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Prólogo a la 4a edición de EL SECRETO DE YAPEYU

            La primera noticia del secreto de Yapeyú me llegó en forma casual una tarde del año 1994, conversando con don Osvaldo Guglielmino, cuando él comentó que, según se sabía en la región misionera, San Martín era hijo de madre india. Esta tradición circulaba por la costa oriental del río Uruguay, y Alberto Methol Ferré me indicó después que la había recogido por allí el historiador uruguayo Washington Reyes Abadie, con quien pude comunicarme para confirmarlo.

            Intrigado por la cuestión, recordé haber leído una sorprendente anotación de Juan Bautista Alberdi al relatar su entrevista en París con el general San Martín, en 1843. Acudí a ese texto para releerlo. Alberdi decía que esperaba encontrarse con un indio, “como tantas veces me lo habían pintado”, y al verlo sólo le pareció un hombre de tez morena, que hablaba con el acento de los paisanos de América. Lo que quedaba claro era que la gente que lo había conocido en persona lo pintaba como un tipo de aspecto aindiado. 

            El coronel Manuel de Olazábal, veterano del Ejército de los Andes, narró en sus memorias que en un parlamento de 1816 San Martín les manifestó a los caciques pehuenches que él también era indio. La anécdota es bien conocida, y Olazábal era un fiel testigo que había estado al lado del general escuchando sus palabras. Además, como iríamos constatando luego, existían numerosas afirmaciones concordantes de otros personajes de la época.

            Lo curioso era que no se hubiera reparado antes en tales testimonios, y que nadie se hiciera cargo de sacar las obvias conclusiones. La historiografía y los manuales repetían ─siguen repitiendo─ que el Padre de la Patria era hijo legítimo de una familia española, como si no quisieran ver las evidencias en contrario.

            ¿Cómo podía haberse oculta­do algo así? En aquellos días yo estaba completando una investigación sobre el bandolerismo social en nuestro país, donde la tradición oral desafiaba continuamente a la histo­ria oficial. Escuchando las dos campanas, a menudo comprobé que los relatos de la memoria colectiva eran más fieles a los hechos que los papeles, certificados y expedientes que se escribían para manipular los datos.

            En 1999 terminé mi ensayo Jinetes rebeldes, en cuyo primer capítulo tocaba el tema de las relaciones de los revolu­cionarios de la independencia con los indios, y al referirme a San Martín, al nombre emblemático de la Logia Lautaro y al parlamento con los caciques de la cordi­llera, puse que el libertador se identificaba con ellos por ser hijo del país o mestizo, si nos ateníamos a la versión de que había nacido de madre indígena.

            En reunión con los editores, el director de la colección, Rogelio García Lupo, advirtió la importancia de aquel pasaje del libro, y la asesora literaria Simona Verger acotó que existían cartas o papeles probatorios al respecto en manos de la familia Alvear, aunque tenía entendido que por alguna razón legal "eso no se podía decir". Se daba la coincidencia de que ella pertenecía a la familia ─su apellido materno es Socas Alvear─ y prometió consultar a sus parientes. Al fin me dijo que no pudo averiguar más, porque sus tíos no querían hablar, pero me pareció importante añadir esa referencia en una nota al pie del texto.

            Cuando salió el libro, en los primeros meses del 2000, aludiendo a la madre india de San Martín y a la versión coincidente transmitida en el seno de la familia Alvear, Magdalena Christophersen se comunicó conmigo para decirme que eso era cierto, y que el verdadero padre no había sido el capitán Juan de San Martín, como algunos pudieran suponer, sino el marino español Diego de Alvear y Ponce de León, explorador de las Misiones y fundador del linaje de los Alvear en América.

            Magdalena pertenecía a una rama de esa descendencia, pues su bisabuelo noruego Pedro Christopher­sen se casó con Carmen de Alvear, nieta del general Carlos de Alvear, hija del médico Diego de Alvear y prima hermana del presidente Marcelo Torcuato de Alvear. Christophersen colonizó las tierras del sur de Mendoza que su suegro comprara al cacique Goyco, uno de los que acudieron al famoso parlamento con San Martín. Magdalena no conocía a Simona Verger. El secreto se lo contó su padre, quien a su vez lo escuchó de su abuela doña Carmen; pero era algo que "no se podía decir", porque el presidente Alvear les había mandado callar y destruir los documentos.

            Michel Foucault explica que la metodología de las ciencias se basó en Occidente en los modernos procedimientos judiciales para indagar la verdad, con los que guarda estrecha analogía. Es una buena justificación para quienes nos formamos como abogados antes de dedicarnos a la historia. En términos procesales, según el clásico adagio latino testus unus, testus nullus, un solo testigo no basta como prueba. Pero habiendo dos testimo­nios independientes que abonaban el relato de los Alvear, concordantes además con la tradición oral y otros indicios, era más que suficiente para plantear el caso, por lo cual me aboqué a redactar una ponencia al respecto.

            A mediados del año 2000, próximo el 150º aniversario de la muerte de San Martín, un artículo de José Ignacio García Hamilton en el diario La Nación, anticipando su biografía novelada Don José, generó escandalosas reacciones. La nota mentaba la apariencia de mestizo del prócer y el rumor de que era medio hermano de Carlos de Alvear, cuyo padre lo habría concebido con una amante india. El asunto se trataba de manera lateral, sin aclarar si era la verdad histórica; pero lo más chocante era que en el contexto de aquella semblanza aparecía como una imputación descalificatoria. Sobre el punto de la filiación, García Hamilton se basaba principalmente en las memorias de Joaquina, hija de Carlos de Alvear, ya que, según me explicó, un miembro del Instituto Sanmartiniano le había facilitado fotocopias de algunas páginas.

            El original lo tenía el genealogista Diego Herrera Vegas, con quien me puse en contacto de inmediato. Es un libro manuscrito donde doña Joaquina hace una relación de sus antepasados, fechada en Rosario de Santa Fe el 22 de enero de 1877, declarando que fue "hijo natural de mi abuelo, el señor don Diego de Alvear y Ponce de León, habido en una indígena corren­tina, el general José de San Mar­tín"; lo cual reitera en otros párrafos, al mencionar a los hermanos carnales José y Carlos, y al narrar una visita que ella hizo a San Martín en Francia. Miembros del Instituto de Ciencias Genealó­gicas y del Instituto Sanmartiniano, a quienes Herrera Vegas había consultado años atrás, le aconsejaron y comprometieron a no publicar el documento; pero ahora, roto el voto de silencio, lo convencí de que debíamos sacarlo a la luz, por lo que en el mes de julio del 2000 publicamos un adelanto en el suplemento Zona del diario Clarín.

            Por otro lado, algunos historiadores y varios correntinos residentes en Buenos Aires a quienes entrevisté, tenían presente la tradición -que luego me ratificaron antiguos pobladores de Yapeyú- de que la madre de San Martín había sido la criada de la casa del teniente gobernador, Rosa Guarú o Rosa Cristaldo, a quien los textos de historia recuerdan como la nodriza india del niño.  

            Entre los Alvear, muchos estaban al tanto del secreto familiar. El abogado Ramón Santamarina, tataranieto del médico Diego de Alvear, que no conocía a los Verger ni a los Christophersen, lo sabía por su abuela Teodelina Bosch Alvear, y envió una carta a La Nación para testimoniarlo. El ingeniero Jorge Emilio Ituzaingó de Alvear, descendiente directo del general Carlos de Alvear, manifestó en carta al mismo diario estar informado de esa tradición, aunque en general la familia no estaba de acuerdo sobre la oportunidad de hacerla pública.   

            Convencido de que era hora de despejar el misterio mantenido durante dos siglos, presenté una comunicación en el II Congreso Internacional Sanmartiniano que se realizó en Buenos Aires en el mes de agosto del 2000, donde curiosamente ya se había preparado una contra-ponencia dirigida a refutarme. Allí Diego Sarcona esgrimió el argumento de que Diego de Alvear había venido de España recién en 1777, y por lo tanto no era posible que hubiera estado antes en Yapeyú. Lo mismo arguía una carta a La Nación de la historiadora Florencia Grosso, a quien contestamos por igual medio señalando que se trataba de un error, proveniente de una mala información de Pedro de Angelis: tal como lo prueba la foja de servicios publicada por Sabina de Alvear y Ward, corroborada por Paul Groussac y por las biografías de Gregorio F. Rodríguez y Pedro Fernández Lalanne, Diego de Alvear llegó al Río de la Plata en 1774.     

            Por otra parte, fuimos con Herrera Vegas y Ramón Santamarina a la Comisión de Cultura del Senado, donde planteamos el interés público que revestía la filiación del Padre de la Patria y  propusimos realizar la prueba del ADN para establecer la verdad. Consultados sobre el tema los directivos del Instituto Sanmartiniano y de la Academia Nacional de la Historia, se opusieron a nuestra iniciativa en forma terminante.

            En la semana de celebraciones del Sesquicentenario de San Martín, los medios periodísticos dieron cuenta de la polémica. El general Diego Soria, titular del Instituto Sanmartiniano, hizo declaraciones por televisión en las que atribuía todo a una conspiración subversiva indigenista. Desde el palco del desfile militar del 17 de agosto, el mismo general pronunció una arenga contra quienes pretendían agraviar la memoria del libertador, y el discurso del presidente Fernando De la Rúa ratificó la versión oficial acerca de quiénes eran los padres de San Martín, dando a entender además que el gobierno mantendría “la inviolabilidad de sus cenizas”, en obvia alusión a nuestro planteo del ADN. 

            De todas maneras, el ingeniero Jorge de Alvear accedió a nuestro pedido de depositar una muestra de sangre en el Banco Nacional de Datos Genéticos, a efectos de que pudieran realizarse los estudios correspondientes.

            Mientras preparábamos un libro dedicado a transcribir y comentar las memorias de Joaquina de Alvear (publicado en 2007), continuamos investigando. Herrera Vegas consultó las testamentarías de la familia, y localizó en el Archivo Histórico Juan Marc de Rosario un juicio de insanía iniciado por el marido de Joaquina, en el cual la habían declarado incapaz por “erotómana”. Ello explica que sus manuscritos quedaran en poder del abuelo médico de Herrera Vegas, que fue codirector del Instituto Frenopático de Buenos Aires donde la internaron en sus últimos años.

            Entonces alguien hizo llegar otra copia del expediente a la historiadora Patricia Pasquali, quien publicó el hallazgo para descalificar las afirmaciones de “la loca” Joaquina. Sin embargo, tal como sostuvimos en una controversia periodística con ella, esos escritos no han perdido valor testimonial: desde el punto de vista estrictamente jurídico, porque fue declarada demente en fecha posterior a la de sus escritos; desde el punto de vista psiquiátrico, porque la perturbación mental llamada “erotomanía” no afecta la memoria ni otras capacidades intelectuales del paciente; y desde el punto de vista historiográfico y de sentido común, porque su testimonio coincide con el de otros miembros de cinco ramas distintas de la familia Alvear que no están locos, no se conocían entre sí, ni conocían la existencia de los manuscritos de Joaquina.  

            Aunque había que ahondar algunos puntos de la investigación, confiábamos en que la primera edición del presente libro (2001) iba a servir para difundir y debatir la cuestión y encontrar nuevas evidencias. Algo de todo ello ocurrió.

            Una crítica bibliográfica de Guillermo Palombo en la revista Historiografía Rioplatense, a pesar de su diametral discrepancia con nuestra tesis, confirmó la inexistencia de la fe de bautismo de San Martín publicada por el fraile Saldaña Retamar, que engañó a varios historiadores desprevenidos, y también aportó noticia de una carta de Diego de Alvear refiriéndose a “mis hijos”, que parece haber desaparecido.

            En España, contrastamos nuestro enfoque con el de algunos estudiosos de historia militar que analizaron la trayectoria de San Martín en la península, y pude revisar, entre otros documentos, los archivos encuadernados por Sabina de Alvear y Ward para escribir la biografía de su padre, que permiten comprender mejor la posición de don Diego de Alvear en el cuadro político de comienzos del siglo XIX. Sus descendientes actuales de la rama española nos ratificaron la tradición familiar de que él había pagado la carrera militar a José de San Martín, y averiguamos que, en efecto, entonces hacía llegar dinero desde Buenos Aires a Montilla.

            Acerca de aquella ayuda económica de don Diego, hallamos otra pista significativa en el “corto capital” que San Martín trajo consigo en 1812 y depositó en una casa comercial porteña, sobre cuyo destino ulterior hay constancia en los archivos notariales de Buenos Aires.      

            Un libro de homenaje editado en Chile para el año 2000, prologado y avalado por los directivos del Museo Histórico Nacional y del Instituto Sanmartiniano de la Argentina, vino de modo inesperado a agregar otro testimonio revelador: un fragmento hasta entonces inédito del manuscrito del Diario de Viajes de la viajera británica Mary Graham, donde describe físicamente a San Martín y asevera que se lo consideraba “de raza mixta”.

            No cabe duda que entre las familias patricias porteñas se transmitieron hasta nuestros días las versiones sobre el origen oculto de San Martín. Eduardo Belgrano Rawson lo llama “el Indio” en su novela Noticias de América, porque encontró que así lo apodaban sus propios amigos en cartas de la época. Adolfo Bioy Casares puntualiza en su diario íntimo Descanso de caminantes haber oído contar en 1986 que don Diego de Alvear era el verdadero padre de San Martín, y añade que el regreso en barco de sus dos hijos a pelear por la emancipación de América le sugiere “el primer capítulo de una novela” que le habría tentado escribir.

            Nos encontramos con una chozna de Carlos de Alvear, Soledad Gonnet, quien nos manifestó conocer la misma versión por su padre, Napoleón Gonnet, y su abuela María Teresa Tomkinson Casares de Gonnet.

            También llegamos a conocer, gracias a una investigación de Emma Silvia Illia, hija del ex presidente Illia, el testimonio grabado de un secretario de Marcelo de Alvear, Guillermo D’Andrea Mohr, que confirma la tradición oral y demuestra la certeza e importancia que don Marcelo atribuía en privado a su parentesco con San Martín.

            El lingüista Enrique Marcó del Pont, más conocido como Rumi Ñawi, nos prestó su colaboración para rescatar, traducir y analizar las olvidadas proclamas en quichua de San Martín y de O’Higgins.

            En Lima y en Cusco, el intercambio de libros y datos con historiadores peruanos me permitió interpretar mejor los intrincados conflictos sociales y étnicos que debió afrontar el libertador en su campaña militar y su gobierno del Protectorado.  

            En varios viajes por la costa del río Uruguay y la provincia de Misiones, tuve ocasión de constatar la extensión que alcanzó la tradición oral acerca de la madre guaraní de San Martín. Asimismo ubiqué en los censos que guarda el Archivo Histórico de Corrientes el registro de algunos descendientes de Rosa Guarú, y nos pusimos en contacto con los que viven actualmente en esa provincia ─el abogado Carlos Cristaldo y otros familiares del mismo apellido─, con quienes intentamos ubicar su tumba y rescatar las huellas de su permanencia en la región.

            Es así como pudimos incorporar nuevos elementos de juicio que coinciden y refuerzan las evidencias para develar el secreto de Yapeyú. Numerosos colegas, docentes, estudiantes e investigadores se interesaron por este tema. Por iniciativa de los diputados Araceli Méndez de Ferreyra y Eduardo Galantini, en 2006 la Cámara de Diputados de la Nación resolvió auspiciar nuestra investigación. Acudimos a la Secretaría de Cultura y a la Defensoría del Pueblo de la Nación, aunque tropezamos con el obstáculo de un vacío legal para realizar los estudios genéticos necesarios; la diputada María Elena Chieno, acompañada por otros legisladores, presentó en 2012 un proyecto de ley para autorizarlo, y finalmente optamos por solicitar una medida judicial al respecto.  

            Creo que estamos cerca del final del laberinto, a pesar de las dificultades y obstrucciones que nos demoraron. Las páginas de este libro, en cuyas sucesivas reediciones hemos ido haciendo varias correcciones y actualizaciones, apuntan a esclarecer la verdad en torno al origen de San Martín, presentando todas las pruebas que encontramos y revisando su trayectoria personal para observar cómo ello influyó en sus principales decisiones, en sus opiniones políticas y en sus relaciones con otros sectores y actores de la causa de la independencia. En el curso de su biografía individual aparecen ciertas claves para interpretar las motivaciones profundas, los intereses en juego y los problemas sociales de la lucha por la emancipación americana, e incluso para entender otras cuestiones pendientes en la experiencia histórica recorrida: en el fondo de la trama del ocultamiento y la revelación del origen del libertador se refleja el dilema de la negación o el reconocimiento de las raíces de nuestra sociedad.

            Agradecimientos: a todos los que me ayudaron en la pesquisa, a los testigos y colaboradores a quienes menciono a lo largo del texto y las notas al pie, cuya lista, por suerte, se ha hecho demasiado extensa como para ser incluida en este prólogo.

 

CAPITULO 1

El hilo de indicios

 

            En la trayectoria de José Francisco de San Martín, soldado de una causa, conductor de homéricas batallas, gobernador de pueblos y ejemplo de conducta en sus gestos públicos, llama la atención sin embargo el paradójico misterio que hasta hoy recubre sus movimientos entre los bastidores del poder, bajo el juramento de silencio de las logias y en los pasos subrepticios de sus proyectos políticos, en los que parecía esconder siempre la última baraja, así como la enigmática reserva que se empecinó en guardar sobre sus negocios, vínculos familiares y demás aspectos de su vida privada.

            Una de las incógnitas, la primera con que tropezaron los historiadores, es la de su fecha de naci­miento. La fe de bautismo nunca se encontró. Ello se atribuye a la devastación de Yapeyú en 1817, cuando los portugueses incendiaron el pueblo para destruir las bases guaraníes de la resistencia artiguista. No obstante, hay memoria de que los habitantes se retiraron antes de que llegaran los invasores y salvaron el ajuar de la iglesia -en el cual debían estar los libros parroquiales-, llevándolo a la localidad de Saladas [1]. Una supuesta acta de bautismo publicada en 1921, que logró confundir a algunos, resultó ser una invención para salvar aquella laguna documental [2]. 

            Dos amigos de San Martín -el encargado de negocios chileno Francisco J. Rosales y el abogado y periodista francés Adolfo Gérard- hicieron constar detalladamente en la partida de defunción que tenía 72 años, 5 meses y 23 días. Aunque el documento incurría en varios errores, al mencionar a su padre como "coronel" y "gobernador" de Misiones y a su madre como "Francisca de Matorras", Bartolomé Mitre se atuvo al mismo para dictaminar que había nacido el 25 de febrero de 1778 y por lo tanto era el cuarto hijo del capitán San Martín con Gregoria Matorras [3].

            José Pacífico Otero cuestionó esa fecha al encontrar una copia de la partida de la presunta hija menor María Elena, que según se supo después estaba inexplicablemente adulterada. Ello se aclaró cuando el historiador uruguayo Azarola Gil dio a conocer en 1936 las partidas de bautismo de los tres hijos mayores del matrimo­nio, halladas en los libros de la Parroquia de Las Víboras, en Las Vacas, juris­dicción de Colonia. María Elena había nacido el 18 de agosto de 1771, Manuel Tadeo el 28 de octubre de 1772 y Juan Fermín Rafael el 5 de febrero de 1774. La Acade­mia Nacional de la Historia, que había refrendado las afirmaciones de Mitre, tuvo que admitir que los vásta­gos no eran cuatro sino cinco: el cuarto, Justo Rufino, habría nacido en Yapeyú en 1776, por lo cual José Francis­co pasaba a ser el quinto [4]. 

            Sobre el día y el mes de nacimiento hay una inesperada contradicción en el propio texto de Mitre, que probablemente se traiciona siguiendo otras fuentes cuando, al relatar los hechos militares en Chile, en vísperas de Cancha Rayada, habla de "la mañana del 16 de marzo, aniversario del natalicio de San Martín" [5].

            En cuanto al año, varias atestaciones sobre su edad no concuerdan con la partida de defunción. Según una foja de servi­cios expedida por las autoridades españolas, el 30 de abril de 1803 tenía 23 años, lo que indica­ría que nació en 1780, o en 1779 si fuera nacido en un mes posterior a abril. Según la foja de servicios de fin de diciem­bre de 1804 su edad era 25 años, lo cual nos remite a 1779. Según otra de estas certificaciones, a fin de julio de 1808 tenía 27 años, o sea que habría nacido en 1781 o 1780; aunque Mitre, al encontrar varios errores en el documento, dedujo que fue redactado por algún ayudante del regimiento poco entendido y recomendó no tomarlo al pie de la letra [6].

            En el acta de solicitud de esponsales del 29 de agosto de 1812 consta que tenía 31 años, seguramente por sus propios dichos. En el pasaporte belga con el que entró a Francia en 1828 figura con 47 años. En una carta a Tomás Guido del 1º de febrero de 1834, menciona tener "53 años", y en otra del 20 de agosto de 1843 habla de sus "64 navidades" [7]. En la carta al mariscal Ramón Castilla del 11 de septiembre de 1848 se refiere a sus "71 años" [8]. Sorprende la imprecisión de estas manifestaciones, que tampoco coinciden entre sí, y de las cuales resulta que podría haber nacido en cualquiera de los años entre 1777 y 1781: como si él mismo dudara de la fecha exacta.

            Por otra parte ¿qué edad tenía cuando se incorporó al Regimiento Murcia en julio de 1789? Un historiador militar español puntualiza que las Ordenanzas del Ejército instituidas por Carlos III en 1768 establecían el mínimo de doce años para el ingreso de los cadetes, y da ejemplos de que el requisito se observaba rigurosamente; por lo cual San Martín tendría que haber nacido antes de julio de 1777 [9]. En realidad, esto no hace más que reforzar la presunción de que sus datos personales fueron manipulados para adecuarlos a las exigencias reglamentarias. 

            Al embarcarse para España la familia San Martín y Matorras, en noviembre de 1783, en la fragata Santa Balbina regis­traron que José Francisco tenía seis años, de lo que podría deducirse que nació en 1777; pero las edades de los niños seguramente fueron declaradas en forma aproximada, sin verificación documental, pues a Juan Fermín le adjudican "diez años", que recién iba a cumplir en febrero del año siguiente [10].

            En vista de la exigua certeza que aportan los documentos, sólo es posible afir­mar que José Francisco de San Martín ha­bría nacido alrededor de 1778.

                                                                          * * *

            Dadas las creencias religiosas, las costumbres y la legislación de la época, es comprensible que se encubriera la existencia de una filiación irregular. El supuesto ingreso de José Francisco al Real Seminario de Nobles en Madrid, argüído por Mitre, ha sido refutado por investigaciones posteriores que no encontraron ningún rastro de él en los registros del alumnado. Pero para iniciar su carrera como cadete en un Regimiento de Málaga, que sí está comprobado, debieron invocar su legitimidad como hijo de un oficial con grado de capitán [11].

            Gregoria Matorras lo incluyó entre sus "cinco hijos legítimos" en el testamento que dictó en 1803. Es lógico que, si antes había tenido que decla­rarlo así a las autoridades militares, no iba a desdecirse en aquel acto [12].

            Tanto al solicitar esponsales como al contraer matrimonio en 1812, él también manifestó ser hijo legítimo de Juan de San Martín y Gregoria Matorras. Aunque no fuera cierto, ¿qué iba a decir un re­cién llegado que necesita­ba hacer pie en la sociedad porteña y afrontaba la hostilidad de la familia de la novia, precisamente por su dudosa posición social? Observemos además que en la primera de estas actas, su padre y madre figuran como "ya difuntos", siendo que doña Gregoria falleció en 1813. ¿Cómo pudo cometerse tamaño error? ¿Fue él quien la dio por muerta? ¿Era un mero desliz, un acto fallido o una señal intencionada de que no era su verdadera madre? Cualquiera sea la explicación, revela la poca confiabilidad de tales atestaciones [13].

            Él mismo habló muy poco de su historia personal. Cuando le envió al mariscal Castilla una síntesis autobiográfica, lo único que dijo sobre su origen fue lo que todos ya sabían: que había nacido en Yapeyú [14].

                                                                          * * *

            El aspecto físico de José Francisco, de acuerdo a expresiones coincidentes de las personas que lo conocieron, difería netamente del de sus presuntos padres. Juan de San Martín, como surge de su foja de reclutamiento, era rubio, de ojos "garzos" (azulados), de muy corta estatura (cinco pies y una pulgada, en medida castellana, equivalentes a 1,43 m) y Gregoria Matorras era blanca y "noble"; ambos "cristianos viejos" de probada "pureza de sangre", sin mezcla de infieles, moros ni judíos, según justificara el cuarto de sus hijos, Justo Rufino, en el expediente para ser admitido como guardia de corps en España [15].

            Juan Bautista Alberdi, tras entrevistar en París a don José de San Martín al fin del verano de 1843, observó que era "un poco más alto que los hombres de mediana estatu­ra" y que "yo le creía un indio, como tantas veces me lo habían pintado". Sin embargo, agrega, "no es más que un hombre de color moreno de los tempera­mentos biliosos". Más allá de lo que entendiera por tipo bilioso, Alberdi constataba su tez oscura; y aunque el sentido de la frase es que no parecía un indio, por algún motivo "tantas veces" se lo habían pintado de esa manera [16].

            Gerónimo Espejo, oficial del Ejército de los Andes, anotó que "era de una estatura más que regular; su color, moreno, tostado por las intemperies; nariz aguileña, grande y curva; ojos negros grandes" y pelo "negro, lacio". Es probable que luciera tostado por el sol, pero Espejo dice además moreno, de ojos y pelo negro. El general Guillermo Miller, que lo acompañó en sus campañas, lo describía "alto, grueso", de "rostro interesante, moreno, y ojos negros, rasgados y pene­trantes" [17].

            Los testimonios de los viajeros británicos Samuel Haigh y Basi­lio Hall concuerdan en su elevada estatura y el "color aceitunado oscuro" de su semblante, así como el cabello y los ojos negros. Según otro viajero inglés, John Miers, era "alto y fornido", de "tez cetrina". De modo semejante le impresionó al agente norteameri­cano William Worthinghton: "casi seis pies de estatura, cutis muy amarillento, pelo negro y recio, ojos negros" [18]. Se refería naturalmente a seis pies anglosajones y no castellanos, lo cual equivale a algo más de 1,80 m. 

            “Muy alto y de buena figura” lo vió también la escritora británica Mary Graham en Valparaíso, resaltando los ojos “oscuros y bellos”, y asentando en su manuscrito que se lo conocía como un hombre “de raza mixta” (mixed breed) [19].

            El porteño Pastor S. Obligado, atento recopilador de la tradición oral de aquella época, escribió que era "bastante bronceado, de rostro angulo­so", "aunque no tan moreno como Santa Cruz, Gamarra y Castilla" y "más claro que muchos de los generales de Bolívar"; no obstante, añadía, los godos le llamaron "indio misionero", y el general francés Miguel Brayer, que había estado a sus órdenes hasta ser destituido en la mañana de la batalla de Maipú, lo tachó de "tape de Yapeyú" [20].

            En Chile, evoca Benjamín Vicuña Mackenna, para sus adversarios de la aristocracia era "un paraguayo, el ‘mulato san Martín’, como llamaban los señores vecinos del Mapocho al ilustre criollo"  [21].

            "El cholo de Misiones" es otro mote despectivo que le adjudicaban los españo­les durante su campaña en Perú, según consigna José Pacífico Otero, el fundador del Instituto Sanmartiniano [22].

            Los contempo­ráneos que observaron su aspecto destacan pues la altura, el cabello negro y la piel morena, en marcado contraste con la apariencia y antecedentes conocidos de Juan de San Martín y Gregoria Matorras. E­llo se refleja mejor en algunas imágenes poco divulgadas ─no fueron las preferidas por los difusores de su iconografía─, como un grabado de Manuel Núñez de Ibarra (1818), la litografía de Théodore Geri­cault (circa 1819), el grabado que hizo Robert Cooper en Londres (1821) y un óleo de Francis Martín Drexel (1827); también en el único retrato incuestiona­ble, los daguerrotipos de su vejez (1848) que muestran la estampa de un típico criollo mestizo, de rasgos pronunciados, con su cabellera blanca completa [23].

                                                                          * * *

            Otras señales acerca del origen de San Martín provie­nen de sus propias expresiones recogidas por algunos allegados.

            En los preparativos de la campaña a Chile, a fines de 1816, un grupo de caciques pehuen­ches lo visitó en el campamento de El Plumerillo y Manuel de Olazá­bal, presente en la reunión, narra que el general expuso el plan de pasar los Andes para acabar con los godos que habían robado las tierras a sus antepasa­dos y les dijo que era "también él indio" [24].

            Pastor S. Obligado titula un capítulo de sus Tradiciones de Buenos Aires "Un cuento que no se puede contar", donde abunda en insinuaciones sobre el origen indígena de San Martín, y menciona la "creen­cia vulgari­zada" de que "procedía de muy modesto linaje, al menos por la línea materna" [25]. Siendo notorio que Gregoria Mato­rras, prima del gobernador de Tucumán y explorador del Chaco don Gerónimo de Mato­rras, era de una familia de mayor lustre que la del simple "hijo de labrador" Juan de San Martín, está claro que no se refería a ella al aludir a la línea mater­na. ¿A quién se refería entonces? Sólo una india podía ser inferior en linaje a un campesino español [26].

            Las medias palabras de Obligado se aclaran cuando afirma que los enemigos del libertador lo apodaban tape o indio, "rumor al que pudo contribuir la anécdota siguiente". La anécdota la contó el mismo San Martín en Francia a un grupo de amigos americanos. Poco después de la muerte del banquero Aguado, al saberse que éste lo había nombrado albacea de su cuantio­sa fortuna, se le apersonó un andaluz cargado de perga­minos para enterar­lo de la alcurnia de sus ascendientes paternos; y aunque él negó tener antepasados nobles, el otro insistía en documen­tarle sobre esos títulos.

            Hasta que, "harto fastidiado con el papeluchista, mirando para todas partes, observando si no había persona que nos oyera, y alzando los ojos al cielo, al pedir interiormente perdón a mi honrada madre por la figura a que las circunstancias me obligaban, grité airado, zamarreando el brazo de ese falsificador de noblezas:

            ─Mire, señor pollino, yo no soy ese tal Conde de San Martín, porque soy hijo de una gran... recluta, que hacía la guardia con mi padre en Misiones [27].

            Con lo que –concluía San Martín─ el inventor de mi nobiliario, recogiendo papeles y arrollando azorado el árbol genealógico muy lindamente pintado, salió todo corrido como rata por tirante, sin una pluma del que él creyó desplumar, al día siguiente de suponer muy rico y muy vanidoso al indio misionero".

            Uno de los primeros y más escrupulosos biógrafos de San Martín, Benja­mín Vicuña Mackenna, hizo una aserción coincidente. En unos artículos firmados con seudónimo para el diario El Mercurio de Valparaíso, en agosto de 1871 -que incluyó en un libro editado al año siguiente- relataba el retiro del general en Europa bajo el subtítulo “Revelaciones íntimas”. La fuente principal de esta “vida íntima” habrían sido confidencias de los familiares de su entorno, es decir Mercedes y Mariano Balcarce: “no ha sido recogida, como se habrá echado de ver, ni en la leyenda prodigiosa de los pueblos, ni en los pomposos boletines de los historiadores, sino en el hogar”.

            Al explicar las motivaciones ideológicas y emocionales que lo impulsaron, Vicuña Mackenna afirmaba que “el instinto del insurgente, es decir, del criollo, triunfó siempre de la idea especulativa” y llegaba a una conclusión inequívoca: "había servido a la independencia americana porque la sentía circular en su sangre de mestizo" [28].

 

Notas

[1] H. F. Gómez, Yapeyú y San Martín, 1923, p. 66 y ss. A. E. Pacheco, Yapeyú. Su fundación. Su destrucción, 1985.

[2] Publicada por fray Reginaldo de la Cruz Saldaña Retamar, en revista Ensayos y rumbos, Nº 9, Buenos Aires, septiembre de 1921; reproducida por V. Martínez de Sucre, La educación del Libertador San Martín, 1950, p. 7. R. Pacheco, "Una incógnita en la vida del Libertador", en Todo es Historia, Nº 123, 1977, expuso las razones para desecharla, pues el propio Saldaña se rectificó por escrito. G. Palombo, en Revista de Notariado N° 864, 2001, y en Historiografía Rioplatense N° 6, 2002, cita y aclara también el caso.

[3] Acta de defunción, INS, DHLGSM, t. I, p. 417. B. Mitre, Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana, cap. II, IV.

[4] L. E. Azarola Gil, Los San Martín en la Banda Oriental, 1936. Actas de bautismo y otros documentos, INS, DHLGSM, t. I. B. Mitre, Histo­ria de San Martín (versión castellana del compendio de William Pilling),Buenos Aires, ANH-Espasa Calpe, 1950, p. 32, nota 2.

[5] B. Mitre, Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana, cap. XVII, VI.

[6] Foja de servicios de 1803, J. P. Otero, Historia del Liberta­dor don José de San Martín, t. I, apéndice, documen­to A. Fojas de 1804 y 1808, INS, DHLGSM, p. 350 y 362.

[7] Acta de esponsales, J. E. Guastavino, La cuna de San Martín, 1915, p. 47-48. Pasaporte, véase R. A. Pacheco, ob. cit. Cartas a Guido de 1834 y 1843, P. Pasquali, San Martín confidencial, 2000, p. 276 y 323.

[8] Carta al mariscal Castilla, 11 de setiem­bre de 1848, MHN, SMSC, t. II, p. 296.

[9] Jorge G. Guillén Salvetti, "El viaje a España de la familia San Martín en la fragata Santa Balbina", en A. Lago Carballo (coord.), Vida española del general San Martín, 1994, p. 26.

[10] J. G. Guillén Salvetti, ob. cit., p. 25.

[11] Solicitud de San Martín del 1º de julio de 1789, INS, DHLGSM, t. I, p. 317.

[12] Testamento notarial en Madrid, 1º de junio de 1803, INS, DHLGSM, t. I, p. 23-27.

[13] Acta de esponsales, citada. Acta de matrimonio, 12 de septiembre de 1812, INS, DHLGSM, t. I, p. 406.

[14] Carta del 11 de setiem­bre de 1848, antes citada.

[15] Pedro de Burgos, "La hoja de servicios del capitán Juan de San Martín", en A. Lago Carballo (coord.), ob. cit., p. 33-34. El pie de Castilla se divide en 12 pulgadas y equivale a 27,86 cm. Testimonios sobre "limpieza de sangre" de Justo Rufino, INS, DHLGSM, t. I, p. 161-168.

[16] J. B. Alberdi, "El general San Martín en 1843", en Obras Comple­tas, t. 2, p. 335 y ss.

[17] G. Espejo, El paso de los Andes, 1882, en J. L. Busaniche, San Martín visto por sus contemporáneos, 1942, p. 143. J. Miller, Memorias del general Miller, 1997, p. 384.

[18] S. Haigh, Bosquejos de Buenos Aires, Chile y Perú, 1920, B. Hall, El General San Martín en el Perú, 1920, y W. Worthinghton, Diplomatic corrrespondence of the United States, concer­ning the indepen­dence of the Latin American nations, 1925, en J. L. Busaniche, ob. cit., p. 81, p. 175 y p. 104 respectivamente. J. Miers, en S. Samuel Trifilo, La Argentina vista por viajeros ingleses. 1810-1860, Buenos Aires, Gure, 1959, p. 143.

[19] M. Graham, Diario de su residencia en Chile..., p. 349 y ss. Barros Browne, De Don José de San Martín, 2000, p. 64-65.

[20] J. Dose de Zemborain, El general San Martín en las Tradiciones de Pastor S. Obligado, 1950, p. 3.

[21] “La memoria y la rehabilitación de San Martín en Chile”, en B. Vicuña Mackenna, Obras Completas, p. 423.

[22] J. P. Otero, ob. cit., t. III, p. 226.

[23] B. del Carril, Iconografía del general San Martín, 1971. Artículos de Bartolomé Descalzo y de Pablo Ducrós Hicken en San Martín. Revista del Instituto Sanmarti­niano, Nº 28, 1950, y Nº 30, 1952.

[24] “Reminiscencias de algunas generalidades características del Gran Capitán Generalísimo Libertador de Chile y Perú don José de San Martín”, manuscrito de Olazábal, en J. L. Busaniche, ob. cit., p. 40-42. R. Rojas, El santo de la espada, 1949, p. 162.    

[25] J. Dose de Zemborain, ob. cit., p. 42-49.

[26] En las fojas de servicios de Juan de San Martín de 1776 y 1777 consta su "calidad: hijo de labrador", INS, DHLGSM, t. I, p. 24 y 26.

[27] La expresión "pollino" (borrico) está empleada en el sentido de necio. "Recluta" debería leerse "puta", teniendo en cuenta lo que dice Obligado al comienzo del capítulo: "velando con ligero antifaz la crudeza de soldadesca expresión de campamento, como ella entraña su moraleja, trataremos de que al menos malicio­so se transparente lo que no quisiéramos pronunciar".

[28] B. Vicuña Mackenna, “El general San Martín. Revelaciones íntimas”, en Obras completas, p. 390 y 382.