido de punta a punta  y  el  reproche  a  los oligarcas afrancesados, una tosca actitud de recelo ante los inmigrantes europeos.  Tales  impresiones,  bastante  generalizadas entonces entre los militares  y  en la clase media tradicional a la que pertenecía la familia paterna  de  Perón,  fueron  explotadas ideológicamente  por  el nacionalismo elitista, en uno de cuyos extremos desarrollaba su acción antiobrera  la  Liga  Patriótica  de Manuel Carlés.

Estudios y lecciones en la “década infame”

En los años treinta alcanzó su apogeo la revisión histórica rosista, en la cual predominaba la vertiente hispanista y católica. Algunos de sus representantes exhibían notorias concomitancias con el nacionalismo militar proclive al fascismo. Claro que, lejos de ser una corriente homogénea, existían distancias significativas, por ejemplo, entre el revisionismo de los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta, compatible con el liberalismo mitrista, y el nacionalismo conservador y filofascista de Marcelo Sánchez Sorondo [10]. De los autores de esta generación, Perón citaba haber leído a Manuel Gálvez [11], cuyos ensayos novelados tributaron a la revisión rosista y fue también el primer biógrafo de Yrigoyen, desde una visión próxima a la sensibilidad popular. 

            El capitán Perón, relacionado con la Logia San Martín, participó en 1930 del golpe de Uriburu, aunque en refle­xio­nes posteriores descalificó a la ineptitud de los círculos golpistas: “Jamás en mi vida vi algo más desorganizado, peor dirigido, un caos terrible” [12]; así como admitió el carácter reaccionario del movimiento y la injusticia cometida con el presidente derrocado: "Yo era muy joven cuando ví caer a Yrigoyen, y lo ví caer con una ola de calumnias y de injurias contra las cuales su gobierno no pudo hacer nada" [13].

            Entre 1926 y 1929 Perón había cursado en la Escuela Superior de Guerra para graduarse como oficial de estado mayor, y desde 1930 fue profesor de Historia Militar en el mismo establecimiento. Las frustraciones y decepciones de su primer acercamiento al poder -en 1931 y 1932 también cumplió tareas auxiliares en el Ministerio de Guerra- lo inclinaron a dedicarse a su carrera y sus estudios profesionales.

            En un manual que escribió para sus alumnos, Apuntes de historia militar (1932), resalta la aplicación de las enseñanzas del estratega alemán Von Clausewitz y la teoría de Von der Goltz sobre “la nación en armas”. Abordando diversos momentos de la historia universal y americana, desde Ciro el Grande y Napoleón hasta San Martín y la guerra de Cuba, Perón incursiona en esas páginas en la política internacional y la economía de guerra, extrayendo conceptos sugerentes: “Lejos de ser una ciencia exacta, la guerra es un drama espantoso y apasionado”. “Para poder un poco hay que saber mucho y bien”. “Son las circunstancias las que deciden”, pero “las circunstancias pueden crearse”, etc.

            Otra labor importante fue una investigación sobre las campañas militares de San Martín, en base a la cual presentó una ponencia al II Congreso Interamericano de Historia realizado en Buenos Aires en 1936, publicada poco después en la Revista Militar y en el Boletín de la Academia Nacional de la Historia. El presidente de esta Academia, el liberal Ricardo Levene, que también era profesor en los institutos militares de enseñanza y apreció su ensayo, lo comprometió entonces a colaborar en la Historia de la Nación Argentina que proyectaba, con varios capítulos referentes a las campañas de Belgrano, San Martín y Güemes. Perón realizó trabajos de archivo sobre esos temas, aunque finalmente no llegó a cumplir el encargo [14]. 

            A partir de 1942, cuando se incorporó y se convirtió en ideólogo del GOU (Grupo Obra de Unificación o Grupo de Oficia­les Uni­dos), contribuyó a difundir entre sus camaradas los elementos de la escuela geopolí­ti­ca de Karl Haushofer, que proporcionaba una tesis sobre las relaciones de dependencia entre países dominantes y dominados. Participó también en la discusión de las propuestas de algunos nacionalistas allegados a la logia, como el profesor Jordán Bruno Genta, que influyó con su perspectiva filosófica e histórica, y el periodista José Luis Torres, cuyos ensayos anatematizaban la entrega y la corrupción de “la década infame”. Un boletín N° 4 del GOU, por ejemplo, recomendaba la lectura y comentario de tres textos de Torres y de la Historia de los ferrocarriles argentinos de Raúl Scalabrini Ortiz [15].

Los condicionamientos del poder

En el período de su ascenso al poder, a partir de la revolución militar de 1943, Perón tuvo contactos con los militantes de F.O.R.J.A. Este grupo, encabezado por Arturo Jauretche, esbozaba una revisión histórica de signo democrático y americanista, postulando la continuidad de los movimientos populares argentinos, desde la independencia y las luchas federales hasta el yrigoyenismo, y reclamaba una política contra el “neocoloniaje” británico. Perón asumía el nacionalismo industrialista de un sector del Ejército, coincidente con los forjistas, y por otro lado impulsaba las reivindicaciones de los sindicalistas que lo apoyaron, provenientes de diversas orígenes marxistas y anarquistas.

            La dinámica del movimiento que lideró, sumando diferentes vertientes -sectores radicales, conservadores, socialistas, sindicalistas de izquierda- requería evitar confrontaciones ideológicas que pudieran dividir sus filas. En las corrientes políticas “progresistas” era muy fuerte la influencia del liberalismo sarmientino. En los debates públicos de la prensa, el nacionalismo neutralista aparecía demasiado próximo al fascismo europeo. Las imputaciones que suscitó Perón al lanzarse al ruedo político, por “antidemocrático” y “nazi-fascista”, le indujeron a no excitar aún más a sus adversarios. Los nacionalistas de derecha, además, no comulgaban con sus planes obreristas, resultaron una compañía molesta por sus exabruptos reaccionarios, y Perón procuró desprenderse de los fundamentalistas como Genta, a quienes calificaba gráficamente de “piantavotos”.

            Durante la década de gobierno peronista, aunque el revisionismo historiográfico seguía su impulso, favorecido por las posiciones que ocuparon numerosos profesores nacionalistas, la revisión de la historia no entró en los planes de gobierno. Si bien en la enseñanza y el aparato de difusión hubo una reformulación hacia los valores del folklore y la cultura popular, el elenco de próceres “oficiales” no fue cuestionado en forma visible. Cuando se nacionalizaron los ferrocarriles, las distintas líneas fueron rebautizadas con los nombres de San Martín y Belgrano, pero también con los de Mitre, Sarmiento y Urquiza.

            Sin embargo, Perón auspició decididamente la tendencia a erigir a San Martín como el héroe principal de la patria, desplazando en gran medida la anterior preeminencia de Rivadavia y Mitre en la nomenclatura de plazas y avenidas, así como en los monumentos, homenajes públicos, celebraciones y textos escolares. La propaganda oficialista alentaba "la unión pueblo-ejército", de la que San Martín resultaba el símbolo más nítido y, sobre todo, su figura encarnaba el proyecto de la independencia, que adquiría así primacía sobre el de la “organización nacional”, invirtiendo el énfasis de los liberales. La celebración en 1950 del "Año del Liber­ta­dor" fue un hito culminante de esa operación, y las entidades más representativas de la historiografía mitrista fueron relegadas en la escena pública de la “Nueva Argentina” [16].

Frente a la “línea Mayo-Caseros”

Fue después de su derrocamiento cuando Perón manifestó públicamente sus convicciones sobre el debate histórico argentino. Los ataques a su gobierno como “la segunda tiranía”, homologándolo con la dictadura de Rosas, lo movieron a aceptar el desafío de esa comparación.

            En Los vendepatria (1957), un libro en el cual citaba y transcribía varios artículos de Scalabrini Ortiz, de la revista Qué y otros periódicos como Palabra Argentina, Perón denunciaba la penetración del imperialismo británico y sus “cipayos” a lo largo de la historia argentina, trazando un cuadro de los movimientos populares en Sudamérica desde los orígenes coloniales y planteando como una constante histórica la lucha de los pueblos contra el vasallaje. En esa perspectiva, caracterizaba a Rivadavia como el “peor enemigo” de San Martín y precursor del eterno endeudamiento externo; rescataba el papel de Rosas enfrentando a las agresiones anglofrancesas, por lo cual mereció la adhesión y el legado del sable de San Martín; y concluía afirmando que quienes invocaban la “línea Mayo-Caseros” no hacían sino confesar su alineamiento en la traición al proyecto independentista.

            En los años del ostracismo de Perón, a la par de la “resistencia” de su movimiento, creció una historiografía militante que refutaba la “historia oficial” diferenciándose del revisionismo tradicional, mayoritariamente volcado al antiperonismo. En esta nueva corriente se distinguían asimismo dos variantes, el “nacionalismo popular” representado por José María Rosa, Scalabrini Ortiz y Arturo Jauretche, y el nacionalismo marxista de J. Abelardo Ramos, Hernández Arregui o Rodolfo Puiggrós. Sus obras influyeron tanto en los cuadros obreros, juveniles y estudiantiles del peronismo como en las concepciones del líder exiliado.    

            Un libro publicado por Eugenio Rom en 1980, Así hablaba Juan Perón, en base a conversa-ciones grabadas en Madrid entre 1967 y 1970, vino a presentar un completo racconto de la histo­ria argenti­na, en tono coloquial, que ilustra sobre la visión revisionista que el líder adoptaba entonces [18].

            El  enfoque  inicial,  como  en  sus  clases de la Escuela de Guerra,  subraya  el  factor  militar  en  los  orígenes  del  país, señalando que el Virreynato del Plata se organizó para contener el avance portugué­s,  destacando la incidencia de las invasio­nes inglesas y cómo el 25 de Mayo la revolu­ción se decidió por la intervención del regimien­to de patri­cios.

            A partir de allí, Perón observa una contradicción  que  los  revisionistas  en  sus diversas variantes habían resaltado como clave explicativa del proceso histórico argentino:

"Buenos Aires quiere gobernar al interior y el interior no quiere que lo gobierne Buenos Aires. Ya en el momento de la creación del Virrey­nato, a las intendencias del interior, de origen altoperuano, chileno y paraguayo, les había caído muy mal la designación de Buenos Aires como capital del mismo. Le descon­fían al porteño. Por algo es. Todo está allí, es así de simple. Sin embargo, esta lucha se prolonga a lo largo de toda nuestra historia y existe todavía. Con otras formas y características, pero es la misma."

            Aunque elogia el papel de Belgrano, Perón señala que las expedicio­nes al interior fueron mal recibidas, pues llevaban el plan de "la suprema­cía política y comer­cial del puerto", y al momento de la Asamblea de 1813, ya la reacción del interior era tal que mostra­ba la imposibili­dad de una tutoría del puerto sobre las provin­cias. Caracteriza entonces a los caudillos federales:

"El caudillo es el conductor de su pueblo. Casi generalmente es un hombre de armas. La situación es de lucha y los hombres están con las armas en la mano. Nada más lógico que sigan a uno de ellos. El que más confianza les merezca, el que mejor se maneje con esas armas.

         De todos, el precursor es Artigas, el gran caudillo de los orienta­les. Es también el más auténtico: lucha contra los 'doctores' del puerto de Buenos Aires, contra los españoles de Montevideo y contra los portu­gueses que invaden su tierra desde el Brasil. Para eliminarlo, los porte­ños del Directorio no se detuvieron ante ningún escrúpulo. Prefirieron abandonar la Banda Oriental a los portugueses antes que ayudar a Artigas.

         Estos enfrentamientos de la ciudad de Buenos Aires con los caudillos del interior debilitaron la guerra de la independencia, provocaron el desorden civil y militar, y finalmente son la única causa y únicos respon­sables de la pérdida de gran parte del territorio que originalmente perteneciera al Virreynato".

            Perón enfatiza la trascendencia de las campañas de San Martín,  de  quien  destaca  que  “no  era  noble,  por eso cada ascenso tenía que lograrlo por mérito, y con el sable en la mano. No  había  en  todas  estas  tierras  ninguno  que se le pudiese poner a la misma altura".

            Al heroísmo de algunos jefes militares, contrapone las maniobras del Directorio porteño, calificando de “infame”  la orden de retirar el Ejército del Norte para utilizarlo contra los caudi­llos del litoral. La crisis del año 20 “no es otra cosa que el repudio de todo el país por los docto­res del puerto que pretenden usurpar el gobierno nacional". 

            Recuerda  luego  que  los  unita­rios  provocaron  la  guerra  civil  e  hicieron  presi­dente  a  Rivadavia,  cuyos  desaciertos culminaron proclamando una inacep­table constitu­ción unitaria que suprimía el voto popular, y buscando la paz a cualquier precio en la guerra con el Brasil, hasta que el escán­dalo lo obligó a renunciar: así termina, según sus palabras, "la tragicome­dia conocida como 'primera presiden­cia argentina' en los textos escola­res."

            Observa  que  el  Uruguay  se  inde­pendizó  "bajo  garantía y protec­ción de Ingla­terra, por supuesto",  y  aunque  "todo  el mundo sabe que han sido los rivadavianos los causantes y respon­sables del fracaso", Lavalle derroca al gobernador Dorre­go y lo fusi­la. Este crimen, afirma, “es el más atroz e injusto que se ha cometi­do en toda la historia de la patria".

            Prosigue narrando cómo Quiroga, Rosas y López se unen contra Lavalle y Paz; los federales triunfan, pero Quiroga cae asesina­do. Al referirse al bloqueo de los franceses a Buenos Aires, condena la colaboración de los unitarios con el enemigo, contrapuesta a la actitud de San Martín:

"llega una conde­nación tremen­da para los traidores. El general San Martín escribe a Rosas para ponerse a sus órdenes y luchar a su lado en esta guerra 'en el puesto que se me desti­ne'. Diferentes hombres, diferen­tes actitudes". 

Acerca de la “organización nacional”

Al tratar el período de la organización nacional, el relato de Perón descalifica a Urquiza por su venalidad, desde que “arregla” con el Imperio del Brasil su campaña contra Rosas, hasta que abandona la batalla en Pavón, permitiendo que Mitre someta a las provincias, y se dedica a medrar como provee­dor de los ejércitos de la Triple Alianza. 

            Sobre la obra de Mitre después de Pavón, sus juicios son lapidarios:

"Las tropas porteñas, con la enseña de Mayo al frente, recorrieron el país sembrando el terror (...) Así termina esta primera parte de nuestra historia. Con el entierro de la patria grande, de la Argentina concebida para ser el estado fuerte de la América del Sud, y con el nacimiento de una factoría internacional. Manejada desde el puerto de Buenos Aires, al servicio de una oligarquía que se adueña de todos los resortes del poder y los pone a su disposición. Los próximos pasos que daremos con nuestro 'amigo' el Brasil estarán encaminados hacia la elimi­na­ción de nuestra más leal hermano territorial. El país de donde salieron los fundadores del puerto de Buenos Aires, y donde nacieron sus primeros pobladores: el Paraguay."

            Cuando el general Flores fue instalado en el gobierno de Montevideo por las tropas brasileñas, Paraguay declaró la guerra a Brasil y Argentina,  pero  -observa  Perón-  Mitre  “oculta la noti­cia" y  espera que las tropas paragua­yas entren para aparecer como agredido. El Tratado de la Triple Alianza contie­ne cláusulas tan vergonzosas que se mantiene en secreto.  Y aunque Mitre prometió terminar la guerra en pocos meses, su incapaci­dad en el mando y la valentía de los guara­níes la prolongan  por  cuatro años “de sangre, fuego y horror":

"Fue una infamia (...) aún así, aceptando la guerra, debimos habernos retirado de la contienda apenas se desocupó nuestro territorio. La prose­cución de la guerra, después de que el mariscal López pidió condiciones de paz, fue una vergüenza (...) El pueblo y el ejército paragua­yos, sí que se cubrieron de gloria. Es por eso que tengo en un gran orgullo el que se me haya hecho general de su glorioso ejérci­to.

         Este resultó ser uno de los pocos casos en que un jefe del Estado y general de un 'ejército victorioso', finalizada la contienda, no sólo recibe la repulsa general de su país en una elección, sino que nunca más pudieron retornar al poder ni él ni los principales responsables. Ni Mitre ni ninguno de sus 'acólitos' volvieron jamás al gobierno del país que ellos mismos habían modelado".

               No  obstante,  Perón  reflexiona  que  en  aquel  momento  los  hombres de la oligarquía porteña habían  logrado lo que buscaban desde la época del Directorio: el país entero al servicio del puerto, el puerto  y  el país  al  servicio de ellos,  y  “todos al servicio de Inglate­rra".  Aquella oligarquía no era la  "aristocracia nativa" de la época de la independencia, sino los vencedores de Pavón y los antiguos exiliados unitarios,  a quienes se sumaron ex federales que  "descu­brieron después de Caseros que habían estado equivoca­dos";  y,  detrás,  los adulones, lacayos, escribas y fariseos, que "debían suplir su falta de méritos con una mayor devoción por los ideales", consistentes en admi­nistrar en benefi­cio de los británicos el comer­cio, la banca, los grandes diarios y el gobierno.

            Perón acota aquí que la burguesía industrial "no pertenece a ninguno de los grupos anteriores; lo debe todo a la clase trabajadora, de la cual ha surgido", aunque muchos de sus miembros cayeron en "la estupidez de ponerse al servicio de la oligarquía". La estructura oligárquica del país iba a perpetuarse, a pesar de los cambios que se produjeron.

            En un párrafo sugestivo se refiere al plan de importar mano de obra. Para la mentalidad oligárquica "el criollo no sirve, no se deja explotar y es altane­ro"; por lo tanto, era mejor traer dóciles europeos, “más civilizados”, a los cuales “si no se portan bien, se les aplica la Ley de Residen­cia y adiós". Pero los hijos de europeos “nacieron argentinos, y no les gustó nada lo que vieron cuando crecieron".

            Considera Perón que la conquista del desierto  fue un hecho positivo,  aunque  "la oligarquía  sacó  abundante  provecho, quedándose con las tierras y campos ganados al indio". Después vinieron los ferrocarriles, para transportar la riqueza nacional al puerto y llevarla afuera:

"¿Qué impor­ta­ba si aquí hubiese hambre, como la hubo en muchas oportunidades? Eso era un problema de la gente pobre. No de ellos. ¡Cuidadito con que les faltara algo a los ingleses! Se transportaba lo que les convenía a ellos, lo demás no.

         En fín, así se hizo todo. Se 'progresaba' en la medida de que los intereses imperiales sacaran algún provecho (...) Con la minería, por ejem­plo. Europa tenía su problema minero resuelto por otros lados. ¿Para qué quería una industria minera nacional? Para nada. Se decretó: la Argentina no tiene minerales, y los pocos que tiene no sirven (...) Europa tenía su propia industria y no le interesaba para nada nuestro desarrollo indus­trial (...) Ya bastantes problemas les traían los Estados Unidos con su carrera industrial. No, de ninguna manera: 'a Argentina no le conviene tener industrias', y se acabó el asunto".

Sobre la etapa del yrigoyenismo

En otra parte de su exposición, Perón explica que, frente a los desa­fíos del movi­miento obrero, la oligarquía en decadencia optó por "entregar paulatinamente el poder”:

“El radica­lismo era un movimiento que podía hacer de amortiguador. No era socialis­ta. Tampoco era oligarca, aunque contara en sus filas con muchos parientes de la oligarquía. En sus comienzos fue revolucionario, pero ya no lo era. Era nacionalista, pero no demasiado. En fin, no era nada. El ideal. Era indudablemente popular, y eso era lo que se necesita­ba. Por lo menos pondría la cara contra el anarcosindicalismo. Y la verdad es que la puso. Hubo choques bastante feos al principio. Pero, con el tiempo, la vaca se les volvió toro.

         El toro resultó ser Hipólito Yrigoyen. Un gran hombre. Pertenecía al pueblo y se identificaba con él. El pueblo lo siguió con esa fidelidad maravillosa que tiene para quienes saben comprenderlo. Mi pueblo es así. Cuando da su corazón lo da para siempre. Lo acompañó hasta su muerte.

         (...) El 12 de octubre de 1916, con el acompañamiento de una mayoría popular auténtica, como desde hacía setenta años que no se veía en el país, Yrigoyen asume el poder. Su programa, un poco confuso, estaba encami­nado a restaurar los derechos y libertades civiles".

            Recuerda que Yrigoyen mantuvo la neutralidad en la guerra con valentía y tenacidad, y propició una legislación social que tropezó con la incompren­sión hasta de sus propios correligionarios.  Pero había heredado una situación social explosi­va, y las expectativas que despertó contribuyeron aún más a la conflictividad obrera:

“Allí cometió el error más grave de su gobierno. Permitió que las fuerzas del orden tomaran cartas en el asunto. Ya sabemos cómo procedie­ron. En aquel entonces, todo ese aparato estaba en manos de la oligarquía y sus sirvientes".

            Cuando Alvear le dió la "patada histórica", alineándose con oligarquía, Yrigoyen "se lanzó a la lucha, tenía al pueblo de su lado y ganó, pero su segundo gobierno "no fue como el primero”. Yrigoyen tenía muchos años y “el fuego revolu­cio­nario se había apagado".

"La administración se paralizó y el presidente quedó solo en el poder. Esta era la oportunidad que estaba esperando desde hace años la oligarquía (...) El 6 de septiembre de 1930 tomó el poder. Por la fuerza, por supuesto. A partir de allí se inicia un regreso al viejo régimen. Pero pronto descubren que ya es tarde. Ya el país no es el mismo. El mundo tampoco es el mismo. Todo ha cambiado".

            Perón menciona los fraudes, sobor­nos y violencias, el escándalo por el comer­cio de car­nes, que culminó en el Congreso con el asesinato del colega de Lisandro de la Torre, y concluye que "la estruc­tura de poder y el sistema, realmente, no daban para más". Fue el momento en que se produjo el golpe de 1943 y él comenzó a ser el protagonista central de esa historia.

Epílogo abierto

Cuando el peronismo volvió al gobierno en 1973, era esperable que la revisión histórica adquiriera nuevo impulso, aunque la pugna entre izquierda y derecha del movimiento nubló la posibilidad de una política cultural coherente. Cabe recordar, no obstante, que en las universidades nacionales, y en particular en la de Buenos Aires, siendo rector Rodolfo Puiggrós y Arturo Jauretche presidente de Eudeba, se puso en marcha una reorientación en tal sentido. 

            El Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, que Perón dio a conocer como una especie de testamento político en 1974, se enmarca en una visión continental, invocando las concepciones americanistas de Bolívar y San Martín. Allí plantea la idea de rectificar el rumbo histórico que la Argentina había extraviado en el siglo XIX. Sus últimos mensajes insisten en una propuesta de unidad nacional, que es también un llamado al combate con las fuerzas que se oponen a liberación de los pueblos.

            En conclusión, podemos advertir en la trayectoria de Perón cierta coherencia en sus concepciones históricas, fundada en el proclamado compromiso con “la patria y el pueblo”. ¿Pura retórica? ¿Mera demagogia? La discusión no se ha cerrado todavía. Pero entre la ingenua pasión que desahogaba el joven teniente en las cartas a su padre y las más meditadas reflexiones de su madurez, media una larga vida jalonada por experiencias, desilusiones y rectificaciones, en los que, por los caminos a menudo sinuosos del poder, persistió en sus posiciones nacionalistas y trató de infundirlas a las masas populares.

            Los libertadores, San Martín y Bolívar, habían señalado un rumbo. Los caudillos federales expresaron al pueblo. Rosas, a pesar de ser un tirano, fue “ante todo patriota”. Yrigoyen también, aunque, cargado de años, falló al apagarse su “fuego revolucionario”. Curiosamente, estos juicios que formuló sobre sus predecesores se le podrían aplicar a él mismo. Como aquellos hombres, en cuyo trayecto percibía los hilos de continuidad de una causa, Perón intentó construir y conducir la nación; y en esa ambición, con enormes aciertos y tremendas equivocaciones, dejó a su turno una huella indeleble en la historia de nuestro país.

Notas

[1] Nacido en 1893 o 1895, según versiones contrapuestas: ver mi artículo “Perón ¿mestizo? Los ancestros indios del jefe justicialista”, en Todo es Historia N° 447, octubre de 2004.

[2] Carta publicada por Jorge Crespo, El coronel. Un documento sobre la vida de Juan Perón 1895-1944, Buenos Aires, Ayer y Hoy, 1998, p. 111; y por Fermín Chávez, Siete escolios sobre Perón, Buenos Aires, Theoría, 2001, p. 22-29.

[3] Adolfo Saldías publicó su Historia de la Confederación Argentina en 1881-1887, y Ernesto Quesada publicó La época de Rosas en 1898. Sobre Cobos Daract, EnriquePavón Pereyra, Perón (Preparación de una vida para el mando) 1805-1942, Buenos Aires, Espiño, 1953, p. 37 y 41, y F. Chávez, ob. cit.

[4] Ver Alfredo Policastro, “Las guerras mundiales y el neutralismo argentino”, en suplemento N° 12 de Todo es Historia N° 22, febrero de 1969.  

[5] Sobre el voto a Yrigoyen, nota en revista Panorama, Buenos Aires, 14 de abril de 1970.

[6] Alain Rouquié, Poder militar y sociedad política en la Argentina, Buenos Aires, Emecé, 1981, tomo I, p. 151-158.

[7] Carta transcripta parcialmente en Jorge Crespo, ob. cit., p. 113 (fotocopia facilitada al autor de esta nota por J. Crespo).

[8] Juan V. Orona, La logia militar que enfrentó a Hipólito Yrigoyen, Buenos Aires, 1965.

[9] Carta transcripta parcialmente en Jorge Crespo, ob. cit., p. 115.

[10] Ver el caso del Instituto Juan Manuel de Rosas en Julio Stortini, “Polémicas y crisis en el revisionismo argentino”, en Fernando Devoto/Nora Pagano (edit.), La historiografía académica y la historiografía militante en Argentina y Uruguay, Buenos Aires, Biblos, 2005.

[11] Esteban Peicovich, Hola Perón, Buenos Aires, Jorge Alvarez, 1965, p. 64.

[12] Robert Crassweller, Perón y los enigmas de la argentina, Buenos Aires, Emecé, 1988, p. 99.

[13] Félix Luna (dir.), Juan Domingo Perón, Buenos Aires, Planeta, 1999, p. 43.

[14] E. Pavón Pereyra, ob. cit., p. 153-155.

[15] Robert A. Potash, Perón y el GOU, Buenos Aires, 1984; Félix Luna, El 45, Buenos Aires, Sudamericana, 1969; Enrique Díaz Araujo, La conspiración del ’43, Buenos Aires, La Bastilla, 1971, p. 47-64.

[16] Sobre la marginación de la Institución Mitre en el Año Sanmartiniano 1950, ver Olga E. Fernández Latour, La ofrenda de Gérard al Libertador San Martín, Buenos Aires, Obras de Ferlabó, 2000, p. XIV y ss.

[17] Así hablaba Juan Perón, publicado en 1980 por Arturo Peña Lillo; incluído en J. D. Perón, Obras completas, Buenos Aires, Docen­cia, 1997-2002, tomo 21.