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ponencia al II Congreso Internacional Sanmartiniano

EL ORIGEN DE SAN MARTIN Y SU PROYECTO AMERICANO

 

RESUMEN

 

Los hechos más salientes de la vida de José de San Martín suscitan hasta hoy numerosos interrogantes; principalmente, por qué volvió a América en 1812, cuál era su proyecto, las razones íntimas de sus empeños militares y de algunas actitu­des políti­cas controvertidas. Las observacio­nes y cargos que le formuló Alberdi, así como algunas reservas de Mitre e intuiciones y sugerencias de Ricardo Rojas proporcionan importantes indicios al respecto.

Por otra parte, sus contemporáneos recogieron testimonios sobre su condición de mestizo. Las recientes revelaciones y documen­tos que abonan su filiación como hijo natural del brigadier Diego de Alvear con una nativa guaraní permiten explicar y reinterpretar aspectos cruciales de su vida y de su proyecto americano, que no pueden seguir siendo ignorados.    

 x Sabat

            José Francisco de San Martín fue un enigma para sus contemporá­neos, y en gran medida lo ha sido hasta hoy. Nacido en el territo­rio de las misiones guara­níticas, fue llevado siendo muy niño a Buenos Aires y luego a la metrópo­li. Conver­tido en un soldado del Rey, fogueado en duras campa­ñas en Africa y Europa, a los 34 años abandonó en España su carrera, méritos y lealta­des, para cruzar a Inglaterra y volver a América, a sumarse a la incierta revolución indepen­dentista.

            ¿Cómo decidió tomar las armas contra el Reino al que había servido durante tantos años? En Cádiz se conectó con el movimiento juntista y constitucionalista, pero el horizonte del libera­lismo españo­l no contem­pla­ba la emanci­pación de las colonias. Se incor­po­ró a una logia que adhería a la Gran Reunión America­na promo­vida por Fran­cis­co de Miran­da. ¿Era una conspira­ción masóni­ca? ¿Qué vínculo lo unía a Carlos de Alvear, con quien formaron el grupo de oficia­les que retornó desde Lon­dres? ¿Qué compro­misos tenían con los ingle­ses? ¿Recibieron apoyo francé­s?

            En Buenos Aires, desembarcado de la fragata "George Canning", algunos lo recibieron con desconfianza. La sospecha de que fuera un espía inglés no era demasiado irritante para los patrio­tas porteños, entre los cuales la monarquía liberal britá­ni­ca y su imperio comercial tenían notorias simpa­tías. Pero, a pesar de ser apadri­nado por la influyente familia Alvear, nunca se entendió bien con la aristocra­cia local. No era "un hombre de Buenos Aires", como Manuel Belgrano. Y su conve­niente matrimo­nio con una niña de socie­dad tampoco disipó las descon­fianzas. 

            A diferencia de Carlos de Alvear, emparentado con poderosos comer­ciantes y familias de virreyes, él no tenía fortuna ni alcurnia. En un medio regido hasta entonces por la diferen­ciación de castas, que fue ley durante la era colo­nial, tenía la piel oscura, el pelo lacio y renegri­do, y corrían rumores sobre su condición de mesti­zo. Es fama que la madre de Remedios de Escalada se opuso a su casamiento con aquel "plebeyo".

            La sociedad indiana sufría las contradicciones creadas por una legalidad discriminatoria y una cultura colonial racista. La "pureza de sangre" en las fami­lias india­nas era a menudo dudosa, y las tachas al respecto eran armas arroja­dizas en las lides políticas. El doctor Bernardo Montea­gudo, por ejemplo, que tenía traza de zambo, reac­cionó indigna­do contra Juan Martín de Pueyrredón por las "anécdo­tas" sobre su filiación materna con que se ataca­ron sus títulos de diputado a la Asamblea del año XIII. También los rasgos de mulato del doctor Bernar­dino Rivada­via provo­ca­ban veladas ironías, pero sus moda­les, hábitos y opiniones no dejaban lugar a dudas acerca de su identi­ficación con la clase alta porteña. ¿Cuál era en cambio el partido de San Martín?

             La Logia Lautaro, fundada por Alvear y él, se movió en las sombras. Con el concurso de Monteagudo, nuclea-ron una variada gama de morenistas, eclesiásticos y masones, enfrentando al grupo rivadaviano. Dieron un golpe contra el primer Triunvi­ra­to para definir el rumbo de la revolu­ción y convocaron a una Asamblea constituyente que debía declarar la independen­cia, aunque esa definición se postergó. Alvear se entendió con Rivada­via y se distan­ció de San Martín, quien marchó al interior a hacer la guerra y optó por insta­lar­se en Mendoza para organizar el ejérci­to de los Andes. Su salud se resin­tió y durante años sufrió un cúmulo de achaques, a pesar de la fortaleza física que probó en los medios más inhóspi­tos de tres conti­nen­tes y que le deparó después una larga vida: ¿a qué obede­cían esos desarreglos?

             Alvear, entretanto, en el laberin­to de la política y la diplo­ma­cia, se desgastó enfrentando al arti­guismo, se extravió en un plan de poder perso­nal y llegó a solicitar la protección británica, lo cual puso en crisis a la Logia. Esta sociedad masónica, herra­mienta clave en la estra­te­gia revolu­cionaria, estaba nominalmente subordina­da a Londres, pero la posi­ción que prevaleció entre sus integrantes no admitía recaer en otra forma de coloniaje. Tal como lo declaró el Congreso de Tucumán de 1816, se trataba de la emancipación de España y de cualquier otra potencia extran­jera. San Martín apoyó expresamente en esa ocasión la idea de Belgrano de una monarquía incaica, y urgió la declaración de la independencia. Por sobre todo, su objetivo era emancipar a Sudamé­rica del poder español, más allá de las vacila­ciones y los intere­ses inmedia­tos del círculo de hacen­dados y comer­cian­tes porte­ños en los que se apoyó el poder directo­rial.

            Tras la formidable campaña de Chile, San Martín desacató el llamado a defen­der el centra­lismo porteño ante la rebelión federa­l; resignó el mando, desacatando al Directorio, acaudilló su propio Ejército por elección de los oficiales, y los chilenos respaldaron su marcha al Perú.

            En la tierra de los incas, se erigió en Protector y creó la Orden del Sol, en el presumible intento de crear una nueva capa nobiliaria y una monarquí­a constitucional americana. ¿Por qué este empeño sorprendente, que parecía reiterar el sueño de Tupac Amarú y fue resistido airadamente por la elite limeña?

            San Martín se había quedado sin fuerzas suficientes y desistió. El encuen­tro de Guaya­quil y sus rela­cio­nes con Bolívar quedaron velados por el miste­rio. Volvió a Mendoza y a Buenos Aires y, tironeado por las faccio­nes, no quiso involu­crarse en la guerra de unitarios y federales. Se fue a Europa, con su hija. Intentó volver cuando gobernaba Manuel Dorrego, pero las convul­siones políticas y las suspicacias que se removían lo disuadie­ron. Dejó de lado sus ambicio­nes y resignó la posi­ción que merecía como realiza­dor de la indepen­dencia.

            Desde el exilio en Francia se solidarizó con la actitud del gobierno que resis­tía el bloqueo anglofrancé­s y legó su sable al dictador Rosas, un gesto que los liberales emigrados no perdonarían. Murió allá, del otro lado del océano, aunque soñó con que sus restos volvieran a Buenos Aires.           

Las impresiones y los cargos de Alberdi

            Juan Bautista Alberdi lo entrevistó en París, al fin del verano de 1843, y escribió una notable semblanza [1]:

"Yo lo creía un indio, como tantas veces me lo habían pintado; y no es más que un hombre de color moreno..."

            Constató su sencillez, su vivacidad, sin ninguna afectación. Le llamó la atención "su voz notablemente gruesa y varonil"; la "bien propor­cionada cabeza, que no es grande, conserva todos sus cabellos, blancos hoy total­mente"; su nariz "es larga y aguileña". A pesar de sus famosos padecimien­tos de salud, lo vió más joven y ágil que a los demás veteranos de su genera­ción, incluido Alvear. Le asombró que "no obstante su larga residen­cia en España, su acento es el mismo de nuestros hombres de Améri­ca, coetáneos suyos".

            Su "manía" era la modestia, "más allá de lo que conviene a un hombre de su mérito", y Alberdi lamentó que se negara a facilitar datos o papeles para publicaciones que "hubieran podido serle muy honrosas". Aquel general huía de los homenajes y había rehusado ser recibido por el enton­ces rey de Francia, pues "nada tenía que hacer con los reyes". ¿Qué clase de monár­quico era entonces?

            Hacia 1870, sin embargo -decepcionado por el gesto final del Liber­tador solidarizándose con Rosas-, Alberdi trocó su admira­ción por un  riguroso enjuicia­miento. En El crimen de la guerra, a partir de una visión pacifis­ta y universa­lista que, con brillante razones, negaba a los jefes guerre­ros el crédito de autores de la revolución de la indepen­den­cia, Alberdi describía su trayectoria poco menos que como un ambi­cio­so mercena­rio [2[. Entre otros, apunta los siguien­tes cargos:

"...sirvió dieciocho años a la causa de la monarquía absoluta, bajo los Borbones, y peleó en su defensa contra las campañas de propaganda liberal de la Revolución Francesa de 1789. En 1812, dos años después que estalló la Revolución de mayo de 1810, en el Rio de la Plata, San Martín siguió la idea que le inspiró, no su amor al suelo de su origen, sino el consejo de un general inglés, de los que deseaban la emancipa­ción de la América del Sur para las necesidades del comercio británico."

            He aquí la cuestión crucial: cuál era su origen y la motivación de su empresa. Alberdi sugiere que era un envia-do británico. ¿A quién se refería al aludir a "un general inglés"? ¿A su amigo, el escocés James Duff o Mac­duff, al hermano de éste, el general Alexander Duff, o al primo de ambos que era cónsul en Cádiz? ¿Quizás a William Carr Beres­ford, el ex invasor inglés de Buenos Aires, a cuyas órdenes pelearon San Martín y Duff en Albuera, en mayo de 1811? Sobre este asunto volve­rían una y otra vez las especula­ciones de los historia­dores [3].

            Continuaba Alberdi censurando el carácter secreto de la Logia Lautaro, que copó el poder para darle el grado de general y el mando militar del Ejército del Norte, ya que "la revolu­ción de la libertad" permitía que se la sirviera "a la luz del día". Cuestio­naba asimismo la estra­tegia de la expedi­ción a Chile y luego al Perú, en tanto suponía abando­nar las provincias altope­rua­nas.

"...En vez de seguir su campaña militar hasta libertar el suelo argentino, que ocupaban todavía los españoles, San Martín aceptó el gobierno civil y político del Perú, y se puso a gobernar ese país, que no era el suyo."

            ¿Cuál era el país de San Martín? El razonamiento de Alberdi supone que debía comportar­se como "un general argenti­no". Sin embargo, ¿no era su país "la extensión de toda América", como pensaba Montea­gudo? [4] ¿Por qué no considerar como tierra suya al Perú, el eje del incario, luego cabeza virreynal del conti­nente y, en esos días, llave del triunfo y quizás de la unión de las nuevas repúbli­cas del sur?

            Tras otras consideraciones críticas sobre su retirada ante Bolívar y el alejamien­to final al viejo mundo, Alberdi sentenciaba:

"¿Qué hizo de su espada de Chacabuco y Maipú antes de morir? La dejó por testamento al general Rosas, por sus resis­tencias a la Europa liberal, en que él había preferido vivir y morir, y donde está hoy día su legata­rio, el general Rosas..."

            En refuerzo de su opinión, Alberdi citaba párrafos de una carta confidencial de Sarmiento de 1852, en la cual éste le decía:

"San Martín fue una víctima, pero su expatriación fue una expiación. (...) Hoy es Rosas el proscripto. Sus afinidades las encuentra en el apoyo que [San Martín] prestó al tirano por lo que usted ha dicho, por el sentimiento de repulsión al extran­jero..."

            Las acusaciones de Alberdi no son fácilmente desdeñables, como no lo es su convincente alegato contra el militarismo y las guerras en gene­ral; y en particular contra la del Paraguay, que en el momento de escribir aquel libro enrrostraba a Mitre y Sarmiento. Sin embargo, la argumenta­ción alberdiana padece varias incongruen­cias, incluso las mismas que le repro­cha a San Martín. Si América debía abrirse al comer­cio con Europa, ¿por qué censurar que viniera aconse­jado por los ingleses con ese propósi­to? Si era erróneo que coincidie­ra con Rosas en rechazar al extranjero, ¿por qué antes le recriminaba que no lo inspi­rara "el amor al suelo de origen"?

           Otro texto póstumo de Alberdi, Grandes y pequeños hombres del Plata, no es menos ácido con San Martín, insistiendo en reprocharle que por ir más allá del ámbito de las provincias del Plata hubiera causado la pérdida del Alto Perú [5]. Pero el Libertador había suble­vado su propio Ejército contra el gobierno porteño. Si se hubiera comportado como un disciplinado "gene­ral argenti­no", hubiera tenido que regresar a hacer una guerra de policía contra las montoneras federa­les. Él pensaba por encima de todo como sudamericano, siguiendo su concepción estratégica de tomar el bastión de Perú, y segura­mente por algún otro motivo más profun­do hasta ahora inex­plicado. 

Mitre y las reservas de su partido

           Bartolomé Mitre, en la Historia de San Martín y de la emanci­pación sudamericana (1887-1890), desarrolló una matizada justificación del Libertador: si bien le reconocía una gran rectitud moral y una extraordi­naria capaci­dad de estratega y jefe militar, formulaba serias reser­vas a su actuación políti­ca [6].

            Por otra parte, es bien conocido que la obra de Mitre estableció en nuestro país un implíci­to canon hist­riográfico y pedagógico. Aunque faltaba hallar la fe de bautismo, que nunca se encontró (ni se encontrará, según las revelaciones a las que nos referimos más adelante), esta biogra­fía dictaminó que había nacido en Yapeyú el 25 de febrero de 1778 y era el cuarto hijo del capitán don Juan de San Martín; una cuestión controverti­da, que andando el tiempo daría pie a numero­sas conjetu­ras y debates.

           Mitre se apoyó en la descripción fisonómica de Alberdi y, sin ahondar en el punto, observó la llamativa tez oscu-ra de su biografia­do. Al respecto también registró la famosa anécdota del encuen­tro con el general español Marcó del Pont, que había intentado menoscabarlo aludiendo con desprecio al color de su piel, y a quien, ya prisionero de los patriotas en Chile, saludó con generosa ironía diciéndo­le: "¡Venga esa blanca mano!"

           Al compararlo con Simón Bolívar, Mitre sostuvo que San Martín lo superaba en capacidad política y militar, así como en otras cuali­dades éticas, apreciaciones que alimentarían una extensa y estéril polémi­ca con los histo­riadores venezolanos. La intención de Mitre al rebajar a Bolívar se hace evidente cuando contrapo­ne las dos tenden­cias del movi­mien­to emancipa­dor que ve encarnadas en ellos: San Martín alentaba el "pro­yecto argen­ti­no de las repúbli­cas indepen­dientes" contra "el loco sueño de Bolívar" de la unidad conti­nen­tal.

           Pero, ese proyecto "argentino" ¿no era en reali­dad la política del Imperio Británico, con la que coincidió por pro-pia conveniencia el partido de la hegemonía porte­ña y en particular el mismo Mitre?

"Los dos erraron, empero, como políticos, y quedaron más abajo de la razón pública y aún de los instintos de las masas que removían, y no pudieron o no supieron dirigir en sus desarrollos orgánicos la revolución que acaudillaron militar­mente."

            Mitre explicaba el legado del sable a Rosas por un rapto de sus "instintos de criollo", al sobreponer la causa de la independencia, "no obstante condenar los actos crueles del tirano". Al fin y al cabo, la desgracia de aquel guerrero habría sido "sobrevivir a su época" sin una misión en la tierra.

"...Puede formularse su juicio póstumo sin exagerar su severa figura histórica, reducida a sus proporciones naturales, ni dar a su genio concreto, de concepciones limitadas, un carácter místico, al reconocer que pocas veces la intervención de un hombre fue más decisiva que la suya en los destinos de un pueblo..."

            En cualquier caso, sugería que San Martín era conciente de su "limi­tada esfera intelectual" y le adjudicaba como suprema virtud "el genio del desinte­rés".

            Las sinuosas interpretaciones de Mitre, lejos de fomentar cierta idolatría incondi­cional que se difundió poste­riormente, fundaban otra visión: desbro­zando los eufemis­mos, si el liber­ta­dor venezo­lano era un loco soñador, el nuestro era algo tosco para captar la complejidad de los problemas y el arte de la políti­ca; aunque, por suerte, su modes­tia le había induci­do a reti­rarse a tiempo.

La intuición profética de Rojas

            En otro momento histórico, Ricardo Rojas, en El santo de la espada (1933), ensalzaba fervorosamente la personalidad del Gran Capitán, y a la vez, en conso­nan­cia con su rescate de las raíces in­dohispánicas de la cultura nacional, resaltaba las facetas americanistas del itinerario sanmartiniano [7].

            En primer lugar, "Yapeyú, la cuna indígena" del héroe:

"La madre es española, pero el niño es criollo, nacido en aquel mismo lugar de las Indias, con la tez bronceada por el sol de América, los ojos muy negros, los cabellos muy negros."

            ¡Curioso niño moreno en el seno de un matrimonio de españoles euro­peos! Y después, la pregunta inevitable:

"¿Por qué cuando la familia San Martín, formada en Améri­ca, marchóse a España, todos los hermanos criollos quedaron allá a servir al Rey, y solamente José volvió a su patria americana para luchar contra el Rey?"

            En efecto, sabemos por su fidelísimo oficial Manuel de Olazábal que San Martín llamó en vano a su hermano Manuel, quien ni siquiera le contes­tó las cartas; y, decepcionado por esa actitud, lo calificó de "matucho", que es el apodo con que designaba a los españoles [8].

            La prosa poética de Rojas sigue aquí la interpretación de Mitre: el aliento de la estirpe hispana, la sugestión de los íconos cristianos labrados por las manos indígenas y el orden administrativo misional superpuesto a aquel bello paisaje, contem­plados por los ojos maternos, habrían quedado "en la subconciencia del niño", y así "el recuer­do de Yapeyú fue el imán que lo retrajo a su origen". Pero ¿por qué no obró el mismo imán en Manuel o en los otros hermanos que se criaron con él?

            Aquellas remini­cencias, siguiendo a Rojas, explicarían también por qué San Martín en 1812, al iniciar sus campañas, pidió que le mandaran a Buenos Aires 300 mozos guara­níes de las Misiones, confiando en el temple de estos nativos para formar su primer plantel de Granade­ros. 

            El tema reaparece en otras páginas de El santo de la espada, recor­dando las expre­siones de Alberdi al conocerlo en París: "Yo lo creía un indio, como tantas veces me lo habían pintado". El comentario de Rojas es que "tenía la tez morena, por lo que algunos envidiosos motejá­ban­lo de indio, ya que su cuna en Yapeyú pudo tornar verosímil la infunda­da espe­cie."

            Existía pues una "especie" (noticia o rumor) al respec­to, que Alberdi también habría oído. Es obvio que su formación cultural era la de un español europeo, de manera que lo que podía tener de indio era la fisono­mía. Ello se refleja mejor en algunas imágenes poco divulga­das, como el grabado que hizo Robert Cooper en Londres (1821) y una litografía de Théodore Gericault (circa 1819); también en el único retrato indubitable de su iconogra­fía, el dague­rrotipo de su vejez (1848), que muestra la estampa de un clásico criollo, de rasgos pronun­cia­dos, con toda su cabe­llera blanca; y más recientemente, en un expresivo dibujo de Ricardo Carpani (1987) [9].

            Rojas cita el parlamento de 1816 con los caciques arauca­nos o pehuenches -cuya fuente son las memorias de un testigo de la reunión [10]-, en el cual el general les expuso el plan de cruzar la cordillera para termi­nar con los godos "que les han robado a ustedes la tierra de sus antepasa­dos", les solicitó ayuda y permiso para pasar por sus dominios, y declaró: "yo también soy indio".

            En 1819 lanzó la célebre proclama a los "Compañeros del Ejérci­to de los Andes" en la que apelaba al sacrifi­cio de sus huestes protestando que, si no había con qué vestirse, andarían "en pelota, como nuestros paisanos los indios". "Paisanos", gente del país, es la denomina­ción común que engloba a criollos, mestizos e indios.

            En vísperas de la expedición al Perú, el Libertador envió a los indígenas del Tahuantinsuyo un mani­fiesto en lengua quichua. Rojas trans­cribe el encabe­zamiento, comentando que tal documen­to "es digno de aquel a quien llamaron indio por su color moreno y por haber nacido entre los indios de Yapeyú".

            ¿Era un hijo del sol? El interrogante, que titula el penúl­timo capítulo del libro, encuentra una respuesta metafó-rica a lo largo de las elocuentes páginas donde se narra, por ejemplo, cómo el entu­sias­mo popular celebraba su llegada a Lima invocando la memoria del Inca, y en la prolija recapitulación de una serie de gestos constan­tes de la vida del Liberta­dor en los que homenajeaba a los diver­sos pueblos autócto­nos, como si fuera el hijo anuncia­do por antiguas profecías de redención.

            ¿Sabía Rojas algo más que no podía decir? ¿Había oído hablar quizás a algún correligio­nario de la Unión Cívi-ca Radical de aquellos días sobre la sangre india de San Martín? [11].      

Interrogantes y revelaciones

            Entre la caudalosa bibliografía sobre el Libertador que se fue acumulando en Argentina y en otros países, nue-vas indagaciones pusieron en tela de juicio ciertos datos rela­cionados con su filiación. Se encontraron en Uruguay las partidas de bautismo de los tres hijos mayores del matrimo­nio San Martín-Matorras, y la Acade­mia Nacio­nal de la Histo­ria, que defen­dió durante muchos años la versión de Mitre, se vió obligada a admitir rectificacio­nes. Los vástagos del matri­mo­nio no eran cuatro sino cinco, y José Fran­cis­co pasó a ser "el quinto" [12].

            En la primera mitad del siglo XX fue imponiéndose una reivindicación de San Martín como "Padre de la Patria" que llegó a inhibir cualquier cuestio­namiento de ciertos supuestos historiográficos. El Instituto Sanmartiniano, fundado en 1934 como una entidad civil, fue oficiali­zado por el decreto 22.131 de 1944 que le fijó, entre otros objeti­vos, el "fomento y estímulo de la investiga­ción históri­ca", pero además el de recti­ficar pública­mente "todo error que se ponga de mani­fies­to...res­pecto a la verdad histórica sobre la vida del prócer". ¿Cuál era esa verdad histórica?

            En aquella época, el revisionis­mo nacionalista discutía con vehemen­cia la historio­gra­fía libe­ral, hacien­do hin-capie en el legado del sable al Restau­rador, que mostraba a ambos identificados en defender la soberanía frente al imperialis­mo europeo; el cual, siguiendo las palabras de San Martín, nos reduciría "a una condición peor que la que sufríamos en tiempo de la dominación españo­la" [13]. Esta es sin duda la mejor desmentida a la tesis de que fuera un agente o un entusiasta del protectorado británico.

            Por otra parte, en pugna con la "historia ofi­cial", los revisionis­tas alentaron, a pesar del dogmatismo "rosista" de muchos de ellos, una actitud crítica ante los ideologismos historiográficos. Así es como, prestando atención a las fuentes alterna­tivas popula­res, algunos escucha­ron versiones, que circu­laban más libremente en la banda oriental del rio Uru­guay, acerca de que la verdade­ra madre de José de San Martín había sido una india guaraní [14]. Pero faltaban datos más concretos que permitie­ran investigar y corrobo­rar esta afirma­ción.

           Numerosos autores replantearon los interrogantes sobre la relación de San Martín con las políticas británica y francesa y con la masonería en la época de la inde­pendencia; y en los intentos por dilucidar este delica­do asunto, inevi­ta­blemen­te reapa­rece la cuestión de su motivación íntima, cultural, "telúrica" o psicológica al decidir­se a luchar por la emancipa­ción [15]. Si apenas había vivido en suelo americano, si apenas tenía una borrosa imagen de esta realidad en su memoria, si era un español de pura cepa ("españolí­si­mo", al decir de Rodolfo Terragno), si no tenía a nadie que lo espera­ra aquí, si todo lo debía a sus padres hispanos y al Reino, se torna difícil creer en su patrio­tismo como un sentimiento apasionado, determi­nante de aquel paso definitivo en su vida, y puede resultar verosí­mil la visión más escéptica de aquel hombre como un aventurero, un merce­na­rio o un agente masónico del proyecto inglés.

            Hay otra explicación: San Martín, hombre de dos mundos, era mestizo, hijo de un español y una nativa guara­ní, y volvió impulsado por la búsque­da de sus raíces, a luchar contra la injusta dominación hispáni­ca: contra aquella aberrante situación colonial que, en cierto sentido, sufría en carne propia, al pensar que le habían arrebata­do a su madre natural y se veía obligado a mantener un secreto inconfesable. Algunos avances sobre la materia se publi­caron en dos libros edita­dos en el presente año, precipi­tando la aparición de los testimonios que faltaban [16]. Existen ahora sufi­cien­tes pruebas documen­tales que no se pueden desconocer.

El secreto de la familia Alvear

            Para entender el misterio es necesario remontarnos al fundador de la familia en el Rio de la Plata, el brigadier de la Armada españo­la don Diego de Alvear y Ponce de León (1749-1830), nacido en la ciudad de Montilla (Córdoba), descen­diente de una familia con títulos nobiliarios de Burgos, que protagonizó notables aventu­ras en América [17].

            Iba a cumplir 24 años y era alférez de fragata cuando arribó al Plata, en noviembre de 1774, como segundo comandante de la "Rosa­lía". En los años siguientes tomó parte en las acciones bélicas contra los portu­gueses disputando la Colonia de Sacramento y la isla de Santa Catali­na, y luego en la guerra marítima con los ingleses por las costas del Brasil, ascendiendo hasta teniente de fragata. En 1778 fue comi­siona­do al frente de una división para ejecutar el Tratado de límites sobre los ríos Paraná y Uruguay e inició el reconocimiento y demarcación de aquellos dilatados territorios, yendo y viniendo por entre las selvas, las acechan­zas de las fieras y los asentamientos aborígenes, en una labor que se prolongaría durante más de dos déca­das.

             En ese momento de sus andanzas, según el relato que se trans­mitió en la familia Alvear, en algún lugar de las anti­guas misiones jesuíticas, el inquie­to marino, siendo aún soltero, mantuvo rela­ciones con una joven guaraní que engendró un niño. Diego de Alvear encomendó el cuidado del niño al teniente gobernador de la reduc­ción de Nuestra Señora de los Reyes de Yapeyú, el capitán Juan de San Martín, y a su señora Gregoria Matorras, una matrona de 40 años que ya tenía cuatro hijos; como era habitual en casos semejan­tes, ellos se avinie­ron a criarlo como propio. El niño fue José Francis­co de San Martín [18].

            Según otra versión oral popular que ha circulado profusamente en Corrientes, esta mujer era una agregada doméstica o niñera de la casa del gobernador San Martín en Yapeyú, llamada Rosa Guarú; según otras referen­cias esta niñera india se llamaba Juana Cris­taldo [19].

            Tiempo después tuvieron que irse de las Misiones, tras un desafortu­nado conflicto con los guaraníes de Santo Tomé provocado por el teniente gobernador al castigar a un cacique. Doña Gregoria se marchó antes con los niños; don Juan fue sumariado y cesado en su cargo, se reunió con ellos en Buenos Aires en 1780 y tres años después viaja­ron a España. Radicados en Málaga, sobrelle­vaban estre­checes económicas, pero Diego de Alvear no olvidó su respon­sa­bilidad hacia José Fran­cisco, y según la tradición oral fami­liar costeó los gastos para que siguie­ra la carrera militar.

           En 1781, llamado a Buenos Aires, Diego de Alvear había conocido a María Josefa Balbastro, hija de un rico comerciante aragonés, con la que se casó al año siguiente. La llevó a radicarse en las Misiones, en la localidad de Santo Ángel Custodio, y tuvieron nueve hijos. Uno de los mayores, Benito, fue a estudiar a España, donde murió de fiebre amarilla. Carlos nació en 1789.

           Don Diego, ascendido a capitán de navío, obtuvo permiso del Virrey en 1801 para retornar con los suyos a Buenos Aires y concluyó los releva­mientos. Dio cuenta de los mismos en un extenso diario docu­mentado y una colec­ción de planos, inclu­yendo la historia de las Misiones y la relación de sus prolijas obser­vaciones geográfi­cas. En 1804 se embarcó de regreso a Europa con toda la fami­lia. Iban en la "Mercedes", una de las cuatro fragatas que componían la divi­sión, pero al enfermarse el comandan­te de la "Medea", Alvear fue designado para sustituir­lo. Cuenta la tradi­ción familiar que Carlos, a la sazón de 15 años (había ingresado como cadete a un Regimiento porteño dos años antes), era muy inquieto y díscolo, y la madre pidió a don Diego que lo llevara con él. Así fue como padre e hijo navega­ban en la Medea cuando llegaron al Cabo de Santa María un desdicha­do 5 de octubre, en vísperas de la batalla de Trafalgar, y se encontraron con otras cuatro naves de guerra británi­cas que les intimaron rendición. Trabados en combate, la Mercedes fue volada a cañona­zos, pereciendo allí la esposa, siete hijos, un sobrino, cinco esclavos y la mayor parte de los bienes de don Diego.

           Conducidos prisioneros a Londres, Alvear y su hijo fueron retenidos allí hasta diciembre de 1805. Sus captores los aloja­ron y los trataron caballerosamente. Carlos hizo estudios y a don Diego le indem­nizaron las pérdidas materiales: atendido personalmente por George Canning, que era tesorero de Marina, establecieron una relación amisto­sa que continuó en forma episto­lar. Además, conoció a una joven inglesa, Luisa Ward, con quien contra­jo un nuevo y feliz matri­mo­nio del que nacie­ron otros vásta­gos. En 1806 regresaron a España y, según recuerda la tradición, en la corte de Madrid, ante las pala­bras de condolencia de la reina María Luisa por su cautive­rio, don Diego mani­fes­tó que los ingle­ses lo habían tratado muy bien, lo cual disgustó a los soberanos y habría sido la causa de que "cayera en desgra­cia".

            No obstante, ocupó nuevos destinos militares en la península y retomó contacto con los San Martín. Don Juan había falle­cido en 1796, y los relatos fami­liares afirman que don Diego ayudó y mantuvo un trato afectuoso con su hijo José Francisco. Carlos, que también hizo la carrera de las armas, sabía por su padre que aquél era su medio hermano y se hicieron buenos camara­das. En 1808 España se alzó contra la inva­sión napoleónica y los británi­cos pasaron a ser alia­dos, enviando tropas a la península. Al producirse la revolución en Buenos Aires, Carlos y José Francisco conci­bie­ron juntos el plan del regreso, contando con los parien­tes de su padre (los Balbas­tro, Posadas y otros) para presen­tarse y ofrecer sus servicios a la causa; y Carlos se hizo cargo de pagar el viaje que los trajo al Plata.

            Dadas las creencias, costumbres y legislación de su época, es perfectamente explicable que San Martín y los demás que conocían su filiación guardaran reserva sobre el tema. Para poder ingresar a los establecimientos donde se formó en España resultaba necesario acreditar que era hijo legítimo de don Juan y de doña Gregoria, y todos ellos quedaron obligados a mantener esa impostura. Él habló muy poco de sí mismo, y cuando tuvo que hacerlo omitió referir­se a sus oríge­nes en las Misiones [20].

            Transcu­rrieron los años y, a pesar del orgullo que implica­ba tener un antepasado como el Libertador, también los Alvear callaron. Según los relatos familiares, existían como documentos probatorios cartas que nunca se dieron a conocer y que quizás se quemaron. Pero inesperada­mente se conser­vó, en manos de un médico allegado a la familia, el libro manuscrito de María Joaqui­na de Alvear y Sáenz de Quinta­nilla, una de las hijas de Carlos de Alvear, donde al exponer la "crono­logía de mis antepa­sados y que en parte ignoran mis hijos y para que sepan mis descendientes" revela el secreto. Ese texto, suscrip­to en Rosario de Santa Fe el 22 de enero de 1877, afirma que fue "hijo natural de mi abuelo, el señor don Diego de Alvear y Ponce de León, habido en una indígena corren­tina, el general José de San Mar­tín".

            En otra página, rubricada por Joaquina el 23 de enero de 1877, también dejó una breve relación de sus impresiones "cuando en Europa por primera y última vez vi y conocí al general San Martín": "mi primera impresión fue dolorosa, era toda una fortaleza que se deshacía (...) y exami­nándolo bien encontré todo, todo grande en él, grande su cabeza, grande su nariz, grande su figura, y todo me pareció tan grande en él cual era grande el nombre que dejaba escrito en una página de oro en el libro de nuestra historia", reiterando la aserción de que era "hijo natural también del capitán de fragata y general español señor don Diego de Alvear Ponce de León (mi abuelo)" [21].

Reconocer el pasado

            La revelación de la verdad ha tropezado durante dos siglos con arraigados prejuicios que, en último análisis, perpetúan las mismas aberraciones heredadas de la situación colonial. Es comprensible que los San Martín y los Alvear se sintieran comprometidos a mantener reserva sobre las histo­rias de sus mayores. Pero la vida de los hombres públicos no puede ser ocultada, manipulada o sustraída a la investigación cuando se trata del esclareci­miento de los aconteci­mientos histó­ricos. Tenemos derecho a saber quién era en realidad José de San Martín y a iluminar su origen.

            Reconstruir el pasado a la luz de los nuevos elementos de juicio, significa un reto para los histo­riado­res. No es una cuestión menor: la condición de mesti­zo, situado entre dos mundos, el secreto incon­fesable que arrastró durante su existencia, la peculiar relación con su padre natural, debieron ser componentes sustanciales -concien­tes y subcon­cien­tes- de la estructura perso­nal y del rol que desempe­ñó este hombre en el escenario de la América aus­tral, precisa­mente en los tiempos del parto de la nación.

             En tal perspectiva, pueden dilucidarse con mayor claridad pro­ble­mas nunca resueltos en forma satisfactoria: por qué, entre sus hermanos de crianza, fue el único que volvió; por qué sus desafectos con la elite porte­ña; por qué su carácter reservado, sus actitudes sigilo­sas, su vulnerabilidad al exponerse en las alturas del poder, la tentación monár­quica en el Perú y su renunciamiento final; las íntimas contra­dic­ciones que lo afligían, su ambiva­len­cia ante los parti­dos; e inclusive es posible interpretar mejor su concep­ción del futuro de las repúblicas y naciones.

             Es importante analizar las conexio­nes de los Alvear en Londres, sus concomitancias con las que estableció San Martín en los prolegó­me­nos de 1810, así como sus acuerdos y desa­cuerdos posteriores con Carlos de Alvear, para aclarar, entre otros asuntos, los alcances y los avatares de sus vincula­ciones y disidencias con los ingleses, la combinación de influen­cias y determi­naciones propias en la estrategia de sus campañas, y en qué medida San Martí­n propugnaba el proyecto de varias repú­bli­cas indepen­dientes, grato a la política británica, o el de una unión sudame­rica­na, estuviera o no de acuerdo con las propuestas de Bolívar.

             En un país como Argentina, de formación colonial, el tema de la filiación o la identidad del Libertador afecta además la comprensión de los conflictos y traumas originarios de nuestra sociedad, y en defini­tiva la búsqueda de los fundamentos de una problemática identidad colecti­va.

             Es necesario reflexionar sobre el significado profun­do de aquel drama. Don Diego de Alvear tomó a una mujer guaraní, tal vez por amor, en una relación signada por la ley de la conquista, donde el coloni­zador europeo ejercía una supremacía de status que hoy no podemos admitir. Las relacio­nes interétnicas estaban prohibidas por la legalidad colonial y la reli­gión. En el marco de un código dual que podemos entender pero no justifi­car, don Diego transgredió la ley y ocultó su falta, como hicie­ron tantos otros con­quis­tadores a lo largo de tres siglos. Tuvo no obstan­te el gesto de hacerse cargo de su hijo y buscarle un hogar. En el dilema de hierro que planteaba aquel contexto opresivo y aquellas leyes injustas, era una solución para que se educara y se abriera un porvenir. Pero implicaba una falsedad, el recurso a la simulación: una situación de inevitables efectos conflictivos sobre los hijos, que ha sido una de las taras más perturbadoras en la matriz social ameri­cana.

             José de San Martín, uno de nosotros, quizás el mejor (¿con qué vara medir el heroísmo o la virtud?) padeció su "destino sudame­rica­no": la condena de no saber quién era, la extrañeza, la ausencia insonda­ble del regazo materno, la concien­cia de ser un hijo de la violen­cia de los conquistadores sobre el cuerpo y el alma de los pueblos nati­vos. Se alzó desafiando al mundo de su padre. Transfor­mó o sublimó su íntima vergüenza, su humilla­ción, en rebeldía política: había que expulsar a los opresores. Lo habían educado para guerrear, e hizo lo que sabía hacer.  

             Desde cierto punto de vista europeo e impe­rial, "cesaris­ta", su renun­cia­miento personal es incom­prensible (impensa­ble de un Alejandro o un Napo­león). No creo sin embargo que debiéramos interpre­tarlo como una abdica­ción; era probablemente un reflejo de sabidu­ría, de esa paciente aceptación de la fatali­dad que fue una cuali­dad instintiva de los pueblos autóctonos america­nos para preserva­rse, con­fiando en sus fuerzas colecti­vas y en los procesos históricos que trascien­den la vida de cualquier individuo.

             Tal vez el trayecto de un hombre como él sea el espejo de las vulnerabilidades y también las fortalezas de nuestra sociedad, de los pueblos híbridos de la periferia occidental, escindidos por profun­das contradicciones, a partir de la violen­cia del mestiza­je originario y de las sucesivas con­quis­tas e imposi­ciones que los siguie­ron violentando.

             Seguramente él luchó, hasta donde pudo, por una patria de igual­dad, por una nación libre de la opresión, del racismo, del abuso del poder de "los godos" (que, como bien señala Terragno, eran esa clase de españoles "ricos e ilustres" que blasonaban nobleza para imponerse a los demás). Nada más y nada menos que eso: una América independiente del dominio extran­jero y una Europa libera­da de su propia alienación colonial. Cuando se agotó su oportuni­dad, se retiró, creyendo probablemente que los demás, todos noso­tros, terminaría­mos la obra.  

             La memoria de San Martín no es patrimonio de ninguna familia ni institución, ni siquiera de un sólo país. Es parte de una conciencia colectiva, ameri­cana y universal, que no se podrá mantener sino sobre la verdad. 

Notas

[1] Juan B. Alberdi, "El general San Martín en 1843", en Obras Completas, Buenos Aires, 1886-87, tomo 2, p. 335 y ss.

[2] Juan B. Alberdi, El crimen de la guerra, Buenos Aires, Molino, 1943. Las citas textuales corresponden al capítulo XI.

[3] Ver Rodolfo Terragno, Maitland & San Martín, Buenos Aires, Editorial de la Univer­sidad de Quilmes, 1999, p. 129 y ss, donde cita al historiador británico J. C. Metford.

[4] Bernardo Monteagudo, "Memoria sobre los principios políticos que seguí en la administración del Perú...", Quito, marzo 17 de 1823, en Juan Pablo Echagüe, Historia de Monteagudo, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1950, p. 206.               

[5] Juan B. Alberdi, Grandes y pequeños hombres del Plata (Paris, 1912), Buenos Aires, Plus Ultra, 1991, cap. XXI a XXIV.

[6] B. Mitre, Historia de San Martín y de la emancipación sudameri­cana (1887-1890). Las citas corresponden a la versión castellana del compendio de William Pilling, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1950, p. 22, 30-32, 127, 265, 268-269, 273.

[7] Ricardo Rojas, El santo de la espada. Vida de San Martín (1933), Buenos Aires, Losada, 1940. Citas de las pp. 17, 27, 28, 483, 484.

[8] Memorias del coronel Manuel de Olazábal, Buenos Aires, Bibliote­ca del Institu­to Sanmartiniano, 1942, p. 120-121, donde refiere que en 1823, al regresar por Mendoza, San Martín recibió una carta de Manuel, después de un silencio de once años, y la rompió sin leerla.               

[9] Sobre la iconografía, ver artículos de Bartolomé Descalzo, en San Martín. Revista del Instituto Sanmarti­niano, Año VIII, Nº 28, abril-junio 1950, y de Pablo Ducrós Hicken en la misma revista, Año IX, Nº 30, abril-junio 1952.

[10] El parlamento con los caciques también fue narrado por el propio San Martín al general Guillermo Miller, como fuente para sus Memorias (1829).

[11] Ricardo Rojas era amigo de Marcelo T. de Alvear. Ver Horacio Casti­llo, Ricardo Rojas, Buenos Aires, Academia Argentina de Letras, 1999.

[12] Nota de Ismael Bucich Escobar, en Bartolomé Mitre, San Martín (compendio por W. Pilling), Academia Nacional de la Historia, Espasa-Calpe, 1950, p. 32.

[13] Carta de San Martín a Rosas, 10 de julio de 1839, en San Martín. Su correspondencia, 1823-1850, Madrid, Ed. América, Biblioteca Ayacucho, 1919.

[14] Testimonio al autor de este trabajo del poeta e historiador Osvaldo Guglielmino, basado en referencias de Alberto Methol Ferré y Washington Reyes Abadie (Buenos Aires, 1994).

[15] José Pacífico Otero, Historia del Libertador Don José de San Martín, Buenos Aires, 1932. Enrique de Gandía, "La vida secreta de San Martín", en Todo es Historia Nº 16, agosto de 1968. Juan Bautista Sejean, San Martín y la tercera invasión inglesa, Buenos Aires, Biblos, 1997. Rodolfo Terragno, Maitland & San Martín, op. cit. Patricia Pasqua­li, San Martín. La fuerza de la misión y la soledad de la gloria, Buenos Aires, Planeta, 1999.

[16] Hugo Chumbita, Jinetes rebeldes, Buenos Aires, Javier Vergara, febrero 2000, p. 41 y nota 28 del cap. I. José Ignacio García Hamilton, Don José, Buenos Aires, Sudamericana, junio 2000, p. 332.

[17] Sabina de Alvear y Ward, Historia de don Diego de Alvear y Ponce de León, Madrid, 1891. Gregorio F. Rodríguez, Historia de Alvear, Buenos Aires, 1913.

[18] Testimonios de miembros de varias ramas de la familia Alvear (corroborados por los manuscritos citados infra, nota 21): Simona Verger (Buenos Aires, 1999), nieta por el lado materno de una descendiente directa de Carlos de Alvear; Magda­lena Chris­topher­sen (Buenos Aires, 2000), bisnieta de doña Carmen de Alvear, que era a su vez nieta de Carlos de Alvear. En el ambien­te familiar, todos los que se intere­sa­ban por las raíces de su linaje cono­cían el secre­to, documentado en cartas y memorias pero guardado en reserva durante generaciones; a Magdalena Christo­phersen se lo confió su padre. 

[19] Versión oral referida al autor de este trabajo por el historia­dor correntino Antonio E. Castello (Buenos Aires, 2000) y confirmada por el lingüista guaraní Víctor Cejas (Buenos Aires, 2000). Referencia de Ramón Santamarina en carta al director del diario La Nación, publicada el 2 de julio de 2000.

[20] En particular, la síntesis autobiográfica en la carta que dirigió desde Boulogne-Sur-Mer al presidente del Perú, mariscal Ramón Castilla, el 11 de setiem­bre de 1848.

[21] Libro manuscrito en poder del genealo­gista Diego Herrera Vegas, quien lo recibió de su abuelo, el médico Marcelino Herrera Vegas, fallecido en Buenos Aires en 1958 (en la cita se actualiza la ortogra­fía del origi­nal que he consultado); la existencia de este libro fue conocida por varios historia­dores y miembros de la familia Alvear, según copias y  transcripciones correspondientes efectua­das por el actual deposita­rio.