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INTRODUCCIÓN a América en Revolución

          El asunto de este libro es la emancipación de los países de América: un gran movimiento que conmovió al mundo contemporáneo, empujado por el desarrollo del capitalismo y las revoluciones burguesas, en el que encontraron cauce antiguas y nuevas reivindicaciones de los pueblos sometidos al colonialismo europeo.  

          Proponemos una visión de conjunto de las luchas independentistas, considerando que es la perspectiva adecuada para comprender sus alcances. Abarcamos así el precedente ineludible de la revolución norteamericana, la liberación de Haití, las guerras en las colonias hispánicas e incluso la transición no revolucionaria del Brasil. La comparación de las condiciones, programas, episodios y resultantes en distintas regiones permite ver el sentido general del movimiento y las alternativas que afrontaba, es decir, cuáles eran los problemas comunes y los dilemas de fondo, así como las diversas respuestas o desenlaces que produjo la relación de fuerzas entre los actores.

          Claro que estas cuestiones son materia polémica, atravesada por miradas ideológicas y tesis contrapuestas, en las que no dejamos de tomar partido, sin perjuicio de exponer los elementos de juicio con que los lectores podrán extraer sus propias conclusiones.

          En el patrón de pensamiento que establecieron nuestros sistemas educativos, la historia de los países sudamericanos [1] se presenta como un epifenómeno del curso de la civilización occidental, de una manera que tiende a reproducir la lógica colonial: para los colonizados, todo provenía del exterior, todo lo importante, desde las fuentes del poder hasta el nombre de las cosas, dependía de las metrópolis rectoras. Juan Bautista Alberdi, un testigo cuya desconcertante trayectoria intelectual osciló entre la conciencia nacional y la enajenación europeísta de su generación, escribía en su obra más influyente:

“Desde el siglo XV hasta hoy no ha cesado Europa un solo día de ser el manantial de la civilización de este continente… Con la revolución americana acabó la acción de la Europa española… pero tomó su lugar la acción de la Europa anglosajona y francesa. Los americanos de hoy somos europeos que hemos cambiado de maestros” [2].

          En este diagnóstico, la independencia era una quimera. Con esta composición de lugar, y repitiendo la actitud de los conquistadores, las elites que capitalizaron los frutos de la emancipación negaron sus propias raíces, sacrificaron a las poblaciones autóctonas e institucionalizaron un modelo político y social que identificaba el progreso con la imitación y subordinación a las naciones europeas.

          Contra el sesgo eurocéntrico de la historiografía que aún impregna el enfoque de nuestra realidad, el desafío no es desentendernos de estudiar el contexto externo, sino situarnos en el punto de vista americano. Un presupuesto básico es recusar la concepción unilineal del progreso según el patrón civilizatorio occidental. Un criterio metodológico es tomar en cuenta los factores internos del dinamismo histórico, que precisamente se manifiestan con pleno vigor en los momentos revolucionarios. ¿Quiénes hicieron las guerras de la independencia? ¿Cuáles fueron las razones, los intereses y la “pasión eficiente” que condujeron a la revolución? Según las enseñanzas de Rodolfo Puiggrós, pionero en una tarea esclarecedora de la gestación americana, no se trata de desconocer la influencia exterior, sino de analizar su correlación con las causas internas, ya que aquélla incide en la realidad a través de éstas. En definitiva nuestra historia es parte de la historia de la humanidad, pero en concreto sólo puede inteligirse su sentido atendiendo al comportamiento singular de los agentes internos [3].

          En los medios académicos proliferan visiones conformistas, presuntamente objetivas, funcionales al interés de las elites o de “los vencedores” para justificar lo que se hizo como un devenir ineluctable. Sin embargo, deberíamos negamos a absolver retrospectivamente los crímenes que se cometieron contra los pueblos vencidos, así como las abdicaciones en la causa por la emancipación. No podemos pasar por alto los proyectos que pugnaron por otro horizonte, los esfuerzos por construir una sociedad para todos los americanos, las utopías que continúan gravitando en la experiencia y la memoria colectiva de los postergados. Estos son algunos presupuestos del ensayo que encaramos, con la idea de contribuir a una revisión del pasado en la que podamos evaluar aciertos, propuestas y extravíos de los protagonistas con beneficio de inventario para el futuro.  

          Como introducción, corresponde efectuar aquí una rápida síntesis de la compleja génesis de nuestra América, planteando ciertas cuestiones de interpretación que enmarcan la comprensión de los hechos [4]. 

          En el medio siglo que corre entre 1776 y 1824, casi todas las posesiones europeas en el continente se independizaron. Las colonias angloamericanas se adelantaron en su revolución, que fue esencialmente política, sin grandes convulsiones sociales, y se federaron para proseguir una agresiva expansión económica y territorial. En Haití se produjo la primera revolución antiesclavista y anticolonial. En las colonias hispanoamericanas se libró una guerra encarnizada contra los realistas que desembocó en la fragmentación de las nuevas repúblicas y la prolongación de los conflictos intestinos. Las colonias brasileñas se separaron de Portugal sin revolución ni república, erigiendo un Imperio que pudo evitar la disgregación de su territorio.

          La explicación de estos procesos nos remite a las circunstancias de la conquista que configuraron las sociedades coloniales, con evidentes semejanzas entre sí, pero también con importantes rasgos distintivos. Ello tiene mucho que ver con las características de las potencias colonizadoras, pero también con los recursos naturales y en particular con las poblaciones preexistentes en el ámbito que ocuparon, por lo cual se impone un repaso de la realidad de las sociedades amerindias.          

SOCIEDADES ORIGINARIAS

          A fines del siglo XV de nuestra era, las partes más densamente pobladas del continente eran el área mesoamericana y la franja andina del sur. Allí se erigían los estados imperiales inca y mexica (azteca), sucesores de altas culturas precedentes, en los que la vida urbana de las elites, sus notables adelantos tecnológicos, saberes astronómicos y realizaciones arquitectónicas e ingenieriles se asentaban en una economía diversificada de base agraria. 

          En otras zonas existían muchas sociedades agricultoras con diversos grados de desarrollo, que no producían excedentes como para sostener una administración estatal o una clase dirigente diferenciada, predominando estructuras comunitarias horizontales; caso de los muiscas en los Andes colombianos, los taínos de las Antillas o los guaraníes del Paraguay.

          En un estadio evolutivo más elemental, en espacios con menor densidad de habitantes, las tribus nómades o seminómades eran principalmente cazadoras y recolectoras: charrúas y guaycurúes en las tierras rioplatenses y chaqueñas, tupíes amazónicos, chichimecas y apaches en las sierras y llanuras norteamericanas, etc.

          El rasgo común que presentan estos distintos niveles de organización social es la fuerte solidaridad de las comunidades tradicionales, que incluso seguían constituyendo la célula primordial de los grandes estados. He aquí una clave de la persistencia de las culturas originarias y del contraste con la civilización que impusieron los conquistadores.

Los imperios indoamericanos. El gobierno y la sociedad de los imperios de América diferían por cierto de los que se conocían en el continente europeo. Sobre la base de antiguas comunidades y señoríos, los incas y los mexicas ─como sus predecesores olmecas, mayas, toltecas, mochicas, tiahuanacotas y otros─ crearon imponentes estados, cuyos soberanos vitalicios, acatados como vicarios de los dioses, pertenecían a una clase de guerreros, sacerdotes, sabios y funcionarios que planificaban y administraban las técnicas agrícolas, las obras y servicios públicos y las redes de intercambio a fin de integrar numerosas poblaciones y extender e intensificar los cultivos. Se estima que el imperio incaico reunía alrededor de 20 millones de personas, y probablemente más el de México (en una época en que España tenía 8 millones). La amplitud geográfica facilitaba la “complementación ecológica”, aprovechando la aptitud productiva de cada zona, y la agricultura excedentaria sostenía la diversificación de las actividades económicas.

          Ciudades monumentales eran sedes del poder político y militar, así como centros del culto que daba sentido al mundo y glorificaba el sistema y sus héroes. Las comunas agrarias ─el ayllu andino y el calpulli mesoamericano─ poseían y labraban colectivamente la tierra, proporcionaban peones y soldados al Estado y eran protegidas por éste, que las socorría en caso de necesidad. Existieron además trabajadores separados de las comunidades, que servían a la organización estatal, y otro tipo de comunidades que prestaban servicios urbanos o labores rurales, pero la esclavitud era excepcional o marginal.

          Los tributos en especie y en trabajo, y también los circuitos de trueque o comercio, permitían redistribuir los excedentes agrícolas e insumos preciados como la sal, metales, etc. Esta forma de circulación de bienes, que entre los mesoamericanos dio lugar a la proliferación de mercados y comerciantes, no conformaba sin embargo una economía mercantil, pues tanto la distribución de la tierra como la prestación de mano de obra se regían por otra lógica, no existía moneda atesorable y las relaciones sociales se fundaban en principios de reciprocidad [5].  

          Los conquistadores españoles vieron aquella realidad a través de su propio lente, asimilándola con la sociedad estamental que emergía del feudalismo, pero es evidente que se trataba de regímenes políticos y estructuras económicas diferentes a las de Europa. Los trabajos de investigación histórica ahondaron el tema, y especialmente los de inspiración marxista debatieron largamente en torno al “modo de producción”, noción que implica analizar cómo se articulan las formas de trabajo y de propiedad de los recursos naturales con las técnicas productivas y la estratificación social. La cuestión tiene gran interés para la teoría general de la evolución de las sociedades, y en particular para entender la profunda ruptura del curso histórico que significó la invasión europea en América.    

La cuestión del modo de producción. ¿Cuál era el modo de producción dominante en los imperios precolombinos? Aquí adquiere relevancia considerar el “modo de producción asiático”, que aparece en la obra de Marx como una alternativa distinta a los modos sociales de producción en la historia europea, donde él observó la clásica sucesión de comunidad primitiva, esclavismo, feudalismo y capitalismo. Tal como en algunas regiones y épocas del mundo oriental (Egipto faraónico, India y China antiguas, entre otras) y también del África precolonial, en América surgieron, a partir del “comunismo primitivo”, estructuras sociales que no pueden homologarse al esclavismo ni al feudalismo, aunque ciertos estudios han pretendido resolver el problema considerándolos “variantes” del modo esclavista o feudal [6].

          Otras interpretaciones las relacionaron con la categoría de “democracia militar”, y, dada la inexistencia de propiedad privada, se las vio como sociedades sin clases, llamando incluso “imperio socialista” al Tawantinsuyu incaico; lo cual, además del riesgo de anacronismo, induce a confusión, porque la ausencia de propiedad privada no significa que no hubiera clases.

          Los funcionarios, sacerdotes y jefes militares pertenecían a una categoría social superior ─a la cual se accedía por linaje o por méritos, mediante sus escuelas y formas de cooptación─, que constituía la clase dominante, aunque no tenía los mismos privilegios hereditarios que la nobleza propietaria en las sociedades “privatistas” derivadas de la civilización grecolatina. El Estado se atribuía el dominio eminente del territorio, respetando como regla las posesiones tradicionales de las comunidades; se reservaba predios y otorgaba tierras y distritos a egregios dignatarios, pero, a diferencia del control de la producción y la apropiación de los recursos naturales y humanos por los amos esclavistas y los señores feudales europeos, los dirigentes imperiales ejercían derechos limitados sobre la tierra y los trabajadores, con un “poder de función” que en principio cesaba al concluir su mandato. En el modelo “teocrático” incaico, eran más nítidamente agentes del soberano. El caso de los mexicas es análogo, aunque el régimen político se aproximaba a una aristocracia, si tenemos en cuenta incluso que el soberano era designado por un grupo selecto que evaluaba su capacidad buscando el consenso del resto de la clase dominante.

          La estructura colectivista que predominaba en los imperios americanos, a la luz de la teoría del “modo de producción asiático”, se puede describir como la combinación de una poderosa intervención estatal para organizar la economía, con la actividad productiva de comunidades locales en gran medida autosuficientes [7]. Las comunas rurales o aldeanas, aunque no plenamente autárquicas, sujetas a la dirección del Estado, obligadas a los tributos y dependientes de ciertos suministros críticos, poseían sus tierras, producían sus artesanías, mantenían sus costumbres y jefes y veneraban sus propias deidades. Preexistían al imperio, y lograron sobrevivir a su destrucción.

          Darcy Ribeiro, en su contribución al estudio de los procesos civilizatorios, definió a esta formación social como "imperios teocráticos de regadío", destacando el carácter vertical del poder ejercido en nombre de los dioses y acentuando la importancia de la infraestructura de irrigación como fundamento del sistema. Sin embargo, la definición no se adecúa bien al imperio azteca, donde León-Portilla observa que las obras hidráulicas tuvieron menor incidencia, y los factores determinantes, además de la coacción y la protección militar, se relacionan principalmente con las funciones de comunicación e intercambio entre las regiones que abarcaba [8].

          Es importante subrayar que estos estados incorporaban diferentes etnias y sociedades anteriores y, no obstante los esfuerzos unificadores, su compleja organización seguía en proceso. La expansión imperial de los incas y los mexicas se realizó en el siglo anterior a la llegada de los españoles. En cuanto al mayor o menor carácter “despótico” y expoliador de sus regímenes, es difícil juzgar al respecto, pero podemos afirmar con seguridad, a la luz de indicadores objetivos como el decrecimiento poblacional, que resultaron mucho mejores para sus pueblos que la posterior dominación de los colonizadores europeos.

LA CONQUISTA

          Paradójicamente, el impacto de la conquista española fue desastroso para las organizaciones sociales más evolucionadas. Los imperios fueron destruidos, y parte de sus comunidades sojuzgadas por el sistema colonial. Las demás sociedades, mayormente sedentarias, también fueron en general asaltadas y sometidas, aunque hubo momentos de convivencia pactada ─como en el caso de los guaraníes del Paraguay─ y se asimilaron en un largo proceso de aculturación.

          En cambio, no se pudo dominar a muchas tribus nómades o seminómades, que resistieron en grandes espacios geográficos propicios y, aprovechando novedades introducidas por los colonizadores, como la domesticación del caballo y la caza o cría de ganados, subsistieron hasta la época de las repúblicas independientes. 

Costos humanos. Las investigaciones sobre las consecuencias demográficas de la conquista son aterradoras. Aunque los cálculos pueden ser controvertibles, se estima que en 1492 el conjunto de los pueblos originarios sumaba entre 50 y 70 millones de personas, y al final del período colonial sobrevivían unos 10 millones. El total de habitantes del continente al comenzar el siglo XIX, incluyendo blancos, negros, indios y mestizos, rondaba los 30 millones, lo cual indica que durante tres siglos se operó un retroceso demográfico de magnitud catastrófica [9]. 

          La causa más visible de la devastación, que afectó a casi todos las regiones y llevó a la extinción de numerosas etnias, fue el contagio de las enfermedades europeas -gripe, neumonía, tifus, viruela-para las cuales los nativos carecían de defensas orgánicas, por el aislamiento en que habían vivido respecto a los demás continentes. Pero sin duda la agresión, la derrota, la desorganización del tejido social tradicional y el deterioro de las condiciones de vida a que fueron arrojados agravó el efecto de las epidemias y provocó un fenómeno de descenso de la natalidad, que se ha dado en general en los pueblos avasallados por el colonialismo.   

          No menos impresionantes son los datos sobre la esclavitud de los africanos, que se trasplantaron con la conquista como mano de obra donde faltaban indios, ya fuera porque se extinguían o resultaba difícil trasladarlos desde otras zonas. A comienzos del siglo XIX, se considera que había en América cerca de 6 millones de negros, distribuidos en cantidades aproximadamente similares en Brasil, las Antillas, Estados Unidos y el área continental española. ¿Cuántos fueron traídos durante la era colonial?

          Hay que observar que la reproducción de los esclavos era escasa: su expectativa media de vida al llegar era de seis a siete años, las mujeres pocas, y la mortalidad infantil muy alta, por lo que hubo un constante flujo de cargamentos para mantener su número. Dada la insuficiencia de los registros y el contrabando, se han estimado entre uno y tres millones los introducidos en la América española, cerca de tres millones en Brasil, y otro tanto en las colonias norteamericanas, más una proporción importante en las Antillas y Guayanas inglesas, francesas y holandesas. Un cálculo global eleva el total que los tratantes desembarcaron en América hasta 15 o 20 millones [10].

          Ateniéndonos a estimaciones más moderadas, podemos considerar que no menos de diez millones de africanos habrían sido arrancados de sus patrias. Las cifras resultan abrumadoras computando que moría en viaje alrededor del 20 % de los embarcados, a lo cual hay que sumar las pérdidas humanas por las masacres y dispersiones de pueblos que causaron en África los cazadores de esclavos.

El choque civilizatorio. ¿Cómo pudieron ser abatidos los grandes imperios de México y Perú por un reducido número de aventureros españoles? Este hecho sorprendente fue el resultado de una serie de ataques inesperados -incluyendo el de las pestes- que quebraron su cohesión social. Seguramente los conquistadores no hubieran logrado prevalecer contra el conjunto de aquellas fuerzas. Pero con astucia y audacia, con sus caballos y armas de fuego, intimidaron, desconcertaron o sedujeron a jefes y pueblos, explotando sus rivalidades para sojuzgarlos.

          Hernán Cortés se valió de la colaboración de muchos como la Malinche, engañó al propio emperador Moctezuma, quien lo recibió como a un enviado divino, y al fin, cuando ya se hacían sentir los estragos de las epidemias, tomó la ciudad de Tenochtitlán acaudillando un gran ejército de indígenas adversarios del imperio. Francisco Pizarro también encontró aliados entre los jerarcas cusqueños y señoríos disidentes del Perú y, ante la acefalía causada por la peste, logró imponerse aprovechando la división que creó la guerra por el trono, no obstante lo cual la horrorosa conquista del incanato demoró décadas.

          La debilidad política de aquellos imperios, relativamente nuevos aún, era aglutinar etnias y comunidades que no habían consolidado su integración, más allá del acatamiento reverencial al soberano; de allí el carácter crítico de esta cabeza del poder, que resultó por cierto vulnerable. Según señala María Rostworowski en su historia del Tawantinsuyu, la misma flexibilidad de las instituciones que facilitaron desarrollar el Estado, preservando la identidad de cada etnia, le infundió gran fragilidad: faltaba una conciencia de carácter “nacional”. Sin embargo, el prestigio de los incas siguió latente durante siglos y, cada vez que los abusos de autoridad agrietaban la estructura colonial, resurgieron los impulsos de restauración del incario.  

          En una perspectiva más amplia, la ocupación europea se puede explicar por la superioridad tecnológica de los conquistadores. Las civilizaciones americanas, forjadas a lo largo de milenios en que estuvieron separadas del resto del mundo por inmensos océanos, fueron sorprendidas, deslumbradas y arrasadas por fuerzas que desconocían. Los países que se lanzaron a la conquista atlántica eran tributarios de la historia del Mediterráneo, una excepcional configuración geográfica donde, desde antes del Imperio Romano, se conjugaron decisivos aportes y estímulos culturales por el intercambio y la competencia de los europeos con los pueblos de Oriente y del norte de África. España y Portugal, reinos descendientes de la provincia romana de Hispania, entrelazados por una historia común en la que absorbieron la influencia árabe, expresaban el empuje de la Europa mediterránea y occidental en la nueva época que anunció el Renacimiento, cuando los avances del instrumental de navegación (brújula, astrolabio, etc.), de las técnicas militares y los conocimientos geográficos animaron la expansión marítima.

          Las sociedades europeas contaban con la difusión del saber mediante la escritura alfabética (y desde fines del siglo XV la imprenta). Medios de escritura como los quipus incaicos tenían un alcance más restringido, ya que en general las culturas americanas eran orales. En estos territorios no había equinos ni otras bestias de carga domesticables, por lo que, aunque los mayas conocieron la rueda (aplicadas a juguetes), no se habían desarrollado vehículos para el transporte. El caballo y demás especies de ganado fueron aportes iniciales decisivos, además de las técnicas y la aplicación de otras formas de energía que se introdujeron posteriormente aumentando la capacidad productiva en la sociedad colonial.     

          En sentido inverso, el modo de vida de los amerindios no dejó de maravillar a muchos exploradores, y tuvo hondas repercusiones en el pensamiento europeo. Tomás Moro, crítico de la sociedad inglesa de su tiempo, imaginó en 1516 su Utopía, describiendo una isla situada lejos, al oeste, donde no existía propiedad privada, donde todos estaban obligados a trabajar y los productos se guardaban para distribuirlos a cada uno según sus necesidades. También La Arcadiadel político y escritor Phillip Sidney, La Ciudad del Sol del sacerdote herético Tomasso de Campanella y la Nova Atlantis del filósofo y cientista Francis Bacon exaltaban la felicidad de una sociedad solidaria, patriarcal y pacífica, reflejo de las noticias que llegaban sobre los nativos de América. Moro mencionaba los viajes de Vespucio, y ponía en boca de un marinero que las instituciones de aquellos pueblos “son muy superiores a las nuestras”. El título de la obra de Campanella aludía a la ciudad de los incas, "hijos del sol", y Bacon suponía a los habitantes de la Atlántida relacionados con los del Perú y México. Es evidente que las culturas originarias americanas inspiraron las idealizaciones utópicas, cuyas subsiguientes influencias volvieron a América con el proyecto de las misiones jesuíticas, y cuyas derivaciones posteriores abonaron incluso las teorías socialistas.           

LAS COLONIAS

          La vanguardia de la conquista fueron los españoles, y los portugueses apenas después, en una etapa de exploraciones y búsqueda de riquezas en la que saquearon y atropellaron a los naturales, recorriendo sobre todo las regiones costeras. Marinos franceses, holandeses e ingleses los siguieron, aunque la expansión de sus países se desplegaría más tarde. La ocupación europea se afirmó en gran parte del continente, aunque subsistieron extensos territorios no conquistados, y la resistencia indígena fue una constante que limitó y perturbó la penetración colonial hasta el final del período.

          Más allá de las justificaciones ideológicas, evangelizadoras y “civilizadoras”, en realidad la colonización siguió en todas partes una lógica de hierro: extraer de América los productos que requerían los mercados de Europa.

La exacción colonial. Los españoles hallaron extraordinarios yacimientos de oro y plata en México y Perú, en torno a los cuales organizaron la minería como explotación principal, y la agricultura y ganadería para abastecerla, reclutando compulsivamente mano de obra indígena ─la encomienda, la mita y otras formas─, todo ello bajo el estricto monopolio mercantil que imponía un intercambio desigual con la metrópoli, mediante el manejo de los precios relativos de las exportaciones e importaciones.

          Los portugueses se empeñaron en buscar metales preciosos, pero los encontraron más tarde y en menor cuantía, por lo que la actividad dominante en Brasil fueron las grandes plantaciones, sobre todo azucareras, con el trabajo esclavo de africanos. Este tipo de empresa también se difundió en zonas tropicales del área española, aunque con inversiones menores, y en otros enclaves europeos del Caribe.

          Los asentamientos norteamericanos surgieron en el siglo XVII de una combinación de migraciones protestantes y emprendimientos comerciales privados que desde su inicio tuvieron notable autonomía de la corona británica, con un monopolio menos riguroso, que permitió mayor diversificación económica; pero también se orientaron a la exportación de materias primas y alimentos hacia Europa, y en la región sureña se extendieron asimismo las plantaciones esclavistas.

          En las colonias ibéricas, el sistema político-administrativo vertical limitó las prácticas de representación, y el fenómeno del mestizaje -de magnitud sin precedentes en la historia universal- produjo una estratificación multirracial, en la cual las mayorías sociales eran indios, negros y mestizos sometidos a un estatuto de inferioridad, como ilustran las disposiciones del régimen de castas español. En las colonias norteamericanas, en cambio, los pioneros obtuvieron libertades para realizar experiencias autonómicas y representativas, la inmigración fue más importante que el mestizaje, y conformaron una sociedad de mayoría “blanca” que excluía o discriminaba a sectores raciales minoritarios.

          De cualquier modo, en unas y otras colonias de poblamiento se afirmó una clase superior entre los europeos establecidos y sus descendientes ─patrones mineros, encomenderos, terratenientes, fazendeiros, comerciantes─, cuyos intereses chocaban a menudo con las políticas de la metrópoli en materia de impuestos, relaciones con los indígenas y otros asuntos. Un motivo de conflicto era el llamado “pacto colonial” (en realidad, una imposición), que asignaba a las colonias la función de proveer productos primarios, sirviendo a la metrópoli como mercados cautivos, por lo cual debían abstenerse de elaborar manufacturas ni otros bienes que compitieran con la economía metropolitana. 

Efectos en las metrópolis. Es importante advertir el papel que jugaron en todo el proceso los comerciantes flamencos, genoveses, ingleses, franceses, alemanes y otros, proveyendo diversas mercaderías ─desde armas hasta esclavos─, financiando las empresas coloniales y colocando en los mercados europeos los productos ultramarinos. La conquista no sólo transformó el nuevo mundo, sino también el viejo: el oro y los demás recursos extraídos de América impulsaron los cambios trascendentales que experimentó Europa occidental en la transición del feudalismo al capitalismo y la configuración de un gran mercado internacional.

          Pero la hazaña conquistadora de españoles y portugueses no redundó en un progreso efectivo de la sociedad ni de la economía interna de ambos países. Tras su etapa de apogeo como primera potencia europea, el Imperio español entró en un prolongado estancamiento, y Portugal, enfeudado con los británicos para independizarse de España, se fue convirtiendo en un apéndice de su colonia brasileña.

          En el impulso de la conquista habían desempeñado un rol esencial los navegantes portugueses y los comerciantes de las ciudades del área mediterránea, asociados a las empresas de Colón y demás adelantados; pero el absolutismo sofocó luego el desarrollo de la burguesía y las industrias en la península, manteniendo los privilegios de cuño feudal de la aristocracia y la Iglesia Católica, dentro de un régimen en el que se entrelazaban la burocracia real y los intereses comerciales monopolistas.

          Otros centros europeos, aplicados a las finanzas, el comercio y la producción manufacturera, obtuvieron indirectamente mayor provecho del movimiento económico que producía la expoliación colonial, y en cierto modo “colonizaron” a los colonizadores ibéricos. La competencia entre los países de Europa la ganaron los que se adelantaron a superar la herencia feudal ─latifundios, fueros nobiliarios, trabas para acceder a la propiedad de la tierra, sujeción de los campesinos, etc.─, abriendo paso a las iniciativas de la burguesía, al mercado de trabajo asalariado, las nuevas técnicas productivas y el dinamismo industrial, que eran los resortes del sistema capitalista. Esta fue la base de la expansión inglesa, que comenzó introduciéndose en el tráfico legal y el contrabando con las colonias ibéricas, extendió sus posesiones en la costa norteamericana y las Antillas, y alcanzó gradualmente el poderío marítimo y mercantil que cimentaría su revolución industrial. 

Caracterización del sistema colonial. ¿Cuáles fueron los efectos del colonialismo en América? La caracterización de la conquista y sus proyecciones fue motivo de apasionado debate entre cientistas e historiadores marxistas, en el cual se discutieron arduas cuestiones teóricas en torno al sistema colonial y las formaciones coloniales americanas, que son relevantes para entender los dilemas de la revolución emancipadora.

          El nudo inicial de la controversia era el carácter feudal o capitalista del proceso colonizador; cuestión que se torna improbable resolver, pues el mismo se enmarca de un período de transición, al que cabe calificar como mercantilista ─por el papel preponderante que jugaba el comercio interno e internacional─, pero esta caracterización no define un modo de producción en sentido marxista ni una formación social específica [11].

          En América se implantaron, con mayor o menor intensidad según las regiones, regímenes esclavistas, formas de servidumbre o análogas (“feudales”), explotaciones de pequeños productores autónomos y trabajo asalariado, que se complementaban en grado variable. Eran modalidades impuestas con el propósito de extraer excedentes comercializables de acuerdo a las condiciones de cada zona, de tal manera que la organización de la producción y las formas de explotación de la mano de obra resultaban subsidiarias del circuito mercantil. Lo que en definitiva daba sentido a todo el sistema, determinando la relación entre sus componentes, era el hecho colonial, o sea el beneficio para la metrópoli que se derivaba del intercambio desigual [12]. En este análisis hay que considerar además la evolución de la ecuación colonial, dependiente de un centro complejo en Europa, donde los imperios español y portugués fueron quedando rezagados como intermediación cada vez más parasitaria, y el eje de desarrollo del mercado mundial se desplazó hacia Inglaterra y Francia.

          En cuanto al poder político, el sistema colonial estaba en manos de un aparato burocrático que representaba a la corona y a las clases dominantes de la metrópoli, en necesaria alianza con las clases propietarias locales [13]. Estos sectores ─que sobre todo en Brasil constituyeron fuertes núcleos oligárquicos─ podían resistir o condicionar los mandatos metropolitanos, como sucedía habitualmente, en tanto no pusieran en riesgo el vínculo esencial del coloniaje, es decir, la parte en los beneficios de la explotación de las colonias que se extraía a través de los impuestos y el comercio monopólico. En última instancia, la ruptura de esa alianza conducía a la independencia.  

Tipos de estructura productiva. Otro enfoque para describir el funcionamiento del sistema colonial español se basa en la distinción de dos centros, México y Perú, con sus respectivas periferias [14]. En efecto, los españoles encararon las explotaciones mineras centrándose en los antiguos territorios de incas y mexicas, donde preexistían culturas avanzadas y contaban con dos factores esenciales: mano de obra indígena y una agricultura excedentaria con disponibilidad de alimentos. A ese fin se implementó la apropiación de los recursos naturales, mediante las mercedes de tierras y minas, y los regímenes de trabajo compulsivo de los indios.

          En áreas periféricas, los establecimientos hispánicos apuntaron a expandir actividades agrícolas y ganaderas que abastecieran a los centros mineros, y también a asegurar la ocupación territorial, evitando la intrusión de las potencias rivales.

          Más adelante surgieron otras posibilidades económicas, en regiones comunicadas directamente con la metrópoli, para exportar artículos de gran demanda en Europa, como azúcar, cacao, café, tabaco, algodón, que originaron las plantaciones tropicales, y también cueros, sebo, etc. de las zonas ganaderas.

          Los centros mineros funcionaban como dos subsistemas coloniales, de los cuales dependían administrativa y económicamente las regiones agroganaderas proveedoras y las áreas fronterizas. De México dependía Centroamérica, y de Perú el conjunto sudamericano, mientras que las islas y algunas zonas costeras del Caribe se vinculaban sin mediación con España (tal como los enclaves franceses, holandeses e ingleses de esa área con sus metrópolis). En Chile, la región ecuatoriana y el noroeste argentino se organizaron economías agrarias cuyos excedentes proveían a Lima y al Alto Perú cereales, mulas, vinos, aceite, etc.

          El interés de este esquema es explicar el arraigo del régimen colonial en los centros como México y Lima, donde se nucleaban los mayores beneficiarios locales del sistema, y cómo la revolución, que comenzó a propagarse desde las regiones periféricas, adquirió un marcado carácter de guerra interior contra esos núcleos.  

          En cuanto al Brasil, su desenvolvimiento colonial se puede caracterizar como una serie de ciclos productivos que fueron desplazándose en su territorio: un primer ciclo extractivo de palo brasil, principalmente en la costa de Bahía, al que siguió el del azúcar en las plantaciones del nordeste, financiado por los holandeses, y luego el ciclo del oro y diamantes en Minas Gerais, que comenzó y declinó en curso del siglo XVIII. Un rasgo señalable de esta colonización, que ayuda a entender los sucesos posteriores, fue la relativa independencia de los grandes propietarios respecto a la corona, ya que, además de las importantes inversiones en equipamiento, obtenían por su cuenta mano de obra esclava, costeando la importación de africanos e incluso la captura de indígenas en el interior por los bandeirantes.          

LA EMANCIPACION

          La emancipación de las colonias americanas se hizo posible y necesaria en el contexto de la revolución burguesa mundial, en la cual coincidían dos órdenes de fenómenos: los cambios socioeconómicos que desencadenó la revolución industrial inglesa, iniciada a mediados del siglo XVIII; y los cambios políticos que comenzaron en Inglaterra en el siglo anterior y tuvieron luego sus focos más potentes con la independencia de Estados Unidos y la Revolución Francesa [15].

          Esta doble serie de cambios, que se potenciaban recíprocamente y se produjeron históricamente entrelazados, impulsaban el ascenso al poder de las burguesías nacionales, propagando las ideas liberales y constitucionalistas del gobierno representativo, y a la vez las innovaciones económicas y sociales que configuraron el sistema capitalista en los países occidentales.Todo ello creaba condiciones favorables para que las colonias americanas rompieran la sujeción a sus metrópolis, a través de los movimientos que encontraron su oportunidad en el contexto de las guerras y rivalidades intraeuropeas. 

Movimientos independentistas. Los norteamericanos lograron su independencia en una guerra en la que el auxilio de Francia, y subsidiariamente de España y Holanda, fue decisivo para doblegar el poderío británico. Su clase dirigente burguesa, asumiendo las ideas liberales, diseñó un régimen republicano y federal que, aunque mantuvo el esclavismo, contenía notables avances democráticos; y emulando a la metrópoli, emprendieron su propia vía de conquistas territoriales y desarrollo económico.

          En las colonias sudamericanas, los patriotas se inspiraron en el modelo republicano de Francia y Estados Unidos, pero la nueva organización política y económica resultó problemática, debido a la relativa debilidad de las incipientes burguesías criollas. Éstas fueron desbordadas en la lucha de la emancipación por otras fuerzas populares, cuyas demandas eran visibles en los precedentes levantamientos de los indios y los mestizos, e incluso de los pardos y los negros esclavos, que dieron un extraordinario ejemplo al tomar en sus manos la liberación de Haití.

          España se debatía en una crisis en la cual se frustró la revolución política liberal, e Inglaterra auspició la separación de sus colonias buscando establecer en ellas su hegemonía. La guerra independentista, librada simultáneamente en diversos escenarios, se puede resumir en tres movimientos principales: el que se desplegó con el proyecto bolivariano desde la Gran Colombia y el que se extendió desde el Río de la Plata con las campañas sanmartinianas, convergiendo ambos para abatir el centro realista en Perú; y el de los mexicanos, que tras una década de avances y retrocesos produjo una solución transaccional.

          En contraste con esas contiendas, en el Brasil, donde se había dado una peculiar simbiosis de la metrópoli con la colonia, la emancipación política se operó sin revolución, alterando apenas el régimen, manteniendo la estructura esclavista y continuando la alineación con la estrategia y los intereses británicos.

          Por último, la independencia iba a llegar mucho más tarde en ciertas áreas insulares que las metrópolis lograron sustraer al incendio revolucionario, como Cuba, Dominicana y otros enclaves del Caribe. 

La política de la historia. La historia de la emancipación en los países sudamericanos fue distorsionada por las oligarquías que pretendían ser las continuadoras de los patriotas fundadores, forzando la identificación de la causa revolucionaria con su propio credo: un liberalismo mutilado de contenidos democráticos e igualitarios, reducido a la doctrina del librecambio, y un elitismo cosmopolita y racista congruente con los proyectos neocoloniales. Las fuentes de esa política historiográfica en nuestro país son las obras de Sarmiento y de Mitre.

          Sarmiento percibía la contradicción entre dos fuerzas sociales, la clase “culta” y las masas autóctonas, la civilización europea y la barbarie americana ─“dos sociedades distintas, rivales e incompatibles, dos civilizaciones diversas: la una española, europea, culta, y la otra bárbara, americana, casi indígena” [16]─, que se proyectaron como tendencias opuestas en la revolución. 

“Desde el instante en que la clase española de las ciudades americanas, cediendo a un impulso histórico externo, se dispuso a hacerse independiente de la España, del mismo impulso se produjo [...] una revuelta paralela a la revolución de la independencia, de las razas indígenas, suscitada por los Coriolanos perversos que se separaron de los propósitos e instintos civiles de su raza, para encabezar en provecho propio las resistencias, los rencores y las ineptitudes civiles de los indígenas” [17].

          En su relato canónico de la revolución sudamericana, Mitre despreciaba el papel de las castas inferiores como “elemento inerte”, exaltando a los criollos “de sangre pura” como herederos de la misión civilizadora europea en esta parte del mundo: 

“Los indios y los negros formaban la raza servil bajo el régimen de la esclavitud, y eran elemento inerte. Los mestizos eran razas intermediarias entre los españoles, los indios y los africanos, que en algunas partes componían la gran mayoría. Los criollos, los descendientes directos de españoles, de sangre pura, pero modificados por el medio y por sus enlaces con los mestizos que se asimilaban, eran los verdaderos hijos de la tierra colonizada y constituían el nervio social. [...] La raza criolla en la América del Sud, elástica, asimilable y asimiladora, era un vástago robusto del tronco de la raza civilizadora índico-europea a que está reservado el gobierno del mundo” [18].

          En las conclusiones de la misma obra, Mitre contraponía a los dos libertadores, censurando a Bolívar por pretender “unificar artificiosamente los nuevos estados” con “instituciones que repugnan a la índole democrática de los pueblos”, mientras que a San Martín ─pese a “sus deficiencias intelectuales y sus errores políticos, con su genio limitado”─ le atribuía el “triunfo final” de que la América del Sur se organizara en repúblicas separadas.

          La concepción de la independencia como un relevo de los europeos por sus hijos, para proseguir más eficazmente la europeización de América, en un mosaico de países aislados, era coherente con la orientación de los gobiernos de la “organización nacional” (de los mismos Mitre y Sarmiento) que abrían las puertas sin condiciones a los capitales del exterior, reprimiendo la “barbarie” interior y la de los vecinos del Paraguay, de espaldas a cualquier iniciativa de solidaridad sudamericana. 

          Esta “política de la historia” ─que ya en su tiempo mereció agudos ataques de Alberdi─ fue impugnada por el revisionismo nacionalista de los historiadores de otras generaciones, aunque por lo general desde un enfoque hispanista que nublaba la comprensión de la lucha por la independencia, y reforzaba en cierto modo la visión de sus revolucionarios como precursores de la alienación “afrancesada” o de la política pro-británica. La revisión del nacionalismo popular y de izquierda contribuyó después a evaluar de otra manera el liberalismo revolucionario de los patriotas americanos, rescatando la participación de las masas y destacando la perspectiva continental de la revolución. La investigación universitaria, por otra parte, ha producido copiosos aportes parciales para rever las mistificaciones de la versión oligárquica (así como en los demás países, incluso en Estados Unidos, se han realizado significativos avances para rever el relato de sus respectivas pedagogías historiográficas).

          Sin embargo, todavía falta ahondar en el protagonismo que tuvieron las “castas” de indios, negros y mestizos luchando por la independencia y por su propia liberación. ¿Se puede afirmar que fue una revolución social? ¿Fue realmente una causa nacional y popular?

          Nos preocupa cómo se inscribe la emancipación de las colonias en el marco de las revoluciones burguesas, cuáles fueron las peculiaridades de la experiencia norteamericana, en qué medida influyeron las potencias europeas, hasta qué punto se puede observar una coincidencia de la revolución liberal en el “viejo mundo” con la causa americana, y tratamos de entender si era posible que estas repúblicas lograran una verdadera independencia sin caer en la órbita del capitalismo neocolonial. Otras incógnitas a despejar son los factores de integración y de dispersión que jugaron en el ámbito colonial hispánico, que resaltan en comparación con la unión que consolidaron los norteamericanos y los brasileños.

          He aquí algunas preguntas iniciales. El texto que sigue es un esbozo, visto desde el extremo sur, aprovechando añejas y nuevas fuentes que tenemos al alcance, para resumir el cuadro general que puede ayudarnos a encontrar las respuestas [19].

 

Notas

[1] Llamamos aquí sudamericanos a los países situados al sur del río Bravo, incluyendo México, los centroamericanos y los antillanos, que fue la denominación corriente en la primera época de la independencia, antes de que se difundiera el equívoco rótulo de “latinoamericanos”.   

[2] J. B. Alberdi, Bases, 1852, cap. XIV.

[3] R. Puiggrós, Pueblo y oligarquía, 1980, Introducción.

[4]Una exposición más amplia sobre los pueblos originarios, la expansión europea y las colonias americanas se podrá ver en nuestra Historia política de las Américas, texto preparado para la Universidad Nacional de La Matanza, actualmente en prensa.  

[5] L. Séjourne, América Latina. I. Antiguas culturas precolombinas, 2000; L. Pomer, História da América Hispano-indígena, 1983; M. Rostworowski, Historia del Tawantinsuyu, 1999; M. León-Portilla, “Mesoamérica antes de 1519” y J. Murra, “Las sociedades andinas antes de 1532”, en L. Bethel, Historia de América Latina, 2003, vol. 1, cap. 1 y 3; J. C. Garavaglia y J. Marchena, América Latina, de los orígenes a la independencia, 2005, vol. 1, cap. 1, 3 y 5.

[6] J. Chesnaux y otros, El modo de producción asiático, 1975; M. Godelier (ed.), Sobre el modo de producción asiático, 1977; K. Marx, E. Hobsbawm, Formaciones económicas precapitalistas, 1978. 

[7] J. Chesnaux, “El modo de producción asiático”, en J. Chenaux y otros, op. cit. 

[8] D. Ribeiro, Las Américas y la civilización, 1972; M. León-Portilla, op. cit.   .

[9] R. Konetzke, América Latina. II. La época colonial, 1978, cap. 4. S. F. Cook y W. Borah (Essays in population history: Mexico and the Caribbean, 1971-74) calcularon que sólo en México Central la población anterior a la conquista era de unos 25 millones; lo cual, proyectado al cuadro de distribución continental de Angel Rosenblat (La población indígena y el mestizaje en América, 1954), elevaría el total a cerca de 75 millones. Según H. F. Dobyns y P. Thompson (“Estimating Aboriginal American Population”, 1963) ese total podría llegar a 88 millones. Otras estimaciones globales y por regiones conducen a un número menor; ver L. Bethel, Historia de América Latina, 2003, vol. 1, p. 120-121, y R. Romano, Mecanismo y elementos del sistema económico colonial americano, 2004, cap. I. 

[10] Para el área española, el mínimo es de Philip Curtin, The Atlantic slave trade: a census, 1969, y el máximo de Rolando Mellafe, La esclavitud en Hispanoamérica, 1964, cap. III. Sobre Brasil, S. Buarque de Holanda, História geral da civilização brasileira, 1960, t.1, v. 2, y M. Luiza Marcílio, “La población del Brasil colonial”, en Bethell (comp.), Historia de América Latina, 2000, vol. 4, cap. 2. El cálculo global de Suret-Canale, Afrique notre occidentale et centrale, 1968, cit. por C. F. S. Cardoso, “El modo de producción esclavista colonial en América”, en C. S. Assadourian y otros, Modos de producción en América Latina, 1973, p. 237, nota 70.

[11] A. G. Frank, Capitalismo y subdesarrollo en América Latina, 1970; C. S. Assadourian y otros, Modos de producción en América Latina, 1973. Las críticas a Frank se centraron en su concepto de “capitalismo comercial”, también empleado por D. Ribeiro, F. H. Cardoso, Enzo Faletto y otros autores.

[12] Colaboraciones de C. F. S. Cardoso y J. C. Garavaglia, en Assodourian y otros, op. cit.

[13] J. C. Garavaglia, “Introducción”, en Assodourian y otros, op. cit.

[14] O. Sunkel y P. Paz, El subdesarrollo latinoamericano y la teoría del desarrollo, 1973, 4ª parte.

[15] E. J. Hobsbawm, La era de la revolución, 1789-1848, 1987.

[16] D. F. Sarmiento, Facundo, 1845, cap. 3.

[17] D. F. Sarmiento, Conflicto y armonías de las razas en América, 2001, t. XXXVII, cap. IX, p. 206; la alusión a Coriolano, el general romano que se pasó a los bárbaros, apuntaba en este texto a denostar a Artigas.

[18] B.Mitre, Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana, 1887, cap. I, XI.

[19] En las notas al pie señalamos en especial algunas fuentes consultadas, cuya enumeración más completa consta en la bibliografía de las páginas finales.