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Prólogo y Capítulo 1 de LA CAUSA PERDIDA DEL COMANDANTE SEVERO CHUMBITA

Felipe Varela y sus comandantes: de pie, a la derecha, Severo Chumbita.

Prólogo

            Cuando en 1863 los federales riojanos se levantaron en armas contra los vencedores de Pavón, el Encargado del Gobierno Nacional para Restablecer el Orden así se autotitulaba el biógrafo de Facundo, el entonces goberna­dor de San Juan Domingo Faustino Sarmiento lanzó una proclama en la cual enumeraba las cabezas de la hidra que había que cortar, comenzando por el Chacho Peñaloza y, en segundo lugar, Severo Chumbi­ta: “los jefes del ejército... llevan orden de prender a Peñalo­za, Chumbi­ta, Ángel, Potrillo, Varela, Lucas Llanos, Puebla, Ontiveros, Tristán Díaz, Agüero, Berna Carrizo” [1].

            Cinco años después, cuando varias de esas cabezas ya habían rodado y se libraba la desastrosa guerra contra el Paraguay, Sarmiento, en vísperas de ocupar la presidencia de la Nación, seguía apostrofando desde la tribuna pública a los últimos combatientes: “Chumbita, Elizondo, Varela y otros montoneros se levantan, queriendo cambiar el orden político de la República... ¿Qué se ha hecho hasta ahora para ir hasta la fuente del mal y curar la enfermedad?” [2].

            ¿Cuál era la fuente del mal? ¿Qué pretendían estos hombres en su persistente desafío a los poderes del Estado, que las expediciones punitivas de los ejércitos de línea no lograban doblegar?

Las milicias montoneras brotaron de las entrañas de la revolución de la independencia, exigiendo autonomías, federación, derechos, frente a los dictados del gobierno cen­tral. Un movimiento que parecía tan incontenible como las fuerzas de la naturaleza, como los raudos torrentes que bajaban de aquellos mismos cerros, porque a pesar de las implacables represalias que trataron de escarmentarlos, cada vez que caía uno de sus jefes surgía otro en su lugar.

            "El eterno alzamiento de La Rioja", tal como lo vio Sarmiento, se propa­gaba por la región oeste de Cata­mar­ca y se extendía por las trave­sías cuyanas, hasta los pueblos de Traslasie­rra en Córdoba. Eran los continuadores de Facundo, la insurgencia del interior, la irrupción de los gauchos y campesinos descen­dientes de los indios. La guerra federal y social.

            Severo Chumbita, nieto del último cacique gobernador de Aimogasta, comandan­te general del departamento de Arauco, caudillo de los paisanos de la Costa riojana y de los valles del oeste de Catamarca, titula­do coronel del ejército monto­nero, fue el único de la lista de Sarmiento que intervino en todos los levantamientos entre 1862 y 1868 y que sobrevivió para ser enjui­ciado en un largo y exhaus­tivo proce­so.

            El propósito de este libro es contar su vida y explicar el contexto en que se debatió. Su odisea en el vendaval de las guerras civiles no fue sólo un destino indivi­dual. Muestra la trama de intereses y pasiones que las precipitaron, las raíces indígenas de la insurrección federal y sus imbricaciones con los conflictos de clase: las causas que movieron a las masas mestizas del noroeste a tomar partido en las luchas por la organización nacional.

            La beligerancia de las montoneras signó un momento crucial en la primera edad de las repúblicas del sur. Sobre la sangre vertida en esas contiendas se erigió el Estado argentino. Aunque la versión oficial las condenó como una eclo­sión de barbarie, las tradiciones populares preserva­ron la memoria de una saga heroica, y su justificación se fue abrien­do paso en el debate historiográfico. Era el choque de dos tendencias profundas en la génesis de nuestra sociedad, los términos de un dilema que todavía nos interpela. 

            Los autores no somos observa­do­res neutra­les. Lazos entraña­bles con la gente de aquellas comarcas nos llevaron a buscar el sentido de esta historia. No obstante, lo que presentamos aquí es ante todo el resultado de una investigación, ceñida a los documentos que permiten reconstruir los hechos.

            La intervención de Severo Chumbita y su hijo Ambrosio aparece mencionada con mayor o menor detalle en todas las crónicas sobre los combates del federalismo del noroeste, y fue enfocada lateralmente por algunos historiadores revisionistas que expurgaron variadas fuentes. Víctor H. Robledo publicó en 1998 una primera biografía de Severo, basada en los archivos judiciales y administrativos y en las huellas de la transmisión oral. Pero faltaba la pieza más importante: la causa instruida contra él por el Juzgado Nacional de Sección de La Rioja, que concluyó ante la Corte Supre­ma de la Nación y alcanzó gran notoriedad en su momento, por los sucesos que ventilaba y por la jurisprudencia que sentó sobre el enjuiciamiento de la rebelión por los tribunales federales. El hallazgo inesperado de los expedientes, que se daban por perdidos quinientas setenta y tres fojas manuscritas, cosidas y foliadas en dos cuerpos, nos decidió a reemprender el estudio biográfico a la luz de este material inédito, que fue una guía inapreciable para nuestro trabajo [3].

            Cualquier texto de historia es una interpretación. En el presente caso, los escritos de fuente oficial, y en particular las actuaciones procesales que se transcriben, están sesgados por la visión de los vencedores. Las coplas tradicionales, el coro popular que intercalamos en el relato, reflejan por lo general otros puntos de vista. Pero nos inquietaba, además, recuperar de algún modo la conciencia de los insurgentes acerca del drama que vivieron. Excediendo los moldes de la ortodoxia historiográfica, incorporamos ciertas reflexiones “subjetivas” de los personajes que, si bien proyectan nuestra propia comprensión de los acontecimientos, valga declarar que no introducen ficciones, sino datos e inferencias apoyados siempre en las evidencias comprobables del corpus documental.

            Siguiendo los pasos del juicio al comandante Chumbita, dividimos el libro en cinco partes: la primera narra sus circunstancias personales y sus andanzas en las luchas políticas riojanas antes de Pavón; la segunda, su participación en los alzamientos del Chacho de 1862 y 1863; la tercera, su intervención en la campaña de Felipe Varela de 1867 y las secuelas que se prolongaron hasta 1868; la cuarta parte trata las alternativas del procedimiento judicial, y la quinta, el desenlace del mismo.

            En las páginas del epílogo intentamos explicar los fenómenos históricos en que se inscribe el periplo de nuestro biografiado, a modo de conclusiones, que esperamos inciten al lector a extraer las suyas.

            Nuestro agradecimiento en especial a la extensa familia de los De la Fuente y a todos los riojanos que nos brindaron su testimonio y colaboración.

 

Notas

[1] Proclama del 6 de mayo de 1863, en D. F. Sarmiento, Obras completas, 2001, t. XXI, p. 105-106.

[2] Discurso de septiembre de 1868, en Sarmiento, ob. cit., t. XXI, p. 192.

[3] Sumario contra Severo Chumbita por sublevación”, 1869, y “Sumario contra Severo Chumbita por rebelión y otros crímenes”, 1872. Los expedientes los había guardado en su casa el doctor Ricardo Vera Vallejo, quien fue juez federal en La Rioja hasta 1940, y allí quedaron hasta 2002, cuando su hijo, Jorge Vera Vallejo, se los entregó al coautor de este libro Víctor Robledo. Las sentencias de la Corte están publicadas en Fallos de la Suprema Corte de Justicia Nacional, tomos 7° y 8°, 1869-1877.

 

 Capítulo 1

El proscripto comparece ante la justicia.

Antiguo cacicazgo de los Chumbita. Pueblos de indios, en lucha por la tierra y el agua.

La sombra de Facundo. Cuando Brizuela y el Chacho se alzaron contra Rosas.

Bautismo de fuego de Severo. Sus años jóvenes y amores.

            ¡Lo tienen preso a Chumbita! Corre la voz por las calles y recovecos de la chata ciudad de barro y piedra que se extiende al pie de los cerros, conmoviendo a sus habitantes con sentimientos y presentimientos que perturban la sospechosa tranquilidad de estos días de octubre.

            En horas de la mañana, cuando ya castiga el bárbaro sol de La Rioja, ante los coloridos naranjales de la plaza central se agolpa un pequeño tumulto. Un hombre alto, barbado, de tez trigueña, casi blanca, frente ancha y ojos pardos, vistiendo camisa y bombachas a la usanza de los gauchos arrieros, sale de entre las sombras del edificio de la esquina, flanqueado por sus custodios armados. Allí, al lado del antiguo cabildo, está el cuartel de policía, detrás del cual se prolongan los anchos muros de la ominosa cárcel pública. El hombre levanta la cabeza, devuelve la mirada y el saludo a los viandantes que se han detenido en los alrededores, y se esfuer­za por caminar con dignidad a pesar de la gruesa barra de grillos que le aprisio­na los tobillos.

            Es el sobreviviente de una tragedia que nunca se olvidará. Perseguido durante años, había eludido rendirse muchas veces y llegaron a darlo por fusilado y enterrado, aunque nadie ignoraba que seguía apareciendo y desapare­ciendo por los desfiladeros del cordón del Velas­co, en los espesos algarrobales de Arauco y entre las sierras que atraviesan la imaginaria línea de frontera con Catamar­ca. En estos parajes, que él conocía como la palma de su mano, contaba con el favor de misteriosas deidades y podía encontrar refugio seguro en casa de algunos paisanos, mientras las autoridades recomendaban su captura, vivo o muerto, lo cual después de tanto tiempo ya parecía imposible. Hasta que la noche del pasado viernes 13, una partida de soldados al mando del capitán Nieto quien fuera en otra época su ayudante, convertido ahora en entregador− lo sorprendió en la finca de Machigasta, cuando regresaba subrepticia­mente para estar con los suyos, y donde no podía resistirse sin poner en peligro a su mujer y sus siete hijos.

            A la noche lo sacaron de allí con muchas precauciones, pasaron por Chuquis, donde cuentan que estuvo conversando con el juez de paz, que se negó a dejarlo ir; lo trajeron a la capital, le remacharon los grillos y lo metieron en prisión. Existe contra él un juicio penal abierto por la justicia provincial y otro por la justicia nacional, además de la reciente demanda de un comerciante damnificado por la montonera [4].

            El gobernador Pedro Gordillo lo puso a disposición del juez federal Mardoqueo Molina, quien reabrió la causa pendiente, ordenando su comparencia en el día de la fecha. Es por eso que lo llevan en el carromato que emplean para trasladar a los reos, bordeando la plaza hasta dos cuadras más allá, a un moderno caserón esquinado de fachadas rectangulares donde habita el juez y al lado tiene su sede el tribunal; en cuyo público despacho, un salón alto, fresco y sombrío, lo recibe su señoría junto al escri­bano actuante, lo sientan en el banquillo de los acusados y proceden a tomarle declaración indaga­toria:

En la ciudad de la Rioja, a diez y siete días del mes de octubre del año de mil ochocientos setenta y uno compareció ante el Juez Nacional doctor Molina un hombre preso, a quien se le recibió promesa de decir verdad de lo que supiere y le fuere preguntado, y siéndole interrogado por su nombre, patria, estado, edad, profesión y domicilio, quién lo tomó preso y si sabe o presume la causa de su prisión, dijo: llamarse Severo Chumbita, natural de esta Provincia, de estado casado, edad de cincuenta años, de profesión labrador, y domiciliado en Machi­gasta; que lo tomó preso el capitán don Ramón Nieto por órde­nes, según le ha dicho éste, del gobernador de la Provincia; que ignoraba la causa de su prisión, y que sólo sabía que había sido citado por edictos judiciales para que contestara una demanda que había interpuesto el señor don Hermenegildo Jarami­llo contra él, habiendo al llegar a Machigasta sido preso por el mencionado Nieto [5].

 

           Soñé lo que iba a ocurrir. Bocas de fusiles que acechaban en las sombras, gritos y caras hostiles alrededor de la casa, una sensación que me corta por un instante la respiración. Rosaura y las niñas en medio, con el terror en las caras. Esta vuelta me pillaron, o me dejé pillar. Me descuidé. Llevaba muy mucho tiempo a ocultas, rondando como un ánima las trochas de los cerros, y aunque todavía mis huesos aguantan esos trajines, me vencía el cansancio de vivir a salto de mata. Puede que sí, me dejé pillar. Será que voy llegando a viejo, y quizá es mejor encarar de una vez por todas a mis enemigos.

            Como sea, acá estoy, bajo la vara de la justi­cia que se dice federal, aunque esa palabra suena a burla, siendo ahora que el poder es de los unita­rios, o liberales, que viene a ser la misma mierda.

            No es cristiano uncir a un hombre así, maniau como un animal. Diz que la ley es como el cuchillo, y ellos lo tienen por el mango. Claro que este juez Molina, tan ufano en sus modales de señorito, ha de creer que soy un bárbaro, como nos apoda el presidente Sarmiento, y tal vez no se senta­ría tan orondo frente a mí si no me sujetaran estos fierros.

            Pregun­ta si sé por qué me detuvieron, como si fuera novedad que dende hace tanto buscaban la ocasión de hacerme hocicar.

            Vua responder, les vua dar el gusto de hablar, para que el escri­bano lo ponga en tinta y papel y se gane lo que cobra por cada foja. Puede que éste sea mi testa­men­to. Suerte tuve de llegar a la edad que cuento. A los demás jefes de nuestra guerra los finaron, a casi todos, y me quieren mandar a hacerles compañía. Veremos.

            He sabido que me citaron por edicto en los periódicos, en un pleito que puso ese viejo ucucha, don Hermenegildo Jaramillo, para resarcirse lo que dice él que le sacamos. Y he sabido que más de una vez pidieron mi captura a Catamarca, si bien esto me lo guardo por no comprometer a los amigos de allá, que siempre me han advertido. Vamos a ver de qué me acusan.

            Reo de rebelión, así será para esta señora justicia a la que han vendau los ojos. Pues sí, años hace que me revolví por la causa de los míos. No hemos querido otra cosa que traba­jar en paz, pero mi tata y mi abuelo también tuvieron que pelear para defender el solar de nuestra gente, cada vez que nos pisaban los derechos a la tierra y el agua; igual que sus padres y abuelos, dende los tiempos de ñaupa de los que hay memo­ria, porque a los naturales de estas tierras siempre nos han tentado atropellar. Cuando parecía que esos tiempos termi­naban, me tocó volver a alzar las lanzas, como si fuera un destino de noso­tros.

           Preguntado por su patria, conforme la acepción que hasta entonces tenía esa palabra, Severo Chumbita contestó ser “natural de esta provincia”. Era, en efecto, nacido y criado en el valle de Aimogasta, uno de los rincones fértiles que aliviaban la desértica geografía riojana, un escalón descendente de los cerros en medio de deslumbrantes travesías calcinadas por los soles; lugar donde nunca cesan los vientos y las nubes nunca traen lluvia, pero que en épocas remotas los indios convirtieron en un oasis de verdor gracias al milagro perenne del agua que manaba de sus piedras.

            Allí, en el transcurso de una historia jalonada por combates legendarios entre los conquistadores de la cruz y la espada y los rebeldes que regaron con sangre estas heredades, echó raíces su gente, una comunidad que se empeñó en persistir contra todas las adversidades y en la que él continuaba el linaje de sus jefes. En el hogar del que venía, donde le habían enseñado cómo debían ser las cosas y cuál era su lugar en el mundo, seguía presente el espíritu de su abuelo José Francisco Chumbita, hombre de paz pero también de guerra, a quien los relatos de la abuela, doña Ignacia Herrera, recordaban con orgullo como cacique gobernador del pueblo.

            La genealogía de este cacicazgo se pierde en la niebla de los tiem­pos anteriores a la conquista, cuando debió establecerse con la penetración de los incas, aquellos enigmáticos guerreros y constructores que extendieron su magnífico imperio sobre los valles calchaquíes; pues el apellido Chumbita proviene del quechua chumpi o chumpa -que significa cinturón, cuerda o faja-, la misma raíz de otros apelativos y topónimos del Cusco.

            Los primeros españoles que llegaron del Perú, según registran las crónicas, se toparon en la región del Tucumán con dos caciques principales: Juan Calcha­quí, el gran líder de la resistencia que dio nombre a la región de los valles, y su hermano de Yocavil, Juan Chumpicha o Chumbicha, vocablo del cual derivó Chumbita (ya que la b no existe en quechua, y la p suele conver­tirse en b con la pronunciación castella­na) [6].

            Cuando el temerario adelantado don Diego de Rojas hizo su entrada hacia el sur en 1543, el curaca del poblado de Capayán, al frente de un millar y medio de guerreros, trazó una raya en el suelo para advertirle que no pasara de ahí. Su gesto fue el comienzo de las hostilidades con los intrusos, que se negaron a respetar el linde, y según la tesis del primer investigador de ese encuentro premonitorio, aquel jefe era un Chumbicha [7].

            Con mayor certeza sabemos que, hacia 1557, los españoles que invadían los valles calchaquíes apresa­ron a Juan Chumbicha y a uno de sus hijos, reteniéndolos durante más de un año; hasta que Pérez de Zurita, goberna­dor de Santiago del Estero, negoció con su hermano Juan Calcha­quí y, tras largas deliberaciones, los soltó a cambio de un arreglo general de paz. La liberación de los Chumbicha, motivo de espectaculares festejos, selló el acuerdo que se cumplió felizmente hasta 1562, mientras Zurita se mantuvo en el cargo[8].

            No les resultó fácil a los españoles imponerse. Incontables conflictos, transacciones y rupturas desembocaron en la hecatombe de las guerras calcha­quíes, que comenzaron en 1630 con el alzamiento de Juan Chalimín y bañaron en sangre durante no menos de cuarenta años la región de los contrafuertes andinos que se prolonga desde Salta a La Rioja.

            En el valle de Guaymoco o Aimogasta, el pueblo indio de Machigasta -donde más adelante se afincarían los Chumbita- fue un epicentro de la rebe­lión en la etapa final, cuando se entrelazó con la aventura del intrépido impostor andaluz Pedro Bohór­quez, el “falso inca”, que tampoco se llamaba Bohórquez sino Chamijo, desposado con una princesa colla, a quien siguieron las tribus con la ilusión de restaurar el añorado imperio andino, hasta que, después de increíbles peripecias, lo capturaron y llevaron para ser ajusticiado en Lima.

            Las matanzas recién concluyeron al rodar las cabezas de los últimos rebel­des, tortura­dos, ahorca­dos, mutilados, descuartiza­dos, sus comunidades diezmadas y disper­sas. Los sobrevivientes marcharon al destierro, entregados en encomien­da a los beneméritos capitanes vencedores. Los Chumbicha o Chumbita de Yoca­vil (lugar rebautizado Santa María por los jesuitas) fueron desarraigados, y la conjetura más coherente es que se establecieron en el poblado catamarqueño llamado Chumbi­cha, reuniéndose tal vez con otro grupo de su estirpe, pues sabemos que un cacique de ese nombre estaba radica­do ahí ya en 1591 [9].

            La localidad de Chumbicha dependía de La Rioja, pero en 1679 se aprobó una nueva demarcación por la cual pasó a jurisdicción de Catamarca; y en compensación, la zona de Aimogas­ta se transfirió a La Rioja. Los deslindes administrativos separaban en forma arbitraria pueblos enlazados por parentescos y tradiciones del pasado indígena, como eran Aimogasta, Tinogasta, Belén y Chumbicha; estos dos últimos, centros de una alta cultura anterior al dominio incaico (conocida como La Aguada), de cuyo estupendo legado pervivían artesa­nías textiles y alfareras preferidas por las gentes de toda la región.

            Después, los Chumbi­ta debieron mudarse de Chumbicha, por imposición o acuerdo con los dueños de encomiendas, hasta el cerca­no valle de Aimo­gasta, donde desde 1734 figuran en los padro­nes el cacique gober­na­dor don Balta­sar Chumbita y sus descendientes, y otros varones del mismo apellido desempeñaron cargos de importancia como alcaldes y regidores. El abuelo de Severo, José Francisco Chumbita, era nieto de don Balta­sar [10].

            Los caciques tenían que velar por la subsistencia de la comunidad y eran responsables de cumplir con los tributos al rey que cobraba el encomendero. El estatuto legal de los "pueblos de indios" preveía organi­zar un cabildo y aseguraba a los naturales el derecho a las tierras de su ejido, parte de las cuales eran del común y otras se asignaban a cada familia, pero esas instituciones fueron perturbadas por los traslados, las migra­cio­nes y los abusos de los encomende­ros, que terminaron desvir­tuando el sistema.  

            Hasta aquí llegaron los ecos de la revolución del último Túpac Amaru, que estremeció los cimientos de la estructura colonial y atizó el odio a la dominación española. En 1781 se sublevaron los milicianos en Belén y en otros lugares de la gobernación del Tucumán. Un gran contingente enviado de La Rioja a Chuquisaca para reprimir a los rebeldes se amotinó y regresó con sus jefes prisioneros. De vuelta en la capital riojana, unos quinientos amotinados invadieron la plaza “con cajas, pitos, cornetas y armas levantadas”, tomaron los estancos virreynales de tabaco y mandaron se vendiese la mercadería a bajo precio, siguiendo una forma de protesta que se generalizó en las sublevaciones de aquellos días [11]. 

            A fines del siglo XVIII subsis­tían pocas encomien­das, las anti­guas reduccio­nes habían sido despo­bladas y repobladas, y las comunidade­s tendían a divi­dirse o desapare­cer. No obstante, los cinco pueblos indios del Curato de Arauco –Aimo­gasta, Machigas­ta, El Pantano, San Blas de los Sauces y Tinogasta, este último en juris­dic­ción de Cata­marca– conservaban rasgos de su organización original.

            La cultura autóctona se había ido fundiendo con las costumbres, el idioma y los instrumentos que trajeron los españoles. Los hombres se hicieron gauchos, es decir, baqueanos en las faenas pastoriles, duchos con el lazo y las riendas, trabajando en las estancias, criando sus propias majadas o recorriendo a lomo de mula las rutas del comercio que serpenteaban por los valles calchaquíes y atravesaban la cordillera hasta los pujantes puertos y minas de Chile. El quechua, “la lengua del Cusco”, se iba olvidando, aunque subsistían en el habla corriente muchos de sus términos; y el castellano había adquirido otra pronunciación, una tonada de inconfundible acentuación esdrújula, con frecuentes giros gramaticales provenientes de la lengua anterior.

            Por supuesto, todos se consideraban cristianos. Sin embargo, a la par de la devoción por las vírgenes y los santos católicos, una de cuyas expresiones en la zona eran las fervientes procesiones de San Blas, se mantenía el influjo de otros poderes bienhechores o malignos. El sol continuaba recibiendo la veneración que merecía en el mundo incaico, las apachetas reaparecían como flores de verano en ofrenda a la Pachamama, y aún vagaban en las siestas duendes dañinos como el enano Mikilo. Las viejas solían besar cada mañana la piedra del fogón, reverenciando el fuego sagrado del hogar, y en algunos parajes se celebraban alegres ritos en torno al árbol por excelencia, el algarrobo, proveedor de madera para utensillos y muebles, leña y frutos para preparar bebidas y manjares predilectos como la aloja y el patay.

            Las modestas casas de adobe techadas de quincha, con buena sombra, y los cercos de palo o de piedra, eran parte del paisaje, matices del mismo ocre que los suelos y las serranías. En los patios, las tejenderas practicaban en sus telares de mano habilidades de fondo inmemorial, tramando las prendas más finas con pelo de vicuña o alpaca. Y aunque se habían diversificado los cultivos por la introducción de cereales, viñas y olivos, los cuidados del regadío, tanto como las labores y festejos de las cosechas, se regían por saberes y hábitos ancestrales.

            Hacia 1800 se censaban en Aimo­gasta sólo veinte familias, alrededor de doscien­tas personas, y una cantidad equivalente en Machigasta. Ambos pueblos, separados apenas por unas cuadras de distancia, mantenían cierta identidad comunal, a pesar de que durante generaciones se mezclaron con gentes de diversa procedencia. Y en las inmediaciones había ido creciendo otra población, Arauco, a partir de un asentamiento de criollos al que afluyeron muchos mestizos y negros liber­tos de las provincias cercanas [12].

            En aquel espacio bordeado por las ondulaciones de la montaña, de clima seco, moderadamente cálido y ventoso, los ojos de agua de la loma y el magro caudal del arroyo que cruzaba el valle eran una bendición. Un laberinto de canales y acequias recorría las casas y las fincas, permitiendo regar los cultivos, viñedos, maíz, trigo, alfalfa para el ganado mayor y variados frutales.

            Pero, a la par de la bucólica rutina de la vida aldeana y campesina, la guerra entre los herederos de los conquistadores y los conquistados continuaba por otros medios. Grandes estancieros, con o sin derecho, avanzaban sobre los terrenos de los pueblos y se apropiaban del agua, que en aquellas regiones fatalmente áridas valía tanto o más que la tierra. Así describió Sarmiento ese insidioso proceso:

En vano las leyes de Indias quisieron proteger a los naturales contra la rapacidad de los conquistadores, que despoblaban de hombres el suelo a fin de criar ganados que les asegurasen la opulencia sin trabajo. [...] Lo mismo y peor se practicó en La Rioja donde, siendo escasa el agua, los indígenas vivían en la margen de las escasas corrientes, y fueron reducidos en lo que hoy se llaman los “pueblos” [13].

            El cacique José Francis­co Chumbi­ta tuvo que pleitear por ello con el dueño de la estancia lindera de San Antonio, Pedro Miguel del Moral, señorón de una de las principales familias de encomenderos de La Rioja.

            De acuerdo a las ordenanzas, a Aimo­gasta y Machigasta les correspondía media legua a los cuatro vientos, medida desde la plaza o la capilla del centro urbano. La estancia de San Antonio se formó a fines del siglo XVIII por una conce­sión de los "sobrantes de la mensura”, ingeniosa fórmula que permitía a los terratenientes apoderarse del entorno de los pueblos indios. Del Moral hizo construir un canal al pie de las nacientes, desviando parte del arroyo que atravesaba el valle para beneficiar sus tierras, en flagrante despojo a los pobladores. Tan acuciante era el asunto que en 1803 el cacique Chumbita bajó con sus papeles y razones hasta Buenos Aires, a recla­mar directamente al virrey Del Pino que les hiciera justicia [14].

            Las disputas por el agua prosiguieron, fueron motivo persis­tente de enco­no entre los Chumbita y los Del Moral, y desembocaron, según veremos más adelante, en una contienda sanguinaria que segó la vida de varios hombres de ambas familias. Sarmiento conocía el caso y, aunque no se solidarizaba precisamente con los despojados, lo puso como ejemplo para explicar el trasfondo histórico de las guerras montoneras:

A estas causas de tan lejano origen se deben el eterno alzamiento de La Rioja, y el último del Chacho. La familia de los Del Moral hace medio siglo que viene condenada a perecer, víctima del sordo resentimiento de los despojados. Para irrigar unos terrenos los abuelos desviaron un arroyo, y dejaron en seco a los indios ya de antiguo sometidos [15].

* * *

            Los pueblos del noroeste no permanecieron ajenos a las luchas precursoras de la independencia. Cuando los ingleses invadieron el Río de la Plata, milicias de la región del Tucumán acudieron a la defensa, y es tradición que el cacique José Francisco Chumbita marchó al frente de sus lanceros hasta la ciudad de Buenos Aires. Cuentan que en el combate de la chacra de Perdriel fue él quien salvó la vida al jefe de los criollos, enancándolo en su caba­llo. 

           Aquí el bravo Pueyrredón

            lleno de valor se apresta...

            mátanle el brioso caballo,

            pero con gran ligereza

            en ancas de otro montando

            sin daño escapa, ni ofensa [16].

            Se cree que don Francisco murió a raíz de las heridas que recibió después, en el victorioso ataque al Retiro dirigido por Santiago de Liniers. Si así fue, habrá que pensar que lo trajeron convaleciente a su pueblo, donde consta en los libros de la parroquia que lo enterraron en mayo de 1807 [17].

            La vara del mando quedó pues vacante aquel año. El cacicazgo se asignaba al más capaz de la familia, con el consenso de la comunidad y de las autori­da­des españolas; pero el mayor de los hijos varones del difunto, Juan Orencio (quien vendría a ser el padre de Severo), no tenía enton­ces más que nueve años [18].

            Poco después, los títulos de caci­caz­go queda­ron sin efecto por la Revolu­ción de Mayo, que resolvió igualar a los indios con los demás ciuda­danos. No obstante, a Orencio, heredero de las posesiones de su padre, los paisanos le reconocían una dig­nidad seme­jante a la de los antiguos cura­cas.

            Hombre piadoso pero de fuerte carácter, Orencio se casó el 8 de agosto de 1815 con María del Rosario Alien­dre, una hermosa joven cuya familia tenía su finca en el vecino ejido de San Blas de los Sauces. Le decían "la rubia", por los cabe­llos y ojos claros, y los hijos que tuvo con Orencio eran de ostensible aspecto mesti­zo. Como las dos prime­ras criaturas murieron a corta edad, el único heredero vino a ser Ramón Severo, nacido en 1820 [19].

            Los acontecimientos del año en que nació Severo, si hay que creer en las señales del destino, anunciaban la era tormentosa que le tocaría vivir. El año veinte, desatada la guerra civil, se disolvió el gobierno nacional, y en San Luis, en medio de una revuelta de los presos realistas, irrumpía un joven capitán riojano que cayó como el rayo sobre los chapetones para sosegarlos a cadenazos: era el hombre que iba a ponerse a la cabeza del federalismo del interior, el caudillo más admirado y controvertido que conoció aquella etapa de la historia argentina.

           Don Juan Facundo Quiroga,

            general del interior,

            lleva banderas que dicen

            Muerte o Federación. [20]

            Facundo, hijo de un próspero propietario rural de los Llanos y nieto de una india sanjuanina [21], llegaría a dominar con sus formidables hazañas guerreras las provincias del centro y del noroeste. Su carrera signó una época de heroísmo y espanto, suscitó el fervor incondicional de las masas rurales y aterrorizó a sus enemigos. Según Sarmiento, era “el modo de ser de un pueblo encarnado en un hombre”. 

            Orencio Chumbita, resuelto seguidor de Facundo y amigo de uno de sus mejores oficiales, el Chacho Ángel Vicente Peñaloza, fue nombrado comandante de las milicias locales; cargo honorario, no rentado, que le confería autoridad legal y confirmaba su prestigio e influencia en la zona. En las milicias revistaban como oficiales y soldados los hombres en edad hábil del curato, obligados a prestar el servicio de las armas cualquiera fuese su profesión habitual.

            Aimogasta iba adqui­riendo preeminencia dentro del departamento de Arauco, que compren­día todo el sector noreste de la provin­cia y era el más densamente poblado. Un signo de la importancia de estos pueblos era la categoría de su iglesia. Con la venia de monseñor Pedro Ignacio de Castro Barros, egregio patriota riojano oriundo del cercano pueblo de Chuquis, a cargo entonces del obispado de Tucumán, don Orencio promovió y costeó en 1830 la construcción de un clásico templo de altas paredes blancas con dos torres, consagrado a la Virgen de la Inmaculada Concepción −patrona también de Chumbicha−, que se erigió frente a la plaza princi­pal y donde disfrutó los atributos del patronato [22].     

            Tal la prosapia y el medio en el cual Severo (caído en el olvido su primer nombre Ramón) se crió y se hizo hombre, entre los descendientes de los pueblos originarios que sobrevivieron a la conquista y perseveraron en poblar la tierra de sus antepasados. Hasta el día en que oyeron el llamado de la revolu­ción, por la voz de los caudi­llos federales, prometiéndoles nada menos que la igualdad y la liber­tad.

 

 

            Me parece oir aún a mi tata, mentando a Facundo con veneración. Era como un padre para nuestra gente. Lo llamaron Tigre de los Llanos, así como al cacique Chalimín lo llamaban Tigre de los Andes en los pueblos indios de los que venimos, porque tenían la fuerza indomable del antiguo dios puma.

            Hombres como ellos se elevan entre los demás haciendo veros prodigios. Poco sabemos de los reinos de arriba, pero quien se adentra al espíri­tu de lo alto puede obrar milagros.

            Facundo era hombre de campo y de fortuna. Baqueano, conductor de arrias, se hizo militar y se metió en las lidias políticas por defender a los pueblos de las provincias. Ganó batallas imposibles con sus tropas de capiangos, que se convertían en fieras en el combate, y llegó a ser un gran caudillo, a la par de Rosas. Unos lo querían y otros lo temían, como a un ángel o un demonio. Pero aún estando tan por encima, sabíamos que era de los nuestros, pues se había criado entre los gauchos.

            Él le ha abierto los ojos a la gente. Les hizo ver que la república era para todos. Y que podíamos mandar, con la misma autoridad que los ñores de estancias y doctores de la ciudad, pues lo que vale es la voluntad de los más.

            Claro que para gobernar hace falta saber tantas cosas. Lástima no poder estudiar. Yo hubiera debido instruirme mejor, pero ¿diánde? En ese enton­ces no teníamos escuela. Gracias que el cura me enseñó a leer y escribir, y los números, para valer­me en las cuentas. El que no conoce al menos eso, está a merced de los escri­banos y los comer­ciantes.

            Yo era el shulco, pero quedé hijo único. Tenía que aviarme para manejar las fincas y la hacienda, y ayudar a nuestros paisanos a hacer valer los derechos y posesiones que siempre nos han querido menoscabar. Así que no debía agachar el lomo. Nunca he sido engreído ni manacasu­co, pero ocupé mi lugar.

           Un día llegó noticia de que a Facundo lo habían asesinado. Él, que había vencido a todos los enemigos y era capaz de dominar a todos los diablos, naides creía que hubiese podido finar así. Muchos esperaban que volviera a aparecer cualquier día, montado en su sabio moro de guerra, pero ya no pudo ser.

           

           Ábrase la tierra,

            vuélvase a cerrar,

            ya murió Quiroga,

           nuestro general. [23]

     Aunque Rosas hizo juzgar y colgar en la plaza pública a los asesinos de Facundo, en La Rioja cundió la sospe­cha, seguramente injusta, de que él hubiera instigado el crimen. Pero además, entre algunos jefes federales se afirmó la convicción de que el sistema rosista postergaba los intereses de la provincia.

            Luego de un interregno de indecisiones, en 1837 fue gobernador uno de los lugartenientes de Facundo, el general Tomás Brizuela, apodado “el Zarco” por sus ojos claros. También oriundo de los Llanos, hombre de hábitos sencillos e inteligencia práctica, se había hecho respetar por su desempeño militar y también como representante en la Legislatura riojana.

            Por ese tiempo el Chacho Peñaloza era coman­dante de armas, mando superior de las milicias provinciales. Éstas constituían el poder real del gobierno, más que las escasas dotaciones de policía. Había una comandancia en la capital y otras en cada uno de los cuatro departamen­tos, que correspondían a los antiguos curatos de los Llanos, Famatina, Guandacol y Arauco. Don Orencio Chumbita estaba al frente de las milicias en Arauco.

            La situación económica empeoraba en las provincias del noroes­te por la pérdida de los merca­dos del Alto Perú, al cortarse los antiguos circuitos comerciales, a lo cual se sumaban los estragos de las gue­rras y la penetración de las manufacturas inglesas que competían con las artesanías locales. La organiza­ción constitucio­nal que Facundo reclamó y Rosas posponía no era una cuestión de forma. Era la condición para que los provin­cianos compar­tie­ran los recursos públicos. El Restaurador defendió la integridad de la república, que los unitarios habían llevado al borde de la disolución, y se plantó con firmeza ante las agresiones extranjeras; pero la “Santa Federación” encubría otra forma de centra­lismo, monopoli­zando para Buenos Aires las ventajas del comer­cio, el puerto, la aduana, e incluso ese gran artilugio que era la emisión moneta­ria con billetes de su Banco.

            Esto último resul­taba muy sensible en La Rioja, donde las entrañas del cordón del Famatina eran pródigas en metales preciosos, por lo que, apenas conquistada la autonomía en 1820, la provincia emprendió la acuñación de moneda. Fue una de las mayores preocupaciones de Facundo, que se asoció con inversores porteños para organizar un gran emprendimiento minero, y al Zarco Brizuela le encargaron construir el camino a Córdoba que resultaba indispensable dentro de esos planes. Además, cuando era diputado, Brizuela había proyectado una emisión de oro y plata con la efigie del Restaurador, creyendo que ese halago iba a facilitar su aval para que circula­ra en todo el país; pero don Juan Manuel se excusó, con el pretexto de que tal homenaje no resultaba propio del régimen republicano [24].

            En 1840, siendo gobernador, Brizuela tuvo la audacia de alzarse contra la omnipotencia de Rosas y aceptó la dirección militar de la Coali­ción del Norte, alineado con los unita­rios, el tucumano Lamadrid y el porteño Lavalle, a pesar de los recelos que le inspiraba el maridaje de éstos con los franceses. Si, como decían, Peñaloza dudó antes de dejarse arras­trar a tan riesgoso lance, una vez que se embarcó en la guerra no hubo vuelta atrás. Él condujo las milicias contra las fuerzas rosistas que atacaron la provin­cia, y cuentan que Severo Chumbita fue enton­ces a Guaja a incorpo­rarse a sus filas [25].

            La Coalición fue derrotada. Al parecer, Brizuela se sintió humillado cuando Lavalle le arrebató la mujer de su vida, su autoridad decayó y murió en la batalla de Sañogasta, según dudosas mentas baleado por la espalda. Lavalle también perdió y lo ultimaron oscuramente en Jujuy.

            Pero el Chacho no se rindió. Se refugió en Chile y de allá volvió a combatir, tratando de copar el gobierno riojano en 1842 y 1845, aunque las dos veces le fue mal.

 

 

            El Chacho era llanisto, como Facundo. Hombre de mando, corajudo, que hizo proezas poniendo el pecho a las bayonetas, capaz de arrebatar cañones al enemigo a tiro de lazo, y a la vez tan generoso y compadecido de la gente. Su rancho en Guaja era como un campamento, rodeau por los paisanos que acudían de todas partes a consultarlo y pedirle amparo. Y su esposa, doña Victoria, mujer hermosa y jinete incansable, capaz de empuñar la lanza para pelear al lau de él, por lo que iba a llevar siempre en la frente, bajo el pañuelo, su condecoración más honrosa, la cicatriz del sablazo que recibió en la batalla de Manantiales por salvar a su compañero.  

            Lo hemos conocido bien al Chacho. Cuando venía a nuestros pagos se alojaba en casa, y se sentaba a charlar y matear en el patio. Recuerdo la mirada de sus ojos garzos, la barba canosa y la risa bonachona, su vincha de seda floreada y el sombrero de ala blanda que usaba. Siempre bien montado, con apero, pretal y estribos que relumbraban de plata. Tanto él como mi tata eran criado­res, tenían sus tratos para comprar y vender, se ocupaban de mejorar sus tropillas y sabían ir juntos a las cuadre­ras.

           Siendo a gatas un chango, aunque no entendía yo mucho la razón de la lucha de aquel tiempo, me salía de la vaina por ir a la guerra, ignorando lo cruel que podía ser esa vida. Hasta que por fin llegó la hora.

            Mi bautismo de fuego, el año 40, fue una campaña de largos meses por enrededor del cordón del Famatina. Había que saber disparar el fusil de chispa, pero nuestra mejor arma eran las lanzas, que se urdían anudando una hoja de faca en la punta de las tacuaras. Se debía hostigar al enemigo, toparlos por sorpresa y recular enseguida. Antes de cargar nos daban un punto de reunión, para volver a juntarnos del desbande. Una guerrilla de partidas, contra el ejérci­to que nos quería rodear. Un movi­miento de "danza y contradanza", había dicho el Chacho, con el que los entrete­níamos para dar tiempo a que se organizara otro frente. Mal armados estábamos y nos faltaba de todo, pero hemos hecho más de lo que podíamos.

            Por aquellos días, en los acampados, se oía cantar una vidala:

           Constancia, bravos riojanos,

            aunque no haya qué comer...

            ¡Siga la guerra,

            truene el cañón!

            ¡Pronto tendremos

            Constitución! [26]      

            Poco sabíamos entonces qué era tener Constitución; y aunque esa guerra dirigida por los unitarios no iba a tener buen fin, peleamos por no fallarle al Chacho.

            No me acuerdo de sentir miedo, pero sí mucho frío, y hambre. Cuando se disolvieron nuestras montoneras volví a casa; flaco y exhausto, con las calchas en jirones, pero entero. Nunca olvido la cara y las lágrimas de mis tatas cuando salieron a recibirme. Al convite de los brindes con que lo celebramos no faltó naides.

            Después de ver la muerte al ladito mío y probar lo que era capaz, me iba a costar estarme quieto. Si habré andau leguas por esos valles y travesías, por necesidad o por gusto, cazando guanacos, suris y tigres, buscando agua por las lomadas y bosques, arreando hacienda y llevando cargas al Tucumán, a los Llanos, a Córdoba, o cruzando los pasos de la cordillera hasta Chile.

            Conocí a la gente, descubrí cuán leales y hospitala­rios eran los paisanos de los pueblos indios, que mantienen las costumbres de los tiempos de cuanta. Escuchando la lengua de los cusqueros, entendí el saber de los viejos taitas, aprendí a valerme de las pencas de curar y a distinguir las señales de los pájaros y los animales, que tienen otros sentidos para catar los secretos del campo. Me hice churo para capear los guairas que soplan por los salares y las sierras, y supe mantener firme el pulso ante las almas malignas que se sueltan de noche por esas sendas.

            Como sabían hacer los antiguos, me han guiado dende entonces los sueños, pues cuando uno duerme puede sentir el aviso del tiempo o de los dioses, para comprender las cosas y advertir lo que vendrá. 

            Claro que me gustaban, como al que más, la chicha, el baile y las mujeres. Me dejé crecer las barbas, vestía las mejores pilchas, calzaba botas de lustre, ensillaba de gala mi caballo con las riendas chapeadas de plata, y no perdía fiesta que tuviera a tiro.

            Fue creo para los carnavales del año 43, meta vidalear y chayar, cuando me prendé de una moza muy churita en los Sauces. Se sabe que en la chaya naide tiene dueño, somos libres de querer. Y de los amores que tuvimos vino un niño, que fue Manuel Ambro­sio. Aunque se crió con la madre, a la hora de cristianarlo no le negué mi apellido. Siempre le tuve cariño a ese changuito, que por suerte creció sano y fuerte.

            Después fue que me enamoré de Rosaura. Solía ir yo con fre­cuencia a Chumbicha, donde ella vivía. Era de los Villa­fañe, herederos de una estancia grande del lugar, que dio origen a muchos pleitos y enojos entre ellos; gente que había sido muy de tener, aunque venidos a menos. Era una niña tierna y donosa cuando la conocí. El padre se oponía a que la viera, seguramente por el resquemor de que nosotros éramos de sangre india. Cuando supo que Rosaura le desobedecía, la castigó fiero y le hizo rapar el pelo, mi pobre alma. Pero yo estaba seguro, como que lo soñé, y al final cedió, tuvo que aceptar que nos acollára­mos para siempre.

            Así es que nos casamos allá por el año 45. Pusimos nuestra casa en la finca de Machigas­ta, y a lo largo de los años hemos tenido varias niñas y dos varo­nes, aunque con tan mala suerte que unito murió enseguida y el otro, pobre, nos salió enfermo, embrujau decían las viejas.

            Harto trabajo teníamos con los sembradíos, la hacienda, el molino y la bodega. Lo ayudaba yo en todo a mi tata. Fue una época buena. Nos habían marcau por chachistas, que era como decir antirrosis­tas, pero nos deja­ron tranquilos. Rosas estaba lejos. Y el Chacho pronto volvió a tallar en La Rioja.

 

Notas

[4] En octubre de 1864 lo citaron por edictos para responder cargos ante un Juez de Primera Instancia en lo Civil y Criminal de la provincia; en enero de 1869 pidieron su captura en la causa federal por sublevación en el Juzgado Nacional de Sección de La Rioja, y en agosto de 1871 fue emplazado a contestar una demanda civil de Hermenegildo Jaramillo ante este mismo Juzgado. 

[5]Sumario contra Severo Chumbita por sublevación”, 1869, fs. 13 vta-14.

[6] A. Quiroga, Calcha­quí, 1992, p. 138 y ss.

[7] S. Lafone Quevedo, Londres y Catamarca, 1888, p. 195. Adán Quiroga, Teresa Piossek Prebisch y otros discrepan con esa versión.

[8] P. Lozano, Historia de la conquis­ta del Para­guay, Río de la Plata y Tucumán, 1874, p. 167 y ss. “Información hecha a pedimento de Hernán Mexía Miraval...” en R. Levillier (dir.), Gobernación del Tucumán, Probanzas de méritos y servicios de los conquistadores, 1920, tomo II, p. 25 y ss.

[9] Este cacique Chumbicha figura en una encomienda otorgada a Baltasar de Ávila Barrionuevo en 1591 (Aníbal Montes, "Encomiendas de indios diaguitas...", 1958, p. 14). D. de la Vega, Toponimia riojana, 1994, p. 130-132. Según Samuel Lafone (Londres y Cata­mar­ca, 1888) la población de Chumbicha existía antes de la entrada de los españoles, aunque Adán Quiroga (Calchaquí, 1992, p. 146-151) supone que fue fundada más tarde por los capayanes (diagui­tas); ver notas de Rodolfo Raffino al texto de Quiroga.

[10] E. Boman, "Pueblos de indios del antiguo Curato de San Blas de los Sauces", 1927-32, p. 248; Padrones de 1734, 1779 y 1795; M. Gregorio Mercado, "Severo Chumbi­ta", 1977. José Francisco Chumbita era hijo de Juan Chumbi­ta y María Nieva.

[11] B. Lewin, La rebelión de Túpac Amaru, 1957, p. 606-609.

[12] El “Padrón general...” de 1795 registra 20 casas de familia en Aimogasta (entre ellas la de José Francis­co Chumbita), con 173 habitantes, y 25 en Machigasta, con 205 habitantes. Los padrones de 1767, 1777 y 1807-1808 (E. Boman, ob. cit, p. 232) mues­tran que en ese período Aimogasta duplicó su población hasta igualar a la de Machigasta. El vecino poblado de Arauco en 1795 rondaba 500 habitantes.

[13] Sarmiento, El Chacho..., cap. “La travesía”, p. 83.

[14]Sobre la mensura, D. de la Vega, Toponimia riojana, 1994, p. 15 y 198. Sobre el litigio, M. G. Mercado, "Severo Chumbi­ta", 1977.

[15] Sarmien­to, El Chacho..., p. 83-84.

[16] “Romance heroico” de Pantaleón Rivarola que relata los sucesos. La tradición oral fue recogida por L. Fernández Zárate en "Severo Chumbita, el montone­ro de Arau­co", 1973; aunque su versión confun­de al abuelo con el padre de Severo.

[17] Fallecido el 12 de mayo de 1807 y sepultado en la Vice Parroquia de Machigasta (Libro de Defunciones 1785-1874).

[18] Juan Orencio nació en Machigasta el 6 de julio de 1797 (Libros Parroquiales de Aimogasta).

[19] Manuel Santos y Rosa Peregrina (nacida en 1847) fallecieron a edad temprana. Ramón Severo, el menor, fue bauti­zado en la capilla de Machigasta el 21 de marzo de 1826, constando en la partida que tenía seis años (Libro de Bautismos de Aimo­gasta).

[20] Copla popular, en Cantares históricos de la tradición argentina, 1960, p. 62.

[21] Sobre la ascendencia de Facundo y su abuela india Isabel, L. Devoto Villegas, “Quiroga”, 1977, p. 31-32.

[22] E. Boman, "Pueblos de indios…", ob. cit., p. 247.

[23] Copla popular, en Cantares históricos..., ob. cit., p. 67.

[24] C. Segreti, "Rosas y la moneda riojana", 1976. R. Torres Molina, El federalismo del interior, 1998, p. 174 y ss. M. Bravo Tedín, Don Juan Facundo, 2005, p. 67-70.

[25] La participación de Severo es tradición recogida por L. Fernández Zárate, "Severo Chumbita, el montone­ro de Arau­co", 1973.

[26] Vidalita compuesta por Gregorio Aráoz de Lamadrid, en sus Memorias, cap. XXI, y en Cantares históricos..., ob. cit., p. 38.