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Bandoleros santificados

publicado en Todo es Historia N° 340, noviembre 1995

En el interior del país la gente más humilde tiene sus propios santos benefactores, entre los cuales sobresalen como categoría bien definida los bandi­dos gau­chos: las figuras más características son José Dolores, Fran­cis­co Cubi­llos y Vai­rolet­o en Cu­yo, Antonio Gil, el Lega Ál­va­rez, Apa­ricio Alta­mi­rano en Co­rrientes, Maria­no Córdo­ba y Bazán Frías en Tucumán. Estos per­sona­jes históricos merecieron en vida admi­ra­ción como "justos". Se dice que robaban a los ricos para ayudar a los pobres. Mu­rie­ron de forma trá­gi­ca a manos de la autori­dad.

 

Son los clásicos bandidos sociales de todos los tiempos, en la variante autóc­tona del matrero, que siguen protegiendo a sus fieles aún después de muertos. El fenóme­no de sacra­li­za­ción está fuerte­mente ligado al lugar y las cir­cuns­tan­cias crueles o injustas en que los ultima­ron. La venera­ción se expre­sa en la tumba del difunto y en el sitio don­de cayó, aunque tam­bién a veces en otros pun­tos en los que se ha estable­cido una se­ñal o san­tua­rio. Al santo se le atri­buye la capa­ci­dad de sa­tisfa­cer los ruegos de los pro­me­san­tes, que acuden con ese propó­sito a los lugares consagra­dos, particu­lar­men­te en los ani­ver­sarios de la muerte.

            Esta intersección de la memoria so­cial con la devoción religiosa, que ha sido explorada en parte por los antropólogos y poco atendida por los historiadores, es una evidencia de la singularidad de la cultura popular y configu­ra un desafío para interpretar las dualidades que persisten en nuestra sociedad en la percepción de ciertos sucesos signifi­cativos.

Un santoral disidente

En las zonas de nuestro país donde la pobla­ción rural mantenía ciertos rasgos tradicionales, los cam­pe­si­nos erigie­ron así su pro­pio sa­nto­ral c­rio­llo di­sidente de la ideo­lo­gía ofi­cial. Aunque sigue un pa­trón universal de la re­li­giosi­dad espontá­nea, el fenómeno presenta los rasgos de fusión típicos de las cul­turas mesti­zas ame­ricanas, ob­ser­vables de manera semejante en otros países del conti­nen­te. Tiene una evidente analo­gía con la beati­fi­ca­ción de los san­tos en la reli­gión cató­li­ca -que por cierto en los prime­ros tiempos del cri­stia­nismo fue también un proce­so popular espon­tá­neo- e incluye elementos y re­minis­cen­cias de los mitos indíge­nas.

            Que estas exaltaciones estén ligadas al pensa­miento má­gi­co no implica que no tengan su propia racionalidad. La persona sacrificada se con­vierte en in­termediaria con los poderes superiores que rigen el bien y el mal. Rodolfo Kusch explica que "la razón pro­funda de ser de cualquier cultura es la de poder brindar a su inte­grante un horizonte simbó­li­co...y el requerimiento de ver­dad recién se sa­tisfa­ce en el área de la plega­ria". En de­finitiva, "esta teología popu­lar es una for­ma de llenar con al­gún géne­ro de ra­cionali­za­ción la pre­gunta abi­erta por la ver­dad". Según las teorías de Kusch sobre la "bar­barie ame­ri­ca­na", estas proyecciones renue­van sus fuerzas desde el mundo ru­ral, recha­zan­do, infiltrando o soca­vando el orden racional de las ciudades mo­dernas [1].

            Es el homenaje máximo que una colectividad humana puede conce­bir, ya que la consagración religio­sa pretende la eterni­dad. "Sólo el mito resiste al tiem­po -obser­va Adol­fo Colom­bres-, por ser el sedi­men­to calcá­reo del mismo, por acontecer en un tiempo inacaba­ble". La con­ciencia colectiva se­leccio­na y sin­tetiza algunas acciones tras­cendentes en la vida del héroe y les confiere un sentido especial, por un pro­ce­dimien­to com­pa­rable al trabajo del artista con su materia [2].

            Juan Draghi Lucero ha subrayado el carácter ancestral de tales cre­en­cias, señalando en el símbolo ígneo de las velas un resto del culto del fuego, donde la llama de la vida tras­pone las fron­te­ras para llevar mensajes al más allá. Las velas se en­cienden los lunes, que es el "día de ánimas", y los cuidado­res voluntarios del sitio se encargan de que así sea. En su penetrante análisis, Draghi Lucero constata que la e­xal­tación religiosa de los bandidos gau­chos proviene de los sec­tores más humildes que no confían en las instituciones estata­les, que sacan cue­ntas sobre la co­rrup­ción y la venali­dad de los gober­nan­tes y conocen el doble jue­go de jueces y poli­cías, en los que siem­pre se benefician los privile­gia­dos. Se trata de "las mis­mas razones esgrimidas por Martín Fie­rro, Pas­tor Luna, Juan Cue­llo y otros persegui­dos". "Todo hom­bre que luche contra la justicia ofi­cial y espe­cialmente con­tra la institu­ción poli­cial y caiga víctima de ese luchar, es inme­diatamente exaltado a 'ánima milagrosa'". Los valores de ese medio social recla­man al varón "ci­erta pos­tura de re­belde y de choque con­tra las insti­tuciones oficiales sos­pecha­das" [3].

            En una clasificación de las variantes de religiosidad popu­lar, Martín Pascual considera a los bandoleros canonizados como "cul­tos anómicos", que surgen como negación contestataria u oposi­ción a un orden represivo. Los sectores populares que rechazan la legalidad estatal porque per­ciben que "no se edifica sobre sus intereses" ven en el ban­dido muerto "un héroe libera­dor, una po­tencia a la cual acu­dir" [4].

            El fenómeno se ha difundido con ca­rac­terísti­cas unifor­mes, si bien presenta particularida­des vincu­ladas al contex­to de cada re­gi­ón. Con los movimientos migratorios que se inten­sificaron en las últimas décadas, algunos cultos se han extendido más allá de su zona de origen y también tras­cendie­ron a los sectores urbanos. Las referen­cias que hemos reunido sobre los personajes y los hechos que origi­naron estos mi­tos, en varios casos contrastan­do las leyendas orales con investigaciones de archi­vos, tienen gran interés desde el punto de vista de la historia social, pues marcan una suce­sión de hitos de la memo­ria co­lec­ti­va en torno a aconte­cimien­tos y ex­pe­rien­cias rele­vantes para la conciencia popu­lar.

Las montoneras, la difunta y el gaucho

Cabe recordar que el culto de la Difunta Co­rrea, origi­nario de San Juan y el más extendido por todo el país, se relaciona con las guerras civiles del noroeste en la primera mitad del siglo pasado, cuando los caudillos gauchos y los alzamientos montoneros movili­za­ron a las pobla­ciones mestizas de los antiguos dominios huarpes. Este caso conmovedor evoca la tragedia de una joven mujer que cayó exhausta en la trave­sía cuando iba en busca de su esposo y fue hallada amamantando a su niño después de muerta, en la quebra­da de Vallecito donde hoy se levanta su san­tuario prin­cipal.

            Las ver­sio­nes con­tra­dicto­rias que existen sobre las circunstancias his­tóricas del epi­sodio no son ajenas a la pugna entre la tradi­ción federal y la unita­ria/li­beral. Algunos relatos afir­man que el com­pañero de la difunta ha­bía sido apresado por los monto­neros. Sin embar­go, según los datos verificados por el his­toriador san­juanino Hora­cio Videla, Deolinda Correa y su her­mana estaban casadas con dos hermanos de apellido Bustos, so­brinos del gober­nador y caudi­llo cordobés, uno de los cuales fue ministro del gobierno federal de Echegaray en San Juan y fue asesinado en prisión en 1830. El otro, el esposo de Deo­lin­da, habría sido apresado en Valle Fértil cuando el ejército unita­rio de Aráoz de Lamadrid invadió la provincia ata­cando al gobierno de Nazario Benaví­dez, un caudillo federal querido por su pueblo; esto sucedió en 1841, fecha presumible de los hechos que generaron el mito [5].

            En San Juan, otro santo protector de los humildes es José Dolo­res Córdoba, a quien se recuerda como un cua­trero que ro­ba­ba a los ricos para ayudar a los pobres. Afir­man que nació en 1805 y cayó en una em­bos­cada que le tendió la poli­cía el 2 de no­viem­bre de 1858, cuan­do iba al rancho donde estaba su compa­ñe­ra en un pa­raje del de­parta­mento de Pocitos. Se cree que el gaucho cayó junto a un algarrobo, que aún se conserva señalando el lugar del hecho [6].

En la localidad de Rawson, hoy conti­gua a la ciudad capi­tal, el anti­guo "ca­llejón de Dolo­res" es hoy una calle as­fal­tada que lleva su nombre por dispo­sición munici­pal, y una capi­lla profusa­mente adorna­da sigue sien­do cen­tro de pere­gri­na­je para la gente humil­de. Los estudiantes también lo veneran y le piden ayuda en víspe­ras de exámenes. La fecha en que se ubica el suce­so trágico, una se­mana des­pués de la eje­cu­ción en la cárcel del depuesto gobernador Bena­ví­dez, hace presu­mir su rela­ción con las con­vul­siones polí­ti­cas de aque­llos días.

            Otros bandidos y montoneros de las travesías, como Santos Guayama o Martina Chapanay, no fueron canonizados de este modo, lo cual podría explicarse por las cir­cuns­tan­cias o la locali­zación de su muerte: la Chapanay no fue víc­tima de la autori­dad, y en el caso de Guayama faltó un lugar ex­puesto al público que marcara el suceso [7]. Cabe pre­guntar asi­mismo por qué no suscitaron un mito análogo otros crímenes que causa­ron gran im­pre­sión en las masas rura­les, por ejem­plo las ejecucio­nes ale­vo­sas de Naza­rio Benaví­dez o el Cha­cho Peña­loza. Sin descartar que en la génesis del culto incidan tam­bién otros factores o la sim­ple casuali­dad, nuestra hipó­te­sis es que de algún modo la re­le­vancia pública de esos hom­bres los situaba en otro plano del imaginario social. El fenó­meno espon­táneo de consagra­ción se centra en figu­ras históri­cas menos noto­rias, como si tales creen­cias juga­ran un papel com­pen­satorio, sal­vando del olvido a los héroes más humil­des.

Calchaquíes: el Quemadito y Baquinsay

En la zona de los Valles Calchaquíes que se extienden desde Tucumán a Catamarca, donde la legendaria resistencia de los pueblos indígenas se remonta a los primeros tiempos de la conquista española, existe un culto po­pu­la­r que proviene de las guerras monto­ne­ras y otro que corresponde a típicos episodios gau­chescos posteriores.

            El mito del "Que­ma­di­to" evoca la muerte terri­ble de un pai­sano fede­ral, acaecida alrededor de 1830, en un paraje del depar­ta­men­to de Copa­yán o Capayán, cuando la provin­cia había sido ocu­pada por las fuerzas del coro­nel Mariano Acha, res­pondiendo a la Liga Mili­tar que enca­beza­ba desde Córdo­ba el gene­ral Paz. La guerra había exa­cer­bando el odio entre unita­rios y fede­rales, y las bata­llas y represalias en el inte­rior del país eran cada vez más enco­na­das y sangri­entas. Acha fue un mili­tar por­te­ño, implaca­ble enemigo de la mon­tonera, que había entrega­do a Dorre­go a sus victi­marios y termina­ría a su vez fusi­la­do y deca­pitado por los federales diez años después.

            José Carri­zo era un federal, hombre de Facun­do Quiroga, y cuen­tan que lo apresaron acusado de espía. A pesar de que no se le pudo arran­car con­fe­sión, y sin mediar juicio algu­no, Acha lo hizo morir en una hogue­ra. En aquel sitio los pobladores pla­n­taron una cruz en su recuerdo. A partir de enton­ces el Alma del Quemadito ambula por los campos de la zona y escucha los pedidos que se le hacen, espe­cialmente de quie­nes bus­can algún animal extra­via­do [8].

            Otro caso, localizado en los valles calchaquíes, es el de Julián Baqui­say o Baquinsay -apellido de inequívoco origen quichua-, un gau­cho perseguido sobre el cua­l las refe­ren­cias históri­cas son menos precisas. Se dice que, acu­sado por varios robos, fue bru­talmente golpeado por la policía hasta mo­rir, y como adver­tencia o escar­miento lo enterraron en un camino real. Desde entonces se repiten las apariciones de su fantas­ma, y también concede gracias que le piden los paisanos [9].

El pobre roto Cubillos

En contraste con los próceres de la clase diri­gente de Men­doza, donde incluso entre los líderes del partido fede­ral preva­le­cie­ron jefes urbanos ilustrados, la de­vo­ción popu­lar ha rescatado allí a un "roto", el gau­cho de ori­gen chi­leno Juan Fran­cisco Cubi­llos. Comenta Draghi Lu­cero que su tumba en el cementerio municipal de la ciudad es la única que concita demostraciones im­pre­sio­nantes de la gen­te. En cambio, los prome­san­tes pasan al lado de "soberbios monu­mentos funera­rios, de gra­ni­to lus­trado, en cuyos fron­tis­pi­cios se leen los apellidos de las fami­lias capitalistas más rum­bosas y de presti­gio tradicional de la región" y murmu­ran que con lo gastado en ellos se podrían haber construido muchas casas para los pobres [10].

            Unos versos anóni­mos, que se entregan a quienes visitan la tumba, parecen aludir a esta pa­ra­doja:

            Yo soy el gaucho Cubillos,

            trenza de santo y la­drón,

            pues no soy mejor que naide

            ni naide es mejor que yo. [11]

            No es poco significativo observar que las estrofas finales pa­ra­frasean el lema de la montonera "Naides más que naides", del mismo mo­do que lo hacen otras antiguas co­plas sobre el célebre Guayama [12].

            Según un trabajo de Ramón Morey, basado en docu­mentos de los archivos judi­ciales de la pro­vincia, había nacido en 1870 en la zona tras­andina de Curicó y tenía 18 años cuando empezó su mala vida [13]. Era un tipo moreno, más bien alto y de buen as­pecto. En 1887 se hallaba en Tunuyán y encabezó cierta incur­sión de un grupo de mu­chachitos por San Luis, de donde vol­vió mon­tando el caballo robado a un comisa­rio. Arrestado en el cuar­tel de poli­cía, se es­capó y se alzó con otros caballos aje­nos, para refu­giarse en casa de un chileno en la zona de Mai­pú. Nuevamente dete­nido, lo envia­ron procesa­do a la peni­ten­ciaría de la capital provincial. Se eva­dió, lo captura­ron otra vez y fue con­denado a un año de pri­sión. Aunque era analfabeto, parece que entonces aprendió al menos a fir­mar.

            En setiembre de 1889, acu­sado por el robo a una tienda en Godoy Cruz, resistió a balazos a un agente que intentó dete­nerlo y huyó, pero fue apresa­do días des­pués. Llevaba casi un año en la cárcel cuando huyó, sin que esta vez pudieran seguirle el rastro. Parece que, bajo el nombre de Pedro Ortiz, trabajó como peón o agre­gado en una casa de campo de Borbo­llón. Cuentan que en esa época, sus amores clandestinos con la espo­sa de un pro­pieta­rio vecino acarrearon consecuencias penosas: aunque el joven ya se había marcha­do del lugar, al enterarse el marido amenazó a la mujer y le entregó un arma, con la que ella se pegó un tiro.

            Capturado en enero de 1893, lo procesaron por su pre­sunta par­ticipación en algunos asal­tos en los distritos de Borbo­llón y Plumerillo, pero logró huir una vez más de la Penitenciaría. Durante un tiempo anduvo incluso por la ciu­dad de Mendo­za, bur­lando la persecución policial con la simpa­tía de la gente pobre y sin que nadie se atre­viera a denun­ciarlo. Pero en noviem­bre de 1894, en la zona de Las Heras, fue descu­bierto, perse­guido y fi­nal­mente rodeado por el comisario Vide­la y otros poli­cías. Parece que después de vaciar las armas de fuego, Cubillos y el comisario se desafiaron a pe­lear mano a mano y el gau­cho se defen­dió a cuchi­llo y boleadoras, pero al fin los cinco hombres lo redujeron aplicándole una tunda de talera­zos, tajos y golpes.

            En abril de 1895 se fugó por cuarta y última vez de la Pe­ni­ten­ciaría, con otro preso y un centinela que los auxilió. Si­guió fre­cuentando los despachos de bebidas de la ciu­dad, tiroteándose oca­sionalmente con la policía, sin que pudieran e­charle mano. Pero en octubre de aquel año, al trascender que andaba por las minas de Paramillo, en Uspallata, donde disfru­taba de la amistad y la pro­tección de los peones, una comisión poli­cial fue enviada a traerlo "vivo o muerto". El cabo Juan Carrizo y el agente Quin­teros se infiltraron en el lugar ha­ciéndose pasar por mineros, y en la ma­drugada del día 26 lo sorprendieron en un rancho, ulti­mán­dolo de varios tiros y pu­ñaladas. Según el parte oficial el prófugo se resis­tió, aunque la ver­sión que corrió fue que lo mataron mien­tras dormía. Los obre­ros de las minas no permitieron que los policías se lleva­ran el cuerpo del gaucho y lo velaron en una impresionante demos­tración de afecto.

            La gente acude desde entonces a su ­tumba en la localidad de Las Heras, vecina a la capital, espe­cialmente los lunes, "día de ánimas", para colo­car velas, rendirle homenaje y solicitar gra­ci­as. Al principio era una mo­desta cruz, con el re­trato que mues­tra su rostro barba­do. En la década de 1920, la comi­sión popular que se constituyó para reunir fon­dos había adquirido un lote, haciendo cons­truir una sepultura digna de su memo­ria. Hoy, entre la canti­dad de ofrendas y sím­bolos que la cubren, numerosí­simas placas de agra­decimiento tes­timonian la gratitud de los promesan­tes por sus milagros. Las láminas de su rostro, borroso pero inconfundible, suelen encontrarse en cual­quier rancho humilde de Mendo­za, pre­si­diendo los peque­ños altares do­mésticos en los que se mantie­nen ardiendo las candelas para invo­car su ampa­ro.

Los mitos correntinos

En Corrientes, la cultura rural tradicional tiene un fuerte componente mestizo resul­tante del apor­te guara­ní, lo cual es ostensible en el bilin­güis­mo y en la vigencia de diversas supersticiones de origen indígena. En aquella provin­cia del litoral, los gauchos y las masas rurales parti­cipa­ron en innumera­bles con­tiendas polí­ti­cas, aunque las mon­tone­ras fede­rales no domina­ron el terre­no y, a diferencia de otras provin­cias, no tuvieron caudi­llos de relieve.

            La conti­nuidad de la antigua clase propie­taria les permitió mantener su auto­ridad sobre las clases bajas, aunque seguramente estos patrones de estilo pa­triar­cal fueron más respetados que amados. El fede­ra­lismo co­rrenti­no tuvo un expo­nente prin­ci­pal en el em­presa­rio, polí­tico y briga­dier Pedro Ferré, hombre ilus­trado y de singu­lar talen­to, pero no fue un caudi­llo de las masas rura­les. Sus reclamos proteccio­nistas al tratar el Pacto Federal de 1831 chocaron con el hegemonismo bonae­rense, y la mayo­ría de los fede­rales co­rrenti­nos termina­ron haciendo causa común con uni­tarios. Sus ejérci­tos sufrie­ron su­ce­si­vas derro­tas, la pro­vincia quedó bajo la influen­cia de Urquiza y, al vol­verse éste contra Rosas, Corrien­tes hizo una impor­tante contribución a la cam­paña de Case­ros. En las lu­chas polí­ticas de aque­llos tiem­pos, la divi­sa fede­ral se identifi­có con el ro­sis­mo o con Urqui­za, siem­pre resistidos por la clase dirigente local; por ello, los federalis­tas co­rrentinos se diferenciaron formando el partido Auto­no­mista o "colorado", aunque también contri­buyeron al origen del partido Libe­ra­l o "ce­les­te" [14].

            Del mismo modo que en Cuyo, los paisanos correntinos crearon sus mitos heroicos, alrededor de los cuales se susci­taron a veces disputas retrospectivas sobre su verda­dera filia­ción política. Lo cierto es que estos cultos a los matre­ros incluyen en su simbolo­gía la definición partidaria de los persona­jes histó­ri­cos, cuando la tuvie­ron. Como vere­mos, los más característicos eran ­colora­dos, aunque también los hubo celes­tes.

            Uno de los cultos más antiguos recuerda al paisano José, que combatió en el Rincón de Vences en noviembre de 1847. Allí Urquiza in­fligió una tre­menda derrota a las fuerzas correntinas de Mada­ria­ga, y José y uno de sus compañeros fueron encon­trados agoni­zando al día siguien­te en el paraje Palmar Grande. En el lugar donde una cruz señalaba su tumba se manifestaron sus poderes milagrosos, luego se levantó una capilla y se desa­rrolló un ritual festivo que inclu­ye la desig­na­ción de "ma­yordomos" para cuidar el antro [15].

            Al paisano José y a otros que no tienen su propia fecha de ani­ver­sario se los conme­mo­ra el 3 de mayo, "día de la cruz" o "de las ánimas" en toda la pro­vin­cia. Esta celebra­ción a su vez se basa en la leyenda de la Cruz del Milagro, que proviene de la época de la funda­ción de la ciudad de Co­rrien­tes en 1588, cuando los guaraníes que la asedia­ban no pudie­ron quemar una gran cruz de madera coloca­da cerca del fuerte; conside­rada desde entonces como un talismán prodigio­so, se le ha dedi­cado ofi­cialmen­te un san­tua­rio. 

Curuzú Gil

El caso del gaucho Anto­nio Gil, actualmente el más difun­di­do en la región, se remonta a la segunda mitad del siglo pasado, aunque las diversas versiones que conocemos no coinci­den en las fechas [16]. Los sucesos acae­cieron en la zona de Mercedes, al cen­tro de la pro­vin­cia. Tanto los "com­pues­tos" anó­nimos como otros nue­vos ver­sea­dores si­guen rela­tando su his­toria con el clásico acen­to gau­ches­co:

            Antonio Gil te llamabas

            gaucho noble de alma buena,

            tu vida se vió tronchada

            por una injusta condena. [17]       

            Cuentan que el jefe de­partamental de Mercedes, de fi­lia­ción libe­ral, el coronel Juan de la Cruz Zala­zar, reclutó para la mili­cia al joven Antonio Mamerto Gil Núñez. Éste era "colo­ra­do", y una noche de­sertó en Los Palma­res. Perse­guido por la autoridad, anduvo por los montes de Paiubre −antiguo nom­bre guaraní de Mercedes− encabe­zando una banda de cuatre­ros, y cuentan que saqueaba a los ricos para repar­tir entre los po­bres.

            Gil habría sido capturado y Zalazar le reprochó haberse hecho desertor, o le reclamó que se incor­po­rara a sus fi­las, a lo cual el gaucho se negó. "Para qué ta voy a pelear y de­rra­mar sangre" habría sido su res­pues­ta. Enton­ces fue remitido a Mercedes, y de allí a Goya para que fuera juzga­do. Esto impli­caba casi segura­men­te su condena a muer­te e in­quietó a los pobladores de la zona, que lo apreciaban como a un criollo "noble y valien­te". Se dice que el coro­nel Velázquez, vetera­no de la guerra del Para­guay, intercedió por él ante Zalazar, quien habría decidido po­nerlo en liber­tad. Pero la contraorden llegó tarde: un 8 de ene­ro, la par­tida que conducía al preso hacia Goya se detuvo a ocho kilómetros de Mer­ce­des, en el cru­ce de unas picadas, y colgándolo por los pies de un alga­rrobo lo degolla­ron bárbaramen­te. Dicen que lo coloca­ron en esa po­sición para evitar el poder de su mira­da. El lugar quedó seña­lado por una cruz de ñandubay que planta­ron sus victi­marios. 

            A aquella cruz -Curu­zú Gi- se atribuyen facultades pro­di­gio­sas a partir de la curación de un hijo del pro­pio matador del gau­cho, a quien éste le habría predicho lo que sucedería. Los Spero­ni, dueños del campo donde se levantaba la cruz, temiendo que la pro­fu­sión de velas de los prome­santes provoca­ra un in­cen­dio, la hicie­ron trasladar al cementerio de Merce­des; pero enton­ces, una sequía castigó la estancia y otras calamida­des personales se abatieron sobre la fami­lia, hasta que la cruz fue resti­tuida a su lugar ori­gi­nal. Los mismos propietarios cons­truyeron un ora­torio, al que se hicieron mejo­ras pos­te­ri­ormente.

            Los santuarios dedicados a Gil están adornados con multi­tud de estandartes rojo punzó o carmesí, lo cual según algunos simbo­liza la sangre derramada, aunque generalmente se relacio­na con su perte­nencia al partido federal o colorado. Otro aspec­to suges­tivo es que la celebra­ción del 8 de enero se ha con­verti­do en una gran fies­ta criolla, con cuadreras, doma, taba y comi­das típicas, donde la música y el baile del chamamé expresan la alegría co­lec­ti­va.

El bandido curandero y dos santos celestes

También data de mediados del siglo pasado la historia y el mito de San ­Antonio María, que adquirió gran renombre como mano­santa y "amigo de los po­bres" en la zona del Iberá. Oriun­do de Yagua­re­té Corá (hoy Concep­ción), era un janga­dero que comerciaba tacuaras cuando naufragó en el Paraná en medio de una tempestad, en 1840, salvándose providencialmente. El acci­dente lo transformó y se hizo curandero. Dicen que era además cuatrero y peleador, y mató a una mujer embarazada porque es­taba engen­dran­do "un hijo de Yagua­reté Abá" (el demo­nio); al­gunas ver­sio­nes sostienen que era su propia compa­ñera, y según otras una vecina que lo había denun­cia­do a las auto­ridades. El hecho es que intervino la policía de San Miguel y lo mataron de mala mane­ra junto con algu­nos secua­ces que se ba­tie­ron con él. Por ello, al pie del timbó donde ocu­rrió el hecho se levanta­ron varias cruces; tal es el significado de la expre­sión Curuzú jhetá, con la cual se deno­mina desde en­tonces el lu­gar. Allí se concentra la peregrinación de sus devo­tos, so­bre todo los enfermos que le piden cura, y se lo home­na­jea especial­mente cada tres de mayo [18].

            Otro gaucho santificado es Francisco José López, que vivió en la zona de Esquina, presuntamente a mediados del siglo XIX, y cayó en desgracia por dar muerte a unos fora­gidos cuando iba en busca de auxilio para su mujer parturienta. Converti­do en matre­ro, fue cap­turado por unos policías, maniatado contra un árbol y degolla­do. Cuentan que en ese mismo momento, su sangre produjo efectos milagrosos en las propias manos de sus victi­marios, curándo­le a uno una paráli­sis y a otro un mal en los dedos. En aquel sitio se le­vantó su cruz, y en tributo a la filiación liberal de López los adornos y ofren­das ostentan el color celeste. La devo­ción por su ánima cura a los enfermos y brinda otras formas de asistencia a quienes lo invocan [19].

            La devoción popular a Juan de la Cruz Quirós se localiza en la zona de Caá Catí, hoy General Paz, donde una capilla resguarda la cruz de su tumba. Fue éste un paisano caído en la revolu­ción de 1893, cuando los libe­rales co­rren­ti­nos, de acue­rdo con los radica­les de Alem en el orden nacional, se levan­taron en armas derro­can­do al go­bierno pro­vincial autonomista. Al parecer, Quiroz llegó a Caá Catí con las huestes del caudi­llo "celeste" Gervasio Blanco. Su grupo se desbandó tras un enfrentamiento y lo captura­ron. El coronel Her­mógenes Esquivel ordenó ejecutarlo y fue dego­llado en La Morita, a orillas de un estero, el 22 de agosto de 1893 [20].

El Gaucho Lega

Ole­ga­rio Ál­va­rez, el "gau­cho Lega", fue el más famoso de los bandidos de su tiempo y constituye uno de los mitos más arraiga­dos en Corrientes. Las ofrendas en torno a su se­pulcro en Sala­das, pin­tado y ornamentado de rojo, así como los alta­res dispersos por toda la región testimo­nian la fe en sus fa­cultades so­bre­natu­ra­les, y proliferan los adivinos y "payese­ros" que curan en su nombre. Se lo celebra en especial los días lunes, y el color que tiñe todos sus símbolos se relacio­na con su filiación autono­mis­ta [21].

            Había na­cido en 1871 en Sala­das, hijo natu­ral de Nicolás Garbia y Paulina Álva­rez. Siendo muy joven, como de 20 años, mató en cier­to entre­ve­ro circuns­tancial a un adversa­rio. Se presume que los auto­nomis­tas le faci­lita­ron fugar del calabozo y comenzó su vida errante por los este­ros y montes del Iberá. Es fama que ha­llándose en un velorio se trenzó en lucha con otro gaucho lla­mado "Poncho Café" y lo ulti­mó. Perse­guido por la poli­cía, se entregó sin pelear en un punto situa­do entre Lore­to y San Miguel, de donde fue remitido a la ciudad de Corrientes.

            Condenado a prisión perpetua, y cuando llevaba ya doce años de cárcel, se esca­pó junto con Aparicio Altamirano y A­dolfo Silva el mar­tes de carnaval de 1904. A partir de allí enca­bezó una gavi­lla de matreros que recorrió la zona de mon­tes y pueblos entre los esteros de Iberá y Batel, donde encon­traban hospitali­dad en los ranchos hu­mil­des. También se lo veía por las noches frecuentando las calles de Sala­das. Tuvo algu­nos enfren­ta­mi­entos con la policía, de los que logró escapar.

            Astuto y temerario, andaba por todas partes y los paisa­nos nunca infor­maban a la autoridad. Se le atribuyeron diver­sos asal­tos y muertes, pero la gente lo consideraba un hombre bueno. Dicen que cuando andaba necesitado se aparecía con su banda en la tran­quera de las estancias "a pedir algo". Lo cierto es que los ricos estancieros vivían atemorizados por sus andanzas, y se organizó una batida con la participación de varias comi­sio­nes policiales que convergieron sobre Saladas desde los pue­blos vecinos. Al fin fue sorpren­dido por una comisión al mando del comisario Ortiz el 23 de mayo de 1906, en una "rancha­da" de Rincón de Luna, jurisdic­ción de Yagua­reté Corá, donde estaba con sus compañe­ros Apari­cio Altamirano y Adolfo Silva. Los bandidos se batieron hasta el final en un combate que los ver­sos popu­lares siguen narran­do con lujo de deta­lles: 

            Pelearon los tres gauchos

            y ¡ta que me va a rendir!

            balearon a dos caballos

            y a un soldado de Ortiz. [22]

            Se cree que el Lega poseía un amuleto o curundú que lo pro­te­gía de la muerte, y estando malherido pidió a sus capto­res que se lo quitaran, hecho lo cual finó inmediatamente. Esta creencia so­bre la invulnerabilidad se reitera en casi todos los casos de ban­didos gauchos de la región, y coincide con otro rasgo típico que señala Hobsbawm respecto al bandole­ro social [23].

            La anécdota que re­ferimos concilia en cierto modo la creen­cia en el poder del ta­lis­mán con el final del héroe, y se repite en la leyenda de otros pe­rsonajes. Por otra parte, el cu­run­dú tiene gran variedad de for­mas; los relatos hablan de una cruz u otros obje­tos, que pueden estar hechos con di­versos mate­riales, y se llevan colgados del cu­ello como un collar o introdu­cidos mediante un corte en la piel que saben practicar los hechi­ceros paisanos. Claro que tam­bién existen "contra-amuletos" mortíferos, como la bala con punta de cu­erno de toro.  

            El Lega fue sepultado en el camposanto de su pueblo natal de Sala­das. "Enterraron, es cierto, su cadáver acribillado en el ce­menterio del pueblo -narra Gerardo Pisarello-, mas su alma se echó andar de nuevo entre la gente. Se llegó por los caminos de sus an­tiguas andanzas, se entró más libremente que otras veces en los ranchos y, esta vez, en todos los ranchos" [24].

            Cuentan que aún antes del entierro, al dejarse caer su cadá­ver en el patio de la comisaría, se había movido varias veces, an­ticipando algún poder sobrenatural. Pero su con­sagra­ción definiti­va acaeció en 1914, cuando el comi­sionado muni­cipal Pedro Vol­ta dis­puso exhu­mar sus restos en una remodela­ción del campo­san­to. Dicen que los cabos de pico se rom­pieron y los peones no lograron mover­lo, por lo que se respetó su primitivo emplazamien­to y se le­vantó un nuevo sepulcro por suscripción popular. Todo ello con­tri­bu­yó a exaltar la leyen­da:

            Desafió al municipal

            que vaya pues a sacarlo.

            De su tumba colorada

            nadie podrá retirarlo! [25]

El sucesor del Lega y Tuquiña

Aparicio Alta­mira­no era otro corren­tino de Merce­des, que com­partió la suerte del Lega desde que lo acompañó en la famo­sa fuga del carnaval de 1906. Fue el único del trío que logró esca­par del tiroteo de Rincón de Luna. Continua­dor de la le­yenda, siguió dando que hacer a la policía hasta que lo mata­ron en un paraje del departamento Bella Vista. Aunque hay más de una ver­sión del suceso, parece que andaba enfermo, acompa­ñado por un sobri­no, y se había refugiado en casa de su compa­dre Velardo. Cercado por la policía, saltó por la ventana ha­cia un maizal y resistió a bala­zos hasta que cayó herido de muerte. Cuentan que los agentes buscaron en su cuerpo yacente el esca­pula­rio mágico que llevaba al cuello, pero éste había desapa­reci­do [26].

            Igual que el Lega, Altamirano era "piragué", o sea colo­rado. Dicen que un secretario de Vidal, el gran caudillo auto­nomista de aquellos años, lo había sacado una vez de la cárcel y el gaucho se comprome­tió a servirle. El emblema partidario lo acompañó hasta la tumba, según los versos anónimos que evo­can un gesto de su compa­dre:

            Velardo lo sepultó

            con su poncho colorado

            como homenaje sagrado

            al amigo que calló. [27]

            Otras coplas mencionan a la mujer que amó, "Angela que siem­pre lo llora", así como también la devoción del paisanaje en gene­ral, ya que la leyenda lo reconoce como paladín de los humil­des:

            Era amigo de los pobres

            Aparicio Altamirano,

            él a los ricos robaba

            jugando fiero su vida

            y esqui­vando a las partidas

            a los po­bres ayuda­ba. [28]

            Miguel de Galarza o "Tu­qui­ña", a quien se nombraba tam­bién por los apodos de Guadaña o Chuña, fue otro matrero que se des­gració por cuestión de amores y anduvo por los pagos de Goya y Em­pedra­do:

            Y fue así como Tuquiña

            se transformó en gaucho alzado.

            ¡Su fama aún se comenta

            por los campos de Empedrado! [29]

            El 20 de octubre de 1917 fue asesinado, dicen que a trai­ci­ón, por unos paisanos en el paraje Costa Guazú. Sobre el lomo de su caballo fue llevado a la comisaría de Mburucuyá, donde cuen­tan que aquella noche "diluvió". Su tumba en el ce­menterio del pueblo se convirtió en sitio sagra­do, donde los fieles agra­de­cidos por sus milagros renue­van constan­temente la ofrenda de cabos de velas.

Los bandoleros tucumanos

En la provincia de Tucu­mán las supervi­vencias míticas giran en torno a imáge­nes gauchescas más recientes. La histo­ria de Ma­ria­no Cór­do­ba data de co­mienzos del si­glo XX. Fue peón de estancia en Monte Redondo, y luego se de­sempeñó como agente de policía en Aguilares. Parece que se desgració por algún problema de mujeres en los pagos de Agui­la­res y se hizo ma­trero. Su fama creció con su vida de fugiti­vo, hasta que lo ulti­maron un 2 de noviembre en Monte Redondo. Cuentan que se quedó a dormir en un rancho, tras haber bebido mucho, y el anfi­trión lo denunció a la policía. El sargen­to de la partida que fue a buscar­lo le pegó un tiro "en dormido". En aquel paraje se le­vantó una cruz a la cual acu­den multi­tudes de peregri­nos a llevarle flores, reno­var las velas y soli­ci­tar su intercesión para diver­sos asun­tos, que se relacio­nan por lo gene­ral con cues­tiones de trabajo y fortu­na o con proble­mas sentimen­tales [30].

            El más renombrado de los bandidos milagro­sos de Tucumán fue en vida Andrés Bazán Frías, alias "el Man­co" o tam­bién "el Zur­do". Se dice que roba­ba para ayudar a los nece­si­ta­dos y la gente humilde lo amparaba en sus casas. Una par­tida policial lo ba­leó en 1923 al trepar el muro del Cementerio del Oeste de la ciudad capital, por lo cual se lo venera tanto en su tumba como en el sitio donde cayó. En realidad se trata de un bandido de origen suburbano, cuya leyenda se puede confrontar con los datos de abun­dante documenta­ción de ar­chi­vos [31].

            Hijo de un policía, nacido en 1895 y criado en los arra­bales de Villa Alem, trabajó de yesero y luego como mozo de con­fitería. En 1915 cayó preso por una trifulca ca­llejera, comenzó a mezclar­se en la "mala vida" y también se asoció a un sindicato, donde se habría relacionado con militantes anar­quis­tas. Entre 1917 y 1918 lo detu­vieron cuatro veces impu­tado por desórdenes y fue senten­ciado a siete meses y medio de pri­sión. En 1919, a raíz de un in­cidente noctur­no en el que tiro­teó al perso­nal del Dis­trito Mili­tar, fue nuevamente condena­do a tres años. Indultado el 9 de julio de 1921, meses después cometió un robo con Martín Leiva y mató a un agente de policía que los perseguía.

            En setiem­bre de 1922 se fugó de la cárcel utilizando un par de revólveres que le hizo llegar otro famoso bandido, Pe­layo Alar­cón, al que había cono­cido tiempo atrás. Éste fue un bandole­ro rural oriun­do del Paraguay, que dejó también su huella legen­daria por Salta, y Bazán Frías fue a re­unirse con él a la zona de Rosa­rio de Lerma [32].

            Dicen que una obsesión persistente del Manco -común, por otra parte, entre los anarquistas de aquella época- era el pro­yec­to de asal­tar la cárcel para liberar a todos los reclusos, e inten­tó con­ven­cer al paraguayo para atacar el penal de Tucumán. Entre­tanto parti­cipó en el asalto a una finca rural, y días des­pués, a raíz del robo de un caballo, se batió a ti­ros junto con Pelayo Alar­cón contra una comisión que los se­guía por el monte. La expe­rien­cia rural del Manco fue bre­ve, ya que a fines de aquel año estaba de vuelta en Tucu­mán, pero contribuyó tal vez a asi­milar su figura a la de los gau­chos. El 13 de enero de 1923, des­pués de beber en una reunión con varios amigos, se sus­citó una pelea ca­llejera y el alboroto atra­jo a la policía. Lo persi­guie­ron hasta el Cemen­terio y allí, cuando se lanzaba a trasponer el muro, lo acer­taron un balazo en la cabeza.

            El elenco de héroes milagreros ha ido nutriéndose en Tu­cumán con otros casos. El Finado Chiliento, bandi­do famo­so por sus due­los con la poli­cía en la década de l930, fue herido al fugarse de la prisión y murió poco des­pués, el l6 de febrero de 1940; su tum­ba en Mon­te­ros se con­virtió en un centro de culto al que afluyen los pro­me­santes en cada ani­versa­rio [33].

Los últimos neogauchos

En 1941, la muerte del famoso bandolero Juan Bautista Vairo­leto, cuando la policía lo sorprendió retirado en el sur de Mendoza, sus­ci­tó un mito seme­jan­te a los anteriores en aquella provincia, que tiene su centro ceremo­nial en el cementerio de General Alvear. La capillita original fue reemplazada hace pocos años por un muro liso donde se han seguido acumulando las placas y exvotos de los fieles. Sin embargo, la leyenda vigente en la vasta zona donde transcu­rrieron sus principales aventuras, La Pampa, el Valle del Rio Negro y Neuquén -áreas de poblamiento migratorio, posterior a la conquista del territorio indito-, no tuvo nunca connota­ciones religio­sas [34].

            En cuanto a Mate Cosido, el célebre pistolero rural del Chaco en los años 30, no podría haber sido motivo de un culto análogo pues la policía no llegó a matarlo y nada se supo de su vida y su muerte después de 1941 [35].

            En cambio se insinuó un fenómeno de canonización con dos típicos bandidos sociales, Isidro Veláz­quez y Vicente Gauna, que conmovieron la provincia en la década del ‘60 con una sucesión de audaces asaltos, hasta que un opera­tivo policial terminó con sus vidas. Velázquez, nacido en 1928 en Corrien­tes, vecino de Colonia Elisa, casado y con cuatro hijos, era un trabajador a quien dicen que su hermano Claudio arras­tró a la mala vida hostigado por la autoridad. Muerto Claudio en un enfrentamiento con la policía en 1963, después de un año de ausencia "el Venga­dor" reapareció perpetran­do diversos atracos en compañía de Gauna [36].

            Según la leyenda, Isidro llevaba un payé que lo hacía invul­nerable; se dice que su grito o sapucay detenía a quienes lo enfrentaban, su mirada paralizaba y las puntas de su pañuelo lo orientaban en el monte, señalando dónde se oculta­ban sus enemigos. Si bien el repobla­miento del Chaco en este siglo fue semejante al de los territorios del sur, la afluen­cia masiva de correntinos dejó honda huella en las costumbres del campo, por lo que no es raro que se dieran condi­cio­nes propicias para la proliferación mítica que se manifestó particularmente alrede­dor del "Vengador".

            Finalmente Velázquez y Gauna cayeron acribillados en una embos­cada policial en diciem­bre de 1967, en el camino a Pampa Bandera, debido a la delación de una maestra de la zona que actuó como entregadora. Cuando comenzaron a aparecer las ofrendas de los pere­grinos en aquel lugar, las autoridades hicieron talar o quemar el árbol que servía de señal. Como los homenajes se repetían en el cemente­rio de Machagai junto a las tumbas de ambos, se estableció una vigilancia durante cierto tiempo para impedir­lo. A pesar de que la repre­sión oficial parece haber inhibido la exterio­rización del culto, hasta hoy las velas, flores y mensajes en aquellos sepulcros testimonian el agrade­cimiento de algunos prome­san­tes [37].   

            En estas consagraciones de los héroes marginales de las clases pobres se puede observar una línea de continuidad desde la rebeldía de los matreros en el siglo pasado, entrelaza­dos a veces con las guerras políticas y los alzamien­tos montoneros, hasta los bandoleros rurales más recientes, los "neogauchos", que prolongan la misma actitud contes­tataria frente al orden esta­tal. En cierto sentido se trata de una su­bli­mación de la saga gau­chesca -lo cual equivale a decir la resistencia campesina al poder estableci­do- como mitología o "teología" propia de las clases bajas. También se puede decir que comple­tan la historia nacio­nal, resca­tan­do del olvido a estas figuras habi­tual­men­te no regis­tradas por las memorias histo­riográficas o litera­rias, que sin embargo forman parte de la cultura popular y proporcionan una clave para entender su singu­lar raciona­lidad.

Notas

[1] Rodolfo Kusch, Esbozo de una antropología filo­só­fica ame­ricana, Buenos Aires, Cimarrón, 1978; y La seducción de la barba­rie, Buenos Ai­res, Funda­ción Ross, 1985.

[2] Juan Draghi Lucero, "Los nichos de las vías públi­cas", comunica­ción al Congreso Internacional de Folklore, Buenos Aires, octubre 1960, documento nº 183, Archivo INA.

[3] Adolfo Colombres, "Mitos, ritos y fetiches" en Juan Acha y otr­os, Hacia una teoría americana del arte, Buenos Aires, Edi­cio­nes del Sol, 1991, p. 206.

[4] Martín Pascual, "Cultos anómicos", en M. E. Chapp, M. Iglesias y o­tros, Religiosidad popular en la Argentina, Buenos Aires, CEdAL, 1991, p. 62.

[5] Ver Susana Chertudi y Sara Josefina Newbery, "La Difunta Co­rrea", Cuadernos del Instituto Nacional de Antropo­logía, núm. 6, Buenos Aires, 1966-1967, p. 95-178; Horacio Videla, Historia de San Juan, Buenos Aires, Academia del Plata/Universidad Católica de Cuyo, 1972/1976, t. III, p. 729 y ss y p. 738-739; t. IV, p. 255-257; y el rela­to novelado de Lucy Camp­bell, Di­funta Co­rrea, Bue­nos Aires, Editora del Para­ná, 1975.

[6] Ver Félix Coluccio, Cultos y canonizaciones populares de Argen­tina, Buenos Aires, Ediciones del Sol, 1986, p. 90-91; Susa­na Chertudi y Sara J. New­bery, op. cit., p. 129. También ref. al autor de Miguel Angel Fernández, en base a relatos de los lugareños (1994).

[7] Ver Euge­nio Carte, "Las va­rias muertes de San­tos Gua­ya­ma", en Todo es Histo­ria núm. 23, marzo de 1969; H. Chumbita y A. Martínez, "Martina Chapanay, bandida y montonera", en Todo es Historia núm. 325, agosto 1994; M. Pas­cual, op. cit., p. 62, incluye a la Chapanay entre los "cultos anómi­cos", pero en su caso no se le atribu­yen poderes milagro­sos.

[8] Ver F. Coluccio, op. cit., p. 45-46.

[9] Ver F. Coluccio, op. cit., p. 87.

[10] J. Drag­hi Luce­ro, op. cit., p. 6-7.

[11] Versos trans­crip­tos por F. Coluccio, op. cit., p. 72-73.

[12] Ver las coplas "El montonero Guayama" en Jua­na E. Quiroga de Yakin, Vida de San­tos Guaya­ma, San Juan, Ed. Sanjua­nina, 1971.

[13] Ramón Morey, "El «gau­cho» Cubi­llos, su verda­dera his­to­ria" en Revista de la Junta de Estu­dios Históricos de Mendo­za, tomo XI, nº 25-26, junio 1938, p. 137-150.

[14] Ver Antonio E. Caste­llo, Historia de Co­rrien­tes, Buenos Aires, Plus Ultra, 1991; José Carlos Chiaramonte, Merca­deres del litoral. Economía y so­cie­dad en la provincia de Corrien­tes. Primera mitad del siglo XIX, Buenos Ai­res, Fondo de Cultura Económica, 1991.

[15] Ver Miguel Raúl López Bread, Devocionario Guara­ní, Santa Fe, Col­meg­na, 1973, p. 77-80.

[16] Ver López Bread, op. cit, p. 86-89; M. Pas­cual, op. cit., p. 63-67; Marta de París, Corrientes y el santo­ral profano, Buenos Aires, Plus Ul­tra, 1988, p. 25-32.

[17] Versos de María Luisa Pais, "In­justa condena", que se cantan con música de chamamé de Roberto Galarza, transcrip­tos por Marta de París, op. cit.

[18] Ver López Bread, op. cit., p. 68-73, que cita a Ernesto Ezquer Zela­ya, "Puñado Yoha"; Guillermo Perkins Hidalgo, "Leyen­das y supersticio­nes del Iberá", en Cuadernos del Instituto Na­cional de Antropología, Nº 4, Buenos Ai­res, 1963, p. 274-276.

[19] Ver M. de París, op. cit., p. 39-41, y Coluc­cio, op. cit., p. 82.

[20] Ver López Bread, op. cit., p. 75-77.

[21] Ver López Bread, op. cit., p. 62-67; Marta de Pa­rís, op. cit., p. 33-37; Carlos De­lle­pia­ne, "Olega­rio Alva­rez. Un santo co­rren­ti­no", en Selec­cio­nes Folkló­ri­cas Nº 13, Buenos Ai­res, Codex, 1966; Emilio J. Noya, "Cul­to de Olega­rio Alva­rez, el Gaucho lega", en diario El Litoral, Co­rrien­tes, 9 junio 1969; Ge­rardo Pisa­rello, Che Reta (194­6), Santa Fé, Col­meg­na, 1979, p. 116-120.

[22] Compuesto tradicional transcripto por M. de París, op. cit., p. 48.

[23] Eric J. Hobsbawm, Bandidos, Barcelona, Ariel, p. 58 y ss.

[24] Gerardo Pisarello, op. cit., p. 119.

[25] Variante del compuesto que se refiere en nota 21, transcripto por C. De­lle­pia­ne, op. cit., p. 61-63.

[26] Versos anónimos transcriptos por López Bread, op. cit., p. 86.

[27] Ver Sara Sáenz de Mora­les, Apari­cio Altami­ra­no, el último ban­dido correnti­no, Bue­nos Aires, Agro, 1946.

[28] Versos anónimos que transcriben con variantes López Bread, op. cit., p. 85 y Marta de París, op. cit., p. 50.

[29] Versos de un com­puesto de Antonio Alvarez Lottero. Ver López Bread, op. cit., p. 80-83.

[30] Ver Chertudi y Newbery, op. cit., p. 130; Coluc­cio, op. cit., p. 85.

[31] Ver Arturo Alvarez Sosa y Carlos A. Páez de la Torre (h), "Ba­zán Frías", serie de notas en el diario La Gaceta, Tucu­mán, 24 noviembre al 15 di­ciembre 1969; Félix Molina-Téllez, El mito, la leyenda y el hom­bre, Buenos Ai­res, Clari­dad, 1947, p. 54-55.

[32] Sobre la leyenda del personaje, que se conserva viva por la zona de Orán, existe una zamba salteña, "La Pelayo Alar­cón", con letra de Manuel J. Castilla y música de Gustavo “Cuchi” Leguizamon.

[33] Ver F. Coluccio, op. cit., p. 92.

[34] Ver H. Chumbita, "Bairoletto, el último bandido romántico", en Todo es Historia núm. 20, diciembre de 1968.

[35] Ver H. Chumbita, "Alias Mate Cosido", en Todo es Historia núm. 293, noviembre de 1991.

[36] Ver Roberto Carri, Isidro Velázquez. Formas prerre­volucionarias de la violencia, Buenos Aires, Sudestada, 1928; Luis Bruschtein, "El fugitivo de Pampa Bandera. Historia de Isidro Velázquez" en Crisis núm 62, Buenos Aires, julio 1988. 

[37] Testimonios recogidos por el autor en Resisten­cia, Roque Sáenz Peña y Machagai, 1993.