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Yo vendo unos ojos negros

Por Claudio ZEIGER en Radar, Página/12, 19 de agosto 2001


                
    

 

Justo antes de que estallara la crisis del Senado, su Comisión de Cultura había considerado el pedido de una prueba de ADN al Padre de la Patria. Ahora, el historiador Hugo Chumbita publica El secreto de Yapeyú, una investigación que devela el secreto predilecto de los historiadores argentinos: que San Martín era hijo de una india y Diego de Alvear, padre de Carlos.

 

A continuación, Chumbita explica qué revelaría esa prueba de ADN:  el papel de los ingleses en las guerras de la independencia, el enfrentamiento entre Alvear y San Martín, el apoyo sanmartiniano a la monarquía incaica y los motivos que lo llevaron al ostracismo de Boulogne-Sur-Mer.

Si usted va a seguir leyendo esta nota, le recomendamos desempolvar de su memoria los más añejos recuerdos escolares: por ejemplo, que San Martín volvió a América desde España en 1812, con un grupo de oficiales que habían jurado dar la vida por el Rey y ahora iban a pelear en su contra. O que a la cabeza de ellos estaba el encendido Carlos Alvear y que a ambos (San Martín y Alvear) los unía la pertenencia a una logia masónica autodenominada Lautaro. Que siempre se sospechó que detrás de los patriotas criollos estaban los intereses ingleses. Que San Martín y Alvear terminaron enfrentados a muerte (¿como hermanos?). Que don José cruzó los Andes, liberó a Chile y Perú, y poco después se retiró de la política envuelto en bruma y misterio. Que después de su muerte en 1850 fue canonizado por los militares y la Iglesia como padre impoluto de la Patria. Y vale la pena recordar, de paso, los retratos donde quizás haya advertido esos rasgos aindiados de San Martín, esos ojos negros y ese pelo oscuro que ya habían llamado la atención de algunos ilustres que iban a escribir sobre él, Alberdi y Bartolomé Mitre entre ellos.

Poco antes de estallar la crisis por las (supuestas) coimas en el Senado en el año 2000, acababa de entrar a su comisión de cultura un proyecto que sacudió y dividió a la opinión pública justo en la semana de los fastos por el sesquicentenario de la muerte de San Martín: un pedido de prueba de ADN al Padre de la Patria. El pedido apuntaba a establecer quiénes fueron los verdaderos padres del Padre de la Patria (algo así como los abuelos de la Patria). El motivo era y sigue siendo que, a diferencia de lo que enseñan los manuales escolares y también la historia canónica de Bartolomé Mitre, para algunos historiadores los padres no fueron, como rezan las actas oficiales, don Juan de San Martín y Gregoria Matorras. El niño José habría sido el hijo de una india guaraní llamada Rosa Guarú (que servía a los San Martín en Yapeyú) y de Diego de Alvear, padre de Carlos (según esta tesis, erigido en su medio hermano).

La conjetura acerca del origen mestizo de José de San Martín ha sido un secreto a voces entre los historiadores de este siglo. Pero no por ello fácil de comprobar. Aun cuando se planteó recurrir al auxilio de la genética, muchos se preguntaron para qué. ¿Qué cambiaría, qué agregaría al conocimiento de la historia la confirmación de la especie? Hugo Chumbita (uno de los impulsores del proyecto del ADN) y autor del fascinante libro El secreto de Yapeyú (Emecé) es de los que opinan que la cosa sí cambia. En verdad, todo el esfuerzo de su ensayo está dirigido a esta comprobación: no se trata de exprimir un chisme más de la historia (jugoso, por otra parte) sino de saber interpretar su significado más profundo. O como escribe en su libro: “El secreto de filiación es un punto crucial para entender la posición de San Martín. Es el fondo del misterio que envuelve su vida: la clave de los enigmas. Del mismo modo que el mestizaje y la ilegitimidad son un nudo revelador en la génesis de las sociedades latinoamericanas. Lejos de ser excepcional o anecdótico, el caso del hijo mestizo de una unión ilegal, cuya agonía interior lo llevó a convertirse en el conductor de las guerras de la independencia, bien podría considerarse como una síntesis del drama original de América”.

 

A DOS VOCES

El último libro de Chumbita antes de El secreto de Yapeyú fue Jinetes rebeldes (Historia del bandolerismo social en la Argentina). Las preocupaciones de este historiador nacido en La Pampa, abogado e investigador en temas de cultura popular, estaba hasta ahora bastante lejos del panteón de los próceres:

–Llegué a San Martín inesperadamente cuando estaba trabajando en otra línea muy distinta, como son las vidas de los bandoleros, que yo veo como una parte decisiva en la historia de la resistencia popular al poder. Y me metí en el tema porque me lo encontré en la tradición oral. Me impresionó mucho que en la tradición oral apareciera con tanta insistencia el tema de la madre india de San Martín. En realidad, si no hubiera sido por ese nexo, jamás hubiera hecho un libro sobre San Martín, que para mí estaba en la vereda opuesta de esa corriente popular en la que vengo investigando.

La sorpresa, admite Chumbita, se agrandó por una coincidencia muy llamativa: dos fuentes orales ubicadas en las antípodas venían a coincidir en el susurro velado del secreto: una aristocrática (los descendientes de la familia Alvear) y otra popular (los descendientes de los antiguos habitantes de Yapeyú, la cuna del prócer). Contra los pronósticos más obvios (si Rosa Guarú servía en la casa de don Juan de San Martín, teniente gobernador de Yapeyú, éste debería ser el padre, y no don Diego de Alvear) todas las fuentes señalan que el padre fue en realidad ese marino andaluz llegado a estas tierras hacia 1778 con el objetivo de explorar las misiones jesuíticas, que habían quedado a medio camino entre el abandono y la destrucción (cabe recordar que la Compañía de Jesús había sido expulsada en 1767 de estas tierras). En Yapeyú, seguramente, el impetuoso Alvear estuvo alojado en casa del gobernador. Allí, se cree, habría conocido a Rosa Guarú y concebido al niño. Una vez enterado de que había tenido un varón, se preocupó por su futuro y le pidió a Juan de San Martín que lo adoptara. Cuando don Juan y su esposa, Gregoria Matorras, se fueron a España, José viajó inscripto como hijo de ambos.

―Las dos fuentes comparten el hecho de ser tradición oral, pero son muy diferentes en su origen y no se tocan –cree Chumbita–. En la historia de los familiares de Alvear se habla de esa india guaraní como de alguien perteneciente a otra galaxia, mientras que la historia de la zona oriental del río Uruguay transmitida por sus pobladores ignora olímpicamente el paso de Diego de Alvear por esa zona, y entonces se mezcla con una conjetura que yo entiendo que es lateral: si el hijo de Rosa Guarú era mestizo, debía ser más bien hijo de ella con Juan de San Martín. Algunos informantes de esta historia mantienen aun hoy esta hipótesis.

―¿Era un secreto a voces entre los historiadores el origen mestizo de San Martín?

―La primera vez que yo oí algo del tema fue a través del historiador Reyes Abadie, que había recogido la versión en la costa oriental del río Uruguay. Después escribí un fragmento sobre este tema en el libro de los bandoleros, una mención al pasar. Cuando lo leyó una de las familiares de Alvear, Magdalena Christophersen, me llamó para contarme la otra parte. Aún sabiendo la existencia de Rosa Guarú, yo no tenía idea de que Alvear pudiera ser el padre. Casi un mes después salió el libro de García Hamilton, Don José, y él me habló de la existencia de una copia de las memorias de Joaquina, hija de Carlos de Alvear, donde se afirma que San Martín era medio hermano de éste. Ella se asume en consecuencia como sobrina carnal de San Martín.

―¿Usted está seguro de ese vínculo?

―Yo estoy convencido, aunque no puedo estar seguro. Creo que es una tesis altamente probable. Y sobre todo creo que había que construir la tesis para revisar la historia de San Martín.

―La pregunta básica es qué importancia tiene todo esto.

―Creo que importa para interpretar las guerras de la emancipación. Con esta hipótesis salen a la luz un montón de cosas que parecían sin sentido o que fueron relegadas porque se ignoraba esto. Hay dos circunstancias fundamentales que ahora pueden tener su explicación: el giro que da San Martín cuando decide romper con España y venir a América a ponerse al servicio de la revolución. El otro es su proyecto político, en especial la adhesión a la monarquía incaica de Belgrano. Sin duda, San Martín era monárquico, pero siempre pensó en términos de un proyecto americano. Yo creo que el hecho de saber que tenía sangre india lo llevó a adoptar un punto de vista americanista. Los revolucionarios como Moreno, Castelli, Monteagudo y Belgrano hacían una defensa explícita del indio; y San Martín compartía esa perspectiva con los revolucionarios de la primera hora. En Perú estuvo obsesionado por el tema del Inca: promovió la reedición de los Comentarios Reales del Inca Garcilaso y decretó la preservación del patrimonio incaico.

―Quizás la derivación más novelesca de todo esto sea pensar que, cuando emprenden juntos el regreso a América, San Martín y Alvear eran dos hermanos conspiradores que luego terminaron enfrentados a muerte.

―Parece, efectivamente, un culebrón. A mí me impresionó muchísimo. Esto aparece en el manuscrito de Joaquina Alvear, donde resalta en términos novelescos el papel de los dos hermanos durante las guerras de independencia. Es una relación compleja entre un hijo legítimo, Carlos, y el otro ilegítimo. Carlos es diez años menor y su temperamento es impetuoso, más ambicioso, es un brillante orador y un gran seductor. Mientras uno puede entrever que San Martín era una personalidad atormentada, cerrada, un solitario, un tipo de acción y de pocas palabras. Hay otra escena maravillosa que uno puede intuir que tuvo lugar entre 1810 y 1811. En esos años tiene que haber habido un acuerdo en Cádiz entre los tres: el padre (me refiero, obviamente, a Diego de Alvear) y los dos hijos. Implícitamente hay un pacto de silencio y de solidaridad entre ellos. Ahora, los historiadores podemos utilizar este conocimiento: probablemente la conexión británica (Londres era, de hecho, el centro de la revolución burguesa mundial) era Diego de Alvear. Y por otro lado la relación de los medio hermanos explica cómo se formó el grupo de los oficiales que es decisivo para la independencia, porque si ellos no hubieran venido a América en 1812, los realistas habrían triunfado.

―Ya habían destrozado a Belgrano en el Alto Perú.

―Exacto. Pero así como ese lazo entre San Martín y Alvear fue muy importante, hubo una ruptura proporcional a esa solidaridad inicial. Y Alvear y San Martín se terminaron odiando, como bien sabemos.

EN LA SANGRE

―El ADN fue idea del tataranieto de Diego de Alvear, el abogado Ramón Santamarina. Un día, conversando con él, me dijo con toda naturalidad que, si hoy existen las formas de verificar el parentesco, por qué no hacerlo. Me pareció algo interesante –cuenta Chumbita–. Empezamos a conversar la idea y nos apasionó. Como historiador, me parece increíble que la genética nos permita resolver problemas retrospectivamente, como cuando se pudo comprobar que Napoleón murió envenenado. Y se nos ocurrió que lo más acertado era plantearlo en el ámbito del Estado porque, desde el punto de vista institucional, San Martín es patrimonio de la Nación, y para los temas de ADN tiene que dar consentimiento la familia. San Martín no tiene herederos legítimos vivos en nuestro país (sí hay herederos que reclamaron jurídicamente la filiación en Ecuador) y, además, la nieta de San Martín legó todo al Estado argentino. ¿Quién puede expresar la voluntad nacional, entonces? El Congreso. Pero no se llegó a formular el proyecto; sólo se lo esbozó en la Comisión de Cultura de la Cámara Alta, y poco después se vino encima la crisis del Senado. Pero pudo instalarse el tema en la opinión pública y ahora se seguirá discutiendo. Yo no descarto la prueba de ADN como una línea a seguir. De hecho, ya se lo hizo un descendiente varón de Carlos de Alvear, porque el cromosoma Y se transmite por línea directa de varones. También es posible que alguna vez se lleguen a ubicar descendientes de Rosa Guarú, cosa que no pudimos hacer todavía. O se podría hacer el ADN con los restos de don Diego de Alvear, que están en España. E incluso con los restos de los padres legales de San Martín, cuyas cenizas están en Yapeyú.

ROSA DE LEJOS

Como previsible corolario de esta historia, poco y nada se sabe sobre el destino de la parte pobre de la patria: la madre india, Rosa Guarú. Pero de a poco es posible que pueda llegar a reconstruirse. Para su investigación, Chumbita viajó a Yapeyú y habló con los vecinos más viejos, quienes heredaron el secreto a través de los relatos familiares. Una de las vecinas, doña María Báez, le contó a Chumbita lo siguiente: “Rosa Guarú era la indiecita que tuvo un niño. La familia San Martín lo adoptó, pero ella siguió en la casa cuidándolo, criándolo, hasta que se fueron a Buenos Aires. El niño tenía entonces tres años y le prometieron que volverían para llevarla a ella, pero no aparecieron más. Rosa Guarú se quedó esperando, y los esperó toda la vida”.

Chumbita dice que fue a buscar la tumba de Rosa Guarú en Yapeyú pero no la encontró. “De todos modos, creo que podríamos llegar a encontrarla, o al menos llegar a ubicar a algún descendiente. Hay que insistir”.

Aunque todavía falta para llegar a ese momento, en El secreto de Yapeyú recogió otro testimonio muy emocionante. Según algunas fuentes, Rosa Guarú mantuvo un curioso diálogo con un militar durante la Guerra del Paraguay en un pueblito perdido de la costa del río Uruguay. Era un oficial paraguayo que andaba medio perdido y se animó a pedirle agua a una anciana asomada a la puerta de su rancho. La anciana, mientras le daba de beber, le preguntó por San Martín. “En la Banda Oriental supe que se había hecho militar y llegó a ser un gran guerrero”, dijo Rosa. “Lo único que yo sé es que San Martín murió desterrado de su patria”, le contestó el paraguayo. La anciana le pidió que le anotara su nombre en un papelito. El relato termina informando que la última voluntad de Rosa fue que la enterraran con una bolsita conteniendo ese papelito con el nombre del oficial paraguayo (Juan Anzoátegui) y una borrosa estampa de San Martín que, de alguna forma incierta, había ido a parar a sus manos. Según las crónicas, Rosa falleció hacia 1875 a los ciento diez años de edad.