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Capítulo I. BÁRBAROS, BANDIDOS Y REBELDES

El más fuerte no es nunca bastante fuerte para ser siem­pre el señor, si no transforma su fuerza en derecho y la obe­diencia en deber... Convengamos, pues, que fuerza no constituye dere­cho, y que no se está obligado a obedecer sino a los pode­res legítimos.

Jean Jacques Rousseau, Contrato social

Los habitantes de nuestra campaña han sido robados, sa­queados, se les ha hecho matar por millares en la guerra civil. Su sangre corrió en la de la independencia... Se ha proclamado la igualdad y ha reinado la desigualdad más espantosa: se ha gritado libertad y ella sólo ha existido para el poderoso. Para los pobres no han hecho leyes ni justicia, ni derechos indivi­duales, sino violencia, sable, persecuciones injustas. Ellos han estado siempre fuera de la ley.

                        Esteban Echeverría, Lecturas en el Salón Literario

     Según la biografía que Eduardo Gutié­rrez garantizó a sus lectores de La Patria Argentina con los sumarios y documentos policia­les a la vista, Juan Cuello era un criollo bien parecido, osado y temerario, que se había cargado a varios esbirros de Rosas y ganó celebridad en la campaña como salteador, saliendo airoso de innumera­bles entreveros merced a su diabóli­ca destreza con el trabuco, el facón y las bolas, cuando acudió a los toldos de la frontera de Azul, encontrando allí no sólo el amparo y la protec­ción del cacique Mariano Moicán, quien supo apreciar su baquía y sus muestras de amistad, sino también el amor más apasio­na­do que jamás sintiera antes por una mujer, Manuela, la hermosí­sima hermana del cacique, ante cuyos encantos cayó rendido. Para poder conquistarla y pagar su dote, el gaucho Cuello se plegó a los indios en sus excursiones clandes­tinas arreando ganados ajenos y así, peleando, robando, matando a los infieles y cristia­nos que se atravesaron en su camino, reunió dos tropillas de magnífi­cos caballos y una cantidad de lujosas prendas escogi­das para ella, y hasta le regaló el anillo que conserva­ba como recuerdo de su madre, todo lo cual parecía poco a cambio de la dicha de tenerla, sin sospechar que la ingrata, cuyo corazón estaba ya irremediablemente envenenado por la codicia, iba a terminar tentada por el dinero de los huincas, entre­gándolo maniata­do a los milicos que habían puesto precio a su cabeza (1).

     La tragedia de Juan Cuello, héroe clásico de un folletín que conmovió al público de su tiempo, exponía el entrelazamiento de las andanzas y amores del bandolero con la existencia marginal de las tribus pampas; de lo cual resalta, aún más allá de la intenció­n del narra­dor, tanto las insidias y la ambigüedad de la coexistencia de la civilización y los bárbaros como la íntima afinida­d entre los jinetes de la llanura, algo que sugiere una comuni­dad más estrecha de lo que quizás nos han hecho creer. Al fin y al cabo, los gauchos descendían de los indios, y morar en la toldería era como volver al regazo materno.

* * *         

     En el comienzo, en los lindes de la sociedad colonial, más allá de los te­rritorios efectivamen­te ocupa­dos en nombre de Dios y del Rey, los espacios libres eran otro mundo: el reino del ganado bagual y los jinetes bárbaros. Los vacu­nos y ye­guari­zos traí­dos por los conquistado­res se repro­ducieron como manadas sal­va­jes en las pampas del sur, igual que en las praderas vírgenes de todo el continente americano, y este recur­so provi­dencial aca­rreó consecuencias impensa­das. Ciertos grupos na­tivos encon­tra­ron un medio de vida en las primitivas acti­vi­da­des pastori­les, lejos del control de la autoridad. 

     Varias tribus no sometidas se des­pla­zaron ha­cia las áreas vacan­tes donde abundaba el ganado y se adiestraron para montarlo, cazar­lo o domesti­carlo, alimen­tándose con la carne y traficando los sub­pro­ductos de sus despo­jos. Criollos, negros y mestizos de toda clase siguieron el mismo destino, escapando del yugo colonial y sus reglas de apro­piación de los recur­sos y suje­ción de las perso­nas.

     Este fue el origen de los gauchos, una suerte de des­casta­dos de pro­cedencia muy diver­sa. Entre ellos había per­seguidos de la justi­cia, esclavos fugados, de­serto­res de los cuer­pos milita­res e indios se­pa­rados de sus tri­bus. Eran personas que no tenían o que aban­do­naban su perte­nencia a alguna familia o comunidad. El régimen hispánico contem­plaba diferen­tes estatutos para españoles, indios y escla­vos, proscri­biendo los cruces, y la creciente masa de mestizos era una anomalía para la ley (2).

     Los mula­tos, zam­bos, mestizos o pardos de cualquier pelo, fruto de uniones ilegítimas o reproba­das, carecían a menudo de un hogar que los contuviera. Por causas volunta­rias o forzosas, padecían o disfrutaban una exis­ten­cia sin ata­du­ras­. No era raro tampoco encontrar europeos que por variadas circuns­tancias se internaban en las pampas. Por ejemplo, dos centenares de rubicundos soldados británi­cos, desembarca­dos en las invasio­nes de 1806 y 1807 en el Rio de la Plata, que desertaron y cruzaron la frontera para ir a mezclarse con los aboríge­nes y los vagabundos del desierto.

      En aquellas fabulosas llanuras irredentas cada cual valía por sí mismo sin tener que dar cuenta a nadie. En los márgenes de la civiliza­ción colonial, en con­tac­to con ella pero fue­ra del orden, arrai­ga­ron for­mas de sub­sis­tencia al­terna­ti­va, otros códigos y otra manera de ser. Para la gente ilustrada en la visión eurocéntrica, era la barbarie. Es sugestivo que en un comien­zo a los gau­chos se les llamara gauderios, cuya raíz latina gaudere significa gozar o regoci­jarse; aunque el nombre que prevaleció deriva proba­blemente del quichua huacho, huérfano. Tras la fron­tera la vida humana no era idílica, pero regían las leyes de la natura­leza por sobre las de la corona y la ampli­tud del hori­zonte alenta­ba la ilusión de la liber­tad.

     Cada vez que el sistema de ocupación colonial avanzó desde las ciudades hacia esas regiones periféri­cas, tropezó con los disturbios rebeldes. La organización del Estado y su monopolio de la violencia chocaba en particular con la existencia de las tribus pas­toras y los vaque­ros erran­tes, que sostuvie­ron análogas confrontaciones con el poder de los propieta­rios, comerciantes y funcionarios. En el marco de tales con­flictos, gran parte de lo que se calificaba como ban­do­le­ris­mo no eran sino modos de auto­defen­sa de esos grupos au­tóc­tonos.

     Si bien la ganadería fue una actividad importante en todo el ámbito del Virreynato del Río de la Plata, adquirió mayor peso relativo en el litoral de los ríos Paraná y Uruguay, donde no había pros­perado la explota­ción del trabajo servil de los indíge­nas ni las plan­tacio­nes es­cla­vis­tas, y donde las pas­tu­ras natura­les favore­cían la multi­plica­ción de los reba­ños. Dadas las esca­sas alternati­vas de tra­bajo y pro­gre­so en los asen­tamien­tos colonia­les regula­res, es fácil de comprender que mu­chos "mo­zos per­di­dos" de los po­bla­dos se fueran a la caza del ganado cimarrón, hacién­dose "ci­ma­rrones", mez­clán­dose con los aborí­genes y apren­dien­do de ello­s. Gauchos e indios obtenían su provisió­n de alimentos y "vicios" por la venta o el canje de cueros -de gran demanda por sus múltiples aplica­ciones para con­fec­cio­nar úti­les y vesti­mentas- y también de grasas, astas y cer­das, pieles de zorros y nutrias, plumas de avestruz, etcétera.

     Las praderas templadas se continuaban en Rio Grande do Sul hasta los asentamientos portugueses de la costa, y los gaú­chos rio­gran­den­ses que medra­ban por allí apenas se diferenciaban de los gauchos argentinos por el habla. Con algunos rasgos semejantes, los vaqueiros del noreste del Bra­sil se apartaron del poder colonial en la geografía de peculiares contrastes climáticos de los serto­nes. Más allá, en las exten­sas saba­nas tropica­les del inte­rio­r del Vi­rrey­na­to de Nueva Grana­da, las condi­ciones de abun­dan­cia de ganado montaraz facili­taba­n la prolife­ración de otra clase de jinetes libres: los llaneros. En México, Chile y demás regio­nes de coloni­zación hispánica, la activi­dad pastoril fue en general menos propicia a la inde­pendencia de los vaqueros. Los cha­rros mexica­nos, los hua­sos chile­nos, como más tarde los cowboys, estaban más integra­dos a la econo­mía de los ranchos o estan­cias. Pero tal como los tehuelches, los mapuches o los charrúas del extremo sur, en las planicies ame­ricanas del norte las tribus comanches, apa­ches, che­yennes y otras adopta­ron el caballo y mantu­vieron su autonomía durante largos años, dedica­dos a la caza o a la cría de diversas espe­cies de ganado (3).

     Los gauchos, como los llaneros, llegaron a constituir una capa social importante. Vivían oca­sio­nal­mente en las tolde­rías y tenían compa­ñe­ras indí­genas, o raptaban mujeres criollas. A menudo, al llegar a cierta edad, ocupaban algún sitio para levantar su ran­cho y for­mar una familia, trasla­dándose según las esta­cio­nes para realizar diversas tareas ganaderas y agrícolas. Los crio­llos podían traspo­ner más fácilmente que los in­dígenas la frontera de ambos mundos y las barreras raciales del orde­namiento de castas; pero los in­dios se iban acriollan­do y mezcla­ban su sangre con la de los euro­peos, africanos y ameri­canos, de tal modo que la dis­tin­ción entre unos y otros era a veces borrosa.

      En general, los gauchos po­seían un acen­dra­do or­gu­llo de su con­di­ci­ón, rin­diendo culto a las vir­tu­des del co­raje y la gene­rosi­dad. Cono­cían los recursos de la vida en el campo, sabían ver y oir a la distan­cia, podían comunicarse a través de señales de humo, ventear o anti­ci­par los cambios climáticos e interpretar cualquier ras­tro humano o ani­mal. Excepcio­na­les ji­netes, eran dies­tros en el mane­jo de sus útiles de caza y de trabajo: el cuchillo o fa­cón, las boleadoras, el lazo y la pica, chuza o lan­za.

     La situación de estos hombres era particularmente fluida en sentido geográfico y laboral. Moradores de zonas aleja­das, podían vivir de la caza del ganado, de los ñandúes, mulitas y otros animales, o de la pesca en ríos, lagunas y bañados. Como trabajadores autónomos, tenían tratos con los comercian­tes para vender o trocar los productos que tenían mercado. Y eran asimismo mano de obra califica­da que se empleaba en las va­que­rías, ro­deos y ye­rras, los contrataban las estancias como arrieros o domado­res, e inclu­so se convertían en brace­ros en tiempos de cosecha. Estaban disponi­bles para las maniobras del contrabando o cualquier otra empresa ilegal, y también podían ser ladrones o asaltantes. En los empleos estaciona­les o temporarios se los llamaba en general changado­res, vocablo prove­niente del aimará chan­go, mucha­cho, del que derivó la noción de chan­ga. Aunque la varie­dad de ocu­pa­ciones y las mutaciones históricas hacen un tanto difí­cil preci­sar sus con­tornos como cate­goría so­cial, fueron sin duda un sector nume­roso en las in­men­sas pra­deras del lito­ral y en otras áreas del in­te­rior de las provin­cias del Pla­ta (4).

     Ninguno esta­ba vin­cula­do a un pa­trón o un espacio de tie­rra. "Hom­bres suel­tos" se les llama­ba en los papeles de la épo­ca, pues goza­ban de una movili­dad y autonomía con­tras­tante con la situación de las pobla­cio­nes típica­men­te la­bra­do­ras. Gente "sin ley ni rey" se dijo.

     Las prolíficas manadas que vagaban por el campo eran consideradas como un patrimonio co­mún según la tradición indígena, y también por an­ti­guos prece­den­tes hispanos. Juan de Garay, al re­fundar Buenos Aires en 1582, declaró que la caballa­da salvaje era propiedad comunal, a disposición de todos los re­si­den­tes de la ciudad. Pero el sis­te­ma de li­cen­cia rea­l para las vaquerías, la mar­ca­ción de los animales y la pro­gresi­va delimita­ción y organiza­ción de las estancia­s con­virtie­ron en deli­tos las anti­guas faenas de los gau­chos. La captura o matanza de ganado devino un ataque a la pro­piedad del rey o de los hacen­dados. El tráfico de cueros y de ganado en pie, al margen de las reglamen­ta­cio­nes mono­pó­li­cas o sin pagar los tributos establecidos, fue sancionado como con­tra­ban­do (5).

     Claro que además de los gau­chos e in­dios, no pocos estan­cie­ros, mer­caderes y funcionarios ope­raban en el contrabando. Las prohi­biciones y restricciones comerciales, que entorpecían la evolución económi­ca y el abasteci­miento de las pobla­ciones, eran lógicamente muy impopula­res. Los espa­cios dilatados sin vigi­lancia suficiente y la venalidad de las autoridades per­mitían burlar la ley con facilidad. El contrabando adquirió una enorme magni­tud, y no hizo sino intensificarse con las medidas de relativa apertura comer­cial sancionadas a fines del siglo XVIII (6).

     Por otra parte, adaptando estatutos de vieja data, los "hom­bres sueltos" fueron reprimidos con la figura de "vagancia". En España hay antece­dentes sobre la compul­sión a "vagamundos y holgazanes" desde 1369, cuando se dispuso que serían forza­dos a cumplir servicios militares o trabajos agra­rios retribuidos sólo con alimentos, so pena de azotes. A mediados del siglo XVI se san­ciona­ba con encarcela­miento a los recalcitran­tes, aumentando el castigo de azotes, se los condenaba también a servir en galeras por ocho años, y hasta a perpe­tuidad si fueran reincidentes. Con la conquis­ta, estas reglas se exte­n­dieron a Améri­ca, contemplando en especial el caso de mestizos e indios "sin asiento u ofi­cio", incluso españoles que "viven entre los in­dios", lo cual se consideraba particularmente subversi­vo, mandando corregir­los y confinar a los inobedientes (7).

     Por supuesto, el concepto de vago u ocioso difería de su signi­ficado actual. Lo que se trataba de reprimir era la facilidad de esos hombres para desplazarse y trabajar por su propia volun­tad. En el fondo, lo que se les negaba era la libertad.

* * *

     El bandolero Roque Guinart, también conocido como Rocagui­narda, mezclado en la rivalidad de las facciones de nyerros y caldells que dominaban la política catalana, con el que don Quijote de la Mancha y su escudero se toparon camino a Barce­lo­na tras ser rodeados por su cuadrilla de sesenta salteadores gazcones que se descolga­ban de los árboles armados hasta los dientes, aquel jefe de banda que hacía gala de su sentido de justicia desha­cien­do en­tuer­tos pasionales, cobran­do peaje a los viandan­tes según la respectiva categoría social y otor­gando salvo­con­duc­tos con su firma, cuyos secuaces estuvie­ron a punto de partirle la cabeza a Sancho Panza cuando los trató inadverti­damente de ladrones y a quien el hidalgo manche­go pro­puso corre­girse acompa­ñándolo en la carre­ra de caba­llero andante, era por cierto un perso­naje real, que ilus­tra el perfil de esa clase de aventureros en la España del siglo XVI (8).

     He aquí que ciertos bandidos populares podían encarnar un remedo o secuela de las andanzas caballerescas; la cual, sugiere Cervantes, no distaba demasiado de la parodia del Quijote. Esta dimensión del bandoleris­mo nos remite a un fenóme­no uni­versal, que ha sido una vertiente literaria inagotable y ha suscitado numerosísimos estudios históri­cos.

     Existe una doble etimolo­gía de los voca­blos cas­tella­nos bandi­do y bando­le­ro; pues aunque llegaron a ser sinó­ni­mos, no tuvieron siempre la misma acep­ció­n. En el medioe­vo se llamó bandi­do al fugi­tivo de la justicia re­cla­mado por ban­do (del latín bandire), en el sen­tido del pre­gón o e­dicto que los alguaciles difundían en forma verbal o impresa. Ban­do­leros, en cambio, eran los miem­bros del bando (de ban­dum, bande­ra) de cada se­ñor feu­dal, o sea los vasallos que consti­tuían cuerpos arma­dos para las gue­rras y otros me­neste­res en custodia del or­den. Es posible discernir así un "bando­le­rismo" sur­gido del ban­do seño­rial, que en deter­minada época lle­gó a ser ca­pita­neado por gen­tes del pue­blo, ligado estrechamente a las disputas del poder político y territorial, el cual aún practicando el pillaje mantenía cier­tas reglas de un código de honor y una justificación diferen­te al ban­dida­je de otros sim­ples mal­he­chores (9).

     Tuviera o no ascendencia nobiliaria, el bandidismo europeo, como el de cualquier lado, se nutría de gran variedad de gentes y la profesión de salteador tuvo exponentes de la más disímil catadura. Entre ellos se dio desde tiempos remotos una especie de "justi­ciero", venerado por los campe­sinos y temido por los poderosos, que apa­recía con frecuencia metido en las gue­rras, los alza­mien­tos rurales y las luchas por el poder, la tierra y la independen­cia. Las baladas anóni­mas sobre las aven­turas de Ro­bin Hood en los bosques de Sherwood datan del siglo XIV; Dante Alighieri inclu­yó a Ghi­no de Tac­co en la Divi­na Come­dia; Wal­ter Scott narró las an­danzas del escocés Rob Roy, e innumerables poetas y dramatur­gos, de Schi­ller a Neruda, han dado cuenta de la pro­funda suges­tión que ejercieron estas figuras en la historia de todos los países.

     Los relatos señalan la soli­da­ridad popular que los acompañó en vida, así como la persistencia del mito después de su muerte, dis­tin­guién­dolos del ban­di­daje co­mún. El apelativo "bandole­ro romántico" pro­viene de la apro­pia­ción del per­so­naje por los es­cri­to­res del romanticismo alemán a par­tir del drama de Schi­ller Los bandi­dos; aunque esa adjetivación aludía a su re­flejo litera­rio, tam­bién adqui­rió el significado más vulgar que se aso­cia a un ca­rácter apasiona­do, gene­ro­so, amante de la aven­tura, y corres­ponde por cier­to a la vi­sión corriente sobre ellos. Bandi­do de ho­nor fue el concepto em­pleado por Ma­ría Pe­rei­ra de Quei­rós en un estu­dio sobre las bandas de jinetes del noreste brasileño, los can­ga­cei­ros, enfatizando su códi­go de conducta; al cual José Gó­mez Ma­rín designó en buen castellano hon­ra po­pular para diferen­ciarlo del ho­nor no­ble o bur­gués (10).

     La noción de ban­do­lero social, acuñada por Eric Hobs­bawm, enfatiza la dimen­sión colectiva de sus peripecias como expresión contesta­taria de una comuni­dad, por oposición al carác­ter indi­vi­dual del sim­ple delin­cuen­te. Se trata de un fenómeno propio de las socieda­des de base agra­ria -inclu­yendo las econo­mías pastori­les-, compues­tas por cam­pe­sinos y traba­ja­dores que eran explotados por señores, terra­te­nien­tes, ciuda­des, compañías u otros centros de pode­r. Dejando aparte al bandido urbano y a los que provenían de la nobleza, Hobsbawm enfocó al salteador rural de origen popular en diver­sos escena­rios y épo­cas, trazando sugeren­tes distinciones (11).

     El buen la­drón, el Robin Hood a quien su pueblo ad­mira y apoya­, es gene­ral­mente un joven campe­sino empu­jado a esa vida por una in­justi­cia o per­se­guido por algún acto que la costum­bre popu­lar no con­sidera verda­dero delito. Su fama -la cual no nece­sariamen­te corresponde siempre a los he­chos- es que "co­rrige los abu­sos", "ro­ba al rico para dar al po­bre" y "no mata sino en de­fensa pro­pia o por justa vengan­za". A ve­ces se rein­cor­pora a una vida nor­mal en la co­mu­nidad media­nte algún arre­glo con la autoridad, aun­que en casi todos los casos tiene un fin trági­co, debi­do a una trai­ción. Otra constan­te es la leyen­da de su invi­si­bili­dad o invulnerabilidad, que vendría a ser una metáfora de la capacidad para elu­dir a los perseguidores que le facili­ta la red de com­plici­dad campe­si­na.

     Los vengadores, del tipo que ejemplifican algu­nos furibundos can­ga­çei­ros, parti­cipan de los ras­gos del bandido social con dos excep­ciones impor­tan­tes: no sólo son inmode­rados en el uso de la violen­cia, sino que practi­can deli­bera­damente la cruel­dad para cimen­tar su imagen pública; tampoco ayu­dan en sen­ti­do ma­te­rial a los po­bres, si bien al ate­rro­rizar a sus opre­so­res los gratifican "psi­cológi­ca­mente", de­mos­tr­ando que también los de aba­jo pueden ha­cer­se te­mer.

     La tercera va­­r­iante que señala Hobsbawm son los hai­duks, grandes ban­das de jine­tes que abunda­ron en Hun­gría y los Balcanes desde el siglo XV, con rasgos semejantes a los cosacos de Rusia -y a los gauchos y otros jinetes americanos-, dife­ren­ciándose de los demás campesi­nos por su carác­ter de "hom­bres li­bres". Im­bui­dos de una concep­ción i­gualita­ria, solían ele­gir a sus je­fes, lo cual indica que éstos no eran de­termi­nantes del carác­ter del grupo, sino a la inversa. Como "ban­didos na­ciona­les", de los que hay ejem­plos también en la histo­ria latinoa­merica­na, for­maron guerri­llas para defender sus terri­to­rios de la conquista extranje­ra.

     Numerosos bandidos sociales fueron contrabandistas, ocupación ilegal que la opinión común suele no consi­derar verda­de­ro deli­to. Otros eran solda­dos deser­to­res, es decir, pros­criptos por causas no reprochables para sus pai­sanos.

     Hobsbawm interpreta que el bandolerismo social es "una forma primiti­va de protesta", de carácter "prepolíti­co", pro­pia de so­ciedades campesinas "profunda, tenazmente tradiciona­les" y de es­tructura precapitalista. En tiempos en que se rompe el equi­li­brio tradicional, esos brotes se agudi­zan y el ban­dido se transforma en símbolo de re­sistencia, expo­nente de las de­man­das de justicia de la co­munidad. No es un innovador, sino un tradicio­na­lista que aspira a la restau­ración de la "buena socie­dad anti­gua". En algunos casos se empeña en lograr "una justicia más general" que la de sus inter­vencio­nes y dá­divas oca­sionales; como el napoli­tano Angioli­llo en el siglo XVIII, que a su paso por los pueblos organizaba un tribunal para oir a los liti­gantes, dictar veredictos y conde­nar a delincuentes comu­nes. Asimismo, el bandi­do no suele atacar al soberano, ya que, según Hobsbawm, "está lejos y encarna (como él) la justi­cia". A ve­ces, fra­ca­sados los intentos de supri­mir­lo, el rey inten­ta lle­gar a un acuerdo con el rebelde, incluso tomándolo a su servi­cio. 

     Estos hombres se vin­cu­lan con facilidad a otras expre­sio­nes igual­mente primi­ti­vas de protes­ta como los movi­mien­tos mile­na­rios, que combinan tradi­cio­nes me­siáni­cas o apocalíp­ti­cas con el anhelo apa­sionado de un cambio completo y radical del mundo cono­cido. A menudo, los bandidos que compartían los valores y aspira­cio­nes del mun­do campe­sino se sumaban a los levanta­mien­tos rura­les. Su con­tri­bu­ción a las revolu­ciones mo­der­nas fue ocasionalmente importante en el plano mili­tar y en fases ini­ciales, aunque su inser­ción en la comple­jidad de los proce­sos polí­ticos sub­si­guientes resultó más dificultosa y poco dura­dera.

     Siempre hubo deslizamientos entre el bandole­rismo y la guerra, en ambas direcciones. Así como las guerras y revolucio­nes atraen a muchos aventure­ros, es frecuente que des­pués, algunos comba­tientes del bando derrota­do se convier­tan en ban­didos para sobre­vivir. Por otra parte, los gobernantes tienden a cali­ficar como ban­didaje toda forma de oposi­ción ar­mada, y en su for­ma exte­rior cual­quier guerrilla rural puede pare­cerse a una pandilla de sal­tea­do­res; de modo que esos deslindes requieren afinar el análi­sis.

     Entre los cientistas sociales que han tratado esta materia es visible una "divisoria de aguas": por un lado, quienes se inclinan a aceptar que las le­yendas heroicas tienen cierta congruencia con los hechos, y por otro lado los autores que apun­tan a "des­mitifi­car" al bandido, esgri­miendo evi­den­cias que desa­credi­tarían la visión ingenua de las masas rura­les. A par­tir de Anton Blok, los "revi­sionis­tas" de la teoría hobs­bawmia­na pusieron en tela de juicio que los bandi­dos mantu­vie­ran una genuina so­lida­ridad de clase con los cam­pe­sinos po­bres, des­ta­cando los casos en que esta­ban más liga­dos a los ricos pro­pieta­rios o servían encu­bierta­mente al apa­rato estatal. Si bien el énfasis en uno u otro punto de vista tiene que ver con el sesgo ideo­ló­gico del observa­dor, las investi­gaciones puntuales han mos­trado una gama de matices en la coherencia de las leyendas y la realidad, pues muchos bando­le­ros promi­nentes oculta­ban fuer­tes compromi­sos con los pode­rosos; el mismo Hobsbawm admitió que no se debe confundir el mito con el hecho, que no habría que dejarse tentar con una excesiva idealiza­ción y que no hay que desestimar las compleji­dades del fenómeno (12).

     En el ámbito latinoamericano, esta línea de estudios ha ilumi­nado procesos de gran interés. Comparando los gau­chos argen­tinos y los llane­ros venezolanos, Richard W. Slatta y Miquel Izard observa­n cómo fueron empuja­dos al bandole­rismo en una secuencia histórica paralela, en fun­ción de los intere­ses de los hacen­dados, a través de la "crimina­liza­ción" de su medio de vida tradi­cional. 

     Las proposiciones de Slatta, apoya­das en los trabajos de va­rios auto­res acerca de outlaws (los "fuera de la ley") mexi­canos, vene­zolanos, gau­chos, canga­çei­ros y otros, tendieron a descartar el modelo de Hobsbawm, postulando en cambio las categorías de ban­didos gue­rri­lle­ros y po­líti­cos. El primer tipo se atiene a la caracteriza­ción de Chris­ton Archer sobre los que operaban en México en las gue­rras de la indepen­dencia, motivados más por el saqueo que por ideo­lo­gía o patrio­tismo, a quienes Slatta homologa demasiado apresuradamente con las formaciones lla­neras y -siguien­do la visión sarmientina- con los gau­chos de las mon­tone­ras federales. Se trata­ría de "margi­nales rurales meti­dos en la guerra por la coer­ción o la pro­mesa del botín, o ambas co­sas", "cambian­do de lado según su cálculo del mayor bene­ficio poten­cial". Bandi­dos polí­ticos serían los que tienen apoyo de un partido o movimiento de ese carácter, antes que de una clase so­cial, como se produjo en diver­sos mo­mentos en Méxi­co, Cuba y Colom­bia (13).

     Gilbert Joseph cuestionó la tendencia de los "revi­sio­nistas" a hacer una historiogra­fía desde el punto de vista de la elite y propuso incor­porar los apor­tes de los investigadores que tratan el bando­lerismo como una de las opciones de resis­ten­cia de las clases subal­ternas, buscando compren­der a los campe­sinos como sujetos de su propia histo­ria. En tal senti­do, los estudios de Rana­jit Guha sobre las for­mas de la con­ciencia campe­sina en opo­si­ción a la defi­nición ofi­cial de la legali­dad, y los de otros histo­riado­res del campesi­nado de los países colo­niales que llaman la aten­ción sobre una diversidad de mani­festa­ciones o subcultu­ras de re­sisten­cia, plantean la necesidad de analizar las con­cep­ciones de la ley y el delito como ins­trumen­to de dominación (14). ­­

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     ¿Quiénes eran bandidos? Se incriminaba ante todo como tales a quienes escapaban del alcance de la autoridad en despoblados y áreas de frontera, en cuya situa­ción era común que se dedicaran a asaltar haciendas, rutas y viaje­ros. Pero el rótulo se aplicaba también a otros hechos. No se trata de un delito en particular, sino de diver­sas conductas punibles. Como en muchos sistemas penales de la época, el régi­men colonial hispáni­co califica así un género de actos delictivos, en tanto y en cuanto cons­tituyen una forma de vida para deter­minadas categorías de perso­nas. Y en definitiva, desig­na siempre un con­jun­to de activi­dades de grupos o "cla­ses peligrosas" de la socie­dad, marca­ndo en particular com­porta­mien­tos desa­fian­tes para el orden estableci­do, como podemos ver en numerosos ejemplos (15).

     Desde los primeros años de la conquista, las recurrentes rebeliones de negros e indios arrojaron a muchos al bandole­rismo. La primera revuelta de esclavos se produjo en la navidad de 1522 en la Españo­la (Santo Domin­go), en un ingenio de Die­go Colón, y la misma isla fue escenario en 1533 de una insurrección indíge­na a la que se sumaron miles de negros: se mantuvieron alza­dos durante más de una década, formando bandas de jinetes y asen­tando sus rancheríos en la zona meri­dional.

     En algunas regiones los negros cima­rro­nes, fugados de las planta­ciones y haciendas, formaron cuadrillas de salteadores e incluso fundaron comu­nidades, constituyendo familias con mujeres indias. Estos grupos, que a menudo mante­nían la identi­dad cultu­ral mediante los ritos afri­canos, defen­dieron sus baluartes por muchos años en los montes y las selvas, se­ entremezclaron en varias in­su­rrec­cio­nes de colonos blancos y hasta en las incur­sio­nes de corsarios como Francis Drake en Centroaméri­ca (16).

     Los levan­ta­mientos de esclavos se sucedieron en el siglo XVI en Puerto Rico, Santa Marta, Pana­má, México, La Habana, Lima, Carta­ge­na, San Pedro de Honduras. La represión fue infle­xi­ble, con profu­sión de ahor­ca­mien­tos, y en 1619 Felipe VI sancionó el prin­cipio de que "en caso de motines, sedi­ciones y re­beldías con actos de salteamientos y de famosos ladrones que sucedían en las In­dias con negros cimarrones, no se hiciese proceso ordina­rio".

     El ordenamiento español prescribía la discriminación legal y la separación físi­ca entre negros e indios, con fundamentos morales y religio­sos, pero sin duda tam­bién para impedir alianzas entre ellos. Una táctica usual de los conquistadores fue emplear contin­gentes indígenas contra los negros cimarrones y milicias de negros esclavos para reprimir a los indígenas. No fueron fre­cuen­tes los alzamientos solidarios, aunque en 1602 el indio Francisco Chichima encabe­zó uno en Vilcabamba, Perú, y tras su captura y deca­pitación resurgió la rebelión mancomunada de esclavos y aborígenes.

     En 1604 el cacique Mbagual o Bagual y su gente abandonaron la reducción que les habían impuesto las autoridades de Buenos Aires y se internaron en la pampa, asaltando a los viajeros y robando caballos de las estancias. Los españoles resolvieron emprender acciones de represalia mandando que "a los más culpables se les quiten los hijos" y se repartiera ese botín humano entre los encomende­ros y los soldados como mano de obra servil (17).

     La rebelión de Chalimín, "el Tigre de los Andes", iniciada en 1630, se extendió por toda la región de los valles calchaquíes durante cuarenta años, y sólo pudo ser contenida a costa de muchas cabezas cortadas, miles de cuerpos deshechos o amputados y pueblos enteros desterrados por la aplicación inflexi­ble de los castigos del terror colonial.

     La llamada República de Palmares se estableció hacia 1640 en medio de la selva brasileña, entre Pernambuco y Alagoas, atrayendo a los esclavos que huían de las plantaciones, desarrollando variados cultivos y rechazando decenas de expediciones de los portu­gue­ses y holande­ses hasta que los bandeirantes paulistas la destruyeron en 1693. Otros de estos llamados quilombos se establecieron por la misma época en territo­rios interiores del Brasil y de las Guayanas holandesa y británica.

     En el siglo XVIII las ordenanzas españolas reflejan el empeño en combatir el bandolerismo, a la vez que se acentúa la preocu­pación por controlar las formas de vida "licenciosas" de la plebe. En 1759 ya estaba mejor esta­bleci­da la distin­ción entre vagos, los carentes de ocupa­ción regu­lar, y mal entre­te­nidos, los jugado­res, ebrios, "sensuales", escandalosos, desobe­dientes o autores de otros desórde­nes meno­res, aunque tuvie­ran domi­cilio. A las autori­dades loca­les se les conferían atribuciones para someterlos a traba­jos de pasto­reo y labran­za. Resulta significa­tivo que las órdenes reales contempla­ran en 1784 que "las partidas desti­nadas a la perse­cución de bandi­dos, contra­bandistas y malhechores cuidarán, como uno de los puntos más esencia­les de su comi­sión, de recoger todos los vagos que en­cuen­tren" (18).

     En el inmenso territorio que abarcó el Virreynato del Río de la Plata, los asal­tantes de cami­nos y ladro­nes de gana­do perturba­ban la econo­mía colo­nial, en la cual tenía gran importancia el tráfi­co de caba­llos y mulas desde el litoral hasta el mercado minero de Potosí y otros puntos del Alto Perú. Eran bienes valio­sos, de gran demanda, que se podían desplazar y vender con facilidad y rapidez, y fueron presa de muchas formas de cua­trerismo, tanto por los gauchos como por los comer­ciantes y hacendados de buena posición que traficaban con animales roba­dos. Claro que sólo se tachaba de bandidos a los primeros.

     En los archivos judiciales de San Miguel de Tucu­mán, hacia fines del siglo, se observa cómo los denunciantes y funcionarios definen al bando­lero por el aten­tado a la propiedad acompañado de otras circunstancias: un "ladrón de públi­ca voz y fama" que roba "toda especie de ganados", "vaga­mundo y ocio­so", "que vive en los montes" y comete asaltos "acompañán­do­se con otros de su misma condi­ción". Era bastante habitual que estos sujetos raptaran mujeres, y como rasgos personales agravantes se señalaba al que "no oye misa ni se confie­sa" o era jugador, bebedor y hasta hechicero. A veces se trataba de hom­bres que habían causa­do heridas y muer­tes, pero también podía ser cualquiera que había hurtado un par de ovejas (19).   

     El vagabundo, el que no tenía un patrón conocido, estaba particular­mente expuesto a caer bajo la etiqueta de bandolero. El régimen del conchabo obli­gatorio tendía a asegu­rar a los hacendados la oferta de mano de obra y a la vez a esta­blecer un control general sobre la población. En juris­dic­ción de Tucumán, las orde­nan­zas de 1760 prescribían que toda persona que no tuviera bienes raíces u oficio reconocido debía buscar amo o patrón para emplear­se por un sala­rio. El que fuera pro­pieta­rio, arren­dero o agre­gado debía contar con al menos cien vacas y cincuenta ovejas propias para esca­par a la norma­tiva. El cumpli­miento se con­trolaba con la presenta­ción del "papel firmado del amo o del artesano" sin el cual cual­quier persona queda­ba sujeta a los castigos previstos de multas, pri­sión, azo­tes, traba­jos en las obras públi­cas o en los presidios de fronte­ra (20).

     Desde 1776, cuando se organizó el Virrey­na­to del Plata, los regla­mentos se tornaron más rigurosos. Se dispu­so la pre­sencia de nuevas autori­da­des en el ámbito rural, los jueces de campaña o jueces pedáneos, y se extendió la medida del con­chabo obliga­torio a las mujeres. En un bando de enero de 1798, el Cabildo de Tucumán mandaba a los vagabundos y "toda gente pobre y libre, de uno y otro sexo" a concha­barse dentro del tercer día bajo pena de un mes de cárcel, sin poder "mudar de señores" mientras éstos no los despidan o les den mal trato (21). Aunque es difí­cil esta­ble­cer en qué medida se cumplían estas dispo­sicio­nes, lo cierto es que empuja­ban al margen de la ley a una gran parte de la pobla­ción y otor­gaban a los funcionarios un poder discre­cional para perse­guir a los habi­tantes de la campaña.

     Entre los enjuiciados como bandidos encontramos a gente de todos los estamen­tos inferiores, desde negros fugados a españoles pobres. Algunos eran mi­grantes que deja­ban sus tierras de origen en busca de mejo­res opor­tu­nida­des o indígenas que habían perdido su lugar en las comuni­dades. Podían ser los que huían de la enco­mienda, como el caso que ilustran los archivos tucumanos del indio Joseph, quien en 1756, a raíz de un problema con su amo en la hacienda de Ignacio De Silva, escapó para unirse a una gavilla de bandole­ros (22).

     Otra fuente de proscriptos eran los amotinamientos y las desercio­nes individua­les de los cuerpos de milicia, muy corrientes cuando la paga y hasta los abasteci­mientos tardaban en llegar, a veces meses y años. Por el motivo que fuese, el pobre caído en desgra­cia que eludía a la justi­cia echándose al monte era identificado como bandole­ro y difí­cilmen­te podía volver a una vida normal.

     Dentro de la surtida gama del gauchaje -que como vimos incluía a no pocos indios, negros y sus descendientes mestizos- se llamaba matre­ros a los que erraban por los campos y dormían a la in­tem­perie cu­brién­dose con su pon­cho o matra; es de­cir, individuos sin domi­ci­lio, cuyo hogar era la pampa o el monte. Ello denotaba el carácter de "alza­dos" contra la autori­dad, por no tener papeles, haber de­sertado o ser perse­guidos por algún delito. Muchos de ellos subsistían sin dedi­carse necesa­riamente al pi­lla­je. Podían vivir de la caza de anima­les del campo, aunque incu­rrían en el cua­tre­rismo si avan­zaban sobre el ganado marcado por los estan­cie­ros. De cual­quier manera, ma­trero devino sinó­nimo de malhe­chor.

     Sarmiento describió en el Facundo al "gaucho malo" como exponente del ca­rác­ter turbulento del país. Perse-guido por la justi­cia, te­mido y ad­mi­rado por sus haza­ñas, este "hé­roe de las tra­ve­sías", cuyo nombre era "pronuncia­do en voz baja, pero sin odio y casi con respeto", robaba­ ca­ba­llos pero no asaltaba­ a sus pai­sa­nos ni a los viajeros. Las partidas poli­cia­les rara vez intentaban alcan­zarlo y, si en alguna oca­sión lo en­frenta­ban, tenían poca chance frente a su acome­ti­da y la rapidez de su parejero. Era un hombre que hacía honor a su pala­bra y se conducía según un código tradicio­nal, contra­dicto­rio con la ley del Estado (23).

     Nadie más elocuente que Sarmiento en su re­trato de los gauchos, y nadie además expuso con tanta franqueza el desig­nio de acabar con ellos en nombre de la civilización euro­pea. "No trate de economizar sangre de gau­chos -fue su tremendo consejo a Mitre-; este es un abono que es preciso hacer útil al país; la sangre es lo único que tienen de seres humanos" (24). Una sentencia que por cierto no fue sólo literaria.

     El manejo del ganado mayor era en algunos aspectos una faena brutal. En contrapo­sición al trabajo del agricul­tor, los gauchos practicaban un oficio duro y violento, que no podía dejar de moldear su carácter. Sus herra­mientas de mano se convertían fácilmente en armas para la guerra, y ya en tiempos de la colo­nia probaron que podían ser una fuer­za ofensiva formi­da­ble. El degüello, por ejemplo, arte de sacri­fi­car al gana­do, se aplicó para ejecu­tar a las per­so­nas. Sin duda estas pro­yec­cio­nes de la cultura pas­to­ril inci­die­ron en la crueldad de las lu­chas polí­ti­cas, y dieron pie a las interpretaciones sobre la barbarie de los vaqueros (25).    

     En Buenos Aires, perfeccionando el sistema de control de la campaña ejerci­do por los alcaldes de Hermandad, se organizó en 1752 el cuerpo de Blan­den­gues como una guardia montada de frontera, con la misión princi­pal de perseguir el bandi­daje y el contraban­do y contener a las tribus indíge­nas. El decreto de crea­ción preveía inte­grar ocho compa­ñías de 100 hombres cada una, lo cual muestra la impor­tancia que se le atribuía, aunque no llegó a reunir tantos efectivos. Cuerpos similares se crearon más tarde en Santa Fé y la Banda Oriental. En ellos se realizó la experiencia de enrolar gauchos que desple­garon acciones y tácti­cas análogas a las de las parti­das indias. Como veremos, algunos veteranos blan­dengues contribu­yeron luego a la "gue­rra gaucha".

     En 1804, el virrey Rafael de So­bremon­te pres­cribió la obli­ga­ción de los peones de portar un certifica­do de empleo del patrón y otro de alis­ta­mien­to en las mi­licias. El primero debía renovarse cada doce meses, y quien se encon­trara sin él podía ser condenado a dos meses de trabajos forzados sin paga en las obras públicas (26).

     En la época colonial se había deli­nea­do pues un opro­bioso sistema de control y discrimina­ción, que era motivo de crecien­tes resisten­cias, según se desprende de los fundamen­tos de las pro­pias ordenan­zas. Se perfi­laban así algunos térmi­nos simé­tricos de opre­sión y rebeldía en el campo, que con el tiempo se irían agudizando. 

* * *

     La orden de descuartizar a Túpac Amaru a la cincha de cuatro caballos no se pudo cumplir como estaba prescripta: en la plaza pública del Cuzco, la antigua ciudad donde reinaron sus antepasados, durante la terrible escena que presenció la muchedumbre espectante, su cuerpo cobrizo y fornido, amarrado de pies y manos por largas cuerdas a las bestias que pujaban en direcciones opuestas, aguantó la tensión sin quebrar­se, según recordaban los testigos, hasta que de pronto se desató un inesperado ventarrón y el cielo derramó su llanto compade­cién­dose de su destino.

      El Visitador general Areche, invocando las exigen­cias de "la justa subordi­nación a Dios, al Rey y a sus Minis­tros", había determinado que "debo condenar y condeno a José Gabriel Túpac Amaru a que sea sacado a la plaza principal y pública de esta ciudad, arrastrado hasta el lugar del suplicio, donde presencie la ejecu­ción de las sentencias que se dieran a su mujer Micaela Bastidas, sus hijos Hipólito y Fernando Túpac Amaru, a su tío, Francisco Túpac Amaru, a su cuñado Antonio Bastidas, y algunos de los princi­pales capita­nes y auxilia­dores de su inicua y perversa intención o proyecto, los cuales han de morir en el propio día; y conclui­das estas sentencias, se le cortará por el verdugo la lengua, y después amarrado o atado por cada uno de los brazos y pies con cuerdas fuertes, y de modo que cada una de éstas se pueda atar o prender con facilidad a otras que pendan de las cinchas de cuatro caballos, para que, puesto de este modo, de suerte que cada uno de éstos tire de su lado, mirando a otras cuatro esquinas o puntas de la plaza, marchen, parten o arranquen de una vez los caballos, de forma que quede dividido el cuerpo en otras tantas partes, llevándose éste, luego que sea hora, al cerro o altura llamado Picchu, a donde tuvo el atrevimiento de venir a intimidar, sitiar y pedir que se le rindiese esta ciudad, para que allí se queme en una hoguera que estará preparada, echando sus cenizas al aire, y en cuyo lugar se pondrá una lápida de piedra que exprese sus principales delitos y muerte, para sola memoria y escarmiento de su excecrable acción". Su cabeza debía enviarse para ser exhibida a Tinta, uno de los brazos a Tungasu­ca, el otro a Carabaya, una pierna a Chumbivilcas y la restante a Lampa; sus casas abatidas y la tierra regada con sal, confiscados todos sus bienes, los individuos de su familia declarados infames e inhábiles para reclamar herencia alguna, y los documentos de su linaje quemados por el verdugo en la plaza de Lima "para que no quede memoria".

      Al mediodía del 18 de mayo de 1781, el inca rebelde asistió, en efecto, a la atroz agonía a horca y garrote de los suyos, le seccionaron la lengua, lo ataron a los caballos y lo tironea­ron, pero no lograron partir­lo. Como una señal, en ese momento "se levantó un fuerte refregón de viento, y tras éste un aguace­ro, que hizo que toda la gente y aún los guardias se retira­sen a toda prisa". Entonces el Visita­dor ordenó al verdugo que lo desco­yuntara a hachazos, para luego quemar sus despojos con los de su mujer y esparcir las cenizas en el aire y el río (27). 

     La rebelión del última inca conmovió "los cimientos más profun­dos del sistema español en las In­dias", según la expre­sión de Boles­lao Lewin, y constituyó el prece­dente inmediato de las luchas por la indepen­den­cia. Fue una reacción contra la explotación de los indígenas, que se hacía aún más gravosa y perversa por la decadencia de la economía minera y la declinación demográfica de los pueblos. A la injusticia del sistema se añadían los abusos. Los despóticos corregi­do­res, mezcla de comerciantes y jueces, medraban con los "repartos", aprove­chando su carácter de proveedo­res exclusivos para obligar­ a las comunidades a adquirir objetos superfluos a tarifas exor­bitan­tes, y utiliza­ban sus facultades judiciales para perseguir a los deudo­res; los dueños de obrajes, especie de talle­res textiles con mano de obra forzada, no respeta­ban los reglamentos ni los turnos anuales de traba­jo; los concesionarios mineros, patrones de los indios mitayos, los alquilaban a terceros y éstos los sometían a labores extenuantes, de tal modo que sólo un pequeño porcentaje de ellos regresaba con vida a sus hogares. Durante largo tiempo los caciques gestiona­ron en vano la supre­sión de los excesos, denun­ciando el incum­plimiento de la ley en alegatos de los que se conservan piezas memorables. Finalmente Túpac Amaru se rebeló, esgri­miendo un supues­to mandato real; la misma argucia de los españo­les cuando invo­caban al Rey para sus propósi­tos.

     El "grito de Tinta", al que siguió el ajusticiamiento público de los malos funcio­na­rios y la destruc­ción de los obrajes, repartiendo sus bienes y dine­ros entre los indios, tuvo un carácter radical­mente subver­si­vo. La repre­sa­lia fue feroz. El estallido ini­cial fue en noviem­bre de 1780 y seis meses más tarde Túpac Amaru y su familia fueron ajusti­ciados. No obstante, la suble­va­ción conti­nuó por años, sacudiendo el Alto Perú y las demás provin­cias del no­roeste del Virreyna­to del Plata.

     Los grupos indígenas que tomaron las armas contaban con la participa­ción de numero­sos mestizos. Hicie­ron am­plios llamamien­tos a comba­tir a los "europeos ladrones" y solicitaron el apoyo de los "espa­ñoles america­nos", planteando el objetivo común de suprimir los abusos contra "los naturales y los criollos". Respondiendo en forma directa o indirecta a esa convocato­ria, hubo alzamientos de cholos mili­cianos y revueltas de la plebe urbana en las villas del Alto Perú -los más notorios en Tupiza, Potosí, Arica- a los que se suma­ron las masas campesinas indí­ge­nas. También se sublevaron milicias en jurisdic­ción del Tucu­mán, en Jujuy y Salta, los valles calchaquíes, La Rioja, Belén de Catamarca y otros luga­res.

     Los indios habían sido la base de la sociedad y la fuerza laboral en los puntos más importantes del asentamiento español en América, y los criollos eran una masa creciente que absor­bía a los des­cendientes de unos y otros. La marea de la revolución burguesa desató guerras, con­vul­siones y mudanzas económicas en Europa, que repercu­tían en la crisis de las colo­nias america­nas. Los embates de la rebeldía indíge­na ahondaron las grietas del sistema colonial, pero las represalias desangraron y descabe­zaron a los naturales. Fueron los criollos quienes abatie­ron el poder español y se convir­tie­ron en los sucesores. La emancipación tuvo su eje no en los cen­tros declinan­tes donde se concentra­ban las poblacio­nes indias, sino en las áreas de más reciente prosperidad abiertas al comercio interna­cio­nal.

     Sin embargo, al reivindicar su condi­ción y título de america­nos, los criollos se solidarizaron con los pueblos originarios, y para enfrentar a los realis­tas convo­caron y armaron a todos los "hijos del país". El gobier­no patriota de Buenos Aires eximió de tributos a los indígenas en 1811, medida que la Asamblea de 1813 ratificó, dero­gando las demás formas de sujeción perso­nal y de­cla­rándolos hombres libres "en igualdad de de­re­chos a todos los demás ciudadanos". Castelli, el tribuno de Mayo, proclamó en el magnífico escena­rio de las ruinas de Tiahua­naco los bandos de la Junta, en castellano, aimará y quichua, anunciando la libertad y la igualdad para los indios.

     Muchas comunidades sumi­nistraron baqueanos, tro­pas auxilia­res y aprovisio­na­mientos para los ejércitos de la indepen­den­cia. En el Alto Perú, Belgrano in­corporó a sus fuerzas a millares de indios condu­cidos por sus curacas, y los alzamientos indígenas desde el Cuzco hasta Potosí contribu­yeron a combatir a los realistas.

     El nombre de la Logia Lautaro, promovida por San Martín como parti­do secreto de la revolución sudamericana, evocaba al legenda­rio jefe arau­cano que encabezó la resistencia a los españoles. En Cuyo, el Libertador reunió en parlamen­to a los caciques princi­pa­les en 1814, en un momento culmi­nante de los esfuerzos por ganar su apoyo y utili­zarlos a la vez para confundir al enemigo. Les mani­festó el propó­sito de cruzar la cor­dille­ra para aca­bar con los godos "que les han roba­do a uste­des la tierra de sus antepa­sa­dos", les soli­citó ayuda y per­mi­so para pasar por sus domi­nios, y declaró: "yo también soy in­dio"; ello muestra hasta qué punto se identificaba con ellos por ser hijo del país, y por su condición de mestizo, si nos atenemos a la antigua versión de que había nacido de madre guaraní (28).

     La reivindicación indígena estaba den­tro de la lógi­ca de la revolu­ción. En una fase ini­cial, el movimiento tendía a hermanar a "los anti­guos ocu­pantes del suelo y los nuevos revolucio­narios hijos de la tie­rra", como dijo Mi­tre, expli­cando la propuesta de Bel­grano al Congreso de Tucumán para ins­taurar una monar­quía incaica. Si bien cri­tica esas "fal­sas ideas", Mitre reco­no­ce que "tal era la noción vulgar de la revolu­ción, tal la pasión que se inoculó desde su origen" (29). En realidad, en la época en que él escribió esto, la clase dirigente operaba un vaciamiento político deli­bera­do de tales conteni­dos. Cabe observar también que, en el ámbito al que quedó reducido el territo­rio argentino, los aborí­genes habían sido ya en gran proporción asimilados o aculturados, con la notoria excep­ción de las tribus "infieles" de las pampas.

     Las dispo­siciones colo­niales que asig­naban tierras a grupos determi­nados de indios bajo sus propias auto-ridades, reco­nociendo sus usos y cos­tumbres, mante­nían formal vigencia, según declaró la juris­prudencia poste­rior de los tribunales de la República; aun­que esta cues­tión nunca fue re­suelta de manera efecti­va. Igual que en otros órdenes, conti­nuando y agra­vando el perverso dualismo de la era colo­nial, las reglas lega­les fueron salteadas o desvirtuadas en la prác­ti­ca.

     Si la conquista ibérica y los sistemas de trabajo compul­si­vo destru­yeron las civilizaciones y comunidades autóc­to­nas, reducien­do sustancial­mente la población americana, la integra­ción con la econo­mía europea industrial y la organi­za­ción capitalista de la producción acarrearon el despojo y sumisión de los pueblos a nuevas formas de explotación. Hubo una conti­nui­dad en ese proce­so que des­pla­zaba las formas socia­les ante­riores. La independen­cia de las colonias fue parte de la revo­lu­ción burguesa mun­dial y aceleró el curso de la histo­ria con todas sus contradic­ciones. La trans­formación era en cierto senti­do inexo­ra­ble, aunque es obvio que podía reali­zarse por diver­sas vías, según quié­nes y cómo ejercie­ran el poder, y pre­sentaba diver­sas opciones en cuanto a la distri­bu­ción de los recur­sos y las oportu­nida­des económi­cas.

     Al trasto­car el funda­mento del gobierno invocando la sobe­ra­nía popu­lar, la revolución alteró la posi­ción relati­va de los grupos socia­les. La férrea auto­ridad del período colo­nial había sido destrui­da y las institu­ciones tardaron en recom­ponerse; los principios repu­blicanos ofrecían ciertas brechas en el poder, y la movi­lización mili­tar de las capas popula­res les dió la oportu­nidad de hacerse va­ler. Claro que en la ciudad de Buenos Aires, donde se consolidó la cabeza política y económica, pesaban de manera determi­nante los mer­cade­res, ban­queros y hacen­dados, ligados a los agentes de la diplo­macia y los nego­cios europeos, que maneja­ban los resor­tes del comer­cio, el crédito y el dinero, anteponiendo sus inte­re­ses a las deman­das y posibi­lida­des de los diver­sos pueblos y regio­nes. Aquel núcleo ostentaba una clara concepción aristocrática: "todo para el pueblo y nada por el pueblo" fue la máxima con la que pretendieron justificar la Consti­tución unitaria de 1819 (30). Como en otras regiones sudame­rica­nas, las pugnas para definir los tér­mi­nos del nuevo orden se zanjaron por las armas, y todos, incluso los hom­bres de la fronte­ra, fueron arras­trados a la con­tien­da.

     Los jinetes de las llanuras tuvieron un prota­gonis­mo determi­nante en los dos gran­des focos de irra­dia­ción de la revolución, Venezue­la y el Río de la Plata. Estos rebeldes indoma­bles fueron la punta de lanza, peleando por la li­bertad de sus países y la suya pro­pia. Los gauchos presta­ron ina­pre­cia­bles ser­vi­cios como solda­dos y baquea­nos en los ejérci­tos patriotas y en las partidas monto­neras que condu­jeron Arti­gas y Güemes, del mismo modo que lo hicie­ron las guerrillas llane­ras encabeza­das por José Anto­nio Páez en Venezue­la, cuando, después de haber servido al bando enemigo, Bolívar logró vol­carlas para su lado en la gue­rra social (31). Pero en las provin­cias del Plata se produjo otro vuelco inverso, cuando los lance­ros gauchos que habían hecho frente a los rea­lis­tas enfrentaron a la conducción porteña.

     En aquel momento se perfi­ló otra ver­sión de la revo­lu­ción independen­tista. Los caudillos y jefes políticos y militares del litoral impugnaron la conducción del gobierno de Buenos Aires levantando el estan­dar­te del federalismo, y la insur­gencia de los gauchos se asoció a esa causa. Las impre­siones del general Paz son elocuen­tes sobre el conteni­do so­cial del movimiento: "les fue muy fácil a los caudi­llos suble­var la parte igno­rante contra la más ilus­tra­da, a los pobres contra los ricos, y con este odio venían a con­fundirse los celos que justa o injus­ta­mente inspi­raba a muchos la prepon­deran­cia de Buenos Ai­res" (32). A partir de las dife­rencias de clase y los resentimientos regionales que subraya Paz, es evidente que había de por medio otras cuestiones estraté­gi­cas, visiones opuestas del futuro y de los obje­tivos de la revolu­ción. 

     La doc­trina que asumieron los disidentes del interior explica en parte esas diferencias. ¿Qué era el federa­lismo? Los cons­titucio­nalistas norte­ame­ricanos lo conci­bieron como forma jurídica del Estado, adaptado al esquema de la demo­cracia libe­ral. En Europa, sin embargo, fue una ideología universalista sobre el sentido de la orga­niza­ción so­cial, vinculada al anar­quis­mo a tra­vés de Proud­hon, que influyó en las primeras for­mas del sindi­ca­lismo obrero internacional. En las repúblicas hispa­no­ame­rica­nas, en particular en Venezuela, Colombia, Ecuador, Chile y Argentina, si­guien­do el mode­lo de los Esta­dos Uni­dos, lo tomaron como divisa varios parti­dos o movimientos regionales opues­tos a la hege­monía de las antiguas capita­les que heredaban los privi­le­gios de la colo­nia, generando en su seno corrien­tes democráticas radica­les (33).

     En las provincias del Plata fue un movi­mien­to social comple­jo, cuya naturaleza no se agota por cierto en la defini­ción del modelo estatal. Surgió como una amalgama de dis­tintas perspecti­vas y demandas, una con­cep­ción popu­lar y na­ciona­lista de la revolución ameri­cana, enfren­tada al núcleo eli­tista y euro­pei­zan­te que prevale­ció en Buenos Aires. En cierto sentido era una tendencia más radical: las pro­puestas democráticas del liberalismo roussoniano encarnaron en la movili­zación de la plebe rural, desbor­dando las previsio­nes de la elite, que pretendía negociar la inde­pen­den­cia y la república a puertas cerradas. En otro sentido, era una propues­ta menos avanzada, que resistía la introducción abrupta de las institucio­nes modernizantes y la apertura al mercado capitalista internacional.

     Frente a las interpretaciones que han sostenido, a partir de Sarmien­to, que fue una reacción feu­dal o una suerte de invo­lu­ción a la colonia o la bar­ba­rie, en el período de la Confederación se puede obser­var que, ante el desafío de la incorpo­ración del país al co­mercio interna­cio­nal, los políticos federa­les más lúcidos plantearon una vía racional para adaptar las formas de mo­derni­za­ción capi­ta­lista a la reali­dad lo­cal. La inserción en el mercado mundial no era incompa­tible con un sistema protec­cio­nis­ta como "fórmula de paz entre las regio­nes" que promo­viera las indus­trias y el comercio inter­no. Así lo propuso Pedro Ferré en las tratativas del Pacto Fede­ral de 1831 y lo contempló en alguna medida la Ley de Adua­nas rosista de 1835 (34).

     En el orden interno, la aspiración espontánea de los gauchos se resumía en una frase que fue también consigna política: "la pampa y las vacas para todos". Claro que las prácticas antiguas de caza y vaquerías eran mani­fiestamente des­tructi­vas, y era evidente la ventaja de organizar estableci­mientos de cría y culti­vos forrajeros. La solu­ción, por lo tanto, era dis­tribuir de mane­ra equi­tativa los recur­sos y asentar a los campesinos criollos e in­dios en sus pro­pias tie­rras; pero para eso era necesario contener la avidez de los terra­te­nien­tes por acapa­rar el suelo, el gana­do y el agua.

     En las diversas tendencias y etapas que es posible dis­cernir en la evo­lución del partido federal, sus líderes susci­taron el fer­vor de las masas rurales apelando a tradición cultural y a las mis­mas promesas de libertad e igualdad que las movili­zaron en la causa de la inde­penden­cia. Pero esto exi­gía una síntesis entre la revo­lu­ción bur­guesa, las ambiciones de los hacendados, los intereses de las regiones y los reclamos popula­res, términos que no era fácil conjugar.

* * *            

     A lo largo del siglo XIX, entre los vaivenes de la política y la revolución, el avan­ce de la propiedad privada en las áreas de frontera continuó dispu­tándoles a los gauchos su es­pa­cio de libertad. Las medidas contra vagos y mal entretenidos se reiteraron, cada vez más restricti­vas, y se acentuó la presión de las levas para nutrir los cuerpos militares. A par­tir de un bando de 1815 del gobernador intendente de Buenos Aires y decre­tos ulte­rio­res, la falta de pa­peleta fir­mada por el em­plea­dor y el juez de paz podía justi­fi­car la califi­cación de vagancia. Desde 1822 se estable­ció el requisito del pasapor­te o li­cencia para des­pla­zarse de una a otra juris­dic­ción local, cuyas in­frac­cio­nes se purga­ban cum­pliendo servi­cios mili­ta­res. En manos de las auto­rida­des de la campaña, estas reglas conver­tían en deli­to la condi­ción del gaucho libre, defi­nido por exclu­sión: cual­quier indivi­duo sin tierra ni patrón (35).

     También las tribus pastoriles y otras comu­nidades agricul­toras de ori­gen indí­ge­na continuaban siendo empu-jadas hacia las zonas más inhós­pi­tas. En un pro­ceso que se re­pro­dujo de mane­ra seme­jante en distintas regiones, la privatiza­ción del gana­do, de los cam­pos y de las aguas de rie­go iba des­pojando a in­dios y criollos de sus re­cur­sos tra­di­cio­na­les. Ése fue el trasfondo social de las rebeliones montoneras.

     El voca­blo monto­nera, que se aplicaba a cualquier cuadrilla montada, ya fuera con propósitos de caza, pillaje o control del orden, se usó para denomi­nar la guerrilla ecuestre en la cual los gauchos des­plega­ron sus peculiares des­trezas de jinetes y sus aptitudes con la lanza, el facón y las bo­leadoras, además de las armas de fuego. Basta recordar como ejemplo que la suerte de la Liga Unita­ria se decidió en 1831 cuando una partida federal descabezó al ejército enemigo boleando el caba­llo del general Paz. Dirigi­das por sus caudi­llos, las monto­neras prolongaron, en un escalón más alto de con­ciencia política y organi­za­ción militar, las formas primiti­vas de lucha en el campo.

     En las pampas y sierras donde pululaban los gauchos, desde antes de la revolución de la independencia, aquéllos que habían alcanzado nombradía por sus cualida­des sobre­sa­lien­tes eran líde­res poten­ciales para cual­quier movi­liza­ción, y no es extraño que fueran soli­ci­ta­dos en tal senti­do por diver­sas faccio­nes. Según vere­mos, algunos hombres de oscuro origen bandole­ro fueron participantes y conductores de las rebe­liones polí­ti­cas, así como muchos soldados y jefes militares fueron arro­jados a las trave­sías y a la vida de salteadores por los avatares de la guerra. Esas figu­ras legen­darias jalonaron la experiencia histórica de las masas rurales en distintos ámbitos y momentos del período en el cual se diri­mie­ron, bien o mal, los dile­mas de la revolución.

 

Notas 

   (1) Eduardo Gutiérrez, "Dramas Policiales. Juan Cuello", en La Patria Argentina, 1880.

   (2) Juan Agustín García, La ciudad indiana, Buenos Aires, Estrada, 1936. Ricardo Rodríguez Molas, Historia so­cial del gau­cho, Bue­nos Aires, Marú, 1968. Rodolfo Puiggrós, De la colonia a la revolución, Buenos Aires, Levia­tán, 1957, p. 154-159. Ri­chard W. Slatta, Los gau­chos y el oca­so de la fron­te­ra, Buenos Ai­res, Sud­ame­rica­na, 1985, cap. 1 y 2.

   (3) Richard Hofstadter and Seymour Lipset (eds.), Turner and the Sociology of the Frontier, New York, Basic Books, 1968. Ri­chard W. Slatta, Comparing cowboys & frontiers, University of Oklahoma Press, 1997. Sobre gaúchos y vaqueiros, Euclides Da Cunha, Los sertones [1903], Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1980. Richard W. Slatta and Miguel Izard, "Banditry and Social Conflict on the Venezuelan Llanos", en R. W. Slatta (ed.), Bandidos: The Varie­ties of Latin Ameri­can Ban­ditry, New York, Greenwood Press, 1987.

   (4) Sobre "Gauchos, campe­sinos y fuerza de trabajo en la campaña rioplatense colo­nial", artículos de Carlos A. Mayo, Samuel Ama­ral, Juan Carlos Gara­vaglia y Jorge Gelman en Anuario IEHS nº 2, Universidad Nacional del Cen­tro, Tandil, 1987.

   (5) R. W. Slatta, "Imágenes de bandolerismo social en la pampa argen­tina", en Slatta (ed.), Bandidos..., 1987.

   (6) Sergio Villalobos R., Comercio y contrabando en el Río de la Plata y Chile, Buenos Aires, EUDEBA, 1986.

   (7) Miquel Izard, "Vagos, prófugos y cuatre­ros. Insur­gencias antiex­cedentarias en la Venezuela tardocolonial", en Bole­tín Ameri­canista nº 41, Bar­celona, 1991, p. 182-184.

   (8) Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, 2ª Parte, Cap. XV. Victoria Sau, op. cit., p. 135-163.

  (9) Diccionario Enci­clopédico Abreviado Espasa-Calpe, Madrid, 1957; Victoria Sau, El catalán, un bando­le­ris­mo espa­ñol, Barcelo­na, Aura, 1973, p. 15-17.

  (10) Maria I. Pereira de Queiroz, Os Cangaçeiros: les bandits d'hon­neur brésiliens, Paris, 1968; José A. Gómez Marin, Bandole­rismo, san­tidad y otros temas españo­les, Madrid, Miguel Castello­te, 1972, p. 19-20.

   (11) Eric J. Hobsbawm, Rebeldes primitivos. Estudios sobre las formas arcaicas de los movimientos sociales en los siglos XIX y XX [1ª edición inglesa 1959], Barce­lona, Ariel, 1968, cap. II, X, XI y XII; Bandi­dos [1969], Barcelona, Ariel, 1976; "So­cial Banditry", en Henry Lands­berger (ed­.), Ru­ral Pro­test: Peasant Movements and Social Chan­ge, Lon­dres, Macmi­llan, 1974.

   (12) Anton Blok, "The Peasant and the Brigand: So­cial Bandi­try Recon­side­red", Comparative Studies in So­ciety and His­tory, vol. 14, nº 4, se­tiembre 1972, re­pro­cha a Hobs­bawm ba­sarse pre­pon­deran­te­mente en las fuen­tes fol­klóri­cas o lite­ra­rias, a lo que opone los estudios fundados en regis­tros documen­tales. Hobsbawm comenta esta crítica en el Postscript a una edición revisada de Bandidos (New York, Panthom House, 1981). 

   (13) Richard W. Slatta (ed.), Bandidos: The Va­rie­ties of Latin Ameri­can Ban­ditry, New York, Greenwood Pr­ess, 1987. Christon I. Archer, "Ban­ditry and Revolution in New Spain, 1790-1821", en Biblioteca Americana, vol. I, nº 2, noviem­bre 1982. En su comentario bibliográfico al volumen editado por Slatta, Hobsbawm (en Hispanic American Histori­cal Review, vol. 68, nº 1, febrero 1988) apuntó que habría que preguntarse si la diferen­cia entre el mito popular del bandido y la realidad era mayor en América Lati­na que en la Europa medite­rránea, y por qué.

   (14) Gilbert M. Joseph, "On the Trail of La­tin Ameri­can Ban­dits: A Ree­xami­na­tion of Peasant Resistance", Latin Ame­rican Re­search Re­vi­ew, vol. 25, nº 3, University of New Mexi­co, 1990, se re­fiere a Ranajit Guha, (Ele­men­tary As­pects of Peasant Insurgency in Colo­nial India, Del­hi, Oxford University Press, 1983), James Scott, Michael Adas y otros de la corriente de "estudios subalternos"; plantea considerar el bagaje crítico y metodoló­gico de la antro­pología, la crimino­logía y el análisis del discur­so, e incluso a los "posestructuralistas" como Michel Foucault. Las críti­cas de Joseph a Slat­ta (1987) moti­varon un debate que incluyó artículos de Peter Singel­mann y Ch. Birk­be­ck, en Latin Ame­rican Re­search Re­view, vol. 26, nº 1, 1991. 

   (15) Guha, op. cit; Joseph, "On the trail..."; David Moss, "Bandits and Boundaries in Sardinia", en Man, nº 14, p. 477-96. Michel Foucault, Vigilar y castigar [1975], Buenos Aires, Siglo XXI, 1989.

   (16) H. Chumbita, "Esclavismo y rebeliones de negros en América", en Todo es Historia, nº 234, Buenos Aires, noviem­bre de 1986.

   (17) Ricardo Rodríguez Molas, "El saqueo y explotación de las etnias indígenas", en Desmemoria Nº 17, Año 5, Buenos Aires, enero/abril 1998.

   (18) Miquel Izard, "Vagos, prófu­gos..." op. cit., p. 184-186.

   (19) Laura Horlent, "Bandoleros coloniales" investigación en el Archivo Histórico de Tucumán (inédita, 1997).

  (20) Cristina López de Albornoz (estudio de 1994), "Normativas socio­labo­rales en el Tucumán colonial, 1750-1810", en Documentos de Histo­ria Regio­nal, nº 1 (en prensa).

   (21) D. F. Sarmiento, Conflicto y armonías de las razas en Améri­ca (1883), en Obras Completas, Buenos Aires, 1900, t. XXXVII, p. 105-111.

   (22) Caso del indio Joseph (Laura Horlent, op. cit.) en A.H.T., Sección Judi­cial/Crimen, caja 5, exp. 16, Por ladrones y asesinos, 3/12/­1756.

   (23) D. F. Sarmiento, Facundo o civilización y barba­rie (­1845), cap. 2.

   (24) Carta del 20 de setiembre 1861, en Archi­vo del general Mitre, tomo IX, p. 360 (AGN).

   (25) Sobre la "teoría de la crueldad", ver León Benarós, estu­dio preliminar a Eduardo Gutiérrez, Los montoneros, Buenos Aires, Hachette, 1961, p. 38-48. Sobre la cultura de la frontera, Silvio Duncan Baretta and John Markoff, "Civilization and Barbarism: Cattle Fron­tiers in Latin Ameri­ca", Studies in Comparative Society and History nº 20, October 1978, p. 587-620.

   (26) R. Rodríguez Mo­las, Historia social..., cit., p. 114-116.

   (27) Boslelao Lewin, La rebelión de Túpac Amaru y los orígenes de la emancipación americana, Buenos Aires, Hachette, 1957. Condena y ejecución, p. 495-498.

   (28) La frase de San Martín fue referida por Manuel Olazábal en sus Memo­rias. La versión sobre la madre guaraní ha sido transmiti­da, entre otras personas, por miembros de la familia Alvear. Alberdi lo dio a entender al aludir al aspecto de San Martín, en el relato de una entre­vis­ta con él en Europa. No cabe duda de que era de tez oscura. Su registro bautis­mal se descono­ce y la cuestión ha sido larga­mente silen­ciada.

   (29) Bartolomé Mitre, Historia de Belgrano y de la indepen­dencia argentina (1887), t. 3º, cap. XXIX.

   (30) Manifiesto del Congreso General Constituyente del 22 abril 1819, en Arturo E. Sampay (recop.), Las constituciones de la Argentina (1810/­1972), Buenos Aires, EUDEBA, 1975.

   (31) Ver Juan Bosch, Bolívar y la guerra social, Buenos Ai­res, Jorge Alva­rez, 1966.

   (32) José María Paz, Memorias, cap. IX "La guerra ci­vil".

   (33) Lucio Levi, "Federalismo", en Norberto Bobbio y N. Matteuc­ci, Dicciona­rio de Política, México, Siglo XXI, 1985. Pierre-Joseph Proud­hon, El prin­cipio federativo (1863), Madrid, Durán, 1968. Luis Vitale, Historia social comparada de los pueblos de América Latina, Punta Arenas, Ateli, 1999, tomo II, cap. IX.

   (34) Ver Juan Alvarez, Las guerras civiles argentinas (1912), Buenos Aires, EUDEBA, 1983, cap. 5; Roberto Zalazar, El brigadier Ferré y el unitarismo porteño, Buenos Aires, Pampa y Cielo, 1965.

   (35) Ricardo Rodríguez Molas, "Realidad social del gaucho rioplaten­se, 1653-1852", en Universidad nº 55, Buenos Aires, enero 1963, p. 129. Gastón Gori, Vagos y mal entrete­nidos, Santa Fe, Colmeg­na, 1965, cap. I.